El quetzal es una de esas aves emblemáticas muy famosas y particularmente notables por diversas razones pero que poca gente ha visto más que en fotografías o videos. En primer lugar, por lo remoto de su hábitat: los llamados bosques de niebla, en lo alto de las montañas en las zonas tropicales. En segundo lugar, porque casi no deja oír su canto, excepto en la época de apareamiento, cuando se torna especialmente vocinglera. Y por último, debido a que vuela tan silenciosamente que su presencia pasa casi inadvertida en el follaje.

Juan José Morales

Al quetzal —que es el ave nacional de Guatemala y da nombre a su moneda— se le ha considerado un símbolo de la libertad por la creencia de que no puede vivir en cautiverio, aunque ello es posible si se le maneja adecuadamente. El rasgo distintivo de los machos es su larga “cola”, formada por cuatro plumas cobertoras de hermoso color esmeralda iridiscente que en algunos ejemplares pueden alcanzar hasta un metro de largo, pero por lo general miden sólo entre 45 y 60 centímetros.

Al quetzal —que es el ave nacional de Guatemala y da nombre a su moneda— se le ha considerado un símbolo de la libertad por la creencia de que no puede vivir en cautiverio, aunque ello es posible si se le maneja adecuadamente. El rasgo distintivo de los machos es su larga “cola”, formada por cuatro plumas cobertoras de hermoso color esmeralda iridiscente que en algunos ejemplares pueden alcanzar hasta un metro de largo, pero por lo general miden sólo entre 45 y 60 centímetros.

Además de ser muy escasa, sus poblaciones están declinando aceleradamente por efecto de la deforestación, la caza ilegal y la fragmentación de su hábitat, que dificulta el encuentro de ejemplares reproductores. Y para complicar las cosas, parece que no tenemos una sola especie de quetzal sino dos.

A esa conclusión llegó la bióloga Sofía Solórzano, investigadora de la UNAM, después de estudiar detalladamente quetzales de diversas zonas de su área de distribución, que va desde Oaxaca y Chiapas en México, hasta Panamá, pasando por todos los países centroamericanos, aunque en todos ellos hay sólo unos pocos ejemplares.

Tradicionalmente, explica la investigadora, se había considerado que había una sola especie, a la cual se denominó Pharomachrus mocinno y dos subespecies de ella. Pero tanto el examen de sus características morfológicas como los estudios genéticos permitieron determinar que no se trata de subespecies, sino de especies claramente diferenciadas. Por ello, propone llamar Pharomachrus mocinno a la que se distribuye desde México hasta Nicaragua, pasando por Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, y Pharomachrus costaricensis a la que habita Costa Rica y Panamá. Igualmente, con base en sus investigaciones, llegó a la conclusión de que estas dos especies se diferenciaron hace tres millones de años.

Lo que esto implica, añade la bióloga Solórzano, es que las poblaciones de cada una de esas especies deben considerarse por separado, tanto por su número como por las condiciones de su hábitat, a fin de planear mejor la protección y conservación de estas aves. De no tomarse en cuenta las diferencias, puede acelerarse la declinación de las poblaciones y ocurrir extinciones locales, como de hecho ya ha estado ocurriendo.

Por desgracia, el panorama pinta muy sombrío para esta ave. A juicio de los expertos, resulta especialmente urgente multiplicar los esfuerzos para evitar la caza clandestina y mantener bosques de niebla lo bastante amplios e interconectados para proporcionarle un hábitat adecuado y buenas posibilidades de intercambio genético. De no hacerse tal cosa, podría verse condenada a la extinción.

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Un preocupante proyecto inmobiliario se cierne sobre Cozumel. Lleva por nombre Aerogolf y consiste en un conglomerado de —entre otras construcciones— hoteles, mansiones de gran lujo, residencias, condominios, helipuerto, centros comerciales, canales, marinas, lagunas artificiales, muelle y, por supuesto, un campo de golf.

En realidad el proyecto no es nuevo. Viene promoviéndose desde hace al menos siete años, e incluso —como parte de él— se talaron ilegalmente en aquel entonces 90 mil metros cuadrados de arboleda para construir una aeropista privada. De completarse ese desarrollo, implicaría la deforestación de casi 600 hectáreas —seis millones de metros cuadrados— de selvas y humedales en el extremo sur de la isla, en la zona conocida como Punta Tormentos.

