El Cine Club del Museo Nacional de Arte (Munal) inicia sus actividades de 2014 durante el mes de enero con un ciclo de películas de factura nacional que abarcan más de ochenta años de cine, principalmente de la llamada Época de Oro.

Se trata de una serie de filmes que acompañan la exposición Capítulos de la plástica en México y que se proyecta los sábados y domingos de enero en el Auditorio Adolfo Best Maugart del Munal con funciones dobles a las 12:00 y 16:00 horas, con entrada libre al público en general.

La amplia muestra de producción plástica que se alberga actualmente –y hasta el 2 de marzo– en las diferentes salas del Munal, está compuesta por las exposiciones La enseñanza del dibujo en México, Escuelas de pintura al aire libre: Episodios dramáticos del arte en México y Félix Parra (1845-1919). Visionario entre siglos.

La selección de películas que ofrece el Cine Club del Munal está compuesta por nueve películas clásicas del cine mexicano y un documental acerca de uno de los exponentes de la plástica mexicana: Diego Rivera. El objetivo de este ciclo es ofrecer al público una mirada distinta, otra forma de ver, desde la cinematografía, la amplia riqueza de escenarios y paisajes de nuestro país que han servido de inspiración, también, para la creación plástica en México en diferentes momentos del siglo XX.

El ciclo inició el domingo 12 de enero con las cintas Esperanza, de Sergio Olhovich, y
¡Qué viva México!, de Grigori Aleksandrov y Sergei M. Eisenstein.

Para el sábado 18, a las 12:00 horas, se exhibirá El violetero (1960), de Gilberto Martínez Solares, en la que Germán Valdés Tin Tan da vida a Lorenzo Miguel, un hombre que se dedica a cultivar y vender flores en los canales de Xochimilco y que pronto se ve envuelto en amores con una clienta.

Ese mismo día, a las 16:00 horas, se proyectará El rebozo de Soledad (1952), de Roberto Gavaldón, historia de Alberto Robles, un joven médico que se encuentra en la disyuntiva de seguir una vida de comodidades y lujos o defender a los habitantes del pueblo de Santa Cruz, oprimido por la crueldad del cacique local. Destacan las actuaciones de Arturo de Córdova, Pedro Armendáriz, Stella Inda, Domingo Soler, Carlos López Moctezuma y Rosaura Revueltas.

El domingo 19, a las 12:00 horas, tocará turno a la cinta María Candelaria (1944), de Emilio El Indio Fernández, con las memorables actuaciones de Dolores del Río y Pedro Armendáriz, quienes dan vida a María Candelaria y Lorenzo Rafael, pareja nativa de Xochimilco que desea casarse a pesar de que las circunstancias les son totalmente adversas, y termina en tragedia.

Poco más tarde, a las 16:00 horas, se proyectará de manera especial la Biografía de Diego Rivera, una producción de History Channel realizada en 2010 y que en 50 minutos da cuenta de la vida y obra del muralista mexicano y su trascendencia a nivel internacional.

El sábado 25, a las 12:00 horas, se proyectará uno de los íconos del cine mexicano: ¡Vámonos con Pancho Villa!, (1936), filme épico dirigido por Fernando de Fuentes que retrata las vicisitudes de la Revolución Mexicana cuando un grupo de valientes campesinos se une al ejército de Pancho Villa, pero poco a poco es diezmado por la guerra y las enfermedades.

Destacan aquí las actuaciones de Antonio R. Frausto y Domingo Soler, pero también uno de esos momentos inusitados del cine mexicano, cuando el compositor Silvestre Revueltas tiene una breve participación como pianista en un bar.

Ese mismo día pero a las 16:00 horas tendrá lugar la película Enamorada (1946), de El Indio Fernández. La inolvidable pareja formada por María Félix y Pedro Armendáriz dan vida al general zapatista José Juan Reyes, quien confisca los bienes de la gente rica y conservadora de la ciudad de Cholula, pero también se enamora de la férrea Beatriz Peñafiel, hija del hombre más notable del pueblo.

El domingo 26, las 12:00 horas, continuará el Cine Club del Munal con la versión fílmica de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo (1967), dirigida por Carlos Velo, con un argumento en el que participó Carlos Fuentes, con música de Joaquín Gutiérrez Heras, fotografía de Gabriel Figueroa y las actuaciones de John Gavin, Ignacio López Tarso, Pilar Pellicer, Julissa, Augusto Benedico y Beatriz Sheridan.

Aquí, la historia de Juan Preciado, hijo de Pedro Páramo y de Dolores Preciado, quien al morir su madre decide cumplir la promesa de ir en busca de su padre al pueblo de Comala y exigirle lo suyo; al llegar, se encuentra con un pueblo abandonado y misterioso donde se escuchan voces y extraños murmullos. La cinta obtuvo numerosos premios.

El ciclo concluirá el mismo domingo 26, a las 16:00 horas, con la proyección de Prisionero 13 (1933), de Fernando de Fuentes, historia en la que una mujer, cansada de los malos tratos que le da su marido, un arbitrario coronel alcohólico, lo abandona y se lleva a su hijo. Años después, por azares del destino, el militar está a punto de fusilar a su propio vástago, al que no conoce.

El Cine Club del Munal, Capítulos de la plástica en México, tiene lugar los sábados y domingos de enero en el Auditorio Adolfo Best Maugart del recinto ubicado en Tacuba 8, Centro Histórico, con entrada libre al público en general. El cupo está limitado a 80 personas por sesión. Organiza el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

La historia de la literatura mexicana cuenta, alrededor de ella, las tertulias que se armaban a diario en las librerías; es de suponer que en todo el país, pero especialmente en la ciudad de México; es fama que Victoriano Salado Álvareziba a diario a alguna de las librerías alrededor del Zócalo, y se encontraba con otros escritores, lectores, libreros, editores, y se pasaba las tardes en charlas animadas.

Victoriano Salado Álvarez

En los años sesenta, cuentan Leñero, Sainz, Monsiváis, Pitol, Prieto Reyes, que se encontraban en alguna de las librerías Zaplana donde empezaban en una plática que terminaba en los cafés Sorrento, Kikos, o en Sanborns, según relatan Novo o Carlos Fuentes, en crónicas y en las páginas de La región más transparente.
En 1969 Gustavo Sainz me recomendó que fuera a Libros Escogidos, y me presentara con su dueño, Polo Duarte, al que había leído alguna página de mi primera novela; desde esa tarde, hasta algunos años después, iba casi a diario y allí conocí a Gerardo de la Torre, Juan Manuel Torres, Juan Bañuelos, Jaime Labastida; o a los pintores Adrián Brun, Armando Villagrán, Rodolfo Nieto, y a Beto Bojórquez; allí conocí a Delfina Careaga, a Otaola, Raúl Renán, Juan Jiménez Patiño, y me acompañaron muchas veces Paco Alvarado y Arturo Federico Valdés Olmedo.
Pero no era Libros Escogidos la única librería donde iba a platicar; enfrente, cruzando la Alameda, estaba la Librería del Prado, donde don Félix, Carlos, Humberto y Álvaro tenían siempre una plática, no pocas veces alguna discusión agria por política; pese a que era pequeña, me topé varias veces con Gabriel Careaga, Miguel Ángel Flores, Miguel Flores Ramírez. Menos asiduo, pero no menos cálido, era el grupo que de pronto se formaba en la Librería Universitaria alrededor del inolvidable Raúl Guzmán, o en la Librería del Sótano (no la insípida El Sótano), donde nos juntábamos Rubén Maní, Alejandro Rosales, Arturo Luciano, Patricia Proal, y charlábamos, a veces hasta que cerraban, con Gerardo López Gallo. No pocas veces discutíamos con desconocidos, que también iban en busca de libros, y de discusiones, que se trasladaban a cafés o a cantinas. La actitud de los dueños era importantísima, pues permitían la tertulia, y la mayoría de las veces participaban en ella, olvidando a los clientes ocasionales que pedían algún libro, sobre todo si era best-seller.

 

Busco un ejemplar de La mafia.

Busco un ejemplar de La mafia, la divertida, iconoclasta, experimental, desacralizadora novela de Luis Guillermo Piazza; fue publicada en 1966, antes de que se dispersaran los grupos intelectuales; debo hablar mucho de este libro, al que le debo tardes, días enteros de relecturas frenéticas, algunos descubrimientos; a veces encuentros clave, quién es el verdadero protagonista de retratos que aparentemente presentan a personajes históricos, quiénes cometieron crímenes literarios y de los otros; quiénes hablan por teléfono, y cuáles cartas son reales y cuáles inventadas.

Entro a todas las librerías alrededor de Donceles, desde Brasil hasta Allende; muchachos atentos se acercan a preguntar qué buscamos, en esas islas amontonadas, cerros de ejemplares maltratados, con la portada sucia y el canto desigual y el lomo quebrado, en un equilibrio precario; ya no busco ejemplares de mis libros porque fui expulsado de sus plúteos cuando critiqué una publicación que les servía de órgano informativo, aunque no se habían dado cuenta de lo que publicaban; a veces encuentro algún título olvidado de Steinbeck, o de Waugh, o de Durrell; por lo regular, no los pido, los busco, aunque no siempre están en orden, y revuelven mexicanos con extranjeros, y novelas con biografías. Últimamente han contratado a jóvenes que trabajan medio tiempo, y descansan dos días a la semana, nunca en sábado o domingo, dicen las ofertas de empleo que colocan en sus anaqueles. Desconozco las condiciones de trabajo, pero sí que los contratados no son estudiantes de letras, o que los profesores de las carreras de letras son indolentes y descuidados. En todas las librerías pedí, cuando muy atentos se acercaban ofreciendo sus servicios, La mafia, de Luis Guillermo Piazza, e invariablemente iban a la sección de best-sellers, pensando que se trata de una novela de gangsters (bueno, no están muy equivocados), sicilianos que disputan mercados negros. No sólo desconocen la novela, también al autor, y lo peor, la colección Del Volador, emblema de Joaquín Mortiz. Probablemente Piazza se divertiría muchísimo, como yo, aunque luego de la tercera librería comencé a mortificarme.

