Por lo general, cuando se habla de extinciones masivas, únicamente se piensa en la que hace 65 millones de años acabó con los dinosaurios y con el 70% de las especies que entonces poblaban la Tierra. Pero se pierde de vista que antes de ella hubo otras cuatro, tanto o más espectaculares. De hecho, los que podrían llamarse dinosaurios clásicos, los que desaparecieron hace 65 millones de años, eran sobrevivientes —al igual que los cocodrilos y los pterosaurios o reptiles voladores— de una de esas grandes extinciones, ocurrida hace 210 millones de años.

La mayor de todas ocurrió hace 252 millones de años, en las postrimerías del período Pérmico, y ocasionó la desaparición del 96% de las especies marinas —entonces las más abundantes, desarrolladas y diversificadas— y el 70% de las terrestres, entre ellas los mayores insectos que ha habido en la Tierra, como la meganeura, una libélula gigante cuyas alas medían 75 centímetros de punta a punta.

Animales terrestres como este herbívoro, científicamente denominado Moschops capensis, poblaban la Tierra en el período Pérmico, antes de la repentina gran extinción que casi en un abrir y cerrar de ojos barrió al 95% de la fauna marina y el 70% de la terrestre.

Las causas de aquella masiva aniquilación todavía son objeto de discusión. Se habla del impacto de un asteroide —algo similar a lo que causó la desaparición de los dinosaurios—, de gigantescas erupciones generalizadas de una cadena de supervolcanes que alteraron profundamente el clima con sus nubes de polvo y gases, de la explosión de una supernova cercana, de la liberación de gases del fondo marino, de un período glacial y de una combinación de esos y otros eventos catastróficos. Pero para tener mayor claridad al respecto, es indispensable saber qué tan rápidamente ocurrió la extinción, pues eso dará una mejor idea de qué tipo de fenómeno pudo haberla causado.

Pues bien, de acuerdo con un reciente estudio científico, aquella colosal extinción ocurrió en un lapso sorprendentemente breve: como máximo en 100 mil años, y tal vez en sólo 12 mil. En términos de duración de los procesos geológicos y evolutivos, esto resulta casi instantáneo. Por comparación, la extinción que la precedió, la de fines del período Devónico, ocurrida hace 360 millones de años, fue un evento que se prolongó a lo largo de tres millones de años.

La investigación fue realizada por científicos del Instituto de Tecnología de Massachussets en Estados Unidos y del Instituto de Geología y Paleontología de Nanjing, en China. La conclusión a que llegaron, en el sentido de que el fenómeno ocurrió en un lapso tan breve —diez veces más rápidamente de lo que generalmente se había estimado—, se basa en los resultados obtenidos con técnicas de fechamiento más precisas, que permitieron establecer la edad de las capas geológicas de la época en que desaparecieron las especies.

Pero quizá lo más interesante de este hallazgo científico —al menos por comparación con lo que ahora está ocurriendo— es que unos diez mil años antes de que se desatara la gran extinción, hubo un súbito y marcado incremento en la cantidad de dióxido de carbono presente en la atmósfera. El resultado de ello fue que, al absorber ese gas, las aguas marinas se volvieron más cálidas —su temperatura al parecer aumentó unos diez grados— y también más ácidas. Como resultado, sobrevino una mortandad generalizada de organismos marinos. Y, por supuesto, el cambio en la composición del aire afectó también a los animales terrestres y causó la muerte a muchos de ellos.

Según sospechan los investigadores, esa anormal concentración de dióxido de carbono fue resultado de grandes y prolongadas erupciones volcánicas en lo que ahora es Siberia.

Ahora bien: actualmente estamos presenciando un fenómeno semejante de calentamiento global y de acidificación de las aguas del océano debido a la abundancia de dióxido de carbono en la atmósfera, aunque en este caso el gas no es de origen natural —el vulcanismo— sino de la actividad humana. Tampoco es de tan gran magnitud como en aquel entonces. Pero la similitud no deja de ser inquietante.

