El tiburón blancoCarcharodon charcharias por nombre científico—, cuya pesca acaba de ser prohibida en México, al igual que ya se ha hecho en otros países debido a que se halla amenazado de extinción, es uno de esos animales de los cuales mucho se habla pero poco se sabe. En parte porque no es muy abundante. En parte por las dificultades para observarlo, ya que normalmente no se le encuentra cerca de la costa y se desplaza sin cesar.

Por Juan José Morales

El nombre de tiburón blanco es en cierto sentido erróneo. En realidad, igual que otras especies de tiburones, sólo tiene blanca la parte inferior del cuerpo y la superior es gris. Así no puede ser visto desde abajo por sus posibles presas —ya que su cuerpo no destaca contra el resplandor de la superficie— y tampoco desde arriba, ya que su cuerpo oscuro se confunde con el color de las profundidades. (Foto: David Litchfield. Cortesía)

Justamente por lo poco que se conoce acerca de su biología y hábitos, han proliferado mitos, creencias erróneas y estereotipos que lo presentan como gran devorador de hombres, monstruo asesino, fiera despiadada y otras lindezas por el estilo. Esta falsa imagen del tiburón blanco fue fortalecida por cierta película de los años 70, a la cual siguieron numerosas imitaciones y varias secuelas, y su solo nombre puede despertar una verdadera paranoia. Tal es el caso de lo que ahora ocurre en Australia, donde, tras un ataque de tiburón a un bañista, el gobierno puso en marcha una operación para capturar y matar a todo tiburón mayor de tres metros.

La realidad, sin embargo, es que si bien el tiburón blanco —al que por estos rumbos nuestros pescadores conocen como tsutsun y jaquetón— es un formidable depredador que llega a medir 7.5 metros de largo y alcanzar una tonelada de peso, dista mucho de ser una amenaza para el hombre. Según las estadísticas más recientes sobre ataques de tiburón de que dispongo, en 2011 hubo en todo el mundo sólo 75 casos, de los cuales sólo 11 fueron fatales. Si se consideran los cientos de millones de personas que cada año entran a las aguas marinas para nadar, bucear o pescar, la cifra es insignificante. Y de tales ataques, sólo unos cuantos pueden atribuirse al tiburón blanco.

Más que victimario, el tsutsun es víctima. Ha sido objeto de una pesca excesiva, tanto con fines deportivos como comerciales. Sobre todo porque la mala fama que se le ha colgado hace que sean muy demandados sus dientes, mandíbulas y vértebras, sin contar con que una gran cantidad de ejemplares son pescados y tirados al mar después de cortarles las aletas, que se usan en la cocina oriental para elaborar la sopa de aleta de tiburón. Muchos también mueren accidentalmente —sin que se tenga el propósito específico de pescarlos— al quedar atrapados en anzuelos de palangres, redes de deriva y otros artes de pesca.

A la sobrepesca, hay que añadir el hecho de que —al igual que otras especies de tiburones— el blanco o jaquetón es poco prolífico. Es ovovivíparo, o sea que los huevos se desarrollan dentro de la hembra, y algunos de ellos, e incluso los tiburoncillos en desarrollo, son devorados dentro del útero por las crías más fuertes. Como resultado, sólo nace una docena o poco más cada año, que además están expuestos a la depredación en la primera etapa de su vida. Con tan baja tasa de reproducción, una población de tiburones blancos muy reducida tardaría unos 15 años en duplicarse. Por ello se considera a la especie particularmente vulnerable y necesitada de medidas especiales de protección, como lo es la prohibición absoluta de pescarlo. Sólo así este soberbio animal podrá seguir rondando por todos los mares del mundo —excepto los del Ártico y el Antártico— y cumpliendo su función dentro de los ecosistemas.

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