Ante la devastación de que ha sido objeto gran parte del manglar en el Malecón Tajamar de Cancún y los esfuerzos de la ciudadanía por detener el proyecto, Fonatur insiste en que el desmonte ahí realizado es un hecho consumado de imposible reparación y por tanto irreversible, y al no poder restablecerse ese tipo de vegetación, habrá que darlo por perdido.

Juan José Morales

En realidad, es perfectamente posible restaurar el manglar, aún en las desastrosas condiciones en que lo dejó la maquinaria pesada. En varios lugares del mundo han podido hacerlo, aunque la destrucción era peor y había transcurrido mucho más tiempo entre el evento que la causó —fuera humano o natural— y el momento en que se emprendió la restauración.

Vietnam es un buen ejemplo. Como se recordará, durante la guerra en ese país la fuerza aérea norteamericana arrasó decenas de miles de hectáreas de manglar con las terribles bombas incendiarias de napalm y mediante la aplicación del Agente Naranja, un poderoso defoliante químico —por cierto, inventado por Monsanto— que no sólo mataba la vegetación sino que provocó cáncer y malformaciones genéticas a una gran cantidad de personas. Actualmente, pese a la catastrófica situación en que se hallaban al terminar el conflicto en 1975, esos manglares se han restablecido en gran medida, tanto por regeneración natural como por el esfuerzo de los vietnamitas, que emprendieron difíciles trabajos de reforestación.

RestauracionManglar

Estas dos fotos, tomadas con seis años de diferencia en el mismo lugar, muestran el buen éxito de los trabajos de restauración emprendidos por la Conanp en los manglares destruidos en 2005 por el huracán Wilma en el Sistema Lagunar Nichupté. Al iniciarse el proyecto, y aunque para entonces habían transcurrido más de cuatro años después del fenómeno, los árboles seguían secos, reducidos a troncos muertos y sin una sola hoja (Izq.). Por ello se consideraba imposible la recuperación del ecosistema. Pero el resultado de los trabajos, encabezados por la bióloga Patricia Santos, puede verse a la derecha. Lo mismo se logró en el resto de las 60 hectáreas que abarcó el proyecto.

En Indonesia, después del histórico maremoto del 26 de diciembre de 2004, se han realizado también exitosas labores de repoblación de los manglares que habían sido destruidos antes del fenómeno, pues se vio que en las zonas donde todavía se conservaban saludables y el diámetro de los árboles era mayor, el número de víctimas resultó menor, lo cual fue una prueba contundente de que esas masas de árboles brindan una gran protección contra el oleaje de tormentas, huracanes y tsunamis.

Por la misma razón, en Filipinas, a raíz del catastrófico tifón Haiyan de noviembre de 2013, que dejó más de 6 300 muertos, el gobierno inició un vasto programa de reforestación con árboles de mangle para formar una barrera viviente que resguarde las costas más expuestas al oleaje de tempestad.

Aquí cabe subrayar que en esos y otros casos —como los de la Florida en Estados Unidos— las superficies restauradas fueron incomparablemente mayores que Tajamar, que mide sólo unas decenas de hectáreas y por sus reducidas dimensiones y fácil acceso resulta mucho más fácil de intervenir con garantía de éxito.

Por lo demás, no hay que mirar hasta el otro lado del mundo para comprobar que sí es posible restaurar manglares devastados. Tenemos otro ejemplo notable en Celestún, en el noroeste de Yucatán, donde se logró restablecer los mangares impactados por la interrupción del flujo hidrológico provocado por la construcción de la carretera hacia esa población. Esos manglares, dicho sea de paso, son un gran atractivo turístico por su frondosidad, belleza y nutridas poblaciones de garzas, flamencos, ibis y otras aves.

Y a un tiro de piedra del Malecón Tajamar, tenemos otro magnífico ejemplo en los excelentes trabajos que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, la Conanp, realizó para restaurar los manglares del sistema lagunar Nichupté destruidos por el huracán Wilma en 2005.

El meteoro dañó de tal manera los manglares en aquel lugar, que gran parte de ellos murieron y en los siguientes tres años su recuperación fue tan lenta que algunos expertos los consideraron perdidos para siempre, y los más optimistas estimaban que tardarían al menos un cuarto de siglo en recobrar su verdor y frondosidad.

Pero en 2008, tras la creación del Área de Protección de Flora y Fauna Manglares de Nichupté, que abarcaba el manglar destruido, la Conanp emprendió un trabajo que parecía imposible: intentar la resurrección del manglar muerto.

La ciclópea tarea se encargó a la bióloga Patricia Santos, experta en la materia, que durante un curso de especialización en Japón había conocido las técnicas de restauración de mangle usadas en Asia. Y en seis años se logró reforestar exitosamente más de 60 hectáreas con más de 360 mil plantas de mangle, que a la fecha tienen un promedio de sobrevivencia de 87%. Además, se restablecieron los flujos de agua obstruidos, se eliminaron las plagas de especies exóticas invasoras y aquel manglar muerto hoy parece no haber sido nunca afectado, salvo por los troncos de los árboles de mayor porte que aún están de pie como evidencia de la gran resistencia mecánica de este ecosistema ante el embate de los fenómenos que vienen del mar.

En pocas palabras: sí se puede —pues ya se demostró que sí se pudo— resucitar manglares.