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De que lo hacían, lo hacían. No cabe duda de ello, porque si no, se hubieran extinguido antes de que les cayera el asteroide de Chicxulub. La cuestión es saber cómo lo hacían, y según investigadores como el Dr. Ken Carpenter, la Dra. Kristy Curry Rogers y, sobre todo, el ya fallecido Dr. Lambert Beverly Halstead, un paleobiólogo británico muy conocido por su trabajo de divulgación de la ciencia, la postura más usual que para copular adoptaban los dinosaurios y demás bichos de su ralea, era la que popularmente se conoce como “de perrito”, con el macho montando por detrás a la hembra.

De 13 metros de largo, seis de altura y hasta diez toneladas, el Tyrannosaurus rex —al que aquí vemos en la dulce y aplastante unión con su pareja sexual— era un monstruo imponente. Usualmente se considera que fue un agresivo depredador, pero hay quienes opinan que en realidad era carroñero. De cualquier manera, las poderosas garras de sus pequeñas patas delanteras podían destrozar el cuerpo de un animal.

De todo esto se habla en un documental de televisión difundido recientemente, pero en realidad es asunto viejo. Halstead, quien murió en 1991 y cuya especialidad, como señalábamos, era el estudio de la biología de animales ya extintos de los cuales sólo se conocen sus fósiles, dedicó bastante tiempo a este tema, que le pareció fascinante dadas —decía— las formidables dificultades que implicaba para los mayores dinosaurios, con sus decenas de toneladas de peso y su formidable armadura de gruesas placas y enormes y puntiagudas espinas, cumplir el rito de la reproducción.

Con base en sus estudios sobre la anatomía y dimensiones de los dinosaurios, Halstead desarrolló varias explicaciones muy convincentes que hoy día son generalmente aceptadas por los especialistas, sobre todo porque corresponden a la forma en que se aparean los reptiles de la actualidad y llegó a la conclusión de que esencialmente todos los dinosaurios, grandes y pequeños, lo mismo los terrestres que los acuáticos y los grandes reptiles voladores o pterosaurios, adoptaban la mencionada postura como posición básica para la unión sexual.

Los pentacerátopos, de los cuales hubo varias especies del mismo género, habitaron en lo que ahora es Norteamérica. El nombre de estos dinosaurios significa “rostro con cinco cuernos”, pero sólo tres eran cuernos en sentido estricto, largos, fuertes y muy puntiagudos, adecuados para el ataque. Los otros dos, a ambos lados del rostro, eran una especie de gruesas púas protectoras. En la imagen, una pareja de ellos en plena cópula. Sus bramidos deben haberse escuchado a kilómetros de distancia.

En el caso de las especies terrestres y las voladoras —que se apareaban en tierra—, la hembra acercaba al suelo los cuartos traseros lo más posible —a diferencia de las hembras de los mamíferos, que levantan la grupa para recibir al macho—, y el macho se le subía a la espalda sujetándose con las patas delanteras y tratando de acomodar la cola bajo la de la hembra. Luego levantaba una pata trasera para situarla sobre el lomo de su pareja, y finalmente introducía el pene en la cloaca, una cavidad que poseen las aves, los anfibios y los reptiles y que está conectada al aparato urinario y el reproductor. Soltaba su carga de espermatozoides, y se retiraba. Todo ello en breve tiempo —la introducción y la eyaculación deben haber sido cosa de segundos—, pues es de suponer que tener 15 ó 20 toneladas sobre la espalda no resultaba muy placentero para las dinosaurias. Lo que presumiblemente llevaba bastante más tiempo, era todo el ritual previo al apareamiento.

Quizá pronto comencemos a ver en los museos exhibiciones como esta, aunque quizá también las pudibundas señoras de la Liga de la Decencia o los no menos pudibundos Caballeros de Colón pongan el grito en el cielo y exijan que se retiren semejantes cochinadas que podrían incitar a las impolutas mentes infantiles a pecar de pensamiento o —peor aún— de obra.

Otra solución que la naturaleza le dio por la vía evolutiva al problema de tener a cuestas —así fuera por poco tiempo— semejante mole, fue hacer a las hembras de los dinosaurios mayores que los machos, a diferencia de lo que ocurre en la generalidad de los animales, en los que el macho supera en tamaño a la hembra. Al menos ese parece ser el caso del gigantesco tiranosaurio, una de las especies más conocidas.

