ImagenEventoCancunMéxico, Cancún, Q.Roo. Junio, 2016 –  ALE, que opera bajo la marca Alcatel-Lucent Enterprise, anunció su participación en la Exposición más importante de la zona del Sureste y el Caribe Mexicano, durante la 20ª edición de EXPO HOTEL, que se celebró del 14 al 16 de junio en el Centro de Convenciones de Cancún, mejor conocido como “Cancún Center”. 

Alcatel-Lucent Enterprise, proveedor de soluciones de vanguardia para el sector de Viajes, Hospitalidad y Ocio, presentó sus innovaciones basadas en soluciones tecnológicas que crean una experiencia de conectividad personalizada para los viajeros de hoy día. 

Con una experiencia exitosa existente en el campo de hospitalidad, las soluciones de Alcatel- Lucent Enterprise han proporcionado innovación de vanguardia, con excelentes resultados a clientes de todo el mundo en más de dos millones de habitaciones y en proveyendo soluciones a más de 100 grandes cruceros equipados, para ofrecer una experiencia de conectividad personalizada a huéspedes, incluyendo entre sus principales clientes del sector a Hoteles Accor, Beverly Hotel, Hotel Bel Air, Hoteles Melía, Hoteles de los Grupos Hyatt, Iberostar, Fiesta Americana, Holiday Inn, City Express, Ibis, Riu, y otros grupos hoteleros; así como Corporativos de Cruceros Royal Caribbean Cruise Line y Norwegian Cruise Line, entre otros. 

El portafolio de soluciones para Hospitality de Alcatel-Lucent Enterprise se ofrece en tres áreas clave para beneficiar los negocios, que crean una experiencia memorable al huésped, reduciendo costos de infraestructura y mejorando las operaciones del hotel. El portafolio incluye   comunicaciones adaptadas y soluciones de conectividad y hospitalidad entregadas a través de la nube o en las instalaciones. 

Entre estas se encuentran las siguientes aplicaciones disponibles para ofrecer una experiencia personalizada de huéspedes conectados: 

·        El Mobile    Guest    Softphone –    Una    solución    de    movilidad    diseñada específicamente para la industria de hospitalidad, que permite a los huéspedes utilizar sus propios dispositivos móviles para acceder a los servicios del hotel. 

·        El Smart Guest Application – Suite que permite a los huéspedes controlar el medio ambiente de la habitación utilizando el teléfono de la habitación para ajustar la iluminación y la temperatura, servicios de acceso del hotel, programar una llamada de despertador, establecer un estado de no molestar en la habitación, y más. 

Como parte de sus objetivos a largo plazo, ALE aspira a convertirse en uno de los tres principales jugadores mundiales como proveedor en el sector de TI de hospitalidad durante los próximos tres años, mediante la entrega de tecnología destacada, soluciones únicas y resultados cuantificables para sus clientes. 

Reafirmando este compromiso Alcatel-Lucent inauguró el nuevo Hospitality Experience Center en Miami, Florida, que ofrece un laboratorio de integración dedicado, con instalaciones para capacitaciones y demostraciones, así como la presentación de nuestras soluciones de hospitalidad a los clientes. Alcatel-Lucent, es un miembro Platinum del Hotel Technology Next Generation, una asociación comercial de la industria dedicada a fomentar el desarrollo de tecnologías de siguiente generación.

Este 1° de junio comenzó la temporada de huracanes en el Atlántico. Los expertos pronostican que es de esperarse una temporada normal, con una cantidad de tormentas y huracanes dentro del rango habitual. No parece que —como temen algunos— el calentamiento global se traduzca en mayor número de tales fenómenos.
Huracanes2016
Ciertamente, el calentamiento ha hecho que se acumule más calor en las aguas del océano, y por lo tanto haya una mayor reserva de energía térmica que, al transmitirse a la atmósfera, ocasiona o fortalece los huracanes. Pero las cosas no son tan simples, pues —como apuntan los geofísicos— ha habido también cambios en la circulación atmosférica, lo cual influye en la acumulación de calor en los sectores ciclogenéticos, o sea aquellos en los que se originan los ciclones tropicales.

Según se comentó en la reunión sobre cambio climático celebrada hace unos meses en la Universidad del Caribe, en Cancún, más bien puede suponerse que —independientemente de lo que ocurra en la próxima temporada— en el futuro inmediato habrá más huracanes intensos, no tanto mayor cantidad de ellos.