Ahora bien, habrá quienes se pregunten si vale la pena hacerlo. Pronto comentaremos cuál sería el costo y quién lo pagaría. Por ahora, basta recalcar que, contra lo que afirma Fonatur para tratar de seguir adelante con el proyecto de urbanización, el manglar de Tajamar está muy lejos de haberse perdido para siempre.

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Uno de los temas que se han puesto a discusión a propósito del caso del Malecón Tajamar de Cancún, es si vale la pena restaurar el manglar destruido. A juicio de algunos, sería inútil intentarlo, pues —dicen— dada la fragmentación del área en grandes lotes divididos por avenidas, ya no hay flujo de agua, sólo quedan charcas, y en el mejor de los casos, y con grandes esfuerzos, únicamente se lograría tener manchones aislados de mangle pobremente desarrollado. Por lo tanto, dicen quienes así opinan, es mejor dar otro uso a esos terrenos.

Este es el manglar que, según Fonatur, no existía en Tajamar y ahora efectivamente no existe porque el propio Fonatur lo arrasó. Pero podría restablecerse y servir para múltiples propósitos, desde la protección contra huracanes hasta la educación ambiental y la capacitación de guías de turistas.

Este es el manglar que, según Fonatur, no existía en Tajamar y ahora efectivamente no existe porque el propio Fonatur lo arrasó. Pero podría restablecerse y servir para múltiples propósitos, desde la protección contra huracanes hasta la educación ambiental y la capacitación de guías de turistas.

Juan José Morales

Pero, por principio de cuentas, y a reserva de comprobarlo con un estudio del sitio, parece evidente que hay todavía un importante flujo hidráulico. Así lo indican, por un lado, la forma en que durante años estuvo creciendo vigorosamente el manglar en los diversos sectores de esa cuadrícula urbanizada, y por el otro, la presencia de peces. Si se tratara de simples charcas, esos y otros animales acuáticos no podrían sobrevivir por falta de oxígeno y por el excesivo calentamiento solar. Recuérdese que el gran manto acuífero subterráneo de la península aflora a la superficie en sitios vecinos a la costa, como Tajamar.

En cuanto a para qué serviría restaurar manglares en ese lugar, hay que subrayar que esos ecosistemas han sido calificados como la piel y los riñones de los continentes, porque constituyen una barrera protectora contra tormentas, huracanes y otros fenómenos parecidos, y porque son eficientes filtros que eliminan contaminantes del agua que circula por ellos.

Lo anterior significa que si se restauran los manglares de Tajamar, habría en esa zona una barrera protectora en caso de huracán, y un sistema natural de tratamiento de aguas que evitaría mayor contaminación del sistema lagunar Nichupté, de las aguas marinas en que se bañan los turistas, y de los arrecifes, otro de nuestros grandes atractivos cuya contaminación y deterioro preocupan a los prestadores de servicios turísticos.

Ciertamente, no muchas ciudades en el mundo pueden alardear de tener en pleno centro urbano —como la tendría Cancún— una planta natural de tratamiento de aguas que no huele mal y no afea el lugar sino, por lo contrario, lo embellece. Incluso, esto podría ser exitosamente usado para la promoción turística al decir que en Cancún no sólo se protege y conserva el medio ambiente, sino que para ello se utilizan los propios elementos naturales.

Por otro lado, como ya señalamos en anterior ocasión, los manglares de Tajamar podrían ser una de esas áreas verdes que tanta falta hacen a Cancún, con la ventaja adicional de su contribución a paliar el problema del calentamiento global. Los manglares, como se ha comprobado en los últimos tiempos, son muy eficientes en la captura de dióxido de carbono, el principal gas de invernadero causante del calentamiento. De hecho, son mucho más eficientes en ese sentido que los bosques y las selvas.

Otro importante uso para los manglares restaurados de Tajamar, podría ser el de la educación ambiental. Fácilmente accesibles y bien ubicados, podrían ser utilizados por maestros, divulgadores y educadores en general para actividades que permitan al público conocer ese ecosistema por el cual hay ahora tanto interés.

Y, desde luego, servirían igualmente para la capacitación de guías de turistas, que cada vez más requieren más y mejores conocimientos sobre aspectos relacionados con la naturaleza, para satisfacer la creciente demanda de ese tipo de información por parte de los visitantes. Es más: debidamente aprovechados, podrían ser un atractivo turístico más.

En fin, restaurar los manglares de Tajamar y destinarlos a los usos arriba señalados puede aportar insospechados beneficios.

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El malecón Tajamar frente a la laguna Nichupté de Cancún —que puede considerarse la única ventana al mar de esta ciudad— se había convertido en un lugar de paseo de los habitantes de la ciudad, especialmente los fines de semana.

Pero el sábado 17 de enero los habituales paseantes ya no pudieron ir a patinar, andar en bicicleta, pasear a sus perros y disfrutar de la brisa marina. Encontraron los accesos al malecón bloqueados por un gran número de policías apostados en apretadas hileras tras vallas de acero que se extendían a lo largo de la avenida Bonampak. Las fuerzas policiacas habían sido desplegadas desde la madrugada, en una aparatosa operación al amparo de la oscuridad, pues previamente se apagaron las lámparas del alumbrado público.

Juan José Morales

Una parte de las nutridas hileras de gendarmes con que se impidió el acceso al ma-lecón Tajamar de Cancún a los paseantes habituales. El comentario generalizado fue que hubiera sido mejor destinar esa enorme cantidad de policías y patrullas a vigilar la ciudad para reducir el número de asaltos, robos y otros delitos que ago-bian a la población.

