La escritora Rosa Montero y la periodista Cristina Pacheco conversaron en el recinto del Palacio de las Bellas Artes frente a un numeroso público que abarrotó la sala Manuel M. Ponce. Este diálogo se dio dentro del ciclo “Una habitación propia”, organizado por la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes. En este ciclo se llevan a cabo  diálogos  y se difunde la obra de escritoras que han sobresalido mundialmente; Basado en el conocido ensayo de Virginia Woolf, Una habitación propia, en el cual se reflexiona acerca de la condición de la mujer y su libertad, el ciclo comenzó con la conversación entre Cristina Pacheco y Rosa Montero, hablando de la obra en general y en especial del más reciente libro de la escritora española. , La ridícula idea de no volver a verte (2013), que trata en parte sobre la vida de la científica Marie Curie.

Para la autora de La loca de la casa (2003), resulta detestable “que la gente piense que, si una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer, está escribiendo sobre mujeres”, y agregó, “yo no escribo sobre mujeres, escribo sobre el género humano, pero es que las mujeres somos la mitad del género humano”.

La novelista, quien además trabaja para el diario El País desde 1976, comentó que en cuanto a su obra periodística “los temas de género y de sexismo me interesan y los he tratado a menudo, desde luego, así como la violencia contra niños y ancianos, los derechos de los animales y otros muchos temas”, por lo que no se encasilla en una sola temática.

En cuanto al panorama actual de la mujer frente a la literatura, Rosa Montero declaró que para ella las condiciones referentes a búsqueda literaria y dificultades creativas son exactamente iguales que para los hombres. “Pero estamos todavía algo postergadas en el mandarinato cultural, es decir, en los centros de poder culturales: no aparecemos igual en las antologías, en los premios, en las academias, en los suplementos literarios, etcétera”, añadió.

De acuerdo con la periodista española, la literatura puede ayudar a los grupos discriminados a ser más conscientes de su situación y combatirla. Pero no cree que la novela sea el lugar indicado para, por ejemplo, dar doctrina sobre la equidad de género.

“Es decir, la novela no debe ser utilitaria, no debe ser feminista, pacifista, animalista ni ningún ista, aunque tú como ciudadana sí lo seas. Porque no se escribe para soltar soflamas, no se escribe para enseñar nada, sino para aprender, para intentar desentrañar el secreto de las cosas siquiera un poco. El sentido de escribir es la búsqueda del sentido de la existencia”, finalizó.

Rosa Montero nació en Madrid y estudió periodismo y psicología. Colaboró con grupos de teatro independiente, como Canon o Tábano, a la vez que empezaba a publicar en diversos medios informativos (Fotogramas, Pueblo, Posible).

Desde finales de 1976 trabaja de manera exclusiva para el diario El País, en el que fue redactora jefa del suplemento dominical durante 1980-1981.

En 1978 ganó el Premio “Manuel del Arco” de Entrevistas, en 1980 el Premio Nacional de Periodismo para reportajes y artículos literarios y en 2005 el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid a toda una vida profesional.

Ha publicado las novelas: Crónica del desamor (1979), La función Delta (1981), Te trataré como a una reina (1983), Amado Amo (1988), Temblor (1990), Bella y oscura (1993), La hija del caníbal (Premio Primavera de Novela en 1997), El corazón del Tártaro (2001), La loca de la casa (2003), Premio Qué Leer 2004 al mejor libro del año, Premio Grinzane Cavour al mejor libro extranjero publicado en Italia en el 2005 y Premio “Roman Primeur” 2006 (Francia); Historia del rey transparente (2005), Premio Qué Leer 2005 al mejor libro del año, y Premio Mandarache 2007; Instrucciones para salvar el mundo (2008),Lágrimas en la lluvia (2011) y más recientemente La ridícula idea de no volver a verte (2013).

También ha publicado el libro de relatos Amantes y enemigos, Premio Círculo de Críticos de Chile 1999, y dos ensayos biográficos, Historias de mujeres yPasiones, así como cuentos para niños y recopilaciones de entrevistas y artículos.

Su obra está traducida a más de veinte idiomas y es Doctora Honoris Causa por la Universidad de Puerto Rico.

Volvemos a Canal Once, que es el nombre adoptado en 1959, pero sobre todo instalado en el imaginario colectivo de la primera televisora pública del país". Lic. Enriqueta Cabrera

 La programación proyectada para 2014 está conformada por las series Niño Santo, segunda temporada; Paramédicos, segunda temporada; Crónica de Castas; Crónicas y Relatos de México segunda temporada; Patrimonio Mundial Natural en México, dirigida por la cineasta Patricia Arriaga Jordán; Sacro y Profano, conducida por el periodista y sociólogo Bernardo Barranco, entre otras.

