Homenaje a Pierre Menard

/ En más de uno de los muchos libros sobre Beatles en general y John Lennon en particular, se relata un hecho curioso: Lennon y McCartney, que hacían excelentes canciones sobre enamoramientos, ilusiones y noviazgos no muy audaces, de pronto escucharon con atención las canciones de Bob Dylan, y comenzó su transformación: sus piezas se fueron haciendo más íntimas, los problemas eran más profundos, así como la visión de la vida; de ser alegres y triunfadores pasaron a ser pesimistas, “losers”, más intelectuales; Dylan conoció las nuevas canciones, pensó que qué buenos e inteligentes eran, y se hizo aún más profundo, más poético, siguiéndolos; cuando se conocieron, e intercambiaron opiniones, Dylan se dio cuenta que, a través de ellos, se influyó a sí mismo.

Pueden tomarse dos novelas clásicas, de las obras cumbres del siglo XIX: Madame Bovary, de Flaubert y Anna Karenina, de Tolstoi; las dos hablan de la infidelidad femenina, de una mujer que, de manera involuntaria, se entrega a una pasión que las hace sentir distintas, que las hace ver a sus maridos como si fueran aburridos, mientras que los amantes las encienden, las transfiguran, las emocionan. Otras dos novelas: La cartuja de Parma, de Stendhal, y La educación sentimental, de Flaubert, que coinciden en los enamoramientos juveniles, el aprendizaje del amor, el dolor de crecer y dejar atrás la infancia feliz.
¿Alguien podría decir que, aunque una se haya escrito antes que las otras, se trata de plagios?
Ya lo dijo Tito Monterroso: sólo hay tres temas en la literatura: “el amor, la muerte y las moscas”; de allí en adelante, todo es variante: celos, traición, felicidad, infelicidad; también se dice que ya todo está escrito desde la época dorada de Grecia, y si no, Shakespeare agotó las variantes de esos tres temas; su contemporáneo Miguel de Cervantes también trató, en mayor o menor medida, casi todos estos temas y sus posibles variantes con una visión diferente, y si se trata de eso, ya para qué escribir, si todo está dicho.
También es cierto que hay autores que inciden de manera definitiva en el gusto, la formación de los lectores, y que a muchos de ellos, a partir de ciertas obras, les da por escribir, y pocas veces se alejan de sus modelos iniciales, a los que añaden algunos más; si uno se basa en el currículum que Carlos Fuentes ha añadido en algunos de sus libros, pero que está muy detallado en Perspectivas mexicanas desde París (la larga entrevista que sostuvo con James R. Fortson), puede observarse que se ha dejado influir por los autores que ha leído en diferentes etapas de su vida: John Dos Passos, Faulkner, Goytisolo, y la poderosísima presencia de Cortázar, quien dejó una huella profunda en sus lectores, aunque se ha diluido a últimas fechas (uno pensaría que las nuevas generaciones ya no lo leen, que no es políticamente correcto).
Desde la aparición de La región más transparente se dijo que se dejaban ver grumos de sus lecturas, y que siguiendo esos grumos, Gustavo Sainz incurrió en el fanatismo de algunos autores clave (los fatigó, como decía Borges); aunque fuera cierto que esa primera novela de Fuentes es producto de muchas lecturas inteligentes, más la visión política y sociológica, enriquecida por filósofos, sociólogos, políticos, también es cierto que influyó a un número altísimo de escritores no sólo mexicanos, que siguieron sus huellas, aunque con su sello personal; y uno de esos autores, José Agustín, cuyo De perfil debe mucho a La región más transparente, es responsable (indirecto) del nacimiento de otra generación, no mucho más joven, a la literatura (Juan Villoro, por ejemplo).