Una parte de las nutridas hileras de gendarmes con que se impidió el acceso al malecón Tajamar de Cancún a los paseantes habituales. El comentario generalizado fue que hubiera sido mejor destinar esa enorme cantidad de policías y patrullas a vigilar la ciudad para reducir el número de asaltos, robos y otros delitos que agobian a la población.

Y como complemento de aquel alarde de fuerza, una cubierta de plástico negro impedía mirar lo que ocurría más allá, donde podía escucharse el estruendo de la maquinaria pesada que había sido introducida bajo la protección de los gendarmes y —según pudieron comprobar quienes habitan los altos edificios situados al otro lado de la avenida— estaba arrasando totalmente lo que aún quedaba de la vegetación en el sitio.

Se dijo que esta acción fue ordenada porque un juez falló en contra del amparo solicitado por el Centro Mexicano de Derecho Ambiental para que se mantenga esa zona verde, aunque no se dio a conocer el documento. Hubo también versiones de que el amparo todavía está en estudio y la irrupción de la maquinaria buscaba crear una situación de hechos consumados y forzar un fallo en favor de los constructores.

Sea como sea, Cancún pierde así un trecho más de sus humedales. Se destruyó otro manglar que —al igual que los de Puerto Cancún y los fraccionamientos Donceles 28 y Lombardo Toledano— nunca debieron ser devastados, ya que constituían la primera línea de defensa contra los poderosos huracanes que de tiempo en tiempo azotan la zona. Constituían igualmente valiosos sistemas naturales de purificación de las aguas subterráneas contaminadas con desechos humanos que escurren hacia el mar. La ciudad se ha ido así quedando sin escudo contra fenómenos meteorológicos y sin riñones naturales que eliminen contaminantes nocivos para la vida marina.

Todo esto es consecuencia de que Fonatur perdió su carácter original de institución impulsora del desarrollo turístico y se convirtió en una vulgar empresa inmobiliaria dedicada a vender cuanto terreno tenga en sus manos, aunque sea inadecuado para la urbanización. No se ha preocupado por conservar aquellas zonas que los expertos recomiendan no alterar debido a que por su ubicación y características son cruciales para la protección del medio ambiente urbano, como es el caso de los humedales en general y de los manglares en especial.

Por cierto, como detalle curioso, cabe recordar que en 2007, al ver la devastación de manglar en el malecón Tajamar realizada por Fonatur, el entonces presidente Calderón ordenó la fulminante destitución, de manera humillante —en un concurrido acto público y sin que el cesado tuviera oportunidad de aclarar las cosas o tan siquiera se hallara presente—, de Rafael Muñoz Berzunza, entonces delegado de la Semarnat en Quintana Roo y ahora secretario de Ecología del gobierno de ese estado, a quien consideró culpable de aquel hecho.

Pero en realidad Fonatur taló ese manglar con autorización de la Semarnat mediante oficio del 28 de julio de 2005. Como eso se hizo antes de entrar en vigor las actuales disposiciones legales de protección al mangle, ahora se aduce que la ley no puede aplicarse retroactivamente y por tanto debe permitirse que el proyecto de urbanización en ese sitio siga adelante. Pero, según replican quienes se oponen a él, para obtener el permiso de desmonte Fonatur suministró información falsa a la Semarnat. En consecuencia, la autorización podría ser invalidada y no procedería la urbanización de los terrenos.

Ciertamente, es indispensable dejar muy en claro este punto. Si Fonatur falseó la información para obtener fraudulentamente permisos de tala y cambios de uso de suelo, resultaría que defraudó a los empresarios a quienes vendió tales lotes. Éstos podrían demandar a Fonatur por haberlos metido en un laberinto legal y habría que proceder penalmente contra los funcionarios responsables de tales hechos. Pero la gran duda es si las autoridades están dispuestas a desenmarañar este asunto.

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El pasado miércoles, alguien subió a la Internet un video sobre la forma en que, con maquinaria pesada, se estaba arrasando lo que queda de manglar y otra vegetación en el malecón Tajamar de Cancún. Seis horas después lo habían visto más de dos millones de personas, para quienes ahora la imagen de Cancún no es la de un paraíso tropical o un atractivo centro turístico de sol y playa, sino un lugar donde se destruye la naturaleza.

Juan José Morales

TajamarDestruido

Vista de las obras de desmonte total y relleno en el malecón Tajamar. Irónicamente, el único árbol que las máquinas dejaron en pie es una casuarina o pino de mar, indeseable especie invasora que los biólogos tratan de erradicar por los graves daños que causa a la fauna y a la vegetación nativa. Las obras, por lo demás, se realizaron sin el previo rescate de flora y fauna que establece la ley.

Que las cosas se estén haciendo dentro del marco legal o no, que los ecologistas exageren, que haya políticos que quieran aprovecharse del caso —como los lidercillos del llamado Partido Verde, que jamás han movido un dedo para defender el medio ambiente en Cancún y ahora prometen que lo harán—, son cosas que a estas alturas ya no importan. Lo importante es que Tajamar se ha convertido en un motivo de irritación social para un amplio sector de la sociedad, encolerizada ante la persistente destrucción de valiosos ecosistemas. Y se ha convertido también en un embrollo legal que, como demuestra la nueva suspensión de los trabajos ordenada por un juez, puede prolongarse y provocar mayor encono por parte de la población.