De cualquier manera, la cópula resultaba tan incómoda, molesta y problemática para aquellas criaturas, que algunos especialistas opinan que quizá trataban de realizarla en el agua, donde la flotabilidad les facilitaba las cosas, como lo hacen actualmente sus lejanos descendientes, los cocodrilos y las tortugas marinas. Unos y otras, aunque depositan sus huevos en tierra, se aparean en el agua, justamente porque a la hembra le resulta más conveniente al no tener que soportar el gran peso del macho. No hay todavía, sin embargo, muchas evidencias de que los dinosaurios tuvieran un comportamiento semejante.

Después de todo, ni los elefantes ni los rinocerontes se aparean en tierra firme y no en el agua, pese a que son bastante pesaditos y experimentan iguales dificultades para llevar a cabo la reproducción.

Desde luego, las especies marinas, como los ictiosaurios y los plesiosaurios lo hacían en lagos y mares, donde las cosas se les facilitaban por la flotabilidad.
Y ya que andamos por los   terrenos de la vida sexual de los dinosaurios, para satisfacer el morbo de los lectores interesados en tales minucias, diremos que, según estiman algunos paleobiólogos, el pene de los mayores de ellos era un instrumento verdaderamente formidable que superaba los 3.5 metros de longitud.

Hace 150 millones de años, los descomunales braquiosaurios —de 25 metros de largo, 13 de altura y entre 35 y 60 toneladas, quizá los dinosaurios más conocidos y populares— fueron pioneros de una técnica de fornicación que los humanos perfeccionarían con el colchón de agua y les permitía montar a la hembra sin aplastarla con su propio peso.

 

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La imagen, tomada de la página web del Grupo de Investigación del Cráter de Chicxulub del Instituto de Geofísica de la UNAM, da una idea de las enormes dimensiones del asteroide.

El Gran Museo de la Cultura Maya que se construye en la ciudad de Mérida, será inaugurado con una magna exposición sobre el llamado Cráter de Chicxulub, la huella de 200 kilómetros de diámetro dejada hace 65 millones de años por el impacto de un asteroide que ocasionó la extinción de los dinosaurios.

Desde luego, no faltarán quienes se pregunten qué tiene qué ver la cultura maya con aquella catástrofe de origen cósmico ocurrida mucho antes de la aparición del hombre. Pero la relación es más estrecha de lo que pudiera pensarse. Aquel descomunal impacto creó condiciones naturales propicias para que miles de milenios después, floreciera la civilización maya en el norte de la península de Yucatán. Es más: como resultado de la s extinciones provocadas por esa hecatombe, la evolución cambió de rumbo y tomó una dirección que permitiría el predominio de los mamíferos y el surgimiento del Homo sapiens. Así, en cierto sentido, podría decirse grandilocuentemente que Yucatán es la cuna de la humanidad.

Pero hablemos del cráter

Como decíamos, lo formó hace 65 millones de años el impacto de un cuerpo celeste —presumiblemente un asteroide— de unos diez kilómetros de diámetro, pero aquella inmensa oquedad de 200 kilómetros de diámetro y 12 de profundidad, ya ha sido cubierta por la incesante acumulación de sedimentos marinos y ahora se encuentra kilómetro y medio bajo la blanca arena y las residencias veraniegas de la costa norte de Yucatán, a la cual acuden los habitantes de la ciudad de Mérida para escapar de los calores de julio y agosto.

Fue descubierto en 1975 por el ingeniero petrolero mexicano Antonio Camargo, recientemente fallecido, y el norteamericano Glenn Penfield al realizar mediciones gravimétricas y magnéticas en busca de yacimientos de hidrocarburos y desde entonces ha sido ampliamente estudiado por investigadores de la UNAM, la NASA y otras instituciones, pues se considera que la caída de aquel asteroide causó la desaparición de los dinosaurios y del 70% de todas las demás especies de plantas y animales existentes en ese entonces.