En pocas palabras: tenemos que estar preparados para soportar fenómenos más violentos, quizá comparables al Gilberto, el Wilma, el Dean y el Isidore, que dejaron profunda huella en la península de Yucatán. Y no sería remoto que se repita una situación como la de septiembre de 2013, cuando ambos litorales del país, el del Atlántico y el del Pacífico, se vieron azotados simultáneamente por dos huracanes: el Ingrid en el Golfo de México y el Manuel en la zona de Guerrero por el lado del Pacífico. Y aunque ambos fueron poco intensos —apenas de categoría 1 ambos— causaron estragos en más de dos terceras partes del territorio mexicano con sus fuertes vientos, lluvias torrenciales y violentas marejadas.

Por otro lado —y esto hay que subrayarlo— los daños causados por los huracanes en México han estado aumentando a lo largo de las últimas décadas, no porque sean más frecuentes o intensos, sino porque hay cada vez mayor número de construcciones en las costas. El litoral oriental de la península, es buen ejemplo de ello. En 1967, cuando el huracán Beulah de categoría 5 batió la costa norte de Quintana Roo, las pérdidas materiales fueron mínimas porque en aquel entonces no existía Cancún, Isla Mujeres tenía apenas un millar de habitantes, Cozumel tres mil y fuera de esas dos poblaciones no había en la zona más que ranchos copreros habitados por una o dos familias. Pero 21 años después, en 1988, Gilberto, otro huracán de la misma categoría que entró a tierra por esa parte del litoral, pasó a la historia como uno de los más destructores porque para entonces ya existía Cancún y había un considerable número de habitantes y de grandes hoteles, condominios, tiendas y otros edificios en la zona.

Con esto no tratamos de ser alarmistas, sino simplemente de recalcar que la península de Yucatán está ubicada en una zona de generación y paso de tormentas tropicales y huracanes, que muchos de ellos penetran por la costa caribeña, y que a menudo cuando lo hacen llegan ya muy fortalecidos por una larga trayectoria sobre cálidas aguas tropicales desde las lejanas islas del archipiélago de Cabo Verde, en las proximidades de África.

Si vivimos en una zona de huracanes, lo menos que debemos hacer es estar muy bien preparados para resistirlos. Pero, si bien el Gilberto, el Wilma y el Dean hicieron que mucha gente comenzara a tomar en serio esos fenómenos, las autoridades parecen seguir siendo indiferentes. Como señalamos no hace mucho, y por increíble que parezca, ninguna ciudad de Quintana Roo tiene un atlas actualizado de riesgos ni se han hecho las modificaciones necesarias a los reglamentos de construcción y los planes de desarrollo urbano para adecuarlos a la nueva realidad del cambio climático.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Ante la devastación de que ha sido objeto gran parte del manglar en el Malecón Tajamar de Cancún y los esfuerzos de la ciudadanía por detener el proyecto, Fonatur insiste en que el desmonte ahí realizado es un hecho consumado de imposible reparación y por tanto irreversible, y al no poder restablecerse ese tipo de vegetación, habrá que darlo por perdido.

Juan José Morales

En realidad, es perfectamente posible restaurar el manglar, aún en las desastrosas condiciones en que lo dejó la maquinaria pesada. En varios lugares del mundo han podido hacerlo, aunque la destrucción era peor y había transcurrido mucho más tiempo entre el evento que la causó —fuera humano o natural— y el momento en que se emprendió la restauración.

Vietnam es un buen ejemplo. Como se recordará, durante la guerra en ese país la fuerza aérea norteamericana arrasó decenas de miles de hectáreas de manglar con las terribles bombas incendiarias de napalm y mediante la aplicación del Agente Naranja, un poderoso defoliante químico —por cierto, inventado por Monsanto— que no sólo mataba la vegetación sino que provocó cáncer y malformaciones genéticas a una gran cantidad de personas. Actualmente, pese a la catastrófica situación en que se hallaban al terminar el conflicto en 1975, esos manglares se han restablecido en gran medida, tanto por regeneración natural como por el esfuerzo de los vietnamitas, que emprendieron difíciles trabajos de reforestación.