Por eso valdría la pena tratar de encontrarle una salida razonable al problema. Y ello no es difícil. De hecho hay dos precedentes que pueden servir de ejemplo.

El primero fue el caso de las playas de Xcacel-Xcacelito, en la Riviera Maya. Ahí, el consorcio español Meliá pretendía construir un hotel en un terreno que —dicho sea de paso— le fue vendido a precio de ganga por el gobierno de Quintana Roo. Había obtenido ya, como ahora los inversionistas de Tajamar, todos los permisos legales para las obras. Pero se levantó una oleada de protestas por parte de diversos grupos sociales ya que ese lugar es un importante sitio de anidación de las tortugas marinas. Hubo un largo y en momentos bastante violento estira y afloja entre los defensores del medio ambiente y los científicos por un lado, y las autoridades que —al igual que ahora— se pusieron del lado de los inversionistas, hablaron de apego a la ley, esgrimieron el argumento del desarrollo económico y la creación de empleos y aseguraron que se tomarían medidas para que las tortugas pudieran seguir anidando. Finalmente, sin embargo, tras una batalla legal y bajo la presión social, el gobierno aceptó cancelar el proyecto hotelero, entregó otros terrenos al consorcio español a cambio de los de Xcacel-Xcacelito, y estableció en estos últimos el Santuario de la Tortuga Marina, muy exitoso por el gran número de animales que ahí desovan. El año pasado, por ejemplo, se registraron ahí más de 4 700 nidos.

El segundo caso, más reciente, fue el del llamado Ombligo Verde, una gran área arbolada en el corazón de Cancún, que un presidente municipal de infausta memoria, Gregorio Sánchez, pretendió convertir en una faraónica y encementada plaza cívico-religiosa con un nuevo palacio municipal de un lado y del otro una nueva catedral (la original, situada a corta distancia en el propio Ombligo Verde y a medio construir, se destinaría al negocio clerical de las criptas funerarias).

También una gran parte del Ombligo Verde fue arrasada totalmente. Las máquinas no dejaron un solo árbol en pie y eliminaron hasta la cubierta de suelo fértil, dejando sólo la roca desnuda. Todo ello con autorizaciones legales, pero contra la opinión popular, que pedía conservar la vegetación y destinar el lugar a un gran parque urbano. Aunque Greg, como se hace llamar el alcalde de marras, continuó tozudamente con su proyecto, finalmente la ciudadanía ganó la batalla, el faraónico proyecto fue cancelado y el Ombligo Verde, aunque severamente dañado, es ahora un sitio de esparcimiento y recreación para los cancunenses.

Uno se pregunta ¿por qué no tomar en cuenta a los habitantes de Cancún y cancelar el proyecto del malecón Tajamar? Fonatur podría muy bien compensar a los inversionistas y destinar el área a un gran parque urbano, que mucha falta hace a Cancún, una ciudad que surgió de la selva pero, paradójicamente, tiene apenas la cuarta parte de la superficie de áreas verdes por habitante que recomienda la Organización Mundial de la Salud.

Esa sería una solución inteligente y satisfactoria, que contribuiría a elevar el prestigio de Cancún en lugar de socavarlo como ahora ocurre.

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En uno de los predios del malecón Tajamar de Cancún comenzó a operar maquinaria pesada para arrasar la vegetación. Pronto corrió la voz entre los defensores de esa zona de manglar y se congregaron numerosos activistas que avisaron a las autoridades correspondientes: Dirección Municipal de Ecología, Procuraduría Federal de Protección al Ambiente y Procuraduría General de la República.

Juan José Morales

Tajamar

La maquinaria pesada ya había iniciado el desmonte en un predio del malecón Tajamar cuando, por la rápida movilización de los activistas defensores de esa zona de manglar, intervino la Policía Federal Preventiva, que detuvo la operación. El terreno, según se sabe, había sido entregado por Fonatur a sus actuales propietarios —empresarios italianos— a cambio de otro que les había vendido y en el cual tampoco pudieron construir por tratarse de una zona protegida.

La maquinaria pesada ya había iniciado el desmonte en un predio del malecón Tajamar cuando, por la rápida movilización de los activistas defensores de esa zona de manglar, intervino la Policía Federal Preventiva, que detuvo la operación. El terreno, según se sabe, había sido entregado por Fonatur a sus actuales propietarios —empresarios italianos— a cambio de otro que les había vendido y en el cual tampoco pudieron construir por tratarse de una zona protegida.

Quienes realizaban el desmonte exhibieron un permiso de la Dirección de Ecología expedido en 2008 y alegaron que podían hacerlo ya que fue negado el amparo que un grupo de niños solicitó para que no se destruya ese humedal, pues no pudieron —los pequeños— depositar la fianza de 21 millones de pesos que les exigió el juez. Pero, independientemente de que la autorización pudiera haber caducado, aún está pendiente el recurso de revisión de la negativa de amparo, y por tanto sigue en pie la prohibición de realizar cualquier obra en ese lugar.

Finalmente, y tras la intervención de los activistas y un abogado del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda), las autoridades, tanto municipales como federales, ordenaron cesar el desmonte y retirar la maquinaria del lugar, la cual fue asegurada al igual que el predio.

A juicio de algunos activistas, lo ocurrido podría interpretarse como el clásico “madruguete”; es decir, una intentona de devastar rápidamente el lugar y crear una situación de hechos consumados, como primer paso para levantar una edificación en el sitio. Otros, en cambio, estiman que se trató de una maniobra concertada con alguna autoridad para —como se dice en el lenguaje popular— “medirle el agua a los camotes”. Es decir, evaluar la capacidad de reacción de los grupos defensores del medio ambiente, que como se ve, fue bastante rápida y eficiente.