Representación artística del momento de la colisión. Se estima que la explosión causada por el impacto fue equivalente a la detonación simultánea y en un mismo sitio de un millón de bombas termonucleares de cien megatones, suficiente para matar a todo ser viviente en cientos de kilómetros a la redonda y lanzar a miles de kilómetros una mortífera lluvia de rocas candentes, que provocaron inmensos incendios forestales.

Apocalipsis cósmico

El primer efecto del descomunal impacto fue una explosión que hizo formarse una nube de gases ardientes que achicharraron a todo ser viviente en cientos de kilómetros a la redonda y levantó inmensas cantidades de fino polvo que se extendió por toda la atmósfera y, al bloquear la luz solar durante meses, ocasionó una especie de invierno cósmico que hizo desplomarse la temperatura a decenas de grados bajo cero matando de frío a plantas y animales.

Representación artística del momento de la colisión. Se estima que la explosión causada por el impacto fue equivalente a la detonación simultánea y en un mismo sitio de un millón de bombas termonucleares de cien megatones, suficiente para matar a todo ser viviente en cientos de kilómetros a la redonda y lanzar a miles de kilómetros una mortífera lluvia de rocas candentes, que provocaron inmensos incendios forestales.

También, las rocas de la corteza terrestre y los fragmentos del propio asteroide lanzados a miles de kilómetros en todas direcciones y calentados hasta arder por la fricción con la atmósfera mientras caían, desataron incontables incendios que al unirse se convirtieron en conflagraciones de magnitud continental que devastaron bosques, selvas y pastizales y contribuyeron con su humo a oscurecer la Tierra.

A lo anterior hay que sumar los terremotos —más violentos que cualquiera que pueda concebirse— y los colosales tsunamis, con olas de cientos de metros o quizá hasta un kilómetro de altura, que provocó el choque del asteroide, pues en aquel entonces la zona del impacto estaba cubierta por un cálido mar tropical de aguas someras.

Tras el gélido invierno cósmico, que debe haber durado varios años, sobrevino un ardiente y corrosivo verano que tal vez se prolongó por siglos: al vaporizarse miles de kilómetros cúbicos de rocas por efecto del impacto, se liberaron a la atmósfera grandes volúmenes de dióxido de carbono y dióxido de azufre. El primero —el típico y bien conocido gas de invernadero causante del actual calentamiento global— retuvo el calor solar e hizo elevarse las temperaturas en todo el mundo. El dióxido de azufre por su parte, además de ser venenoso, al combinarse con el agua de las lluvias formaba ácido sulfúrico. El resultado era una lluvia corrosiva, devastadora para plantas y animales. En pocas palabras: el apocalipsis.

El centro del cráter queda exactamente bajo el puertecillo costero de Chicxulub, al norte de la ciudad de Mérida. En la época del impacto, sin embargo, no existía la península de Yucatán y la zona estaba cubierta por un mar tropical de unos 100 metros de profundidad.

Dos insospechadas consecuencias

Pero aquella hecatombe tuvo dos consecuencias positivas e insospechadas de las cuales muy poco se habla y a menudo pasan inadvertidas: el surgimiento del género humano y el florecimiento de la civilización en la porción septentrional del área maya.

Ambos efectos, empero, no se dieron de inmediato, sino millones de años después, como resultado de fenómenos geológicos y de un largo y lento proceso evolutivo.

Cuando el bólido se estrelló contra lo que ahora es Chicxulub, en el mundo reinaban los reptiles: dinosaurios en tierra firme, ictiosaurios en los mares, pterodáctilos de alas membranosas en los aires, y cocodrilos en ríos, lagunas y pantanos. A la larga, todos —salvo los cocodrilos— se extinguieron.

Pero había otras criaturas que compartían la Tierra con los reptiles: ciertos pequeños mamíferos como el Morganucodon, un diminuto insectívoro parecido a una zarigüeya o tlacuache que, según los registros fósiles, apareció hace unos 200 millones de años.

Aquellos primitivos mamíferos llevaban una vida difícil y azarosa en la que el solo hecho de sobrevivir sin ser devorado por alguno de tantos depredadores ya era en sí una hazaña. Por eso casi todos eran pequeños —lo cual les permitía escurrirse y ocultarse más fácilmente— y de hábitos nocturnos, para poder merodear cuando —por ser de sangre fría— los reptiles dormían o reducían su actividad. Dicho sea de paso, como vestigio evolutivo de aquella situación, todavía en la actualidad el 60% de los mamíferos son nocturnos.