Ante un nutrido grupo de invitados del ámbito cultural, académico y artístico, así como de medios de comunicación, se llevó a cabo la presentación de la nueva imagen y programación de Canal Once en el Museo Soumaya.

Con una emotiva presentación encabezada por los periodistas Adriana Pérez Cañedo y Javier Solórzano, la directora de la emisora, Enriqueta Cabrera anunció que la televisora retoma el nombre de Canal Once, Instituto Politécnico Nacional que todo México conoce e identifica desde tiempo atrás. “Volvemos a Canal Once, que es el nombre adoptado en 1959, pero sobre todo instalado en el imaginario colectivo de la primera televisora pública del país”, agregó.

De igual manera, la directora, mencionó que a partir de este jueves 14 de noviembre estará vigente en pantalla la nueva campaña titulada “Canal Once Abre Horizontes” y también se podrá ver en prensa, radio y exteriores con la que se reforzará el cambio de imagen.

Por su parte, la Directora General de Instituto Politécnico Nacional, la Dra. Yoloxóchitl Bustamante Díez, a través de un mensaje en video, celebró la ratificación del nombre de la emisora y aseguró que la nueva programación del canal, traerá sorpresas agradables al teleauditorio. “El Canal Once es el nombre que siempre hemos usado y en la comunidad es como lo hemos nombrado y ahora ustedes así también lo identificarán” dijo.

Durante el evento, se hizo hincapié en la transformación que el Canal ha ido adquiriendo al paso del tiempo, ya que a lo largo de estos 54 años de experiencia, la programación destaca por su calidad, innovación y valores en la producción.

Asimismo se mencionó que actualmente Canal Once es en México la televisora pública de mayor alcance, pues su señal llega casi al 70% de la población nacional en televisión abierta y más de quinientas empresas distribuyen su señal en el país.

En el transcurso del evento, la titular de televisora pública anunció los estrenos en la programación proyectados para 2014, los cuales se caracterizan por ser contenidos innovadores vinculados con nuestras raíces: tradiciones, riquezas naturales, historia y cultura; se abordarán los grandes temas de la ciencia y la naturaleza, los desafíos tecnológicos; se continuará con el acercamiento a los creadores de cine, literatura, música y artes plásticas.

Algunas de las producciones que podrán ser vistas en el siguiente año son: “Niño Santo”, segunda temporada, una coproducción con Canana; “Paramédicos”, segunda temporada, en coproducción con Lemon; “Crónica de Castas”, dirigida por Daniel Giménez Cacho; las series documentales “Patrimonio Mundial Natural en México”, dirigida por la cineasta Patricia Arriaga Jordán; “Crónicas y Relatos de México”, bajo la conducción de la cronista Ángeles González Gamio; “Sacro y Profano”, serie de análisis sobre temas religiosos, conducida por el periodista y sociólogo Bernardo Barranco, entre muchas otras.

Al respecto, Enriqueta Cabrera señaló que Canal Once ha innovado en géneros y formatos, que actualmente es la televisora pública pionera y mayor productora de series de ficción en América Latina, pues este año se destinó más del 65% de su presupuesto en la producción de contenidos.

“La producción no es un gasto, es una inversión que nutre. Canal Once tiene siempre presente que tiene una gran importancia el destino de los recursos. Estamos devolviendo al público el dinero que recibimos como entidad pública a través de la pantalla, brindando productos de calidad” concluyó.

Como parte de los invitados, desfilaron por la alfombra roja los ex directores de la emisora, la Mtra. Alejandra Lajous, el Ing. Julio Di Bella; Juan Octavio Pavón, Director de Radio y Televisión de Veracruz; la periodista Cristina Pacheco, Jorge Saldaña, Susana Harp, María Roíz, el comentarista Alfredo Domínguez Muro, el montañista mexicano, Carlos Carsolio, las periodistas Fernanda Tapia y Marissa Escribano; los actores Héctor Bonilla, Claudette Maillé, Rubén Zamora, Nailea Norvind, Naian González Norvind, Damayanti Quintanar, Mariana Burelli, Fernando Álvarez, Mar Carrera, Ximena Romo y los productores Fernando Rovzar y Urtzi Alejandre, entre otros.