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Un preocupante proyecto inmobiliario se cierne sobre Cozumel. Lleva por nombre Aerogolf y consiste en un conglomerado de —entre otras construcciones— hoteles, mansiones de gran lujo, residencias, condominios, helipuerto, centros comerciales, canales, marinas, lagunas artificiales, muelle y, por supuesto, un campo de golf.

En realidad el proyecto no es nuevo. Viene promoviéndose desde hace al menos siete años, e incluso —como parte de él— se talaron ilegalmente en aquel entonces 90 mil metros cuadrados de arboleda para construir una aeropista privada. De completarse ese desarrollo, implicaría la deforestación de casi 600 hectáreas —seis millones de metros cuadrados— de selvas y humedales en el extremo sur de la isla, en la zona conocida como Punta Tormentos.

Juan José Morales

Esta es la zona de Punta Tormentos en Cozumel, donde se pretende arrasar casi seis millones de metros cuadrados de selva y humedales para construir un gran desarrollo residencial. Sin previa consulta pública, y en sesiones a puerta cerrada, el ayuntamiento cozumeleño ya autorizó el cambio de uso de suelo para dar luz verde al proyecto, que también fue autorizado por la Semarnat. Obsérvese la pista aérea construida ilegalmente hace algunos años.

Esta es la zona de Punta Tormentos en Cozumel, donde se pretende arrasar casi seis millones de metros cuadrados de selva y humedales para construir un gran desarrollo residencial. Sin previa consulta pública, y en sesiones a puerta cerrada, el ayuntamiento cozumeleño ya autorizó el cambio de uso de suelo para dar luz verde al proyecto, que también fue autorizado por la Semarnat. Obsérvese la pista aérea construida ilegalmente hace algunos años.

El proyecto, desde luego, ha encontrado fuerte oposición por parte de grupos de isleños que lo consideran extremadamente nocivo para el medio ambiente y en especial para el acuífero subterráneo y los arrecifes coralinos aledaños a la costa, que son el principal atractivo turístico de Cozumel.

Esta isla caribeña —la mayor y más poblada de México— ha tenido durante los últimos años un gran crecimiento demográfico, lo cual obligó a extraer cada vez más agua del subsuelo. Pero el manto subterráneo del cual se obtiene el líquido tiene una capacidad limitada y es muy vulnerable a la contaminación. En tales condiciones, no parece nada sensato autorizar la construcción de un campo de golf, cuyo funcionamiento demanda grandes volúmenes de agua para riego, y en el cual se utilizan igualmente grandes cantidades de fertilizantes, insecticidas y herbicidas para mantener en buen estado el pasto. Ello, amén de la destrucción de vegetación natural que implica su construcción.

El proyectado campo de golf estaría consumiendo buena parte de la limitada reserva de agua de Cozumel, indispensable para el consumo doméstico y los establecimientos turísticos. Por otro lado, los fertilizantes y pesticidas que en él se apliquen terminarán infiltrándose en el subsuelo, arrastrados por las lluvias, hasta llegar al acuífero, con la consecuente contaminación del mismo.

La afectación con insecticidas, por lo demás, puede extenderse a las aguas marinas, ya que las corrientes subterráneas arrastrarán hacia el mar las sustancias infiltradas desde el campo de golf. Ello implica una amenaza para los pólipos de coral, que son muy sensibles a las sustancias tóxicas. Igualmente, los fertilizantes que lleguen a los arrecifes ocasionarán el fenómeno que los científicos denominan eutroficación y que se traduce en el crecimiento de grandes cantidades de algas que pueden cubrir y entorpecer —e incluso detener por completo— el crecimiento del coral. De hecho, este problema ya se observa en muchas regiones del Caribe, debido a la contaminación proveniente de los centros de población.

Finalmente, quienes se oponen al proyecto Aerogolf de Punta Tormentos señalan que de llevarse a cabo incrementaría en un 16% la superficie urbanizada de Cozumel, con el consiguiente aumento en la demanda de energía eléctrica, agua potable —sin contar la que devoraría el campo de golf—, transporte, recolección de basura y servicios públicos en general.

Por todo lo anterior, y por otras razones, ha estado circulando una petición dirigida al presidente municipal de Cozumel, Freddy Marrufo Martín, la delegada de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente en Quintana Roo, Carolina García Cañón y otras autoridades, en el sentido de que se detenga ese desarrollo inmobiliario. Hace unos días, más de 48 mil personas habían firmado dicho documento, cantidad ya muy cercana a las 50 mil, meta que se fijaron los autores de la petición, lo cual demuestra la gran preocupación que existe en la opinión pública por este asunto y que no puede ser ignorada por las autoridades.

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Lo que se pretende hacer en el Malecón Tajamar en Cancún—y para lo cual se ha arrasado ya gran parte de la vegetación de manglar ahí existente— es edificar un gran centro comercial, con las consabidas plazas, tiendas de cadenas comerciales, restaurantes de franquicias, y demás establecimientos usuales en esos lugares.

Pero mi gran pregunta es: ¿realmente vale la pena hacerlo? Y no seré yo quien intente responderla, sino los urbanistas. Y es que, después de ver la situación de numerosos centros comerciales en Cancún, surge la duda de si el que se planea construir en Tajamar tendrá buen éxito o se convertirá en un elefante blanco más, con el consiguiente e irreparable perjuicio para quienes inviertan en la compra de locales para sus negocios.