Este sería, más o menos, el aspecto que ofrecería el cráter si aún estuviera sobre la superficie y no cubierto por sedimentos acumulados durante millones de años.

Más de 150 millones de años habían pasado los mamíferos como habitantes marginales del reino de los reptiles, hasta que la gran catástrofe de Chicxulub creó las condiciones para que se volvieran los amos del planeta. Mientras ictiosaurios, dinosaurios y pterodáctilos perecían masivamente congelados por el invierno cósmico y luego bajo el calor abrasador y la lluvia corrosiva, los pequeños mamíferos pudieron resistir porque, siendo de sangre caliente —homeotermos, diría un biólogo— podían regular su propia temperatura y soportar mejor el frío. Además, debido a su pequeño tamaño no requerían tanto alimento y podían encontrar madrigueras casi en cualquier sitio. Eran también más ágiles y con un cerebro proporcionalmente mucho mayor en relación a su tamaño, que el de los reptiles.

Los hominoides

Por eso, tras la extinción de los dinosaurios los mamíferos llenaron rápidamente el vacío biológico que dejaron. De sólo diez familias zoológicas de mamíferos que había en ese entonces, se pasó a casi 80 en sólo diez millones de años.

Las aves también se beneficiaron con la extinción de los dinosaurios. Incluso, por algunos millones de años las formas de vida predominantes en la Tierra fueron enormes aves que no volaban, herbívoras unas y carnívoras otras, con picos descomunales y poderosas patas. Pero de aquello gigantes emplumados ya sólo quedan restos fósiles. La carrera evolutiva finalmente la ganaron los mamíferos.

Mapa altimétrico de radar elaborado por un satélite de la NASA. Las zonas más bajas aparecen en color verde oscuro y las más elevadas con colores claros. El contorno del cráter es la tenue línea semicircular en la zona norte, a partir de la costa. Corresponde a una depresión del terreno tan suave que no se advierte al transitar por los caminos que la cruzan, pues mide sólo entre tres y cinco metros de profundidad y cinco kilómetros de ancho. A la derecha, cerca de la costa del Caribe, se advierten las líneas oscuras de la zona de fracturas de Holbox, también relacionada con el impacto.

A su buen éxito contribuyó también el hecho de que —al parecer por un efecto a largo plazo del impacto del asteroide— la concentración de oxígeno en la atmósfera terrestre aumentó considerablemente. En la actualidad contiene 21%. El resto es principalmente nitrógeno, un gas inerte que no interviene en los procesos biológicos. Pero en tiempos de los dinosaurios, el contenido de oxígeno era de sólo 10%. Quince millones de años después de la colisión, ya se había elevado a 17%, y otros diez millones de años después, a 23%. Un ambiente rico en oxígeno es muy favorable para los grandes mamíferos, ya que su consumo de ese gas es de tres a seis veces mayor que el de los reptiles.

En un principio, los mamíferos, aunque más abundantes y omnipresentes, seguían siendo pequeños, o si acaso medianos. Pero hace unos 40 ó 50 millones de años, precisamente en la época en que la atmósfera fue más rica en oxígeno, comenzaron a aparecer numerosas especies de gran tamaño.

De ahí en adelante, los mamíferos fueron evolucionando sin cesar hasta que hace unos cinco millones de años aparecieron ciertos animales de aspecto simiesco que los antropólogos llaman hominoides y pronto evolucionarían para dar origen al hombre, al Homo sapiens.

Aunque el cráter se encuentra a gran profundidad cubierto por rocas sedimentarias, los científicos han podido visualizarlo, como muestra esta imagen, a partir de la medición de anomalías magnéticas y gravitacionales.

Nada de ello hubiera ocurrido de no haber sido por el impacto de aquel asteroide. Por ello, como señalábamos, un tanto grandilocuentemente y con orgullo yucateco —o peninsular si se prefiere— podríamos decir que Yucatán es la cuna de la humanidad.