La revista Uncut pidió hace unos meses a Pete Townshend que detallara cuáles eran las influencias que lo llevaron a escribir Tommy, una de las piezas fundamentales del rock; el resultado fue asombroso: un disco con piezas de The Pretty Things, Mose Allison, Jimi Hendrix, Zombies, Eddie Cochran, The Creations, Muddy Waters, Nirvana, Procul Harum, Max Miller, The Kinks y Keith West; el único evidente era Sonny Boy Williamson. Sólo Townshend podría descifrar en dónde estaban esas influencias; el número más reciente de esa revista enumera las influencias sobre Beatles meses antes de que se hicieran famosos fuera de Liverpool, donde ya eran celebridades: Chuck Berry, Chan Romero, Carl Perkins, Fats Waller, Little Richard, Roy Lee Johnson, Teddy Bears, Eddie Fontaine, Gene Vincent, Ray Charles, Olympics, Elvis Presley y Peggy Lee, de cuyas creaciones hicieron versiones respetuosas pero con añadidos, enriquecimientos, variantes; una de sus primeras piezas, “Words of Love”, de Buddy Holly, la tocaron igual que él, nota por nota, excepto por un detalle: que cantan Lennon, McCartney y Harrison, todos en segunda voz, como dejando en claro que sólo Holly podía hacer esa excelente (y al parecer sencilla, pero no) primera voz.
Una de las piezas que trae este disco, “Be-Bop-A-Lula”, de Vincent, la cantó Lennon imitando esa versión original, en el célebre Rock ‘N’ Roll, uno de sus discos como solistas, casi, y es importante ese casi, sin variantes (además de que le da el crédito correspondiente).
Sólo los autores (escritores, pensadores, músicos, pintores, incluso los directores de orquesta) saben en su intimidad cuánto le deben a sus semejantes; algunos de ellos, sus contemporáneos; en la primera de sus autobiografías, Sergio Pitol declara que sin la guía, la ayuda y la crítica de Carlos Monsiváis (menor que él) no hubiera escrito su primer cuento, ni los que le siguieron; al final de ese escrito incluye de nuevo a Monsiváis en la lista de los autores que lo han modificado; Monsiváis, en su autobiografía, también enlista sus influencias y sus preferencias, no todas literarias. Son muchísimas.
Muchas veces los autores no son tan conscientes de sus influencias, y de pronto se sorprenden al encontrar en sus obras huellas de lecturas muy lejanas; fiel a sus fuentes, José Emilio Pacheco, en un poema del más reciente de sus poemarios, recuerda un ensayo grácil pero hondo de Alfonso Reyes que en una sola línea describe el tormento de afeitarse todos los días. Carlos Fuentes no deja de citar a sus clásicos, no siempre de manera evidente.

De nuevo citemos a Tito Monterroso: describe las consecuencias de descubrir a Borges; es imposible ignorarlo, y pocos se resisten a seguirlo; hay que descubrir entonces que es imposible copiarlo, o mejor, inútil, aunque la tentación sea grande: “Cualquiera puede permitirse imitar impunemente a Conrad, a Greene, a Durrell; no a Joyce, no a Borges. Resulta demasiado fácil y demasiado evidente.” (¿se fijaron en las comillas? Movimiento perpetuo, Joaquín Mortiz, pág. 57, primera edición.)
Borges tiene varias obras maestras; una de ellas es “Pierre Menard, autor del Qujote”, (Ficciones), en la que un hombre descubre que para hacer un Quijote distinto hay que trasladar al papel, palabra por palabra, lo que escribió Cervantes, y aunque sean las mismas palabras, es otro, diferente; entre las consecuencias de descubrir a Borges, dice Monterroso: “Descubrir que uno es tonto y que hasta ese momento no se le había ocurrido una idea que más o menos valiera la pena (benéfica)” (¿se fijaron en las comillas?).