Juan José Morales

MallVacio

El modelo de grandes plazas comerciales está en decadencia en Estados Unidos, como muestra este panorama de una de ellas en Nashville, en el estado de Tennessee. Tiendas, restaurantes y demás negocios —incluso algunos de gran tamaño pertenecientes a poderosas cadenas— han ido cerrando a medida que el público deja de acudir a esos lugares.

En efecto, basta recorrer Cancún para encontrar por todas partes plazas comerciales de los más diversos tamaños, con un alto porcentaje —a veces la mayoría— de sus locales cerrados o aún funcionando pero con letreros que anuncian su traspaso. Esto ocurre incluso en algunas que tuvieron su época de esplendor. Lo mismo se observa en otros lugares. Por ejemplo, en Majahual, donde el gran centro comercial situado en las afueras del puerto de cruceros —del que se esperaba fuera muy exitoso por la afluencia de pasajeros de los buques— es ahora una especie de pueblo fantasma, con todos, absolutamente todos, sus locales vacíos porque fueron cerrando uno tras otro ante la falta de clientes. Sus propietarios han tenido que resignarse a perder su inversión, porque a nadie le interesa comprarlos o rentarlos.

Ahí estriba el meollo de la cuestión: construir y vender plazas y locales comerciales ha sido por muchos años un buen negocio. Lograr que las tiendas, restaurantes y demás empresas que ahí se establezcan sean un buen negocio, es otra cosa muy diferente.

Por lo demás —y los expertos lo saben muy bien— el modelo norteamericano de grandes plazas comerciales ya está en decadencia en su propia cuna, Estados Unidos. Ya había yo oído hablar de ello, pero tuve ocasión de comprobarlo directamente en mi reciente viaje a ese país. En las ciudades grandes, medianas y pequeñas que visité —Baltimore, Washington, Kenosha, Milwaukee, Nashville, Green Bay y Los Ángeles—, el panorama en los centros comerciales era esencialmente el mismo: poca presencia e incluso ausencia casi total de público, numerosos locales vacíos y reducido o mínimo movimiento comercial. Algunos de esos grandes establecimientos, ciertamente siguen a flote, pero sin duda no pasará mucho tiempo sin que corran una suerte parecida.

Lo que sucede —me explicaban amigos y conocidos que han vivido en Estados Unidos por mucho tiempo— es que la forma de vida y los hábitos de compra de los norteamericanos están cambiando. A las nuevas generaciones ya no les gusta vivir en los suburbios, en la típica casita unifamiliar en un amplio terreno y rodeada de césped, sino que prefieren las zonas céntricas de las ciudades. Y las grandes plazas comerciales suburbanas han pasado de moda.

Más aún: el comercio electrónico, con sus compras vía Internet, está desplazando al comercio tradicional en que el comprador acude a la tienda. Y si bien las ventas por vía electrónica aún no se generalizan en México, es de suponerse que no pasará mucho tiempo antes de que tal cosa suceda. Sobre todo porque ya llegó a México el gigante transnacional de ese tipo de comercio.

Malecón Tajamar como gran centro comercial fue proyectado antes de 2005. En aquel entonces, hace más de dos lustros, la situación era muy diferente a la actual en muchos aspectos. Valdría la pena analizar aquel proyecto para saber si es aún adecuado dadas las nuevas condiciones. Quizá una reevaluación evitaría que quienes piensan establecer negocios en ese lugar terminen comprando elefantes blancos.

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Temporalmente, la Semarnat suspendió la devastación de manglares en el malecón Tajamar en Cancún. Para entonces la maquinaria pesada que se utilizó ya había arrasado casi totalmente la vegetación y causado la muerte a una cantidad incalculable de animales, lo mismo cocodrilos que otros reptiles y mamíferos, y polluelos de aves acuáticas que aún no salían del nido, amén de haber dejado sin abrigo ni alimento a miles de otros animales que se vieron forzados a escapar.

Por Juan José Morales

Panorama de la devastación en el Malecón Tajamar. Ahí donde había vegetación de manglar y una buena cantidad de animales, no queda ahora más que un lodazal carente de vida. Las máquinas, paradójicamente y casi como burla, sólo dejaron en pie una casuarina o pino de mar, una especie vegetal invasora que se trata de eliminar en la zona costera de Quintana Roo por los daños que ocasiona a la flora y la fauna nativa.

Panorama de la devastación en el Malecón Tajamar. Ahí donde había vegetación de manglar y una buena cantidad de animales, no queda ahora más que un lodazal carente de vida. Las máquinas, paradójicamente y casi como burla, sólo dejaron en pie una casuarina o pino de mar, una especie vegetal invasora que se trata de eliminar en la zona costera de Quintana Roo por los daños que ocasiona a la flora y la fauna nativa.

Pero —y esto es importante subrayarlo— la Semarnat sólo intervino porque miles de habitantes de Cancún se movilizaron, realizaron actos de protesta, demandaron que cesara la destrucción, e incluso se plantaron ante las máquinas para evitar que continuaran su labor. Hasta ese momento, la dependencia gubernamental no había movido un dedo para evitar aquello. Y eso a pesar de que, como reconocieron las propias autoridades posteriormente, los compradores de esos terrenos no habían cumplido las condicionantes que se les impusieron en cuanto a rescate de flora y fauna y otros aspectos, ni habían tampoco presentado ciertos estudios y otros documentos previstos por la ley.