Juan José Morales

Esta es la zona de Punta Tormentos en Cozumel, donde se pretende arrasar casi seis millones de metros cuadrados de selva y humedales para construir un gran desarrollo residencial. Sin previa consulta pública, y en sesiones a puerta cerrada, el ayuntamiento cozumeleño ya autorizó el cambio de uso de suelo para dar luz verde al proyecto, que también fue autorizado por la Semarnat. Obsérvese la pista aérea construida ilegalmente hace algunos años.

Esta es la zona de Punta Tormentos en Cozumel, donde se pretende arrasar casi seis millones de metros cuadrados de selva y humedales para construir un gran desarrollo residencial. Sin previa consulta pública, y en sesiones a puerta cerrada, el ayuntamiento cozumeleño ya autorizó el cambio de uso de suelo para dar luz verde al proyecto, que también fue autorizado por la Semarnat. Obsérvese la pista aérea construida ilegalmente hace algunos años.

El proyecto, desde luego, ha encontrado fuerte oposición por parte de grupos de isleños que lo consideran extremadamente nocivo para el medio ambiente y en especial para el acuífero subterráneo y los arrecifes coralinos aledaños a la costa, que son el principal atractivo turístico de Cozumel.

Esta isla caribeña —la mayor y más poblada de México— ha tenido durante los últimos años un gran crecimiento demográfico, lo cual obligó a extraer cada vez más agua del subsuelo. Pero el manto subterráneo del cual se obtiene el líquido tiene una capacidad limitada y es muy vulnerable a la contaminación. En tales condiciones, no parece nada sensato autorizar la construcción de un campo de golf, cuyo funcionamiento demanda grandes volúmenes de agua para riego, y en el cual se utilizan igualmente grandes cantidades de fertilizantes, insecticidas y herbicidas para mantener en buen estado el pasto. Ello, amén de la destrucción de vegetación natural que implica su construcción.

El proyectado campo de golf estaría consumiendo buena parte de la limitada reserva de agua de Cozumel, indispensable para el consumo doméstico y los establecimientos turísticos. Por otro lado, los fertilizantes y pesticidas que en él se apliquen terminarán infiltrándose en el subsuelo, arrastrados por las lluvias, hasta llegar al acuífero, con la consecuente contaminación del mismo.

La afectación con insecticidas, por lo demás, puede extenderse a las aguas marinas, ya que las corrientes subterráneas arrastrarán hacia el mar las sustancias infiltradas desde el campo de golf. Ello implica una amenaza para los pólipos de coral, que son muy sensibles a las sustancias tóxicas. Igualmente, los fertilizantes que lleguen a los arrecifes ocasionarán el fenómeno que los científicos denominan eutroficación y que se traduce en el crecimiento de grandes cantidades de algas que pueden cubrir y entorpecer —e incluso detener por completo— el crecimiento del coral. De hecho, este problema ya se observa en muchas regiones del Caribe, debido a la contaminación proveniente de los centros de población.

Finalmente, quienes se oponen al proyecto Aerogolf de Punta Tormentos señalan que de llevarse a cabo incrementaría en un 16% la superficie urbanizada de Cozumel, con el consiguiente aumento en la demanda de energía eléctrica, agua potable —sin contar la que devoraría el campo de golf—, transporte, recolección de basura y servicios públicos en general.

Por todo lo anterior, y por otras razones, ha estado circulando una petición dirigida al presidente municipal de Cozumel, Freddy Marrufo Martín, la delegada de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente en Quintana Roo, Carolina García Cañón y otras autoridades, en el sentido de que se detenga ese desarrollo inmobiliario. Hace unos días, más de 48 mil personas habían firmado dicho documento, cantidad ya muy cercana a las 50 mil, meta que se fijaron los autores de la petición, lo cual demuestra la gran preocupación que existe en la opinión pública por este asunto y que no puede ser ignorada por las autoridades.

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Hace bastantes años, en la Revista de Geografía Universal, publiqué un reportaje sobre Cancún titulado “La ciudad que surgió de la selva”. El asunto me vino a la memoria en estos días en que se celebran los 45 años de su fundación, pues una de las quejas recurrentes contra las autoridades municipales y estatales es la falta de áreas verdes. Y tras analizar la situación, he pensado que de escribirlo ahora, lo titularía “La plancha de cemento que surgió de la selva”.