El pasado 19 de noviembre la escritora y periodista Elena Poniatowska fue elegida para recibir el Premio Cervantes, considerado el Nobel de nuestra lengua. El Ministerio de Cultura de España lo otorga a la obra global de un autor de habla castellana, reconociendo sus aportaciones decisivas para el patrimonio cultural del mundo hispanoparlante. La ceremonia de entrega será el 23 de abril de 2014, fecha del aniversario luctuoso de Miguel de Cervantes Saavedra. Los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, como es tradición, serán los encargados de entregar el galardón.

Por  Guillermo Velasco Tapia

Elena es la quinta mexicana en recibir este reconocimiento. Además de ella han sido premiados: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Como dato curioso: Fuentes, Pitol, Pacheco, Carlos Monsiváis y Poniatowska trabajaron juntos en los suplementos culturales de Fernando Benítez.

Elena ha cultivado los géneros de la entrevista, el ensayo y la novela. Su literatura es fuerte, vibrante, llena de emoción y desborda humanismo. Gusta de mezclar la ficción con personajes de la vida real. Entre sus heroínas de novela están Jesusa Palancares, Angelina Beloff, Tina Modotti y Leonora Carrington.

Como periodista se inició en los diarios Excélsior y en Novedades, actualmente escribe para La Jornada. En la colección Todo México se han reunido la mayoría de sus entrevistas, que en su mayor parte son a personajes del mundo de la cultura, como: Dolores del Río, Lola Alvarez Bravo, Roberto Montenegro, Marlene Dietrich, León Felipe, Gabriel Figueroa, Renato Leduc, Juan Gabriel, Carlos Chávez, Silvia Pinal, José Revueltas, Artur Rubinstein, Josefina Vicens.

Hasta Santa Claus ha sido víctima de las preguntas, aparentemente, inocentes e ingenuas de Elena. Cada entrevista viene acompañada de una pequeña explicación de la situación que rodeó sus encuentros con estas grandes personalidades o nos da información adicional sobre sus vidas y obras. El resultado es genial, entrañable. El lector puede conocer de cerca a esos famosos e ilustres seres. En este trabajo, no todo fue miel sobre hojuelas, a veces resultó ríspido, como la vez que fue a ver a Cantinflas:

-…Oiga, don Cantinflitas, ¿a usted le chocan los periodistas?
-No me chocan los periodistas. Y le hago la aclaración: “periodistas”…
Y más adelante:
-¿Admira usted a Chaplin?
-Sí
-¿Por qué?
-Nomás porque sí, no me gusta dar explicaciones.

Con Rufino Tamayo, su trabajo fue magnífico, aunque la esposa del pintor no quedó tan contenta:

..escuché a Olga hablar en voz muy alta por teléfono y dar los precios en un inglés macarronudo… …escribí: “Dis pichur is ten fausen dollar, no, no, dis pichur is fifti fausen dollar, no less…” …y tal como lo escribí se publicó… …los invitados me felicitaban : “¡Qué traviesa eres, cómo me has hecho reir!” Paz, los ojos chispeantes de malicia, me abrazó: ¡Qué Barbara!… …Yo no reía nada porque me di cuenta que los Tamayo, sobre todo Olga, estaban muy enojados… …El resultado es que nunca más fui requerida a su maravillosa casa de Malintzin…

Otra anécdota, que ella misma ha contado en muchas ocasiones: Lo primero que le dijo Diego Rivera al conocerla fue: Tengo dientes de leche y me como a las periodistas chaparritas. Por cierto, La Jornada ha vuelto a publicar la primera entrevista que Poniatowska le hizo a este gran pintor, uno de los tres grandes muralistas del siglo XX.

Ya en este tono de confidencias, es preciso decir que Elena es, por un lado de su familia, sobrina de la poetisa Pita Amor, conocida también como la Undécima Musa. Y por el otro nació con el título de princesa, pues su padre era sobrino del último rey de Polonia, Estanislao II Poniatowski.

Cabe señalar que estamos ante una creadora multipremiada. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1978. Es Doctora Honoris Causa de ocho universidades, entre las que se encuentran: New School of Social Research de Nueva York; Manhattan Ville College, Nueva York; Universidad Nacional Autónoma de México; Universidad de Puerto Rico. Ha ganado dos veces el Premio Mazatlán de Literatura, en 1971 por Hasta no verte Jesús mío y en 1992 por Tinísima. En 2001 obtuvo el Premio Alfaguara de Novela por La piel del cielo. Es Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura 2002. Y por su libro Leonora le concedieron el Premio Biblioteca Breve 2011. Estos son sólo algunos de tantos reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera. Su obra ha sido traducida a más de diez idiomas, de los que destacan el inglés, francés y alemán.

Qué mejor manera de festejar a una escritora que leyéndola, y qué mejor que estas vacaciones decembrinas para hacerlo. Tenemos muchas opciones. Sí queremos novelas que nos llenen de asombro y de gozo podemos empezar por Tinísima; Querido Diego, te abraza Quiela; o Leonora. Y ¿por qué no? hasta con Las siete cabritas (acotando que no es una novela). En este libro, Elena, retrata de manera muy especial a personajes como Frida Kahlo, Pita Amor, Nahui Olin, María Izquierdo, Elena Garro, Rosario Castellanos y Nellie Campobello.

Ya si queremos algo de contenido más social, son imperdibles La Noche de Tlatelolco y Nada, Nadie: las voces del temblor. Elena también tiene libros acerca de grandes personajes masculinos como: Juan Soriano, niño de mil años, Octavio Paz, las palabras del árbol. Con este último libro estaríamos matando dos pájaros de un tiro, pues empezaríamos la celebración del centenario del natalicio de nuestro Premio Nobel de Literatura, que se cumple en 2014.

Otra opción es ir a la página web Descarga Cultura UNAM, y escuchar los podcast en su propia voz de dos cuentos: El corazón de la alcachofa (muy recomendable) y El recado. La dirección electrónica es: http://www.descargacultura.unam.mx/app1

Queda mucho por decir de Elena Poniatowska, pero ya me tengo que ir a leer Lilus Kikus y La piel del cielo.