En pocas palabras: aunque había una clara y flagrante violación a leyes y reglamentos, la autoridad —específicamente la autoridad encargada de cumplir las disposiciones en materia ambiental— se mantenía indiferente y era omisa o cómplice de la devastación y la ilegalidad. Se vio forzada a intervenir debido a la presión ciudadana. De no ser por ella, la destrucción habría seguido adelante.

También hay que recalcar —porque es igualmente importante— que la suspensión es sólo temporal. La Semarnat ya ha anticipado que se impondrá una multa a los desarrolladores y se les exigirá realizar ciertas obras para “compensar” los daños ocasionados al manglar. Deja así la puerta abierta para que, tras el pago de cierta cantidad de dinero —que por elevada que sea representará sólo una fracción insignificante de las ganancias que dejará ese negocio inmobiliario— y la plantación de unos cuantos árboles, se dé luz verde a las obras y éstas continúen, seguramente con apoyo de las fuerzas represivas para —ahora sí— “hacer cumplir la ley”.

Por desgracia, hay en juego intereses económicos muy poderosos, y por desgracia también, México está hundido en un pantano de corrupción, una corrupción que —esto igualmente debe recalcarse— incluye tanto a autoridades como a empresarios. Ambos factores han sido determinantes para la pérdida de gran parte de nuestro más valioso patrimonio natural y para el deterioro del medio ambiente. Pero los habitantes de Cancún al parecer ya llegaron al punto de hartazgo y superado la pasividad e indiferencia que habían permitido a las autoridades hacer impunemente de las suyas.

Hay ahora una movilización ciudadana. Y en ella —no puedo dejar de señalarlo— se advierte una ausencia notoria; muy notoria: la de los colegios de profesionistas. En particular los dos colegios de biólogos existentes en Cancún. Pero también los de ingenieros, arquitectos y otros relacionados con el medio ambiente y el urbanismo. Ninguno de ellos ha adoptado una postura clara, abierta y definida ante el caso Tajamar. ¿Por qué? Lo ignoro. Pero quizá ese vacío se llene si los abogados de Cancún responden a la exhortación que se les ha hecho a través de las redes sociales para integrarse a la defensa del manglar.

A este respecto, hay que dejar constancia de la importante intervención que en el caso Tajamar ha tenido el Centro Mexicano de Derecho Ambiental, cuyos expertos en cuestiones jurídicas y ecológicas han armado una sólida demanda legal para tratar de lograr la suspensión total y definitiva de las obras.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Ya lo he señalado en otras ocasiones, pero no está de más repetirlo: el gran recurso natural de Quintana Roo es el paisaje. Concretamente, el paisaje de la zona costera, con sus playas de fina y blanca arena, sus aguas cristalinas de variados colores y sus extensos humedales.

Las playas —que es casi en lo único que se piensa como elemento turístico del paisaje— no son ecosistemas aislados sino que están interrelacionadas con los demás ecosistemas, desde la selva hasta los arrecifes coralinos, pasando por los humedales, las dunas costeras, las praderas submarinas y… cosa que mucha gente pasa por alto… el gran acuífero subterráneo, cuyos cuantiosos escurrimientos corren hacia la costa y el mar.

Por Juan José Morales

Aunque a primera vista las playas parezcan ser sólo una franja de arena, en realidad están estrechamente interrelacionadas con las dunas costeras, las praderas submarinas, los arrecifes de coral, la selva del interior, los humedales y otros ecosistemas, y el lazo de unión entre todos ellos son las corrientes subterráneas. Por eso la protección y conservación de playas tiene que considerarse con una visión integral.

Por lo tanto, si se quiere proteger y conservar ese valiosísimo recurso natural, hay que proteger y conservar todo el conjunto de ecosistemas con el que está entrelazado. Cualquier daño que sufra uno de ellos repercutirá inevitablemente sobre los demás.

Y lo que se dice de los ecosistemas puede aplicarse también a las especies de plantas y animales en lo individual. No sólo son necesarias para mantener en buenas condiciones el conjunto, sino también pueden ser un atractivo que enriquezca la oferta turística. Así ha ocurrido, para citar un par de casos, con las tortugas marinas y el tiburón ballena. Hoteles que antes trataban de ahuyentar a las tortugas marinas cuando salían a desovar porque las consideraban una molestia para los huéspedes, ahora ofrecen entre sus atractivos la anidación y la liberación de crías. Y la observación del tiburón ballena, al que antes nadie prestaba atención, es hoy una actividad que da muy buenas ganancias a docenas de empresas de servicios náuticos.

Pugnar por la protección de dunas, humedales, pastizales marinos y otros ecosistemas, y por especies amenazadas, no es, pues, una actitud romántica, un ecologismo trasnochado que quisiera mantener a la naturaleza prístina e intocada. No es algo que sólo interese a espíritus sentimentales, ni su objetivo se limita a poder seguir disfrutando del dulce trino de las aves y los hermosos colores de las flores. sino una posición eminentemente práctica. Es una cuestión de pesos y centavos. Es algo de lo que depende, nada más ni nada menos, que el futuro de una actividad económica que da sustento a más de un millón de personas y que —pese a todas sus deformaciones e injusticias— representó la salida a una crisis que parecía inevitable tras el colapso de la producción de henequén en Yucatán.