Por Juan José Morales

En efecto, eso es ahora Cancún, una gran extensión de asfalto y concreto con pocas zonas arboladas, aunque el área donde se construyó estaba cubierta por una densa selva mediana subperennifolia. Es decir, un tipo de selva con árboles de 15 a 30 metros de altura de los cuales el 60% conservan su follaje durante la temporada de secas. En ella había grandes ejemplares de zapote, chacá, chechem, kitamché y otras muchas especies arbóreas, y todavía podían verse por todas partes árboles de zapote —Manilkara achras para los botánicos— que mostraban en la corteza las cicatrices en zigzag dejadas por el machete de los chicleros que de ellos extraían el látex para fabricar chicle.

Parecía lógico que esa vegetación fuera debidamente aprovechada para dotar a la naciente ciudad de numerosas áreas verdes densamente arboladas, y que además albergara al menos parte de la fauna nativa, especialmente las numerosas especies de aves. Y de hecho en la etapa inicial de construcción así fue. Se dejó en pie la mayor cantidad posible de árboles. Los había en parques y jardines, en los amplios camellones e incluso en los lotes para vivienda, pues se conservó en la medida de lo posible la vegetación original.

La comparación entre estas dos imágenes aéreas de Cancún —la de la izquierda tomada en 1991 y la de la derecha en 2004— muestra cómo, a la par que se extendía la mancha urbana con la construcción de nuevas viviendas —cada vez más pequeñas y próximas entre sí—, se reducía la proporción de áreas verdes e incluso desaparecían o se reducían las originales. Fotos cortesía del INEGI.

La comparación entre estas dos imágenes aéreas de Cancún —la de la izquierda tomada en 1991 y la de la derecha en 2004— muestra cómo, a la par que se extendía la mancha urbana con la construcción de nuevas viviendas —cada vez más pequeñas y próximas entre sí—, se reducía la proporción de áreas verdes e incluso desaparecían o se reducían las originales. Fotos cortesía del INEGI.

Pero pronto las cosas empezaron a cambiar. En lugar de proteger, conservar y aprovechar la flora primigenia, se comenzó a devastarla, cortándola a matarrasa, y la voracidad de fraccionadores y constructores hizo que los lotes para vivienda —y las viviendas mismas— se redujeran cada vez más, hasta volverse minúsculos, sin un solo árbol y con el terreno ocupado casi totalmente por la construcción.

La corrupción que caracterizó a numerosos ayuntamientos hizo también su parte en el deterioro de Cancún. Se autorizaron cambios de uso de suelo para favorecer la deforestación, se permitió a constructores y fraccionadores contabilizar como si fueran áreas verdes los camellones de las avenidas, las diminutas franjas que teóricamente serían cubiertas de césped a lo largo de las aceras, e incluso los espacios para escuelas, mercados y demás equipamiento urbano.

OmbligoVerdeLa Santa Iglesia también hizo de las suyas. Los curas se han venido apropiando ilegalmente —o en acciones de muy dudosa legalidad— de parques, camellones y otras áreas verdes de todos tipos y tamaños, contando para ello con la tolerancia de las autoridades y la complicidad de las autoridades —a cambio de apoyo político—, amedrentándolas con la amenaza de azuzar contra ellas a la feligresía, o simplemente desafiándolas. Un caso emblemático fue la entrega al clero con fines electoreros por la entonces presidenta municipal Magaly Achach, de un amplio lote del llamado Ombligo Verde —la única gran área arbolada que se conservaba en el centro de la ciudad—, para construir la hasta ahora inconclusa catedral. Tiempo después, otro alcalde, Gregorio Sánchez, arrasó totalmente la mitad de la arboleda que aún quedaba en el Ombligo Verde, con intenciones de construir ahí una gran plaza político-religiosa, con el palacio municipal de un lado y del otro una segunda catedral (la primera, a corta distancia, ya no es del agrado del obispo, quien quiere otra más a su gusto y pretende destinar la original a un negocio de criptas para difuntos).

Como resultado de todo lo anterior —y mucho más—, a 45 años de su fundación, Cancún sólo cuenta —según las muy discutibles cuentas de las autoridades— con 3.5 metros cuadrados de áreas verdes por habitante, o sea sólo un poco más de la tercera parte del mínimo de nueve metros cuadrados por habitante que recomienda la Organización Mundial de la Salud, y muy lejos de los 15 metros cuadrados que considera óptimos la propia OMS.