Manuel Michel dice que Marilyn Monroe demostró que se podía desmentir el mito de que una actriz no debe dar la espalda a la cámara; no fue MM la primera en desafiar esa regla no escrita, aunque es de las más célebres. En algunas obras de teatro, o zarzuelas, o comedias ligeras, varias actrices bien dotadas hicieron números que, sin ser acrobáticos ni talentosos, hacían vibrar al auditorio: consistían en (La corte del faraón) empujar, de espaldas al público, una carriola; otro número célebre presentaba a una mujer que no hacía otra cosa que, de rodillas, trapear el piso. Uno puede entender el estremecimiento de Ignacio Manuel Altamirano, no tan seriecito, cuando contemplaba el entonces novedoso acto del más famoso fragmento de Orfeo en los infiernos, en que un grupo de bailarinas, simulando un incendio, levantan las piernas de manera acrobática, o mejor, cuando simulando una carrera, levantaban, dando la espalda al público, sus faldas de amplio vuelo y mostraban unos inusuales pantaloncitos con encajes y holanes. “Pantorrilludas”, las llamaba, sin que el adjetivo fuera despectivo.
El refrán de que hay mayor impulso en los pechos que fuerza en la tracción de una carreta tirada por bueyes es más certero en el caso de España y desde luego en Estados Unidos, porque en México sentimos más atracción por la zona del aguayón, característica destacada por Carlos Fuentes en La región más transparente, y en otras de sus obras. Es memorable también aquel cuento de Cristina Pacheco que relata cómo una mujer recupera la pasión perdida de su matrimonio gracias a unas pantaletas que resaltan, y crean ilusión, de unos glúteos redondos y firmes, y hasta presta la prenda para beneficiar a una amiga. Pero no abundan escenas semejantes en nuestra literatura, parece que los escritores son más timoratos, o incapaces de describir esa porción femenina sin caer en descripciones vulgares, ni tampoco hay originalidad. Vargas Llosa es inofensivo o simplemente descriptivo, y observa más esa parte en las adolescentes que en las maduras; Julio Cortázar prefiere la sutileza de las piernas; en una ocasión resalta el trasero de una tía del narrador de uno de sus relatos brevísimos, pero desdeña o ridiculiza los adjetivos y las metáforas, y prefiere apodar a ese personaje como “la culona”. García Márquez es más gracioso, pero se frena antes de que lo acusen de pervertido.
Nuestro cine ha sido más imaginativo y audaz: a sus cualidades histriónicas y su gracia para lo popular, hay que añadir que las escenas más llamativas que protagonizó María Victoria fueron en Los paquetes (las petacas) de Paquita, cuando conducía una bicicleta, y enloquecía tanto a los proletarios (un tendero, un lechero, un policía, un chofer, un mecánico) como a los ricos (su patrón, el socio cubano de éste) de la película, y desde luego al público masculino que acudía al Margo a verla más que a escucharla.
Aunque ya lo he señalado, no está por demás recordar que en Los hijos de María Morales, cuando el personaje de Infante conoce al que encarna Irma Dorantes, le mira el trasero para dar su visto bueno, y con doble sentido dice que la comida y ella, están buenas. El más elitista Jorge Negrete también da su aprobación, con un gesto afirmativo, al admirar el trasero de una extra, a la que intenta embriagar en Dos tipos de cuidado; cuando Carmelita González le cae de sorpresa en la kermesse Negrete le encarga a Infante que le cuide a la extra, éste acepta después de observarla con deleite, aunque otra lo está esperando; Negrete le advierte: mucho cuidado, porque capta la intención de “Pedro Malo”.
En Dos crímenes, José Carlos Ruiz pone en alerta a Damián Alcázar sobre la conducta de su sobrina Dolores Heredia: te está pasando las nalgas por las narices; en efecto, cada vez que está cerca se empina para que las admire, sin que él pueda hacer nada, pues siempre están acompañados. Sólo lo provoca.
Germán Valdés se detiene, sin importar la situación en la que se encuentre su personaje, a admirar el trasero de prácticamente todas sus alternantes, sean coestrellas, bailarinas o extras; repito el gesto que hace, con la expresión y con las manos, cuando habla de la inmensidad del ancho mar, mirando el trasero de una de las bailarinas en El mariachi desconocido, y está a punto de estropear el asalto a una casa, en silencio que parodia la muy larga escena de Rififí, por admirar el trasero de Sonia Furió que baja por la cuerda, vistiendo falda corta, en Rififí entre las mujeres.
Lilia Prado, de la que se dijo que tenía las mismas medidas que una miss Universo, pero con 20 centímetros menos de estatura, no disimuló el atractivo de sus caderas; ni el sutil Buñuel, que afirmaba que el erotismo estaba en la ropa y no sin ella, pudo resistir la tentación de mostrar muslos y caderas de Prado en dos cintas excitantes por ella, Subida al cielo, y más aún en La ilusión viaja en tranvía, donde hasta su hermano Fernando Soto se queda extasiado al ver su trasero en una falda entalladísima. Pero más admirables son las caderas de Prado en la escena inicial de Isla de lobos, donde el por lo regular ecuánime Roberto Gavaldón la pone, sollozando boca abajo, sobre una cama amplia; los sollozos provocan que el trasero se mueva con un ritmo que resta importancia al resto de la trama; también hay que recordar que esas caderas están a punto de romper la amistad entre Infante y Antonio Badú, cuando el primero la admira bailando rumba en un cabaret, donde se mueve con tanta enjundia que recibe el sobrenombre de “La Gela” (la gelatina, apodo que también recibió María Antonieta Pons, aunque más por lo poco firme que por lo rítmico de sus bailes).
Con la misma incitación al incesto, Isaura Espinoza aparece muy desnuda, mostrando glúteos muy firmes, y deja inmóvil y boquiaberto, paralizado (literalmente), al novio Eulalio González; lo pecaminoso es que su propio padre Eleazar García está a punto de caer en tentación y acariciar, o estrujar, o vapulear esas nalgas en una escena larguísima y con muchas tomas y muy variadas. Es tan larga la escena como la de Buscando a Mr. Goldbarg, en donde Diane Keaton está desnuda, en la cama, recostada de lado, y Richard Gere pone sus mejillas encima de sus nalgas: mira, cachete con cachete, dice; muchos insinúan que se tratan de las de una doble.
El trasero desnudo de Ofelia Medina hace que el espectador se desentienda del drama que vive su personaje, de prostituta barata pero ética, y al final, sus nalgas vestidas se mueven con ritmo para hacer olvidar el drama del novio muerto por la descomprensión en el fondo del mar, en Paraíso.
Esa escena de Medina subiendo unas largas escaleras moviendo las nalgas la recordé (aunque no la tenía muy olvidada) con el nuevo comercial de un perfume en el que Julia Roberts está vestida de blanco mientras todas las demás mujeres que aparecen andan de negro; para llamar la atención de los hombres se limita a subir unas escaleras; su vestido, muy entallado, se concentra en sus caderas, muy célebres; no hay hombre que deje de mirarla, aunque uno no se explica por qué ese bamboleo promueve un perfume.
En Bones, un programa donde las protagonistas son bellas, pero sobre todo inteligentes, recurren, aunque con más elegancia, a mostrar que lo cortés no quita lo caliente (frase usada por Juan Marsé), y ponen, sin que venga al caso, a la muy guapa Tamara Taylor a ver, de pie, de espaldas a la cámara, la pantalla gigantesca de una computadora; flexionada la pierna derecha, el contorno de los glúteos hace recordar que no por ser inteligente el personaje, es menos femenina y reclama su derecho a ser admirada.
Hay otro comercial que, si uno lo piensa, tiene mucho de perverso, no porque sea malo, digamos, admirar el trasero de Ana Serradilla, bastante reproducido en páginas de internet; es perverso porque Serradilla interpretó, en una cinta dizque de denuncia de la explotación sexual en la televisión, a un personaje, “Dianita la de las vueltecitas”, cuya fama (en la cinta) se debe a que da vueltas para que los espectadores se deleiten al observar sus caderas; y en el comercial se da esas mismas vueltecitas; no se sabe si es un cereal, o qué, lo que promueve.
Salma Hayek ha tratado de probar que es actriz, pero aun en sus mejores películas llaman más la atención sus dotes naturales que las de actriz (hasta Penélope Cruz ha caído en la tentación de probar que la carne es más dura que débil, igual que Chelelo con Isaura Espinoza y, como un arzobispo mexicano célebre por varios motivos, entre ellos su humor, y la fotografía indiscreta que lo mostraba en un acto que afirma que no hay quien se libre del pecado de la carne). En Wild Wild West Kelvin Kline y Will Smith se solazan observando que su camisa desabrochada por detrás deja a la vista el “butt ckack”, o sea la rayita, y el prinjcipio de unos glúteos harto duros, durante varios segundos, haciéndose la inocente. Esa misma parte de Lori Singer la observa, pasmado, Tom Hanks en El hombre del zapato rojo. Singer, que se hizo famosa en Fama, aparece desnuda en casi todas las cintas que ha filmado, incluidos varios desnudos frontales, pero ninguno es tan excitante como esa pequeña rayita aquí, y que no pierde el glamur ni siquiera en las situaciones más cómicas.

Hay diferencias entre Singer y Hayek; la mexicana mide 1.57 y Singer 1.79 (¿para qué?). Dos de las actrices más famosas por su trasero descomunal son Eva Mendez y Jennifer Lopez, apenas más altas que Salma, lo cual favorece el volumen de su nalgatorio, además de que, como no son muy competentes en lo histriónico, recurren a mostrarse generosas con su exhibición, para que no nos fijemos en sus defectos; en una de sus últimas cintas, Parker, Lopez debe desnudarse para que vean que no trae armas; la cámara se detiene en sus nalgas, donde no podría esconder nada, aunque si lo ocultara, no lo advertirían. En días pasados públicos timoratos reclaman a Lopez que use un vestuario que resalta forma y volumen de sus nalgas; pero si no lo usa, se darán cuenta de lo mal que canta.
Mendez, en otra cinta de la que nunca me enteré de su título, es llevada dentro de la cajuela de un auto, y cuando lo abren, lo primero que se ve es su amplio trasero, que parece demasiado grande pero no deforme.
Pudiera parecer que, en el cine, la exhibición de traseros es similar a la muestra de pantaletas; hay sus diferencias, cada una con sus atractivos especiales; en Los cazadores del arca perdida Karen Black enseña calzones blancos, fugazmente, en dos escenas: cuando recoge, en cuclillas, unas armas para Indiana Jones; la otra es cuando la descuelgan al foso donde Jones está atrapado, asustado por las serpientes; tanto, que no se fija en Black, aunque sí lo disfruta el público; Black muestra el trasero desnudo, en movimiento, varios segundos, en Animal House, más para deleite del espectador que de los demás protagonistas.
Otras diferencias: en Jasón y los argonautas, también durante pocos segundos, se ven fugazmente las entonces inexistentes pantaletas de Jane Seymour; siempre se muestra elegante y refinada, incluso reputada como pintora; aun así, ha sido víctima de las cacerías de los paparazzi, y la han sorprendido al bajar de un automóvil (que es a lo que se dedican, profanando el honor de la realeza, pues la nueva princesa inglesa –así como su hermana pizpireta– son tan descuidadas como las actrices de Hollywood, aunque no tanto como las de Bollywood, que no sólo son más bellas, también más atrevidas pues no gustan de hacer publicidad a marcas de tarzaneras. Pero regresando a Seymour, gran parte de Lassiter la pasa en cama, y en una de esas escenas está boca abajo, desnuda, mostrando el trasero; en tanto, Tom Selleck, más en el papel de Magnum que en el de Pete Malloy, debe aplicarle un masaje en la espalda, pero no resiste la tentación de hacerlo más abajo, y hasta simula que le da un beso atrevido.
En una cinta divertida y semisubversiva (El primer robo a un tren), Leslie-Ann Down se queda en pantaletas y muestra un trasero amplio y atractivo, de espaldas al público aunque con un anacrnismo casi inadvertido; la trama sucede en 1885, cuando no existían esas prendas.
También hubo diferencias entre las muchas escenas en que Brigitte Bardot aparecía en bikini, para darle popularidad a esa prenda, que en El amor es mi oficio, donde aparece tapada con una sábana, pero atrás de ella se refleja en un espejo su trasero, en todo su esplendor.
El cine italiano también se detuvo en los glúteos de algunas actrices; en Matrimonio a la italiana, Marcello Mastroiani descubre a la antes tímida y ahora desenvuelta Sophia Loren, en un autobús; la convence de que se quede, y se baja del camión por la ventanilla, armando un alboroto por lo prominente de su trasero, y en Un día especial debe cambiarse de ropa constantemente, y en una de ésas muestra las pantaletas muy bien llenas.
En las nuevas series policiales de la televisión estadounidense ya es común ver más la espalda de las actrices que observarlas de frente, y hacen caso omiso de las recomendaciones de tratar a las mujeres más por su talento que por su físico, y que tantas actrices y modelos se presten a ello, con un muy evidente orgullo por la admiración que provocan. Pero hay que tener cuidado: la misma Lopez, la misma Mendez, así como las hermanas Kardasian (que no ocultan su oficio, más bien lo muestran en público) usan prendas que, si se les observa, son antiestéticas: unas fajas que detienen lo que la edad tiende a expandir.
Aunque desde diferentes perspectivas, los críticos del cine mexicano valoraban algunas de las cintas de Carlos Enrique Taboada, por su buen manejo del misterio y lo sobrenatural; en Hasta el viento tiene miedo, y en Más negro que la noche, descuidando la trama, tiene escenas en las que enfoca la cámara más hacia los traseros de sus actrices (bien dotadas: buen gusto sí que tenía) que en los detalles terroríficos.