Desgraciadamente, durante el desarrollo de los centros turísticos del Caribe mexicano no solamente se cometieron graves errores que ahora se manifiestan en forma de problemas tales como erosión de playas, deterioro de lagunas, pérdida de la calidad del paisaje y otros, sino que aún privan enfoques puramente mercantilistas, orientados a la búsqueda de ganancias inmediatas a costa de la destrucción del medio ambiente.

Todavía, por ejemplo, se sigue propiciando la erosión de playas al destruir las dunas costeras para levantar residencias unifamiliares y condominios, y se siguen construyendo caminos que cortan los humedales sin dejar pasos de agua adecuados. Y funcionarios de muy alto nivel, entre los que destaca el ex gobernador de Quintana Roo y actual senador por ese estado, Félix González Canto, insisten en que se deroguen las normas de protección al manglar a las que se llegó finalmente, después de años de persistente destrucción de esos ecosistemas. Buscan así allanar el camino para que empresarios voraces puedan amasar nuevas ganancias mediante la especulación inmobiliaria con terrenos ahora protegidos. Su argumento —que sólo demuestra una total ignorancia sobre el valor ecológico y los servicios ambientales de los manglares— es que esos ecosistemas no sirven para nada y que protegerlos es sólo un obstáculo para el desarrollo económico.

En fin, estamos ante un típico caso de gente que trata de matar a la gallina de los huevos de oro.

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Como dijo el gobernador de Quintana Roo, Roberto Borge, el asunto del Dragon Mart se resolverá finalmente en los tribunales. Y es que, ante la negativa del ayuntamiento de Cancún a conceder la licencia de construcción para ese gran centro de exposición, venta y distribución de productos chinos, los promoventes del proyecto están tratando de encontrar algún tecnicismo legal que les permita echar abajo la resolución municipal.

Por Juan José Morales

Aquí cabe subrayar varios detalles notables del caso.

En primer lugar, que la negativa de las autoridades municipales no se basó en la oposición al Dragon Mart por parte de muchos organismos empresariales y las objeciones que se le han hecho en cuanto a que propiciaría una invasión de productos chinos que arruinaría a los fabricantes nacionales. Por razones legales, el ayuntamiento no podía fundar su resolución en tales consideraciones, ya que están fuera de su competencia y en todo caso corresponden al gobierno federal, que maneja la política comercial y las relaciones exteriores del país. La resolución del ayuntamiento se ajustó estrictamente a la normatividad municipal en materia de desarrollo urbano y a lo estipulado en el plan de ordenamiento ecológico de la zona.

Este es uno de los muchos y a veces muy diferentes planos, diseños y maquetas del Dragon Mart dados a conocer durante el último par de años. Pero por ahora, esta maqueta se quedará en eso —en maqueta— después de la negativa del ayuntamiento de Cancún a conceder la licencia de construcción por irregularidades del proyecto.

A reserva de examinar con detalle el acuerdo, de las declaraciones del presidente municipal de Cancún, Julián Ricalde, se desprende que —como se había señalado y comentamos en esta columna— se detectaron importantes imprecisiones, anomalías y discrepancias en la documentación presentada por la empresa del Dragon Mart en apoyo de su solicitud de licencia de construcción. Aparentemente, como el proyecto contaba con el respaldo del anterior gobernador, Félix González Canto, y posteriormente con el del actual, Roberto Borge, los empresarios pensaron que la obtención de la licencia ya estaba garantizada de antemano y sólo había que cubrir las apariencias presentando cierta cantidad de, planos, estudios y documentos. Pero no contaron con que el expediente sería revisado minuciosamente y se descubrirían sus errores, omisiones y demás deficiencias y el incumplimiento de normas y regulaciones.

Otro aspecto importante, que ya hemos comentado en estas páginas, es que por primera vez en la historia de Cancún, el asunto se manejó con total transparencia por parte del ayuntamiento, el cual lo sometió a la consideración de la ciudadanía, para que lo conociera debidamente y emitiera sus opiniones al respecto, ya que se trata de un asunto de gran envergadura, que puede tener un profundo impacto no sólo de tipo ambiental sino también sobre la vida urbana en materia de vialidad, servicios, abastecimiento de agua y electricidad, recoja de basura, vigilancia, etc. En un hecho sin precedente, por primera vez, las cosas se hicieron a plena luz, a la vista de todos y no —como era lo habitual— “en lo oscurito”, en reuniones casi secretas de comités y en apresuradas reuniones de cabildo.

Como era de esperarse, ya el Dragon Mart ha respondido que seguirá peleando por la vía judicial. Y no sería raro que en los tribunales locales —donde la influencia del gobierno del estado es muy fuerte— obtenga un fallo favorable y el ayuntamiento tenga que recurrir a instancias superiores —quizá hasta a la Suprema Corte— para poder mantener su decisión.

También es de esperarse —y de hecho ya se está viendo— que en las próximas elecciones municipales del 7 de julio habrá un esfuerzo monumental y correrán ríos de dinero —ya están corriendo— para lograr que el PRI conquiste la presidencia municipal de Cancún, vuelvan aquellos tiempos del desorden urbano, de violaciones a los reglamentos y planes de ordenamiento ecológico y urbano, y los escandalosos cambios de uso de suelo —de los cuales, por cierto, el actual ayuntamiento no ha autorizado uno solo—, y con ello se anule la negativa y el Dragon Mart pueda salirse con la suya.

Pero por lo pronto, el Dragon Mart ha sido frenado.

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