Manuel Michel dice que Marilyn Monroe demostró que se podía desmentir el mito de que una actriz no debe dar la espalda a la cámara; no fue MM la primera en desafiar esa regla no escrita, aunque es de las más célebres. En algunas obras de teatro, o zarzuelas, o comedias ligeras, varias actrices bien dotadas hicieron números que, sin ser acrobáticos ni talentosos, hacían vibrar al auditorio: consistían en (La corte del faraón) empujar, de espaldas al público, una carriola; otro número célebre presentaba a una mujer que no hacía otra cosa que, de rodillas, trapear el piso. Uno puede entender el estremecimiento de Ignacio Manuel Altamirano, no tan seriecito, cuando contemplaba el entonces novedoso acto del más famoso fragmento de Orfeo en los infiernos, en que un grupo de bailarinas, simulando un incendio, levantan las piernas de manera acrobática, o mejor, cuando simulando una carrera, levantaban, dando la espalda al público, sus faldas de amplio vuelo y mostraban unos inusuales pantaloncitos con encajes y holanes. “Pantorrilludas”, las llamaba, sin que el adjetivo fuera despectivo.
El refrán de que hay mayor impulso en los pechos que fuerza en la tracción de una carreta tirada por bueyes es más certero en el caso de España y desde luego en Estados Unidos, porque en México sentimos más atracción por la zona del aguayón, característica destacada por Carlos Fuentes en La región más transparente, y en otras de sus obras. Es memorable también aquel cuento de Cristina Pacheco que relata cómo una mujer recupera la pasión perdida de su matrimonio gracias a unas pantaletas que resaltan, y crean ilusión, de unos glúteos redondos y firmes, y hasta presta la prenda para beneficiar a una amiga. Pero no abundan escenas semejantes en nuestra literatura, parece que los escritores son más timoratos, o incapaces de describir esa porción femenina sin caer en descripciones vulgares, ni tampoco hay originalidad. Vargas Llosa es inofensivo o simplemente descriptivo, y observa más esa parte en las adolescentes que en las maduras; Julio Cortázar prefiere la sutileza de las piernas; en una ocasión resalta el trasero de una tía del narrador de uno de sus relatos brevísimos, pero desdeña o ridiculiza los adjetivos y las metáforas, y prefiere apodar a ese personaje como “la culona”. García Márquez es más gracioso, pero se frena antes de que lo acusen de pervertido.
Nuestro cine ha sido más imaginativo y audaz: a sus cualidades histriónicas y su gracia para lo popular, hay que añadir que las escenas más llamativas que protagonizó María Victoria fueron en Los paquetes (las petacas) de Paquita, cuando conducía una bicicleta, y enloquecía tanto a los proletarios (un tendero, un lechero, un policía, un chofer, un mecánico) como a los ricos (su patrón, el socio cubano de éste) de la película, y desde luego al público masculino que acudía al Margo a verla más que a escucharla.
Aunque ya lo he señalado, no está por demás recordar que en Los hijos de María Morales, cuando el personaje de Infante conoce al que encarna Irma Dorantes, le mira el trasero para dar su visto bueno, y con doble sentido dice que la comida y ella, están buenas. El más elitista Jorge Negrete también da su aprobación, con un gesto afirmativo, al admirar el trasero de una extra, a la que intenta embriagar en Dos tipos de cuidado; cuando Carmelita González le cae de sorpresa en la kermesse Negrete le encarga a Infante que le cuide a la extra, éste acepta después de observarla con deleite, aunque otra lo está esperando; Negrete le advierte: mucho cuidado, porque capta la intención de “Pedro Malo”.
En Dos crímenes, José Carlos Ruiz pone en alerta a Damián Alcázar sobre la conducta de su sobrina Dolores Heredia: te está pasando las nalgas por las narices; en efecto, cada vez que está cerca se empina para que las admire, sin que él pueda hacer nada, pues siempre están acompañados. Sólo lo provoca.
Germán Valdés se detiene, sin importar la situación en la que se encuentre su personaje, a admirar el trasero de prácticamente todas sus alternantes, sean coestrellas, bailarinas o extras; repito el gesto que hace, con la expresión y con las manos, cuando habla de la inmensidad del ancho mar, mirando el trasero de una de las bailarinas en El mariachi desconocido, y está a punto de estropear el asalto a una casa, en silencio que parodia la muy larga escena de Rififí, por admirar el trasero de Sonia Furió que baja por la cuerda, vistiendo falda corta, en Rififí entre las mujeres.