Y a propósito del respeto con que hay que tratar a quienes disienten de las mayorías, ¿serán castigados los que califiquen de manera explícitamente peyorativa a los nacidos en México, de sexo evidentemente masculino, y les espeten “macho mexicano”, más con enojo que con descripción?
Y hablando de quienes nos quieren gobernar, y les seguimos, les seguimos la corriente, ¿van a obligar a los restauranteros a que quiten las azucareras de sus mesas, porque el azúcar engorda y produce malos hábitos además de caries? Capaces son de decir que producen diabetes.

Al terminar la temporada 2012, el short stop de los Dodgers, Hanley Ramírez, sufrió una lesión que lo mantuvo inactivo la pretemporada, y regresó apenas hace poco al line-up, pero en su cuarto partido tuvo una nueva lesión que lo mandó a la lista de lesionados por 15 días; lo asombroso es que los cronistas, que repitieron la jugada en que se lastimó el tendón de la corva, no se fijaran que Ramírez, al dar la vuelta al cuadro, pisó la segunda base con el pie derecho; cualquiera que juegue o haya jugado beisbol sabe que al caer en ese error, se va a lesionar; o cuando menos se va a caer antes de llegar a la siguiente base.
Pero son demasiados los que se lesionan; tienen cerca de 15 centímetros más de estatura que sus antecesores en las Ligas Mayores, pero los cuidan como a nenitas (frase de “el doctor”); apenas pasan de los 100 o 110 lanzamientos, y los mandan a descansar. Cuando no ganaban tan bien, cuando tenían que agarrar chamba después de la serie mundial (vendiendo seguros, casi todos), aguantaban partidos de 15 entradas, o lanzaban dos juegos completos en un solo día, o relevaban tres días seguidos. En una temporada reciente algunos jugadores fueron colocados en las listas de lesionados por estornudar tan fuerte que se lesionaron la espalda, porque se pegaron con la puerta del autobús, o cargando un bebé.

En el blog anterior dediqué muchas flores a Carlos Fuentes: ahora vienen las macetas: desconocía el paisaje mexicano, nunca suceden sus tramas en el Metro o en sus alrededores, y a veces se le pierde algún personaje; algunos de sus cuentos están colocados en un sitio y una fecha tan determinada que el lector no puede colocarlos en otra época. Su peor defecto: como lector de literatura mexicana fue poco riguroso: fuera de su esplendorosa interpretación de la poesía de Octavio Paz, de su examen minucioso de la poesía mexicana hasta los años ochenta, y de su aguda percepción de la literatura juvenil de los años sesenta y setenta, parece haber leído sólo fragmentos, y en ellos había más buena fe que crítica. Si quienes recibieron sus elogios se dieran cuenta de lo mala, de lo superficial de su lectura, se pondrían a llorar, pero no de la emoción, sino del desengaño.

En 1883 los fanáticos de las Ligas Mayores recibían el apodo de “kranks”; el más famoso de ellos, un hombre llamado Arthur Dixley, era apodado “Hi Hi Dixley” porque cuando bateaban los de su equipo favorito, los animaba gritándole “Hi, Hi”. El dueño de los Cafés de San Luis (por causalidad tengo su nombre: Chris Von Der Ahe), llamó “fanáticos” a los seguidores de su equipo; pero fanático tiene una connotación peyorativa; en el DRAE lo menos fuerte que se les dice es que alguien está entusiasmado ciegamente por algo, y sus opiniones están sustentadas por la pasión y no por el raciocinio. El manager Ted Sullivan de los Cafés acuñó uno menos agresivo: fan; pero los fans nada tienen de pacíficos, aunque sea menor su furia que la del fanático. Por ello prefiero “forofo” (al margen, una historia conocida: el partidario más entusiasta de un equipo argentino tomo su nombre de Wikipedia; Manuel Reyes era quien inflaba los balones en el estadio donde jugaba el Boca Juniors, y se desbocaba con gritos entusiastas animando a su equipo; el público lo llamaba “el hincha”; cuando el entusiasmo se desbordaba, las tribunas, o quienes las ocupaban, fueron bautizadas con el nombre generalizado de “hinchas”, al principio sólo del Boca Junior; después, de cualquiera. Una deformación similar a la del señor Patiño que servía de comparsa al payaso estrella del circo de los Hermanos Bells; el nombre se generalizó para Marcelo Chávez, Viruta, Schillinsky, Susana Cabrera, Nacho Contla, “patiños” de Germán Valdés, Gaspar Henaine, y de Pompín Iglesias los dos últimos). Prefiero forofo, aunque ya fui amenazado si sigo usando el término.

El recuerdo de una anécdota contada por varios asistentes: cuando la Secretaría del Trabajo reconoció al Sindicato de Actores Independientes, el líder de la asociación, y quien había peleado como pocos por la dignidad de los actores, pidió silencio a la asamblea, jubilosa por el triunfo (que finalmente se perdió, aunque hayan ganado), que festejaba con grandes vivas: Silencio, decía en voz alta; silencio, gritaba; sólo se hizo el silencio cuando exclamó: lo he dicho en todos los tonos posibles: pero al silencio siguió una carcajada general y más estruendosa.

Intuyo que en Mil estudiantes y una muchacha (1941), como Marina Tamayo vive en una casa enfrente de la Universidad (bueno, de la Escuela de Derecho), cantan “Ana”, una canción de Alberto Domínguez que no está ni en Wikipedia ni en el exhaustivo cancionero que preparó Ramón Córdoba, pero que la escuché muchas veces en mi infancia. Encontré el DVD y, en efecto, la cantan estudiantes tan inverosímiles como Emilio Tuero, Julián Soler, Enrique Herrera y Manolo Fábregas, en una versión sin la picardía de la pieza original, en que un sacerdote le recrimina a Ana que pase toda la facultad por su ventana, y Ana contesta que no tiene la culpa de que la ventana esté tan baja: “pase usted y lo verá”. Lo importante es que, de manera imprevista, se exclama la frase: “Ahora lo comprendo todo”; esa misma frase la pronuncia, muy encanijado, David Silva en Campeón sin corona; más asombroso aún: la dice Darya Aleksandrovna en Anna Karenina (pág. 386, Alianza Editorial, traducción de Juan López- Morillas). ¿Quién será el forofo del cine mexicano: Tolstoi o López Morillas?

(La fotografía de Loren, y su comentario gráfico, están tomados de Vampiresas, Paul Flora, Hispano American Book Store, 1960, obsequio de mi muy recordado Edmundo Gabilondo; los fanáticos del cine mexicano, si lo son, saben quién fue.)

He contado esta historia varias veces, desde diferentes ángulos, con distintos enfoques, y con intenciones diversas, pero siempre ha sido verdad. Había ganado algo de dinero, y tuve para adquirir algunos libros; los 25 pesos me sirvieron para comprar Farabeuf y Las buenas conciencias; poco después, fueron Gazapo y las autobiografías de Monsivás, Sainz y Leñero; por la amistad de mi padre con Antonio Navarrete (eran vecinos de trabajo, en San Juan de Letrán) conseguí baratos La cabaña y Estudio Q, y poco después, El viento distante.