RestauracionManglar

Estas dos fotos, tomadas con seis años de diferencia en el mismo lugar, muestran el buen éxito de los trabajos de restauración emprendidos por la Conanp en los manglares destruidos en 2005 por el huracán Wilma en el Sistema Lagunar Nichupté. Al iniciarse el proyecto, y aunque para entonces habían transcurrido más de cuatro años después del fenómeno, los árboles seguían secos, reducidos a troncos muertos y sin una sola hoja (Izq.). Por ello se consideraba imposible la recuperación del ecosistema. Pero el resultado de los trabajos, encabezados por la bióloga Patricia Santos, puede verse a la derecha. Lo mismo se logró en el resto de las 60 hectáreas que abarcó el proyecto.

En Indonesia, después del histórico maremoto del 26 de diciembre de 2004, se han realizado también exitosas labores de repoblación de los manglares que habían sido destruidos antes del fenómeno, pues se vio que en las zonas donde todavía se conservaban saludables y el diámetro de los árboles era mayor, el número de víctimas resultó menor, lo cual fue una prueba contundente de que esas masas de árboles brindan una gran protección contra el oleaje de tormentas, huracanes y tsunamis.

Por la misma razón, en Filipinas, a raíz del catastrófico tifón Haiyan de noviembre de 2013, que dejó más de 6 300 muertos, el gobierno inició un vasto programa de reforestación con árboles de mangle para formar una barrera viviente que resguarde las costas más expuestas al oleaje de tempestad.

Aquí cabe subrayar que en esos y otros casos —como los de la Florida en Estados Unidos— las superficies restauradas fueron incomparablemente mayores que Tajamar, que mide sólo unas decenas de hectáreas y por sus reducidas dimensiones y fácil acceso resulta mucho más fácil de intervenir con garantía de éxito.

Por lo demás, no hay que mirar hasta el otro lado del mundo para comprobar que sí es posible restaurar manglares devastados. Tenemos otro ejemplo notable en Celestún, en el noroeste de Yucatán, donde se logró restablecer los mangares impactados por la interrupción del flujo hidrológico provocado por la construcción de la carretera hacia esa población. Esos manglares, dicho sea de paso, son un gran atractivo turístico por su frondosidad, belleza y nutridas poblaciones de garzas, flamencos, ibis y otras aves.

Y a un tiro de piedra del Malecón Tajamar, tenemos otro magnífico ejemplo en los excelentes trabajos que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, la Conanp, realizó para restaurar los manglares del sistema lagunar Nichupté destruidos por el huracán Wilma en 2005.

El meteoro dañó de tal manera los manglares en aquel lugar, que gran parte de ellos murieron y en los siguientes tres años su recuperación fue tan lenta que algunos expertos los consideraron perdidos para siempre, y los más optimistas estimaban que tardarían al menos un cuarto de siglo en recobrar su verdor y frondosidad.

Pero en 2008, tras la creación del Área de Protección de Flora y Fauna Manglares de Nichupté, que abarcaba el manglar destruido, la Conanp emprendió un trabajo que parecía imposible: intentar la resurrección del manglar muerto.

La ciclópea tarea se encargó a la bióloga Patricia Santos, experta en la materia, que durante un curso de especialización en Japón había conocido las técnicas de restauración de mangle usadas en Asia. Y en seis años se logró reforestar exitosamente más de 60 hectáreas con más de 360 mil plantas de mangle, que a la fecha tienen un promedio de sobrevivencia de 87%. Además, se restablecieron los flujos de agua obstruidos, se eliminaron las plagas de especies exóticas invasoras y aquel manglar muerto hoy parece no haber sido nunca afectado, salvo por los troncos de los árboles de mayor porte que aún están de pie como evidencia de la gran resistencia mecánica de este ecosistema ante el embate de los fenómenos que vienen del mar.

En pocas palabras: sí se puede —pues ya se demostró que sí se pudo— resucitar manglares.

Ahora bien, habrá quienes se pregunten si vale la pena hacerlo. Pronto comentaremos cuál sería el costo y quién lo pagaría. Por ahora, basta recalcar que, contra lo que afirma Fonatur para tratar de seguir adelante con el proyecto de urbanización, el manglar de Tajamar está muy lejos de haberse perdido para siempre.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Uno de los temas que se han puesto a discusión a propósito del caso del Malecón Tajamar de Cancún, es si vale la pena restaurar el manglar destruido. A juicio de algunos, sería inútil intentarlo, pues —dicen— dada la fragmentación del área en grandes lotes divididos por avenidas, ya no hay flujo de agua, sólo quedan charcas, y en el mejor de los casos, y con grandes esfuerzos, únicamente se lograría tener manchones aislados de mangle pobremente desarrollado. Por lo tanto, dicen quienes así opinan, es mejor dar otro uso a esos terrenos.