Lilia Prado, de la que se dijo que tenía las mismas medidas que una miss Universo, pero con 20 centímetros menos de estatura, no disimuló el atractivo de sus caderas; ni el sutil Buñuel, que afirmaba que el erotismo estaba en la ropa y no sin ella, pudo resistir la tentación de mostrar muslos y caderas de Prado en dos cintas excitantes por ella, Subida al cielo, y más aún en La ilusión viaja en tranvía, donde hasta su hermano Fernando Soto se queda extasiado al ver su trasero en una falda entalladísima. Pero más admirables son las caderas de Prado en la escena inicial de Isla de lobos, donde el por lo regular ecuánime Roberto Gavaldón la pone, sollozando boca abajo, sobre una cama amplia; los sollozos provocan que el trasero se mueva con un ritmo que resta importancia al resto de la trama; también hay que recordar que esas caderas están a punto de romper la amistad entre Infante y Antonio Badú, cuando el primero la admira bailando rumba en un cabaret, donde se mueve con tanta enjundia que recibe el sobrenombre de “La Gela” (la gelatina, apodo que también recibió María Antonieta Pons, aunque más por lo poco firme que por lo rítmico de sus bailes).
Con la misma incitación al incesto, Isaura Espinoza aparece muy desnuda, mostrando glúteos muy firmes, y deja inmóvil y boquiaberto, paralizado (literalmente), al novio Eulalio González; lo pecaminoso es que su propio padre Eleazar García está a punto de caer en tentación y acariciar, o estrujar, o vapulear esas nalgas en una escena larguísima y con muchas tomas y muy variadas. Es tan larga la escena como la de Buscando a Mr. Goldbarg, en donde Diane Keaton está desnuda, en la cama, recostada de lado, y Richard Gere pone sus mejillas encima de sus nalgas: mira, cachete con cachete, dice; muchos insinúan que se tratan de las de una doble.
El trasero desnudo de Ofelia Medina hace que el espectador se desentienda del drama que vive su personaje, de prostituta barata pero ética, y al final, sus nalgas vestidas se mueven con ritmo para hacer olvidar el drama del novio muerto por la descomprensión en el fondo del mar, en Paraíso.
Esa escena de Medina subiendo unas largas escaleras moviendo las nalgas la recordé (aunque no la tenía muy olvidada) con el nuevo comercial de un perfume en el que Julia Roberts está vestida de blanco mientras todas las demás mujeres que aparecen andan de negro; para llamar la atención de los hombres se limita a subir unas escaleras; su vestido, muy entallado, se concentra en sus caderas, muy célebres; no hay hombre que deje de mirarla, aunque uno no se explica por qué ese bamboleo promueve un perfume.
En Bones, un programa donde las protagonistas son bellas, pero sobre todo inteligentes, recurren, aunque con más elegancia, a mostrar que lo cortés no quita lo caliente (frase usada por Juan Marsé), y ponen, sin que venga al caso, a la muy guapa Tamara Taylor a ver, de pie, de espaldas a la cámara, la pantalla gigantesca de una computadora; flexionada la pierna derecha, el contorno de los glúteos hace recordar que no por ser inteligente el personaje, es menos femenina y reclama su derecho a ser admirada.
Hay otro comercial que, si uno lo piensa, tiene mucho de perverso, no porque sea malo, digamos, admirar el trasero de Ana Serradilla, bastante reproducido en páginas de internet; es perverso porque Serradilla interpretó, en una cinta dizque de denuncia de la explotación sexual en la televisión, a un personaje, “Dianita la de las vueltecitas”, cuya fama (en la cinta) se debe a que da vueltas para que los espectadores se deleiten al observar sus caderas; y en el comercial se da esas mismas vueltecitas; no se sabe si es un cereal, o qué, lo que promueve.
Salma Hayek ha tratado de probar que es actriz, pero aun en sus mejores películas llaman más la atención sus dotes naturales que las de actriz (hasta Penélope Cruz ha caído en la tentación de probar que la carne es más dura que débil, igual que Chelelo con Isaura Espinoza y, como un arzobispo mexicano célebre por varios motivos, entre ellos su humor, y la fotografía indiscreta que lo mostraba en un acto que afirma que no hay quien se libre del pecado de la carne). En Wild Wild West Kelvin Kline y Will Smith se solazan observando que su camisa desabrochada por detrás deja a la vista el “butt ckack”, o sea la rayita, y el prinjcipio de unos glúteos harto duros, durante varios segundos, haciéndose la inocente. Esa misma parte de Lori Singer la observa, pasmado, Tom Hanks en El hombre del zapato rojo. Singer, que se hizo famosa en Fama, aparece desnuda en casi todas las cintas que ha filmado, incluidos varios desnudos frontales, pero ninguno es tan excitante como esa pequeña rayita aquí, y que no pierde el glamur ni siquiera en las situaciones más cómicas.