Por Eduardo Mejía

Compré quién sabe cuántas veces No me preguntes cómo pasa el tiempo, y lo regalaba, hasta que José Emilio Pacheco me puso la primera dedicatoria (mi ejemplar, primera edición, tiene tres, de diferentes años y por diferentes pretextos); conseguí, aunque ganaba poco, y de manera esporádica, varios libros que se mantienen en buenas condiciones, a pesar de que por entonces aún prestaba libros.
Pero los primeros, Las buenas conciencias y Farabeuf, los leí en estado hipnótico; los compartí con Paco Alvarado; él leyó primero el de Fuentes, y yo el de Elizondo; los leímos en dos días. Hablar de mis lecturas anteriores es vago, difuso, los recuerdos se entremezclan, y me remiten sobre todo a poesía, que ya también conté que leí de manera frenética gracias a que Miss Gladys (la leyenda de la secundaria 12, como me escribe Arturo Valdés Olmedo, quien también la sufrió) me perseguía y yo me refugiaba en la biblioteca de la escuela, y memoricé varios libros enteros.
Buscaba, y encontraba, afinidades para la incipiente rebeldía, contra la normalidad y a favor de la disidencia; casi todos los libros que comencé a leer a los 17 o 18 años me abrían puertas para ver la vida de manera distinta a lo que decían los cánones; la escena en la que Jaime Ceballos se topa con su padre en un burdel me causó un impacto inesperado, que aún logro reproducir al releer casi cualquier libro de Carlos Fuentes.

Esta escena tuvo lugar semanas antes de que Luis Donaldo Colosio fuera nombrado candidato del PRI a la presidencia de la República; como secretario de Desarrollo Social organizó un simposio que tuvo como sede el Instituto Mexicano de Comercio Exterior, por el Metro Juanacatlán; hacía poco había comenzado a trabajar en El Financiero, y Carlos Ramírez me pedía crónicas; cubrí el simposio, en donde hubo algunos momentos divertidos, como cuando Luis González y González reprochó a Héctor Aguilar Camín lo que aprobaba de Estados Unidos (su jazz, entre otras cosas), el discurso de inauguración de Colosio, en Los Pinos, que describí con el acto de un reportero que, al terminar el discurso, le mostró a otro su libreta de apuntes, en blanco; al día siguiente Enrique Krauze me detuvo para felicitarme por lo que había reseñado. Hacía tiempo no lo veía y a partir de entonces nuestro trato, cordial, se incrementó.
Pero el momento culminante tuvo lugar cuando Carlos Fuentes dictó su ponencia magistral, de verdad magistral, que por desgracia no ha sido reproducida, pero que fue excelente; Colosio había dispuesto una valla que protegiera a Fuentes de sus admiradores, y lo llevarían derecho a un automóvil, sin que pudieran acecharlo, pedirle autógrafos, estrechar su mano; pero Fuentes rompió la valla para acercarse, me extendió la mano y me dijo “Eduardo, tenemos que vernos para terminar esa charla. Háblame”, y se despidió estrechándome la mano con ambas manos. Luego volvió al centro de su protección y se fue, con paso firme, hacia el automóvil, custodiado por Colosio. La mayoría de los asistentes me miró con sorpresa y no pocos con odio.

Otra escena, que explica la anterior: en un salón de la avenida Universidad, Arturo Trejo y Pancho Conde (creo, con firmeza, que fueron ellos) me presentaron con Carlos Fuentes, en un intermedio de la presentación de El naranjo: “Maestro, ¿conoce a Eduardo Mejía”; su respuesta fue inmediata: “No, pero lo he leído y me parece un crítico excelente”, me estrechó la mano, y me puso una dedicatoria en mi ejemplar en que por escrito reafirmaba lo que había dicho en voz tan alta que no pocos pensaron que exageraba.
No, Carlos Fuentes había leído todo, a todos; cuando el incidente con José Buil, Marco Antonio Campos me comentó por teléfono: Fuentes dice siempre eso, “excelente poeta”, “excelente cuentista”; a lo mejor exageraba, pero podía citar versos, líneas del cuento, de la crítica, de la reseña, de la novela, porque en efecto los había leído; hacía sentir bien a los interlocutores; Xavier Velasco dijo que, después de un elogio de Fuentes, uno llega a la casa, conmocionado, se deja caer en la cama, y se pone a llorar sobre la almohada durante varias horas.
Había una razón por la generosidad de Fuentes en su elogio que, desde luego, casi me dejó mudo: Marisol Schulz había entrado a trabajar a Alfaguara; antes, entre ambos hicimos la mayor parte de una bella colección coeditada por el Fondo de Cultura Económica y el CIESAS; el primer trabajo que le encomendaron en Alfaguara fue editar El naranjo, y me llamó para que hiciera una lectura crítica; propuse varios cambios, señalé algunos anacronismos, y alguna otra errata, que fueron aceptados por Fuentes; la edición salió casi perfecta, excepto un dato que no advertimos ni Marisol ni Fuentes ni yo, sólo José Emilio Pacheco, y creo que sólo él sabía la exactitud del error inadvertido. Pacheco sabe todo de todas las materias, no sólo las literarias.
En la presentación del libro, Sealtiel Alatriste le dijo a Fuentes que yo había trabajado en el texto, y eso me permitió cruzar algunas palabras: acababa de escribir una biografía de Guillermo Haro, y sabía que Haro le proporcionó a Fuentes la hospitalidad ideal para escribir: el aislamiento en Tonantzintla, en el Observatorio, donde los astrónomos trabajan de noche, y el local, en el día, ofrecía tal silencio que lo único que escuchaba Fuentes mientras escribió Aura, La muerte de Artemio Cruz, los cuentos de Cantar de ciegos, Zona sagrada y gran parte de Cambio de piel, era el canto de los grillos; ninguno de los astrónomos, en cambio, se quejó del golpeteo de las teclas de la máquina de Fuentes en esas cerca de dos millares de cuartillas; tampoco fue el único que escribió en la soledad y aislamiento de Tonantzintla: por lo menos Fernando Benítez escribió la mayor parte de sus Indios de México bajo la amistad y hospitalidad de Haro. Haro es uno de los grandes personajes de México, y gracias a Víctor Díaz Arciniega, el doctor Jorge Ojeda, en esos momentos director del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, me encargó que escribiera una biografía de Haro; para ello, me recibió varias veces en Tonantzintla, donde muchos de los mejores astrónomos del mundo me hablaron de la generosidad, el rigor, la inteligencia de Haro, y alguno me contó varias anécdotas que involucraban a Fuentes; esa noche de 1993 le dije del proyecto, y que no podría dar por terminado el trabajo mientras no corroborara o desmintiera esas anécdotas; me dijo que con gusto, me dio su teléfono, y después, en el IMCE, reafirmó que teníamos pendiente la plática.

Después de El naranjo Fuentes publicó algunos libros en los que no trabajé: Los años con Laura Díaz, Diana o la cazadora solitaria, Instinto de Inez; en ésta, pude haber evitado el error más evidente: la trama consiste en que una pareja de artistas inteligentes se ven cada año, y refrendan su amor; uno de los ritos es que cada año cambia de manos un objeto, mágico; pero en una de esas ocasiones en vez de que ella lo entregue, vuelve a recibirlo, lo que rompe la ensoñación del objeto; en la segunda, yo tenía el libro del que se dijo que Fuentes había tomado parte de la anécdota; pero más allá de ello, hubiera advertido, por mi afición a la música, una inexactitud: hay una parte en la que Fuentes afirma que el mundo del rock estaba conmovido por las tranquizas que le daba Ike a su esposa y cantante Tina Turner; sin embargo, esa situación se supo hasta que ella se separó de él y reveló que la golpeaba; había otras inexactitudes que no cambian la esencia del libro, pero que le restan verosimilitud.
Volví a trabajar en otro libro de Fuentes, que lo disfruté como pocas novelas: La frontera de cristal, que pese a que narra un periodo muy tenso de la política y de la vida social mexicanas, tiene muchas escenas regocijantes; una de ellas, cuando habla de la gastronomía estadounidense, literalmente me tiró de la silla por las carcajadas que me provocó. Una corrección que me atreví a hacer es también memorable, para mí; en una parte de la novela los padres del narrador, a causa de la crisis, no pueden adquirir una casa en la colonia Cuauhtémoc, y deben conformarse con una en la Nueva Anzures: al margen del texto afirmé que la Nueva Anzures es más cara, mejor cuidada y con mayor plusvalía que la Cuauhtémoc; cuando Marisol le mostró la marca a Fuentes, divertido, preguntó cómo sabía eso: “él vive en la Nueva Anzures”, le dijo Marisol; aceptó hacer el cambio, muerto de la risa.
En total, trabajé en once de los libros de Fuentes, y sólo uno en reedición: la conmemorativa de los 50 años de La región más transparente, donde corregí algún anacronismo, más de una errata, y puse una mayúscula importantísima que faltaba desde la primera edición, y que subsiste en todas las ediciones del Fondo de Cultura Económica, en la de Planeta, en la de Aguilar y en la de Cátedra; por desgracia, pese a la edición de Alfaguara, el FCE y la Academia perpetraron los errores que nosotros, el equipo integrado por Ramón Córdoba, César Silva y yo, ya habíamos enmendado. Ni en El naranjo ni en La frontera de cristal me dieron crédito por mis correcciones, pero sí en La región más transparente, La Silla del Águila, Inquieta compañía, Todas las familias felices y La voluntad y la fortuna; después Alfaguara comenzó a omitir los créditos, pero a su editor, Ramón Córdoba, le debo haber colaborado en Adán en Edén, Carolina Grau, Federico en su balcón y en el único libro no narrativo, Personas. En todos hice señalamientos, y con orgullo declaro que la mayoría los aceptó Fuentes.
Pero eso es lo de menos; trabajar en esos once libros me dio el privilegio de comprender las entrañas de su obra; leer párrafo por párrafo me hizo entender sus siempre complejas estructuras, y disfrutar la riqueza de su lenguaje, el ritmo de la narración, el por qué de sus adjetivos, siempre inesperados; las citas que, dada su enorme cultura, aparecen escondidas en medio de episodios dramáticos; a qué se refería en realidad cuando describía una escena, quién era el verdadero protagonista de una anécdota que le achacaba a un personaje ficticio que repetía algo de la vida real.
En La Silla del Águila vi con claridad que detrás de la historia (que después la realidad hizo tragedia real en la política mexicana) estaba una lectura cuidadosa, muy inteligente y bien asimilada de Maquiavelo; con mis observaciones y correcciones, le envié a Marisol un comentario: este libro es Maquiavelo en novela; cuando Marisol se lo mostró a Fuentes aceptó el elogio, y después, cuando presentó la novela en Italia y en Inglaterra, repitió el comentario: Maquiavelo en novela.
La voluntad y la fortuna es otra lectura filosófica hecha novela: Schopenhauer, tanto en la observación de la vida, como en otros aspectos menos políticos pero no menos contundentes: la perversidad de la mujer; hay una escena que Fuentes toma de uno de los libros menos comprendidos de Schopenhauer, quien dice que uno de los momentos más angustiosos para un hombre es cuando se encuentra en medio de dos mujeres que se lo disputan; en la novela sucede algo basado en ello, y pese a que está narrado con humor, se ve también la angustia del protagonista.
(Hubo otro libro de Fuentes en que participé de manera parcial: de visita en el Fondo de Cultura Económica, Felipe Garrido me preguntó si tenía tiempo para corregir un libro: me entregó el original de Agua quemada; no toqué el texto, sólo la puntuación, para adecuarla al estilo editorial mexicano.)
Fruto también de sus lecturas inteligentísimas fue uno de sus libros más personales, Todas las familias felices; aunque sucede en México, no oculta su origen: las novelas de Tolstoi, con todo y la comicidad de algunos pasajes que narran la complejidad y contradicciones de las relaciones amorosas. Tolstoi, como se sabe, es uno de los más profundos pensadores del cristianismo.