Este es el manglar que, según Fonatur, no existía en Tajamar y ahora efectivamente no existe porque el propio Fonatur lo arrasó. Pero podría restablecerse y servir para múltiples propósitos, desde la protección contra huracanes hasta la educación ambiental y la capacitación de guías de turistas.

Este es el manglar que, según Fonatur, no existía en Tajamar y ahora efectivamente no existe porque el propio Fonatur lo arrasó. Pero podría restablecerse y servir para múltiples propósitos, desde la protección contra huracanes hasta la educación ambiental y la capacitación de guías de turistas.

Juan José Morales

Pero, por principio de cuentas, y a reserva de comprobarlo con un estudio del sitio, parece evidente que hay todavía un importante flujo hidráulico. Así lo indican, por un lado, la forma en que durante años estuvo creciendo vigorosamente el manglar en los diversos sectores de esa cuadrícula urbanizada, y por el otro, la presencia de peces. Si se tratara de simples charcas, esos y otros animales acuáticos no podrían sobrevivir por falta de oxígeno y por el excesivo calentamiento solar. Recuérdese que el gran manto acuífero subterráneo de la península aflora a la superficie en sitios vecinos a la costa, como Tajamar.

En cuanto a para qué serviría restaurar manglares en ese lugar, hay que subrayar que esos ecosistemas han sido calificados como la piel y los riñones de los continentes, porque constituyen una barrera protectora contra tormentas, huracanes y otros fenómenos parecidos, y porque son eficientes filtros que eliminan contaminantes del agua que circula por ellos.

Lo anterior significa que si se restauran los manglares de Tajamar, habría en esa zona una barrera protectora en caso de huracán, y un sistema natural de tratamiento de aguas que evitaría mayor contaminación del sistema lagunar Nichupté, de las aguas marinas en que se bañan los turistas, y de los arrecifes, otro de nuestros grandes atractivos cuya contaminación y deterioro preocupan a los prestadores de servicios turísticos.

Ciertamente, no muchas ciudades en el mundo pueden alardear de tener en pleno centro urbano —como la tendría Cancún— una planta natural de tratamiento de aguas que no huele mal y no afea el lugar sino, por lo contrario, lo embellece. Incluso, esto podría ser exitosamente usado para la promoción turística al decir que en Cancún no sólo se protege y conserva el medio ambiente, sino que para ello se utilizan los propios elementos naturales.

Por otro lado, como ya señalamos en anterior ocasión, los manglares de Tajamar podrían ser una de esas áreas verdes que tanta falta hacen a Cancún, con la ventaja adicional de su contribución a paliar el problema del calentamiento global. Los manglares, como se ha comprobado en los últimos tiempos, son muy eficientes en la captura de dióxido de carbono, el principal gas de invernadero causante del calentamiento. De hecho, son mucho más eficientes en ese sentido que los bosques y las selvas.

Otro importante uso para los manglares restaurados de Tajamar, podría ser el de la educación ambiental. Fácilmente accesibles y bien ubicados, podrían ser utilizados por maestros, divulgadores y educadores en general para actividades que permitan al público conocer ese ecosistema por el cual hay ahora tanto interés.

Y, desde luego, servirían igualmente para la capacitación de guías de turistas, que cada vez más requieren más y mejores conocimientos sobre aspectos relacionados con la naturaleza, para satisfacer la creciente demanda de ese tipo de información por parte de los visitantes. Es más: debidamente aprovechados, podrían ser un atractivo turístico más.

En fin, restaurar los manglares de Tajamar y destinarlos a los usos arriba señalados puede aportar insospechados beneficios.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

En uno de los predios del malecón Tajamar de Cancún comenzó a operar maquinaria pesada para arrasar la vegetación. Pronto corrió la voz entre los defensores de esa zona de manglar y se congregaron numerosos activistas que avisaron a las autoridades correspondientes: Dirección Municipal de Ecología, Procuraduría Federal de Protección al Ambiente y Procuraduría General de la República.

