El pasado mes de marzo de 2014 ocurrió en el delta del río Colorado algo que no se había visto durante 14 años: agua que corría por el seco cauce del río, dividiéndose y subdividiéndose, hasta llegar al mar.

Para entender mejor la importancia de este suceso, hay que recordar que el delta del río Colorado, en el extremo norte del Golfo de California, es una de las zonas con mayor biodiversidad en México, y además alberga —o albergaba— especies únicas en el mundo. Decimos “albergaba” porque varias de ellas ya han desaparecido, y otras se hallan en crítica situación, como la totoaba, un pez de gran tamaño que no existe en otro lugar más que en el Golfo. El problema es que el delta está agonizando por falta de agua.

Por Juan José Morales

El Colorado —que labró el famoso Gran Cañón— es uno de los mayores ríos de Norteamérica. Corre por más de 2,300 kilómetros desde su nacimiento en las montañas Rocallosas en Estados Unidos, hasta la zona limítrofe entre Baja California y Sonora, para desaguar en el Golfo de California. Ahí, como es común con casi todos los ríos, se ramifica para formar un delta.

Pero como solamente los últimos 140 kilómetros de su cauce están en territorio mexicano, Estados Unidos construyó río arriba grandes presas que detienen el agua, para aprovecharla en la generación de electricidad y con fines agrícolas, domésticos e industriales. Y aunque, conforme al acuerdo internacional de límites y aguas de 1944, a nuestro país le corresponde una dotación del caudal del Colorado, ha sido tan limitada que apenas alcanza para el riego en el valle de Mexicali y cubrir la demanda doméstica en esta ciudad. Así, el flujo hacia el Golfo fue limitándose, desde 2000 ya no le llegó una gota, y los vastos humedales del delta comenzaron a secarse.

El delta del Colorado en 2004, visto desde el espacio. Para entonces, ya las lagunas y canales habían desaparecido por falta de agua. A la derecha se aprecia el gran desierto de Altar. Al centro y arriba, bordeándolo, extensas llanuras salinas. Abajo, la isla Montague. Las zonas oscuras que bordean el cauce del río y la isla son bosques riparios y humedales. Cubren 400 mil hectáreas y hacen del delta una de las regiones más importantes para la vida silvestre en el continente.

Para remate, antes de ello y durante un buen tiempo, Estados Unidos estuvo dándonos gato por liebre, arrojando al río agua fuertemente cargada de sales que se había usado para lavar tierras agrícolas ensalitradas, y la contabilizaba como parte de nuestra cuota. Esa agua, inútil para riego o consumo humano, tenía que dejarse correr y dañaba más los humedales.

Todo ello ocasionó un verdadero desastre ambiental en el delta. El espacio no nos alcanzaría para detallarlo. Basta decir, a título de ejemplo, que se perdió más del 90% de los llamados bosques riparios —los que crecen a orillas de ríos gracias a la abundante humedad— y el 80% de los humedales, hubo una invasión de plantas exóticas que desplazaron a las originales, se redujeron dramáticamente las poblaciones de las 350 especies de aves ahí registradas, de las 14 especies de peces nativos ya sólo queda una que sobrevive a duras penas, y se halla en grave peligro de extinción la totoaba, un gran pez —único en el mundo— que sólo vive en el norte del Golfo y requiere una mezcla de agua dulce y salada para reproducirse. Y para colmo, se redujo la pesca de camarón, corvina y otras especies en el Golfo.

Ante tan desastrosa situación, se logró que los gobiernos de México y Estados Unidos destinaran un poco de agua a dar cierto alivio al agonizante delta. Así fue como se acordó dejar correr hacia el mar en marzo 130 millones de metros cúbicos. Posteriormente se añadirán 65 millones más, con ayuda de organizaciones no gubernamentales.

Los resultados han sido espectaculares. Las imágenes de satélite muestran un incremento de 43% de la vegetación en los humedales que recibieron ese flujo de agua, y de 23% en los bosques riparios. Y aunque el reseco terreno absorbió ávidamente gran parte del líquido, el agua infiltrada hizo reverdecer la vegetación y buena parte de ella corrió hasta mayores distancias de lo que se esperaba.

Por supuesto, esto es sólo un respiro. El delta del Colorado sigue agonizando, y se requieren medidas más amplias y profundas para salvar esa región de extraordinaria riqueza biológica.

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