Como ya hemos comentado en otras ocasiones, la milpa tradicional es una importante fuente de proteína animal. En ella obtienen los campesinos de la península la llamada carne de monte, o sea la de venados, pavos, gallinas silvestres, tepescuintles y otros animales que se alimentan en los sembradíos y ahí son cazados.

Pues bien, en la revista Estudios de Cultura Maya hemos encontrado un interesante artículo sobre un refinamiento de las prácticas de cacería en los cultivos: la milpa comedero-trampa, como le llamaron los autores del estudio: una pequeña milpa destinada específicamente a atraer animales de caza.

TrampaMaya

Un chan kool o milpa comedero-trampa en la comunidad de Uh May, Quintana Roo, propiedad del campesino Facundo Puc. Mide sólo 1,200 metros cuadrados y es menos elaborada que una milpa normal o ix kool, pues su propósito es sólo atraer animales para ser cazados al comer los cultivos. La foto es de Dídac Santos Fita, uno de los autores de la investigación.

Juan José Morales

El estudio sobre esta práctica de aprovechamiento de los recursos naturales fue realizado por un grupo de investigadores de la UNAM y el Colegio de la Frontera Sur en nueve comunidades campesinas. Siete en Quintana Roo, habitadas por los llamados mayas macehuales, descendientes de los rebeldes de la Guerra de Castas, otra en Calakmul, Campeche, de campesinos mayas no macehuales, y la novena —como elemento de comparación— también en la zona de Calakmul pero de pobladores mestizos.

La milpa comedero-trampa se diferencia en varios aspectos de la milpa común, o ix kool, como se le llama en maya. Es mucho menor —de sólo 400 a 1,200 metros cuadrados—, el terreno no se somete a la habitual quema, o ésta se practica en forma focalizada, y el maíz no es el cultivo principal. También, este tipo especial de milpa es obra de un solo individuo, sin participación de otros miembros de la comunidad, se encuentra en un lugar aislado, y no está delimitada por una brecha como la milpa común. Pero, como señalan los autores del estudio, “la principal diferencia, conceptual, entre una milpa convencional y una milpa comedero-trampa consiste en que en esta última la siembra de cultivos agrícolas interesa exclusivamente para atraer y cazar determinadas especies de vertebrados terrestres; todos los cazadores la conceptualizan como si fuera un tipo de ‘trampa’. Entonces, a nuestro juicio, la milpa comedero-trampa queda fuera del contexto de ‘milpa para autoconsumo’, esto es, la considerada aquí como convencional y ampliamente descrita y reconocida por investigadores y público en general, al no ser sus cultivos cosechados y aprovechados por el milpero y familiares, sino destinados para la fauna silvestre.”

En efecto, como declararon los diversos campesinos entrevistados durante la investigación, “lo que siembras allá no es para comer, es especial para tirar venado”, “donde ves que andan los animales, haces un poco de tumba y siembras camote, calabaza, jícama, maíz… Para que lleguen los animales. Es especial para que lleguen, para que tires”, “vamos a hacer un poco de milpita sólo para matar venado”, “haces una milpita no muy grande especialmente para sembrar, sólo para tirar venado, jabalí” o “son milpas para espiar. Antes se hacían más. No son milpas para consumo nuestro. Son como trampas.”

A estas pequeñas milpas se les conoce con distintos nombres en maya, como chan kool, pet kool y mejen kool, que pueden traducirse como “milpa pequeña”, o pet pach, por su relativa similitud con el pequeño espacio que en la milpa ordinaria o ix kool se destina a cultivar hortalizas.

Como se ve, los campesinos mayas han sabido aprovechar de muchas y muy ingeniosas maneras los recursos naturales de su medio ambiente.

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En recientes ocasiones hemos escrito sobre los importantes hallazgos antropológicos y paleontológicos —es decir, de restos humanos y de animales prehistóricos— en los cenotes de Quintana Roo. Hoy retomaremos el asunto, aunque desde un punto de vista ligeramente diferente: los factores que orillaron a aquellos hombres y mujeres y a aquellos animales a adentrarse en los cenotes, y lo que ello trajo como consecuencia desde el punto de vista cultural.

Por Juan José Morales

Además de dominar las difíciles técnicas del buceo en cuevas inundadas —indispensables para estudiar los vestigios arqueológicos y paleontológicos ahí existentes—, Guillermo de Anda domina también el igualmente difícil arte de la divulgación científica que permite transmitir al gran público información especializada.

Recientemente, en el planetario de Cancún, el arqueólogo Guillermo de Anda, especialista en arqueología subacuática, dictó una conferencia sobre el tema en la cual llevó al público a un fascinante recorrido imaginario por los miles de años de la prehistoria y los millones de años de la evolución geológica que han quedado plasmados en esas cuevas inundadas.

Los primitivos habitantes de la península de Yucatán —explica el investigador—se vieron amenazados por el profundo cambio climático ocurrido hace unos diez mil años durante la transición entre los períodos geológicos denominados Pleistoceno y Holoceno, la época en que se extinguió la llamada megafauna del continente americano, constituida por mastodontes, gliptodontes, osos gigantes y otros descomunales animales que también habitaron la península.

El cambio climático, explica De Anda, obligó a hombres y animales a aventurarse en busca de agua en las profundidades de la tierra, ya que en la superficie del llano terreno peninsular no existen ríos ni lagos, pero en cambio a unos metros o decenas de metros más abajo existe un inmenso manto acuífero al cual nuestros ancestros tenían acceso a través de los cenotes.

En aquellas incursiones, desde luego, algunos se extraviaron o accidentaron, y murieron, y sus restos quedaron ahí, en una envoltura líquida que por sus características físicas y químicas permitió conservarlos en excelente estado, cosa que no hubiera ocurrido de estar enterrados o expuestos a la intemperie. Más adelante, hubo restos humanos que fueron depositados deliberadamente en los cenotes durante rituales funerarios y también fueron preservados por el agua.

Hoy, a más de diez mil años de distancia, a partir del estudio de esos huesos, los científicos pueden no sólo determinar a qué grupos étnicos pertenecían y cuál pudo haber sido su procedencia geográfica, sino también trazar la evolución de su cultura.

Al internarse en las oscuras profundidades de la tierra, los hombres de aquel entonces se aventuraron por un mundo totalmente desconocido, tenebroso y laberíntico, donde el peligro acechaba a cada paso y la oscuridad hacía pensar sin duda en fuerzas misteriosas, sobrenaturales, en un mundo especial perpetuamente sumido en las tinieblas, distinto al de la superficie. Así debe haber nacido el concepto del inframundo, habitado por seres divinos con los que había que establecer comunicación a través de ceremonias y rituales, y al cual irían a dar los hombres después de la muerte.

En fin, de la exploración de los cenotes, los investigadores pueden extraer no sólo amplia información sobre los cambios naturales ocurridos hace miles de años —y quizá con ese conocimiento comprender y prever mejor los cambios que ahora están ocurriendo— sino también conocer mejor las raíces y los fundamentos de la cultura maya.

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