Gustavo Sainz descalificó La Silla del Águila; dijo que Fuentes era incapaz de adivinar el futuro, que ponía situaciones y personajes del siglo XX en el primer cuarto del XXI; dijo que revelaba su falta de imaginación. Eso lo desmiente la habilidad para pronosticar situaciones que se dieron luego de que él las escribió: por ejemplo, antes de que comenzaran a aparecer decapitados en varios estados de la República, aparecieron en las novelas de Fuentes; el desvarío de ciertos políticos, Fuentes los adivinó y los ridiculizó meses antes de que se hicieran tan evidentes sus ambiciones; en Federico en su balcón, novela emergida de sus lecturas del siempre apasionante Nietzsche, Fuentes pronosticó la aparición de un movimiento estudiantil, pero diferente del de 1968, manipulado y manipulable, y con tendencias conservadoras e incluso reaccionarias; pero ni los críticos ni los políticos, ni menos aún los estudiantes, advirtieron ese pronóstico; es más, excepto José Emilio Pacheco, no aparecen los lectores de Fuentes por ningún lado.

Ramón Córdoba me pidió un texto para el tríptico publicitario de Personas; por desgracia, coincidió con su fallecimiento; las publicaciones mexicanas pidieron a la editorial algo para publicar; Ramón dio mi texto, que reprodujeron íntegro, como si fuera de ellos, varias revistas que, sin saberlo, rompieron su juramento de no publicar nada mío, je je.

Dice un amigo, del que no puedo revelar su nombre porque cualquier declaración suya se volvería oficial de la institución a la que pertenece, que Fuentes, con sus primeros libros, se puso al frente de la literatura mexicana; que con sus libros de los primeros años sesenta se puso al frente de la literatura hispanoamericana, y a partir de Terra Nostra se puso al parejo de la literatura universal; curiosamente, dejaron de leerlo en México, lo descalifican a priori, y lo culpan por no entenderlo; sus últimas novelas son ilegibles para muchos lectores que carecen de las claves para entenderlo; para hablar de él, han recurrido al anecdotario, a revelar intimidades, a decir que fueron sus amigos; la mayoría de quienes declararon a su muerte, sucedida hace un año (estaba en Los Ángeles, luego de mi fallida intervención en la Feria del Libro presidida por Marisol), los declarantes mostraron que se detuvieron en La muerte de Artemio Cruz, y algunos hasta lamentaron que haya seguido escribiendo sin repetirse; los más audaces mencionaron Cambio de piel, pero también demostraron que su lectura fue muy superficial.
El tiempo será testigo de que Fuentes se adelantó a su época, a sus contemporáneos, a sus lectores. Al releer La región más transparente, y al releer (en un viaje a Xalapa, de un tirón) La muerte de Artemio Cruz, veo que, inconscientemente, copié escenas suyas en uno de mis relatos, escrito todo con frases ajenas, saqueadas de cuentos, novelas, tiras cómicas, canciones, aunque la anécdota sea mía, totalmente original; estaba muy consciente de dónde había tomado cada frase, excepto esas dos, que pensaba originales: no, habían sobrevivido en mi subconsciente durante muchos años.
También al releer La región más transparente veo cuánto le deben autores que lo reconocen y otros que no lo aceptan, pero sin esa novela nuestra narrativa de los años sesenta, setenta y ochenta, hubiera sido otra muy distinta, y creo que peor. Así, también creo que la narrativa de los próximos 40 años estará basada en los libros más recientes de Fuentes, cuando se acaben los prejuicios (favorables o desfavorables) y lo leamos con la inocencia que requiere le buena lectura.

Termino como empecé, de presumido: tengo varias ediciones de La región más transparente: la primera, una de la Colección Popular, donde la leí por primera vez; la de Cátedra, malísima; la conmemorativa de los 40 años, la muy mala de la Academia de la Lengua, y la conmemorativa de los 50 años; tengo la primera edición de Las buenas conciencias, y la de Popular, donde la leí por primera; tengo la primera de La muerte de Artemio Cruz (y la sexta, en que la leí por primera y por segunda vez); tengo la primera de Aura, y la segunda, tan buscada como la primera, de Los días enmascarados; la primera de Cantar de ciegos, la cuarta de Cambio de piel, obsequio de Gustavo Sainz, y a partir de allí, todas son primeras ediciones, incluidas algunas no venales, y otras muy raras, como su libro sobre José Luis Cuevas; pude detectar que en la compilación de cuentos se colaron cuatro fragmentos de novela, y descubrí que me sabía (casi) de memoria esos capítulos, así como me sé de memoria Historia de cronopios y de famas, Historia universal de la infamia, Las batallas en el desierto, y las primeras versiones de los primeros libros de poesía de José Emilio Pacheco, y muchos poemarios completos, como Los versos del capitán; en cambio, con la edición conmemorativa de Aura descubrí que lo había leído mal, con premura, sin disfrutarlo.
Descubrí también que Carlos Fuentes es un autor que se disfruta en la juventud, pero mucho más en la madurez. Y añado que Fuentes me hizo entender mucho cine, que disfruto sus esporádicas apariciones en la pantalla, que su versión de una mala película como Tiempo de morir es disfrutable por sus diálogos, por sus guiños, por sus referencias a otras cintas, sobre todo westerns; y que su versión de El gallo de oro, con todo y sus fallas, es menos pretenciosa y más divertida que la de Ripstein. Y una petición: ¿alguien tiene que me venda, sin abusar, el libro de Fuentes sobre el 68?

Desde luego, agradezco a Marisol Schulz y a Ramón Córdoba (el Gran Dramón) haberme privilegiado al participar en tantos libros de Carlos Fuentes

En El charro y la dama, de Fernando Cortés, se oye a Pedro Armendáriz presumirle a Rosita Quintana, cuando por fin ella le sirve un café sin quemarse ni derramarlo: “Nunca fuera caballero de damas tan bien servido…”, y sin darle tiempo a una réplica, agrega aún más presumido: “…yo también tengo mi cultura. No se crea…”.

No se crea era, o es, una muletilla típica del norte, una contradicción en la que se pide que, por el contrario, se crea en lo que se está afirmando (algo así como “para variar”, que significa que es para no variar; en tiempos recientes se ha dado por decir “para no variar”, lo que le quita chiste al chiste); Armendáriz estaba afirmando que, aunque Quintana lo creyera un rancherote bajado del cerro a tamborazos, había leído a Cervantes, quien utiliza esa expresión en el Quijote (I, 2); lo cita sin comillas y tergiversando los versos tercero y cuarto: “como fuera don Quijote cuando de su aldea vino”, en vez de “como fuera Lanzarote cuando de Bretaña vino”.

Algunos capítulos después Cervantes, sin delatarse, habla de sus fuentes primarias. Como Armendáriz sólo cita dos versos y luego se las echa de culto, no sabemos a quién cita, a Cervantes o a Lanzarote; lo que sabemos es que el argumento de la cinta es de Max Aub, adaptado por el mismo Cortés (quien, dicen las malas lenguas, no era cortés con Mapy Cortés, bien buenota ella) y Pedro de Urdimalas, quien en esa misma época se ganaba la inmortalidad con los guiones de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, que pese al tono supuestamente tepiteño de casi todos los personajes, están cargadas de citas cultas, pero choteadas, no por el humor simple de Ismael Rodríguez, sino por el irrespetuoso y arrabalero de Urdimalas, quien nos legó “Amorcito corazón”, que tiene buenas metáforas rayando en lo erótico –“yo quiero ser un solo ser”, “yo tengo tentación de un beso, que se prenda en el calor de nuestra gran pasión”).