En su autobiografía, Juan Vicente Melo relata que en el suplemento de un periódico veracruzano, incluía, cuando lo dirigió, “algún cuento o una crítica de José de la Colina, unos poemas de Francisco Cervantes, un plagio de Gustavo Sainz, un ensayo de Carlos Valdés…”; en esos años, principios de los sesenta, acusaron a Sainz de presentar con su nombre relatos de autores poco conocidos en México, a los que tenía acceso mediante revistas extranjeras, y a Gazapo lo califica Melo de “parodia”. Luis Guillermo Piazza en La mafia hace menciones a plagios o parecidos de diferentes autores; Fuentes también a cada rato es acusado de plancharse Aura, y después Diana o la cazadora solitaria, aunque jurídicamente se demostró que no podía tratarse de un plagio. En su autobiografía (primera) Pitol dice que no puede inventar ni una situación ni una cara, que todo lo toma de la realidad, y no por eso la realidad lo ha acusado de plagiario.
Pocas ideas son totalmente originales; si se revisa un buen manual de filosofía se verá que cada pensador importante es producto de lo que otros pensaron antes que él, sólo aporta una nueva visión, un nuevo ángulo, o desmiente o reafirma lo que aseveró algún otro; Emma Bovary y Anna Karenina sufren las mismas penalidades, sólo diferenciadas por la visión de la vida que tenían sus creadores; así, muchas novelas se parecen a otras, aunque no sean exactamente iguales; incluso alguna puede ser motor de arranque de otra.
Sin embargo, Por vivir en quinto patio sólo se diferencia de Play it again, Sam en el ámbito en que se desarrollan la historias, la personalidad de los personajes, y que los fantasmas que le enseñan a seducir mujeres uno es el galán más recio, incorruptible (aunque sea villano) y rudo del cine estadounidense, y Emilio Tuero es un cantante que impostaba la voz, que era duro, o mejor, tieso, sin flexibilidad, como actor; de allí en fuera, todo en la novela de Sealtiel Alatriste es diferente de la obra de Woody Allen; todo es diferente menos el motivo, el pretexto, la trama, el desarrollo y el final; asombra que en medio de tantos ataques por unos párrafos calcados de otros autores, nadie se haya fijado en las coincidencias de esta novela con la obra de teatro, y después, mucho después, película, curiosamente no dirigida por Allen.
Asombra que los lectores no se hayan dado cuenta de otras coincidencias, de autores mejores y más prestigiados que Alatriste; por ejemplo, y van varias veces que lo digo, y corro el riesgo de no entrecomillar mis propias palabras, las coincidencias en estructura, ritmo, desarrollo y desenlace entre Decadencia y caída, de Evelyn Waugh, y Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; por su parte, éste ha sido imitado pero por gente de calidad muy inferior a la suya, que por otra parte demostró ser un devorador de la novela inglesa de la primera mitad del siglo XX. Otros han encontrado más coincidencias aún entre Maten al león con Merienda de negros, también de Waugh; pero bueno, Waugh es contagioso, no hay manera de eludirlo si se le lee bien; no es de extrañar que William Boyd no busque esconder su admiración por él y por la forma de estructurar sus historias, resaltando lo absurdo de la realidad y cómo se presenta de manera brutal en la vida de los hombres. Las coincidencias de Ibargüengoitia no le quitan gracia, elegancia y su humor contundente y desacralizador. Pero una cosa es influencia y otra plagio.
(El Murciélago Velásquez, magnífico luchador que se convirtió en argumentista, usó la misma trama, casi los mismos diálogos, para dos películas distintas, una con luchadores y otra con luchadoras; ni Emilio García Riera en la Historia documental del cine mexicano ni Pepe Navar y compañeros en ¡Quiero ver sangre! acotan esas coincidencias, exactamente con el mismo final; pero el Murciélago no se iba a denunciar a sí mismo como plagiario.)

Rosario Castellanos no pudo evitar a Oscar Wilde, sólo lo transformó: en vez de “Sin embargo –Y escuchen bien todos!– / Todos los hombres matan lo que aman: /Unos con una mirada de odio, /Otros con una palabra acariciadora; / El cobarde con un beso, / El valiente con la espada. / Unos matan su amor cuando son jóvenes, / Otros cuando ya son viejos, / Unos lo ahogan con las manos de la lujuria, / Otros con las manos del oro; / Los más compasivos se sirven de un cuchillo, / Del cuchillo que mata sin agonía. / El amor de unos es demasiado corto, / Demasiado largo el de otros; / Unos venden y otros compran; / Unos hacen lo que deben hacer con lágrimas, / Otros sin un solo suspiro; / Pues todos los hombres matan lo que aman, / Aunque no todos tengan que morir por ello.” (fragmento de “La balada de la cárcel de Reading”), Castellanos escribió: “Matamos lo que amamos, / lo demás no ha estado vivo nunca”.

Cuando vino Vargas Llosa a México, promoviendo Pantaleón y las visitadoras, en 1973, se hizo una pequeña tertulia; alguno de los asistentes (¿Carlos Pellicer, Ernesto Mejía Sánchez, Manuel Mejía Valera?) dijo que México se estaba convirtiendo en “La ciudad y los premios”. Se quedó corto; es abrumador leer las solapas o las cuartas de forros de los nuevos libros y encontrar con que los autores tienen más premios que títulos; antes, los escritores con ambiciones literarias rehuían los certámenes locales de poesía, los Juegos Florales, las Flores (más bellas del ejido); eran los editores quienes enviaban los libros a concursos prestigiosos; ante el cúmulo de premios, que algunos parecen inventados, uno se pregunta si no será la causa de la proliferación de libros, de autores que publican uno o dos títulos por año y sólo para ganar premios; como dijo Gaspar Aguilera Díaz, al referirse a Julio Cortázar, mucho menos pretencioso que muchísimos autores muy inferiores a él, que “los honores deshonran, los prestigios desprestigian”, sólo sobrevive la obra. Claro, hay autores que prestigian a los premios que se merecen, pero otros los devalúan.

Murió Gary Carter, supercatcher, a los 57 años; de los últimos que no escondía la manita, y de los últimos que jugaba por placer. Se retiró Tim Wakefield, luego de casi 20 años en las Mayores, con una marca increíble: 200 ganados, 180 perdidos, 4.41 de carreras limpias; ¿lo incluirán en el Salón de la Fama?

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