Y no sólo es muy poca la superficie de áreas verdes que corresponde a cada habitante, sino además está mal distribuida. Mientras en los fraccionamientos residenciales de la zona hotelera el promedio es de 20 metros cuadrados por persona, en las regiones de vivienda popular el promedio es de apenas 0.5 metros.

Ciertamente, Cancún, que pudo haber sido un modelo de ciudad arbolada, ha terminado convertida en una plancha de asfalto y cemento salpicada de minúsculas áreas verdes que en muchos casos de tales sólo tienen el nombre y no son más que polvorientos pedregales.

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Si hay un ave extraordinariamente llamativa por su gran tamaño, hermoso colorido y larga cola de plumas puntiagudas, esa es sin duda la guacamaya, o moo, como se le denomina en maya; Ara macao en la nomenclatura científica. Alcanza cerca de un metro de largo de la cabeza al extremo de la cola y puede rebasar el kilo de peso. Se caracteriza por una rica combinación de colores en el plumaje, el pico y las patas: rojo, amarillo, azul, verde, negro, blanco y gris.

Por Juan José Morales

A los antiguos mayas no podía menos que llamarles la atención y en su mitología fue la encarnación del dios Vucub-Caquix, así que podría considerársele un ave de carácter divino.

Una pareja de guacamayas. Macho y hembra se unen de por vida y pueden llegar hasta 30 años de edad. Acostumbran anidar en cavidades de árboles, especialmente de ceiba, y defienden celosamente el nido ante posibles depredadores. Durante la incubación de los huevos —que dura entre 26 y 28 días—, el macho se encarga de alimentar a la hembra. Una vez nacidas las crías, ambos comparten esa tarea.

Siendo tan bella y atractiva, no es de extrañar que en la actualidad se le capture clandestinamente para abastecer la demanda en el mercado ilegal de aves de ornato, pese a que la captura está prohibida dada su condición de especie protegida. Pero, sobre todo, ha sido seriamente afectada por la deforestación, ya que su hábitat natural son las selvas altas y medianas, y éstas han sido arrasadas en gran parte de su área de distribución, que originalmente abarcaba desde Oaxaca y el sur de Tamaulipas en México, hasta Colombia y la región amazónica.

En México, ya ha desaparecido en muchos lugares donde antes era relativamente común, y en la península de Yucatán a la fecha sólo se le encuentra en la parte sur, inclusive Belice y el Petén guatemalteco, zonas donde aún hay selvas en buen estado de conservación.

 

Y aquí cabe subrayar que la guacamaya es importante y merece ser protegida no sólo por su belleza y significado cultural, sino por su papel en la ecología, ya que ayuda a controlar insectos que podrían convertirse en plagas forestales y contribuye a dispersar semillas de árboles, permitiendo así su reproducción y propagación.

 

En todo el continente americano hay 17 especies de estas aves, que están emparentadas con los loros y cotorros en la familia zoológica de los psitácidos. En México tenemos dos. La otra es la guacamaya verde, Ara militaris.

 

Por la crítica situación en que se encuentra, y que ha motivado que se le catalogue como especie en riesgo de extinción, se están haciendo esfuerzos a nivel internacional para proteger su hábitat y tratar de incrementar sus poblaciones. Pero no es fácil que ello ocurra, pues, a diferencia de otras aves que se reproducen en números considerables, la guacamaya roja tiene una capacidad limitada en ese aspecto. Por principio de cuentas, tarda entre 3 y 5 años en llegar a la madurez sexual, o sea la edad en que puede aparearse y poner huevos fértiles. En segundo lugar, en cada temporada reproductiva, una vez al año, pone sólo uno o dos huevos. Aunque ocasional y excepcionalmente puede poner tres y muy rara vez hasta cuatro, la pareja de macho y hembra es incapaz de atender a más de dos polluelos, de modo que los demás mueren.

 

Una de las maneras en que se está contribuyendo a su protección, es la cría en cautiverio. En diversos lugares existen criaderos manejados como atractivo turístico que han tenido buen éxito en este aspecto y dado buenos resultados en cuanto al número de ejemplares producidos, los cuales son luego liberados en áreas naturales protegidas.

 

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