No es un recurso barato de Max Aub, quien gustaba de hacer muchas bromas y de burlarse del snobismo, y ponía citas por todos lados; hay que recordar que imitó el lenguaje de pintores y críticos en su Josep Torres Campalans, que sus dibujos eran malintencionados, y que muchos cayeron en su “cadáver exquisito” (expresión de Miguel Capistrán cuando explicaba alguna de las bromas que usaban los escritores con sentido del humor, digamos por ejemplo Borges, y en una de las cuales Capistrán fue víctima, creo yo que fatal).

Habría que revisar la muy amplia filmografía de Aub para rastrear esas citas. Cuando la Revista de Bellas Artes publicó el guión de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, Tiempo de morir, dieron cuenta de muchas trampas que los muy cineastas Fuentes y García Márquez pusieron al joven Arturo Ripstein, alguna de ellas eludidas casi siempre por la casualidad; había referencias de varios westerns a los que son tan aficionados los buenos cineastas; Emilio García Riera advierte, en su Historia documental del cine mexicano, algunas de las muchas referencias, casi siempre escondidas, del guión de Cinco de chocolate y uno de fresa hacia Los Caifanes, que a su vez está llena de citas literarias, que Fuentes pone en boca de cuatro marginados a los que la suerte y el pinche destino han convertido en greasers, pero tan cultos como los popof y catrines a los que hacen víctimas de un secuestro exprés durante toda una noche en plena época navideña, con todo y síndrome de Estocolmo; los incitan a realizar fechorías, robos menores –a un cantante ciego nocturno le bajan su instrumento de trabajo— y a ponerse en contra de su clase socioeconómica y cultural; en tanto los retienen, citan a Santa Teresa, a Jorge Manrique, a Octavio Paz, en un sabroso duelo de trivia salpicado de albures (“cachuchazo popular”, sugieren, sin que Julissa advierta la amenaza de violación colectiva, aunque no se atreven porque ven que la Paloma –doble sentido— le da puerta al Estilos).

La más visible referencia del guión de José Agustín es que vestir a la Diana ya estaba muy choteado, pero la compañía de una chava reventada acompañada de cinco comparsas, uno de ellos privilegiado por ella; las citas literarias que aparecen de manera sorpresiva, el choteo a varios actos si no delictivos cuando menos transgresores de la buena conducta, y la burla a una fiesta de intelectuales perfumados y estirados, son otras referencias, pero confieso que me faltan otras.

¿Las citas literarias y cinematográficas son plagios? Si las entrecomillamos traicionamos la intención, y se le quita al lector el placer de encontrar el guiño, que a veces no es guiño sino parpadeo; no siempre se advierten. Alguna vez, a la hora de la salida de las oficinas del Fondo de Cultura Económica, se despidió Blanca Luz Pulido; se me ocurrió contestarle: “puntuales, las horas nos dispersan”; unos segundos después se regresó: “no se vale, es un poema mío”; en otra ocasión una colaboración de Ricardo Zarak había sido postergada para un próximo número de un suplemento, lo mismo que una de Lourdes; ambos se quejaron; “sólo un asesino comprende a otro”, contesté. ¿A qué te refieres, por qué dices eso?, dijo Zarak; no importa, contesté, estoy citando un poema; algunos segundos después exclamó: “Cierto, y es mío”.

Bromas que suelo hacer y sorprender a la gente; a veces contesto, cuando preguntan por mi salud, “con tos y mala vista”, y no muchas veces saben qué estoy citando; pero cuando una poetisa en sus años mozos declamó un fragmento de ese mismo poema (el ofrecimiento de Eloísa a su maestro, el filósofo Abelardo) varios poetastros quisieron agarrarle la palabra, en vez de seguir las leyes y tomarla por esposa, tal vez por el miedo de que como premio los castraran después. Pero no entendían la cita.

A Tin Tan se le celebran las muchas citas: Soy un fugitivo, le dice a Rosita Fornés en El mariachi desconocido, haciendo alusión a la célebre I Am a Fugitive from a Chain Gang, de Mervyn LeRoy, con Paul Muni, aunque estrenada en México sólo como Soy un fugitivo; en esa misma escena hace referencia a El rebozo de Soledad, de Roberto Gavaldón; La isla de las mujeres, El rey del barrio, El revoltoso, El bisconde de Montecristo están llenas de citas, que todos los espectadores reconocían.

Ya lo dije, pero repito que suelo decir “con su compermiso”, “la facilidad de palabra”, “perdona la mala ortografía, pero es que traigo la mano lastimada”, “luego, no transingen”, “cuando una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz”, y la vida sólo me ha dado oportunidad de que, cuando me preguntaron si ya había leído un ensayo literario, contestara con verdad que apenas estaba en los anuncios de lencería. Todas son citas de alguna cinta que me gusta mucho. Pero en estos tiempos tengo que cuidarme de que algún ingenuo crea que estoy plagiando.

*Hay plagios por los que nadie protesta; cuando alguien atosigado por la burocracia, por lo absurdo de algunas situaciones, afirma que si Kafka hubiera vivido en México sería un escrito naturalista (o realista), cree que cita a Carlos Monsiváis, aunque está documentado que la frase original es de Alejandro Palma; cuando se burlan de la campirana frase de Felipe Calderón, “haiga sido como haiga sido” no advierten que, además de a miles de campesinos, glosa a Carlos Monsiváis cuando escribió “Caiga quien caiga y haiga lo que haiga” (como N de la R en uno de sus “Por mi madre, bohemios”).

George Harrison fue agarrado en flagrancia, aunque algunos meses después del éxito de “My Sweet Lord”, que toma varios compases, más de los permitidos, de “He’s so Fine”, de The Chiftains, muy menores que los Beatles pero de cualquier manera respetables, y autores de una canción muy conocida por los rocanroleros que suelen escuchar con atención y generosidad lo que hacen los colegas, y en cierta forma competidores; se vio obligado a pagar una lana para resarcir el daño; y aunque el caso es muy conocido, la pieza de Harrison sigue siendo más popular que la que se planchó.

Casi por la misma época los expertos advirtieron que “Come Together” (otra referencia al orgasmo simultáneo: antes la habían hecho con “All Together Now”, y antes The Turtles habían popularizado “Happy Together”, a la que los locutores mexicanos convirtieron en “Juntos y felices”) tenía partes sustanciales de “You Can’t Catch Me”, una de las piezas más célebres de Chuck Berry, quien no alegó nada, pero sí sus editores, quienes ganaron el juicio y Lennon tuvo que grabar dos piezas de Berry en su disco solista Rock and Roll para darle a Berry las regalías respectivas.

Cauto, Octavio Paz entrecomilló unos versos en su “Elegía interrumpida”, que son de Rubén Darío, aunque ahora son más conocidos gracias a Paz que a Darío.

*Prosigue la campaña que invita a leer veinte minutos diarios; a ese paso puede duplicarse la cantidad de libros leídos al año por habitante en el país; pero digamos que así se leen de diez a 15 páginas diarias, a un buen ritmo; si se descansa los fines de semana, los puentes y los lunes de futbol americano, en tres meses puede un lector echarse La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, pero entre cuatro y cinco meses el Quijote; y eso que no se toma en cuenta que hay libros bastante más difíciles; por ejemplo, uno podría tardarse los siete años que teme Thomas Mann se dilate alguien en leer su Montaña mágica, aunque no llega a las mil páginas, pero son bastante densas, y ni hablar del Doctor Faustus, la mitad de voluminosa que Los Buddenbrooks, pero lo triple de difícil. ¿Y cuánto tiempo tardaría alguien con ese ritmo en terminar todo el Ulises, o El hombre sin atributos; o los dos tomos de la edición de Bruguera de Crónica de la intervención, de Juan García Ponce?; ¿no suena exagerado decir que novelas tan encantadoras y embrujantes como Aura o La tumba alguien se tarde tres días en leerlas?

*Recaigo; el médico se asombra de que lo visite no para revisar la presión, que con tantito que le mueva sube si hago muinas, o baja si algo me asusta y me toma desprevenido; una infección en la garganta que me tiene tumbado, leyendo cuando mucho 20 páginas diarias.

*En 1988 Jesús Iturralde le auguró a Lourdes que si quería ver en vivo a Bruce Springsteen podríamos contratarlo para que viniera a tocar a la sala de la casa; en esa época las compañías disqueras imprimían en versión nacional sólo aquellos discos que vendían más de cien mil ejemplares en su país de origen; así, por esos días sólo se conseguía en las tiendas normales Born in the USA; había sido en 1982 cuando Rémy Bastien fills nos prestó los tres primeros discos de Springsteen, y para comprar esos y los subsiguientes se podía acudir a Briyus, a lo que quedaba de Hip 70, pero sobre todo a Music Center, creo que la mejor tienda de discos en el DF en los últimos 50 años; ahora hay que esperar a que traigan la versión importada, o traerla de Amazon, o comprarla en la misma página de Springsteen, quien nos informa de sus lanzamientos, sus giras, sus noticias (o conformarse con la versión nacional, aunque con nuestros cantantes favoritos siempre buscamos el disco original); ayer fueron a verlo al Palacio de los Deportes Lourdes y Diego; como cuando fuimos al Metropólitan a ver a Winwood, no hay palabras que definan su emoción, su entusiasmo, su asombro por la vitalidad, la energía y el profesionalismo de un cantante, de un músico que, sin cambiar, se renueva todos los días. Quedo endeudado con ella; tendremos que ir a verlo a Dinamarca o a Italia. Y que conste que trajo a todo su conjunto, menos a su esposa, cantante también, y que, como dijo Héctor Suárez, “está donde debe, en su casa, con sus hijos”.

