Un amigo lector de Mérida comenta, a propósito de mi reciente artículo sobre la crisis alimentaria que se avecina, que he “omitido mencionar que uno de los más graves problemas en cuanto a alimentación se refiere, tiene que ver con la insistencia totalmente equivocada de continuar produciendo alimentos que se originan en matar animales: pollos, pescados, cerdos, liebres, venados, vacas o toros, etc., y luego creer que comiendo los trozos de cadáver van a resultar en una muy buena alimentación”.

Por Juan José Morales

Los partidarios del vegetarianismo por lo general son bastante activos y difunden sus puntos de vista a través de libros, revistas y otros medios, en una especie de cruzada para tratar de sumar adeptos a su causa.

Continúa diciendo que es un error creer que necesitamos proteína animal, pues no sólo no la necesitamos, sino que nos es perjudicial para la salud. Y en abono de este punto de vista añade que “las estadísticas nos muestran en forma contundente que las poblaciones que más consumo de proteína animal disfrutan (tanto de carnes de todo tipo de animal, como de lácteos), son también las que más enfermedades degenerativas desarrollan: cáncer, cardiovascular, Alzheimer’s, osteoporosis, diabetes, acné juvenil, quebradura de huesos (cadera), alergias, Lupus, etc.”

Este punto de vista —que el consumo de carne es nocivo para la salud— está muy extendido, y efectivamente parece respaldado por el hecho de que en los países donde mayor es su consumo, mayor es la incidencia de enfermedades degenerativas. Pero quienes así opinan pierden de vista un hecho fundamental: que en esas naciones la esperanza de vida es mayor que en aquellas con menor consumo de carne por habitante.

Las enfermedades degenerativas, como se sabe, se presentan a edad avanzada, precisamente como resultado del envejecimiento y el gradual deterioro de órganos y sistemas, Resulta obvio esperar que ahí donde la gente llega a mayor edad, sea también más alta la incidencia esos males. Pero no como resultado del consumo de carne, sino del mayor número de personas de edad avanzada.

La diabetes, por lo demás, no está relacionada con la ingesta de proteínas, sino de carbohidratos, y el acné juvenil se ha asociado —además de los factores hormonales ligados a la adolescencia— a ciertos tipos de grasas en la alimentación. A esas grasas, así como a la obesidad y la vida sedentaria, se deben también esencialmente los problemas cardiovasculares.

Respeto la opinión de quienes propugnan el vegetarianismo, incluso el vegetarianismo extremo —o sea el que excluye todo alimento que provenga de un animal, aunque no implique su sacrificio, como huevos, leche o queso—, pero no hay evidencias de que una dieta carnívora sea contraria a la naturaleza humana como afirman. Por lo contrario, tanto las evidencias arqueológicas como las anatómicas, indican que el hombre es un animal omnívoro. Esto es, que desde sus tiempos de cazador-recolector ha incluido en su dieta tanto alimentos de origen vegetal como animal. Si bien se puede prescindir de unos o de otros —los inuits o esquimales, por ejemplo, consumen casi exclusivamente carne y grasa animal—, no hay hasta ahora evidencias de que hacerlo represente ventaja alguna para la salud. Incluso, según estudios científicos, incorporar la carne a su dieta fue un paso crucial en la evolución humana y gracias a ello alcanzamos un alto grado de desarrollo físico e intelectual. Pero de ello hablaremos en otra ocasión.

En lo que sí concuerdo con mi amigo lector, es en que cultivar vegetales para engordar animales y luego sacrificarlos para obtener carne, es improductivo y antieconómico ya que en el proceso se invierte más energía de la que finalmente se obtiene. Aunque, por otro lado, hay también formas de aprovechar desperdicios de las cosechas y otros materiales vegetales para la alimentación animal.

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