Hay diferencias entre Singer y Hayek; la mexicana mide 1.57 y Singer 1.79 (¿para qué?). Dos de las actrices más famosas por su trasero descomunal son Eva Mendez y Jennifer Lopez, apenas más altas que Salma, lo cual favorece el volumen de su nalgatorio, además de que, como no son muy competentes en lo histriónico, recurren a mostrarse generosas con su exhibición, para que no nos fijemos en sus defectos; en una de sus últimas cintas, Parker, Lopez debe desnudarse para que vean que no trae armas; la cámara se detiene en sus nalgas, donde no podría esconder nada, aunque si lo ocultara, no lo advertirían. En días pasados públicos timoratos reclaman a Lopez que use un vestuario que resalta forma y volumen de sus nalgas; pero si no lo usa, se darán cuenta de lo mal que canta.
Mendez, en otra cinta de la que nunca me enteré de su título, es llevada dentro de la cajuela de un auto, y cuando lo abren, lo primero que se ve es su amplio trasero, que parece demasiado grande pero no deforme.
Pudiera parecer que, en el cine, la exhibición de traseros es similar a la muestra de pantaletas; hay sus diferencias, cada una con sus atractivos especiales; en Los cazadores del arca perdida Karen Black enseña calzones blancos, fugazmente, en dos escenas: cuando recoge, en cuclillas, unas armas para Indiana Jones; la otra es cuando la descuelgan al foso donde Jones está atrapado, asustado por las serpientes; tanto, que no se fija en Black, aunque sí lo disfruta el público; Black muestra el trasero desnudo, en movimiento, varios segundos, en Animal House, más para deleite del espectador que de los demás protagonistas.
Otras diferencias: en Jasón y los argonautas, también durante pocos segundos, se ven fugazmente las entonces inexistentes pantaletas de Jane Seymour; siempre se muestra elegante y refinada, incluso reputada como pintora; aun así, ha sido víctima de las cacerías de los paparazzi, y la han sorprendido al bajar de un automóvil (que es a lo que se dedican, profanando el honor de la realeza, pues la nueva princesa inglesa –así como su hermana pizpireta– son tan descuidadas como las actrices de Hollywood, aunque no tanto como las de Bollywood, que no sólo son más bellas, también más atrevidas pues no gustan de hacer publicidad a marcas de tarzaneras. Pero regresando a Seymour, gran parte de Lassiter la pasa en cama, y en una de esas escenas está boca abajo, desnuda, mostrando el trasero; en tanto, Tom Selleck, más en el papel de Magnum que en el de Pete Malloy, debe aplicarle un masaje en la espalda, pero no resiste la tentación de hacerlo más abajo, y hasta simula que le da un beso atrevido.
En una cinta divertida y semisubversiva (El primer robo a un tren), Leslie-Ann Down se queda en pantaletas y muestra un trasero amplio y atractivo, de espaldas al público aunque con un anacrnismo casi inadvertido; la trama sucede en 1885, cuando no existían esas prendas.
También hubo diferencias entre las muchas escenas en que Brigitte Bardot aparecía en bikini, para darle popularidad a esa prenda, que en El amor es mi oficio, donde aparece tapada con una sábana, pero atrás de ella se refleja en un espejo su trasero, en todo su esplendor.
El cine italiano también se detuvo en los glúteos de algunas actrices; en Matrimonio a la italiana, Marcello Mastroiani descubre a la antes tímida y ahora desenvuelta Sophia Loren, en un autobús; la convence de que se quede, y se baja del camión por la ventanilla, armando un alboroto por lo prominente de su trasero, y en Un día especial debe cambiarse de ropa constantemente, y en una de ésas muestra las pantaletas muy bien llenas.
En las nuevas series policiales de la televisión estadounidense ya es común ver más la espalda de las actrices que observarlas de frente, y hacen caso omiso de las recomendaciones de tratar a las mujeres más por su talento que por su físico, y que tantas actrices y modelos se presten a ello, con un muy evidente orgullo por la admiración que provocan. Pero hay que tener cuidado: la misma Lopez, la misma Mendez, así como las hermanas Kardasian (que no ocultan su oficio, más bien lo muestran en público) usan prendas que, si se les observa, son antiestéticas: unas fajas que detienen lo que la edad tiende a expandir.
Aunque desde diferentes perspectivas, los críticos del cine mexicano valoraban algunas de las cintas de Carlos Enrique Taboada, por su buen manejo del misterio y lo sobrenatural; en Hasta el viento tiene miedo, y en Más negro que la noche, descuidando la trama, tiene escenas en las que enfoca la cámara más hacia los traseros de sus actrices (bien dotadas: buen gusto sí que tenía) que en los detalles terroríficos.