A manera de homenaje, Canal 22 presenta un recorrido por los lugares emblemáticos donde Gabriel García Márquez forjó sus inicios como escritor. Lunes 29 de octubre, a partir de las 8 de la noche.

México, D.F., a 26 de octubre de 2012. Con motivo de los 50 años de la residencia de Gabriel García Márquez en México, Canal 22 estrena a través de los Lunes temáticos Hoy comienzan los próximos cien años, un documental de Gabriel Santander que reúne diversos testimonios de gente que conoció al periodista durante su juventud, su etapa como escritor desconocido y sus años como famoso Nobel de Literatura.

Carlos Fuentes, Emmanuel Carballo, Laura Coudurier, Héctor Abad, Rafael Vargas, El Grupo La Cueva de Barranquilla y Celso Piña, dan cuenta de la narrativa de las obras de García Márquez.

Este trabajo del también productor de Esquizofrenia, Gabriel Santander lleva al televidente por un sendero poco conocido, como Aracataca, su pueblo de origen; La cueva, un bar que frecuentaba con amigos en Barranquilla y sus vecinos de aquel pueblo tropical de Colombia.

Gracias a un acuerdo entre Canal 22 y la televisora pública de Colombia, Señal Colombia, se transmitirá simultáneamente este documental, el próximo lunes 29 de octubre.

Para finalizar, Canal 22 transmite Muchos años después… Gabo en México, una producción de la Dirección de Noticias del Canal Cultural de México, que narra los pasos que el autor ha dado a través de los años en nuestro país. Incluye testimonios de Emmanuel Carballo, Gonzalo Celorio, Carlos Monsiváis, María Luisa Elío, José María Pérez Gay, entre otros.

Los mejores programas especiales a través de Canal 22, el Canal Cultural de México.

Canal 22 estrena Hoy comienzan los próximos cien años, un homenaje a Gabriel García Márquez

A través de los Lunes Temáticos

Transmisión simultánea de Canal 22 y Señal Colombia

Lunes 29 de octubre, a partir de las 8 de la noche

Puebla, Puebla, Mayo 21 de 2012.- ”En nuestro país hay diversidades, hay ricos y pobres, hay un deber ser, pero también hay un “ser” nacional…¿cómo conciliar la identidad nacional y la diversidad? Las diversidades son muy profundas y muy respetables… políticas, morales, religiosas sexuales de educación, todo esto constituye la diversidad de México, pero hay que saber unirlo a la identidad de nuestra nación… Nuestro proyecto como nación es unir identidad con diversidad.”

Con estas palabras, Carlos Fuentes, el recién fallecido escritor, culmina el video que preparó para conmemorar los 150 años de la batalla de Puebla. El escritor mexicano recibió un homenaje póstumo en las instalaciones de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en un atestado Teatro Complejo Cultural Universitario.

Rafael Moreno Valle Gobernador de Puebla

Con la presencia del gobernador de la entidad, Rafael Moreno Valle, y de Consuelo Saizar, directora de CONACULTA, se estrenó un video en el que participara el laureado escritor.

El proyecto, que no pudo ver terminado Fuentes, versa sobre la gesta histórica de la batalla de Puebla, la batalla del 5 de mayo, como parte de los festejos por el 150 aniversario de la Batalla de Puebla.

Fuentes aparece en el video dando su visión y explicando cómo de fue gestando aquella histórica batalla que los mexicanos dieron para contener el imperialismo de la época.

Consuelo Saizar se dijo muy conmovida ante las imágenes del testimonio audiovisual de Carlos Fuentes que se allí se presentó. Uno de los hombres más grande que ha tenido el país, hablando de uno de los hombres más grandes que ha tenido México, Ignacio Zaragoza. Uno en el siglo XIX, el otro, un hombre pleno del siglo XX.

El gobernador poblano, Rafael Moreno Valle, pidió en su discurso a Consuelo Saizar comunicar a la viuda de Fuentes, Silvia Lemus, el más sentido pésame de todos los poblanos.

Rememorando algunos de los muchos reconocimientos obtenidos por el desaparecido escritor,  como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio Rómulo Gallegos, entre muchos otros reconocimientos, Moreno Valle se refirió a Fuentes como “un genuino artista en toda la extensión de la palabra”, del que “siempre admiraremos la pasión, la inteligencia y la pluma refinada con la que enriquecía cada texto, cada ensayo, cada novela.

Pero sobre todo lo recordamos como el gran pensador que nos dejó un valioso legado de ideas, dijo el mandatario local.

Lamentablemente, añadió, el documental “5 de Mayo por Carlos Fuentes”, se convierte en la última contribución cultural del escritor, quien falleciera el pasado 15 de mayo, justo en el día del maestro. Su invaluable colaboración va allá de los antecedentes y el episodio histórico de la batalla de Puebla. Nos muestra su visión sobre el México de hace 150 años, pero también sobre el México de hoy. Se enriquece además con una profunda reflexión sobre el papel de nuestro país en el contexto internacional y los retos que enfrentamos de cara al futuro.

Como el de la batalla contra la drogadicción, que, dice Fuentes en el video, es un problema que México no puede afrontar solo, sino que se requiere llegar a un acuerdo con los Estados Unidos, que son los principales consumidores de la droga.

Hace 150 años, el enemigo era el primer ejército del mundo, hoy debemos encontrar en la diversidad nuestra máxima fuerza y luchar contra ese gran enemigo que es la desunión, dice el narrador al finalizar el video.

Carlos Fuentes nos deja una gran lección cuando afirmó que el proyecto de México como nación es tener identidad con diversidad, el cual compartimos, afirmó el Gobernador Rafael Moreno Valle.

Debemos encontrar en la diversidad nuestra máxima fuerza y luchar contra ese gran obstáculo para el desarrollo que es la desunión, subrayó el Mandatario en el homenaje póstumo al escritor, que comprendió la presentación del documental “5 de Mayo: por Carlos Fuentes”.

Moreno Valle recordó que por siglos, los mexicanos hemos demostrado que no hay poder que nos pueda vencer cuando hacemos a un lado nuestras diferencias y luchamos por una causa justa.

“Esa es la gran lección de la historia que nos deja Carlos Fuentes”, añadió el Ejecutivo en el evento al que asistieron la presidenta de Conaculta Consuelo Sáizar Guerrero y Martha Érika Alonso de Moreno Valle, entre otros.

 

A los 83 años, falleció el escritor Carlos Fuentes, justo en el día del Maestro, víctima de un mal cardiaco. Su esposa Silvia Lemus confirmó la triste noticia. El escritor, quien nunca recibió el Nobel de literatura a pesar de sus merecimientos, dejó de existir enel Hospital Ángeles del Pedregal, en el sur de la ciudad de México.

“Con pesar y mucho dolor me entero del fallecimiento de Carlos Fuentes. Mis condolencias para su familia.La literatura universal está de luto”, escribió Josefina Vázquez Mota, candidata del PAN a la presidencia de la república en su cuenta de Twitter.

Apenas ayer se había dado a conocer que  Fuentes fue nombrado Doctor Honoris Causa de la Universidad de las Islas Baleares, a propuesta del Departamento de Filología Española, Moderna y Clásica.

Fuentes, nacido en 1928,  había recibido numerosos premios: el Premio Internacional Alfonso Reyes (1979), el Nacional de Literatura de México (1984), el Cervantes (1987) y el Premio Internacional Menéndez Pelayo (1992), el Príncipe de Asturias (1994), el Premio de la Real Academia Española de creación literaria (2004), el Premio Internacional Don Quijote de la Mancha (2008), la Gran Cruz de la Orden de Isabel La Católica (2009) y el premio Formentor de les Letras en reconocimiento a toda su obra (2011), entre otros.

Carlos Fuentes había sido nombrado Doctor Honoris Causa por las universidades Veracruzana, Autónoma de Sinaloa, de Quintana Roo, de Veracruz, de Puerto Rico y de la Universidad Michel de Montaigne

También fue miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.
Entre sus obras: “Aura”, “La región más transparente”, “La muerte de Artemio Cruz”, “Las buenas conciencias”, “El naranjo”, “Gringo Viejo”, “La silla del Águila”, “Todas las familias felices” y “La voluntad y la fortuna.

Historias cortas como “Los días enmascarados”, “Agua quemada” y “El hijo de Andrés Aparicio”; ensayos como “El espejo enterrado” y “Los cinco soles de México: memoria de un milenio”.

Así como piezas teatrales como “Todos los gatos son pardos”, “Orquídeas a la luz de la luna” y “Ceremonias del alba”, y guiones cinematográficos, entre ellos el de “Pedro Páramo”, basado en el original de Juan Rulfo.

Aquí puedes leer escritos suyos publicados en el diario español El País

Sus últimos tuits, el sábado 19 de marzo de 2012 a las 20:22 y 20:28 horas:

Serán los jóvenes quienes tengan que enmendar los errores de nuestras generaciones; pero cuentan con una gran tecnología para hacerlo.

@CarlosFuentesMX: Debe haber algo más allá de la masacre y la barbarie, para sustentar la existencia del género humano y todos debemos participar en su busca.