Varias veces nos hemos referido en esta columna a los llamados biocombustibles, agrocombustibles o “combustibles verdes”, como también se les llama. Esto es, aquellos que se obtienen a partir de maíz, remolacha, caña de azúcar, trigo, soya y otros alimentos y que tanto las empresas interesadas en su producción como algunos gobiernos e incluso grupos ecologistas, presentan como una buena solución para satisfacer la creciente demanda de energía sin contribuir al calentamiento global y el cambio climático.

Por Juan José Morales

Simbólicamente, el automóvil se ha convertido en una nueva plaga del maíz, pues lo devora en forma de biocombustibles, reduciendo en la práctica la disponibilidad de alimentos, elevando sus precios en consecuencias y agravando el hambre de millones de seres humanos.

Pues bien, de España, nos llega la noticia de que el gobierno de ese país ha decidido reducir, de 7% a 4.1%, el porcentaje de tales combustibles que debe agregarse a la gasolina. Pero la medida no busca evitar las graves consecuencias que su producción tiene en los países del Tercer Mundo, sino tan sólo tratar de reducir el precio de la gasolina.

Como decíamos, el uso de sustitutos “verdes” de la gasolina y el diésel ha sido impulsado por los gobiernos de las naciones más ricas —especialmente Estados Unidos y la Unión Europea—, con el argumento de que así se evita la dependencia del petróleo y se reduce la contaminación ambiental —y por ende el calentamiento global y el cambio climático— provocados por los combustibles a base de petróleo. Y para estimular el uso de alimentos en la producción de biocombustibles, los gobiernos conceden a los agricultores y fabricantes generosos subsidios que tan solo en la Unión Europea ascienden a tres mil millones de euros por año.

Así, cada año 15 millones de toneladas de aceites comestibles, granos, cereales y otros productos agrícolas que podrían destinarse a la alimentación humana terminan en los motores de automóviles y camiones de los países europeos y no en el estómago de seres humanos hambrientos. Para 2020, deberán ser 30 millones de toneladas, según los planes de desarrollo económico de la Unión Europea. Y para satisfacer esa insaciable demanda, en las naciones del Tercer Mundo, se multiplican los casos de destrucción de selvas, despojos de tierras y sustitución del cultivo de alimentos básicos para establecer grandes plantaciones destinadas a la producción de materia prima para biocombustibles, a las cuales se presenta como ejemplo de agricultura moderna y tecnificada. Todo ello en detrimento de la diversidad biológica, de la fauna silvestre y —sobre todo— de los campesinos tradicionales, que al perder su forma de vida terminan emigrando a las ciudades e instalándose en los cinturones de miseria.

Por otro lado, la canalización de productos alimenticios hacia la industria de los agrocombustibles ha hecho que se eleven los precios de los alimentos básicos en los mercados internacionales.

Lo peor de todo es que los combustibles “verdes” ni siquiera contribuyen a evitar el calentamiento global y la contaminación ambiental, pues su producción exige —paradójicamente— grandes cantidades de gasolina y diésel para la maquinaria agrícola, así como de herbicidas, insecticidas y fertilizantes para las plantaciones. En todo caso, lo que se logra es trasladar la contaminación al Tercer Mundo, donde se usan combustibles “sucios” derivados del petróleo y pesticidas que contaminan el aire, el suelo y el agua, para producir combustibles “limpios” que no contaminen —o contaminen menos— el aire de las urbes norteamericanas y europeas.

La realidad es que los biocombustibles no son ni ambiental ni socialmente adecuados. Constituyen una falsa solución. Sirven para tranquilizar las conciencias de los habitantes del Primer Mundo, a los cuales se hace creer que basta mezclar la gasolina con etanol para acabar con los problemas ambientales. En la práctica, sin embargo, tienen el efecto contrario. Es decir, contribuyen a mantener e incrementar el uso del automóvil, con todas las consecuencias que ello trae aparejado.

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