La contaminación de los mares con restos de plástico se está convirtiendo en una amenaza peor para el medio ambiente que el calentamiento global. Así opina Charles J. Moore, antiguo oficial de la marina mercante norteamericana que, tras quedar impactado por la inmensa cantidad de basura plástica flotante que observó al cruzar el océano Pacífico en una carrera de yates en 1997, lanzó la voz de alerta sobre ese problema y logró reunir a un grupo de científicos que desde entonces se han dedicado a estudiarlo.

Por Juan José Morales

Estas son las cinco regiones del mundo donde el movimiento de las corrientes marinas forma los llamados grandes giros oceánicos. Son extensas áreas a las cuales van a dar objetos flotantes arrastrados por las corrientes que se desplazan a su alrededor. Así es como se forman las islas de basura.

A Moore se le considera el descubridor de la llamada Isla de Basura, una inmensa acumulación de desechos en el Pacífico del norte cuya extensión se estima en 1 millón 400 mil kilómetros cuadrados. Se encuentra en el llamado Giro del Pacífico Norte, donde las corrientes marinas forman una especie de inmenso vórtice. De 1997 a la fecha, Moore y los investigadores han visitado en diez ocasiones la zona, y año tras año observaron un aumento en la cantidad de desperdicios.

Aunque esta es la isla de basura más conocida y famosa, no es la única. En el Atlántico se descubrió ya otra similar, y sin duda cada uno de los cinco giros o vórtices formados por las corrientes marinas en diferentes regiones tiene la suya. Esos giros, dicho sea de paso, abarcan en conjunto el 40% de la superficie total de los océanos.

El problema con los productos de plástico, es que persisten por siglos. Los animales marinos pueden fácilmente tragarlos al confundirlos con medusas o peces, y así morir por obstrucción intestinal. Si se desintegran, de todas maneras los pequeños fragmentos y los compuestos químicos con que están elaborados entran en las tramas y cadenas alimenticias, y dado que son tóxicos, afectan a los organismos marinos.

Se estima que el 80% de esa basura de plástico a la deriva proviene de zonas urbanas y es arrastrada por los ríos hasta el mar. El restante 20% proviene de embarcaciones. Y en los últimos tiempos ha aumentado la contribución de los buques pesqueros, que utilizan grandes cantidades de cordeles, redes, cables, flotadores y otros aparejos hechos de plástico, parte de los cuales se pierden por efecto del mal tiempo o de accidentes. En una ocasion Moore se encontró una especie de balsa formada por docenas de boyas de plástico usadas en granjas de cultivo de ostión que de alguna manera se soltaron y fueron a dar a esa remota región oceánica.

A juicio de Moore, esa contaminación con plástico más animales está matando —y seguirá matando— mucho más animales de los que perecen y perecerán en las próximas décadas por efecto del calentamiento global y el cambio climático. Por ello considera urgente hacer frente al problema.

Desde luego, no será fácil. Es imposible pensar en recoger esa enorme cantidad de basura flotante. En primer lugar, por su volumen. En segundo, y sobre todo, porque está ampliamente dispersa. De hecho, contra lo que algunas personas podrían pensar, la isla de basura no se ve como una gran mancha flotante o algo por el estilo. No se le detecta ni siquiera en las imágenes de los satélites artificiales. Es sólo al cruzarla cuando se observan los desperdicios que se mueven a la deriva por todos lados.

La solución, entonces, es evitar que esos desperdicios lleguen al mar. Y para ello, dice Moore, hay que cambiar el modelo económico actual, basado en la manufactura de enormes cantidades de productos desechables y de envolturas. En un estudio realizado en las ciudades del sur de California, se llegó a la conclusión que sus habitantes arrojan a la basura casi 800 millones de piezas de plástico al día, desde bolsas de supermercado y grandes trozos de espuma de poliuretano, hasta gránulos de material de empaque del tipo conocido popularmente como nieve seca.

Acabar con ese derroche, empero, probablemente resultará más difícil que combatir el calentamiento global.

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