Una paradoja geofísica

Mientras la vida seguía su curso en la Tierra, el cráter de Chicxulub fue borrándose. Primero, con rapidez, por la acumulación de una caótica mezcla de rocas y otros materiales, incluso restos de árboles y animales, arrastrados por los portentosos movimientos de flujo y reflujo de los tsunamis que barrieron repetidamente la zona. Después, restablecida la calma, la inmensa cavidad iba cubriéndose lentamente, milímetro a milímetro, con la incesante lluvia de sedimentos marinos —principalmente restos calcáreos de diminutos organismos— que formaron esa gran acumulación de rocas calizas de kilómetros de espesor que es la península de Yucatán. O, para ser precisos, lo que los geofísicos llaman Bloque o Cratón de Yucatán.

(Paréntesis cultural: cratón se denomina a un sector de la corteza terrestre en el cual no hay actividad tectónica. Es decir, erupciones volcánicas, terremotos, colisiones de placas o plegamientos que levanten cadenas montañosas. Se da así la paradoja de que en este rincón del planeta que ha tenido una existencia tan tranquila y monótona durante no menos de 200 millones de años, ocurrió una de las mayores catástrofes habidas en la historia de la Tierra.)

Finalmente, el cráter desapareció bajo la gruesa capa de rocas sedimentarias. Sobre la superficie, sin embargo, hay indicios de su existencia: en tierra firme su borde exterior coincide con una gran concentración de cenotes, esos pozos naturales característicos de la península de Yucatán en los cuales queda al descubierto el agua de los mantos subterráneos. Tal abundancia de cenotes se debe a que al acomodarse las capas geológicas en la zona del cráter y sus inmediaciones ocurren grietas y fracturas.

Y es aquí donde se establece la relación entre la extinción de los dinosaurios y el auge de la civilización maya en el norte de la península.

Este mapa, tomado de un estudio del geólogo Kevin O. Pope, muestra el anillo de cenotes que marca el contorno del cráter en la superficie, y la enorme concentración de ellos al oriente del anillo. La civilización maya pudo florecer en la zona gracias a esas fuentes de agua, aunque llueve poco.

Esta es una de las pocas regiones del mundo carentes por entero de ríos. No hay uno solo. Ni siquiera —como en el desierto— cauces secos por los cuales corren efímeros torrentes cuando cae alguna lluvia ocasional. En la casi totalidad de la península no hay corrientes superficiales —ni tampoco lagos— porque el terreno es demasiado llano para que corra el agua de las lluvias, y las rocas calizas son tan porosas que el líquido se infiltra de inmediato. Pero a unos metros o decenas de metros bajo la superficie, sobre capas geológicas impermeables, esa agua forma caudalosos ríos subterráneos que corren en tres grandes vertientes hacia las costas del Caribe y el Golfo de México.

En esa tierra sin ríos, donde no llueve la mitad del año y el agua está oculta bajo rocas tan duras que no se puede perforar pozos sin explosivos o utensilios de hierro —de los que carecían los mayas— habría sido imposible o extremadamente difícil el desarrollo de la civilización.

Pero los mayas pudieron encontrar un abastecimiento seguro de líquido en los cientos y cientos de cenotes que se formaron a lo largo del tiempo como secuela del impacto. Incluso en el extremo noroeste de la península, donde caen sólo 500 milímetros de lluvia al año —la cuarta parte que en la zona de Chetumal—, pudo haber numerosos asentamientos humanos y se desarrollaron grandes, medianas y pequeñas ciudades como Chichén Itzá, Dzibilchaltún, Aké, Izamal, Ek Balam, Yaxuná y otras muchas, todas ellas junto a cenotes.

Y cuando —allá por el año 900 de nuestra era— ocurrió el llamado colapso de la civilización maya, que en realidad fue sólo la declinación de las grandes ciudades-estado del sur del área, en el norte la civilización continuó floreciendo durante siglos, gracias a aquella catástrofe cósmica ocurrida 200 millones de años atrás.

Por eso una exposición sobre el Cráter de Chicxulub es muy apropiada como acto inaugural del Gran Museo de la Cultura Maya.

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