Y a propósito del respeto con que hay que tratar a quienes disienten de las mayorías, ¿serán castigados los que califiquen de manera explícitamente peyorativa a los nacidos en México, de sexo evidentemente masculino, y les espeten “macho mexicano”, más con enojo que con descripción?
Y hablando de quienes nos quieren gobernar, y les seguimos, les seguimos la corriente, ¿van a obligar a los restauranteros a que quiten las azucareras de sus mesas, porque el azúcar engorda y produce malos hábitos además de caries? Capaces son de decir que producen diabetes.

Al terminar la temporada 2012, el short stop de los Dodgers, Hanley Ramírez, sufrió una lesión que lo mantuvo inactivo la pretemporada, y regresó apenas hace poco al line-up, pero en su cuarto partido tuvo una nueva lesión que lo mandó a la lista de lesionados por 15 días; lo asombroso es que los cronistas, que repitieron la jugada en que se lastimó el tendón de la corva, no se fijaran que Ramírez, al dar la vuelta al cuadro, pisó la segunda base con el pie derecho; cualquiera que juegue o haya jugado beisbol sabe que al caer en ese error, se va a lesionar; o cuando menos se va a caer antes de llegar a la siguiente base.
Pero son demasiados los que se lesionan; tienen cerca de 15 centímetros más de estatura que sus antecesores en las Ligas Mayores, pero los cuidan como a nenitas (frase de “el doctor”); apenas pasan de los 100 o 110 lanzamientos, y los mandan a descansar. Cuando no ganaban tan bien, cuando tenían que agarrar chamba después de la serie mundial (vendiendo seguros, casi todos), aguantaban partidos de 15 entradas, o lanzaban dos juegos completos en un solo día, o relevaban tres días seguidos. En una temporada reciente algunos jugadores fueron colocados en las listas de lesionados por estornudar tan fuerte que se lesionaron la espalda, porque se pegaron con la puerta del autobús, o cargando un bebé.

En el blog anterior dediqué muchas flores a Carlos Fuentes: ahora vienen las macetas: desconocía el paisaje mexicano, nunca suceden sus tramas en el Metro o en sus alrededores, y a veces se le pierde algún personaje; algunos de sus cuentos están colocados en un sitio y una fecha tan determinada que el lector no puede colocarlos en otra época. Su peor defecto: como lector de literatura mexicana fue poco riguroso: fuera de su esplendorosa interpretación de la poesía de Octavio Paz, de su examen minucioso de la poesía mexicana hasta los años ochenta, y de su aguda percepción de la literatura juvenil de los años sesenta y setenta, parece haber leído sólo fragmentos, y en ellos había más buena fe que crítica. Si quienes recibieron sus elogios se dieran cuenta de lo mala, de lo superficial de su lectura, se pondrían a llorar, pero no de la emoción, sino del desengaño.

En 1883 los fanáticos de las Ligas Mayores recibían el apodo de “kranks”; el más famoso de ellos, un hombre llamado Arthur Dixley, era apodado “Hi Hi Dixley” porque cuando bateaban los de su equipo favorito, los animaba gritándole “Hi, Hi”. El dueño de los Cafés de San Luis (por causalidad tengo su nombre: Chris Von Der Ahe), llamó “fanáticos” a los seguidores de su equipo; pero fanático tiene una connotación peyorativa; en el DRAE lo menos fuerte que se les dice es que alguien está entusiasmado ciegamente por algo, y sus opiniones están sustentadas por la pasión y no por el raciocinio. El manager Ted Sullivan de los Cafés acuñó uno menos agresivo: fan; pero los fans nada tienen de pacíficos, aunque sea menor su furia que la del fanático. Por ello prefiero “forofo” (al margen, una historia conocida: el partidario más entusiasta de un equipo argentino tomo su nombre de Wikipedia; Manuel Reyes era quien inflaba los balones en el estadio donde jugaba el Boca Juniors, y se desbocaba con gritos entusiastas animando a su equipo; el público lo llamaba “el hincha”; cuando el entusiasmo se desbordaba, las tribunas, o quienes las ocupaban, fueron bautizadas con el nombre generalizado de “hinchas”, al principio sólo del Boca Junior; después, de cualquiera. Una deformación similar a la del señor Patiño que servía de comparsa al payaso estrella del circo de los Hermanos Bells; el nombre se generalizó para Marcelo Chávez, Viruta, Schillinsky, Susana Cabrera, Nacho Contla, “patiños” de Germán Valdés, Gaspar Henaine, y de Pompín Iglesias los dos últimos). Prefiero forofo, aunque ya fui amenazado si sigo usando el término.

El recuerdo de una anécdota contada por varios asistentes: cuando la Secretaría del Trabajo reconoció al Sindicato de Actores Independientes, el líder de la asociación, y quien había peleado como pocos por la dignidad de los actores, pidió silencio a la asamblea, jubilosa por el triunfo (que finalmente se perdió, aunque hayan ganado), que festejaba con grandes vivas: Silencio, decía en voz alta; silencio, gritaba; sólo se hizo el silencio cuando exclamó: lo he dicho en todos los tonos posibles: pero al silencio siguió una carcajada general y más estruendosa.

Intuyo que en Mil estudiantes y una muchacha (1941), como Marina Tamayo vive en una casa enfrente de la Universidad (bueno, de la Escuela de Derecho), cantan “Ana”, una canción de Alberto Domínguez que no está ni en Wikipedia ni en el exhaustivo cancionero que preparó Ramón Córdoba, pero que la escuché muchas veces en mi infancia. Encontré el DVD y, en efecto, la cantan estudiantes tan inverosímiles como Emilio Tuero, Julián Soler, Enrique Herrera y Manolo Fábregas, en una versión sin la picardía de la pieza original, en que un sacerdote le recrimina a Ana que pase toda la facultad por su ventana, y Ana contesta que no tiene la culpa de que la ventana esté tan baja: “pase usted y lo verá”. Lo importante es que, de manera imprevista, se exclama la frase: “Ahora lo comprendo todo”; esa misma frase la pronuncia, muy encanijado, David Silva en Campeón sin corona; más asombroso aún: la dice Darya Aleksandrovna en Anna Karenina (pág. 386, Alianza Editorial, traducción de Juan López- Morillas). ¿Quién será el forofo del cine mexicano: Tolstoi o López Morillas?

(La fotografía de Loren, y su comentario gráfico, están tomados de Vampiresas, Paul Flora, Hispano American Book Store, 1960, obsequio de mi muy recordado Edmundo Gabilondo; los fanáticos del cine mexicano, si lo son, saben quién fue.)

Con una emotiva ceremonia, Once TV México celebró el 35 aniversario del programa “Aquí nos tocó vivir” conducido por Cristina Pacheco. Al evento asistió como orador principal el Dr. Jaime Labastida, Presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, quien destacó que uno de los rasgos más entrañables del trabajo de Cristina Pacheco consiste en que “lejos de solazarse en los aspectos sórdidos y miserables de la vida de nuestro país, ha sabido conceder una dignidad enorme al rostro de nuestro pueblo”.

Por su parte, Cristina Pacheco reconoció la labor de su equipo de trabajo y del Canal Once quien a lo largo de estos años se ha convertido en su casa. “En mi programa muchas veces me he buscado y buscado a los míos; a la gente que llega del pueblo, perseguida y presionada por la miseria, por la sequía, por la injusticia y por la desigualdad. A veces veo familias que llegan a la ciudad por vez primera y me veo llegando yo por vez primera. A veces veo a jóvenes buscando trabajo y me veo yo buscando trabajo en esta ciudad que hoy me ha dado absolutamente todo; refugio, el amor, la escuela, el trabajo, los amigos y a Canal Once que es mi casa”.
A la celebración también asistieron la Dra. Yoloxóchitl Bustamante Díez, Directora General del IPN; la Lic. Enriqueta Cabrera Cuarón, Directora de Once TV México; los ex directores de Once TV, la Mtra. Alejandra Lajous, el Mtro. Pablo Marentes y el Lic Julio Di Bella Roldán, además de personal del Canal Once que a lo largo de estos 35 años han trabajado en conjunto con Cristina Pacheco.
Antes de iniciar el evento, se develó un nicho en donde se expone el diploma entregado en 2010 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) a Cristina Pacheco en reconocimiento al programa “Aquí nos tocó vivir”, obteniendo el registro “Memoria del Mundo de México”.
La directora de Once TV México, Enriqueta Cabrera, resaltó que esta distinción es muy importante para la televisora por ser el único programa de televisión reconocido como Patrimonio Cultural de los Pueblos y anunció el lanzamiento de un sitio web que contiene, 35 programas, elegidos por la propia Cristina Pacheco y su equipo, y que dan muestra de lo que ha sido el programa.
Después de escuchar “Las Mañanitas”, Cristina Pacheco dirigió unas palabras al auditorio. “Hoy, (que soy) 35 años menos joven, sé muchas más cosas de las que sabía. Este tiempo lo destiné minuto a minuto en perseguir un sueño que es tomarle el pulso de esta ciudad inmensa a donde llega gente de todas partes. Mi proyecto ha sido contar la vida en esta ciudad, a través de todos los medios posibles, hay muchos lugares que me quedan por conocer, hay muchos sitios a donde ni siquiera podré acceder ni remotamente y personas a las que no voy a conocer, pero las que conocí se han quedado en mi y son parte de mi, de mi familia y de mi historia.”
Por su parte, el Dr. Jaime Labastida Ochoa, resaltó el hecho de que Cristina Pacheco “dialoga con personas que, por virtud por virtud de sus preguntas, se vuelven personajes, pero sin dejar de ser lo que son: personas, una galería de personas, de seres vivos que, desde la sombra, tejen su vida y su trabajo. El aquí, pues, se convierte en allá, un más allá, un anhelo de transcendencia, el deseo de ser otro. Creo que, a lo largo de estos programas, se ha roto con la actitud de la resignación. Hay un rescoldo de esperanza al qué le vamos hacer, se le responde con una actitud diferente; tenemos que hacer algo. El aquí nos tocó vivir se convierte en un más allá. Si aquí nos tocó vivir, ¿en dónde nos tocará morir?”.
En su momento, la Dra. Yoloxóchitl Bustamante señaló que “Lo que Cristina Pacheco nos muestra en sus programas, es el alma profunda de esta ciudad de México. Estoy muy contenta de que el Canal del Politécnico haya sido el lugar donde se dio este prodigio de programa y que tengamos la suerte de contar con Cristina aquí.”

Cabe recordar que la primera emisión de “Aquí nos tocó vivir” salió al aire el 10 de mayo de 1978, pero se desarrolló y consolidó en los años ochenta. Actualmente, a sus 35 años de transmisiones ininterrumpidas, podemos decir que este es un programa ícono de la televisión pública en México y América Latina pues es reconocido por la comunidad periodística, intelectual, política y social, como un documento invaluable.

Este sábado 11 de mayo a las 21:00 hrs. el programa estará dedicado a la marroquinería, una artesanía muy antigua en el que Cristina Pacheco visitará a Rafael Pacheco, un artesano mexicano que lleva 63 años dedicándose a este oficio.

Si quieres disfrutar de los 35 programas más emblemáticos de “Aquí nos tocó vivir”, sigue este vínculo: http://www.oncetv-ipn.net/aquinostoco35/

La escritora y periodista mexicana Cristina Pacheco recibió el Reconocimiento Internacional Rosario Castellanos a la Trayectoria Cultural por su trayectoria en los géneros del periodismo, la literatura, la comunicación audiovisual y por su diálogo cultural vivo de varias décadas.

Cristina, nacida en Guanajuato 1941, es la primera ganadora del más importante galardón que se ha creado en México para reconocer a las mujeres de habla hispana. El premio le fue otorgado por decisión unánime del jurado.

El jurado estuvo integrado por la cineasta mexicana María Novaro, la española Amelia Valcárcel, la argentina Gloria Dubner, la chilena Diamela Eltit y la mexicana Rosaura Ruiz.

Novaro, presidente del jurado, aseguró que Cristina “ha dado voz, con dignidad y respeto, a personas de los más diversos ámbitos sociales, labor que ya forma parte del registro Memoria del Mundo, Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO”.

El reconocimiento incluye  de 100 mil dólares, diploma, escultura diseñada por la artista Yvonne Domenge y la publicación del discurso de aceptación.

Consuelo Sáizar, presidenta del Conaculta, que otorga el premio, dijo que la Cristina Pacheco “es una mujer de letras en el amplio sentido de la palabra”.

Cristina Pacheco recibirá el galardón durante la inauguración del segundo Congreso Internacional “La experiencia intelectual de las mujeres en el siglo XXI”, el 4 de marzo en el Palacio de Bellas Artes.