Juan José Morales

Tajamar

La maquinaria pesada ya había iniciado el desmonte en un predio del malecón Tajamar cuando, por la rápida movilización de los activistas defensores de esa zona de manglar, intervino la Policía Federal Preventiva, que detuvo la operación. El terreno, según se sabe, había sido entregado por Fonatur a sus actuales propietarios —empresarios italianos— a cambio de otro que les había vendido y en el cual tampoco pudieron construir por tratarse de una zona protegida.

La maquinaria pesada ya había iniciado el desmonte en un predio del malecón Tajamar cuando, por la rápida movilización de los activistas defensores de esa zona de manglar, intervino la Policía Federal Preventiva, que detuvo la operación. El terreno, según se sabe, había sido entregado por Fonatur a sus actuales propietarios —empresarios italianos— a cambio de otro que les había vendido y en el cual tampoco pudieron construir por tratarse de una zona protegida.

Quienes realizaban el desmonte exhibieron un permiso de la Dirección de Ecología expedido en 2008 y alegaron que podían hacerlo ya que fue negado el amparo que un grupo de niños solicitó para que no se destruya ese humedal, pues no pudieron —los pequeños— depositar la fianza de 21 millones de pesos que les exigió el juez. Pero, independientemente de que la autorización pudiera haber caducado, aún está pendiente el recurso de revisión de la negativa de amparo, y por tanto sigue en pie la prohibición de realizar cualquier obra en ese lugar.

Finalmente, y tras la intervención de los activistas y un abogado del Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda), las autoridades, tanto municipales como federales, ordenaron cesar el desmonte y retirar la maquinaria del lugar, la cual fue asegurada al igual que el predio.

A juicio de algunos activistas, lo ocurrido podría interpretarse como el clásico “madruguete”; es decir, una intentona de devastar rápidamente el lugar y crear una situación de hechos consumados, como primer paso para levantar una edificación en el sitio. Otros, en cambio, estiman que se trató de una maniobra concertada con alguna autoridad para —como se dice en el lenguaje popular— “medirle el agua a los camotes”. Es decir, evaluar la capacidad de reacción de los grupos defensores del medio ambiente, que como se ve, fue bastante rápida y eficiente.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

 

Sobra decir que Cancún es muy vulnerable ante los llamados fenómenos hidrometeorológicos. Concretamente tormentas tropicales y huracanes, que le llegan tanto desde la distante región de las islas de Cabo Verde, frente a África, al otro lado del Atlántico —de ahí provino el inolvidable huracán Gilberto en 1988— como desde la cercana matriz generadora de huracanes del Caribe, donde se gestó el no menos inolvidable Wilma en 2005. Ambos —hay que subrayarlo— han sido los dos huracanes más poderosos de la historia en el Atlántico, y golpearon a esta joven ciudad en el lapso de sólo 17 años, con las consecuencias que todos conocen y no es necesario detallar. En pocas palabras: Cancún, el principal destino turístico de México, hogar de cerca de un millón de habitantes, está ubicado en una zona de huracanes y debe estar siempre preparado para resistirlos.

Juan José Morales

Como se ve en el mapa, toda la costa norte de Quintana Roo está expuesta a los huracanes, pero el riesgo es particularmente alto en su porción norte, donde se hallan Cancún, Cozumel y la Riviera Maya. En tales condiciones resulta indispensable contar con atlas de riesgos para todas las poblaciones de esa zona.

Como se ve en el mapa, toda la costa norte de Quintana Roo está expuesta a los huracanes, pero el riesgo es particularmente alto en su porción norte, donde se hallan Cancún, Cozumel y la Riviera Maya. En tales condiciones resulta indispensable contar con atlas de riesgos para todas las poblaciones de esa zona.

Por ello me sorprendió escuchar de boca de uno de los ponentes en el IV Congreso Nacional sobre Cambio Climático que Cancún no cuenta con un atlas de riesgos. Es decir, un mapa de la zona urbana y sus alrededores en el cual se indiquen los sitios y áreas más expuestos a desastres naturales, especialmente inundaciones, que como se vio durante el Wilma, constituyen quizá el principal riesgo corre la ciudad y que pueden llegar a ser muy graves pese a que en la zona no existen ríos. Un atlas de riesgos resulta indispensable, sobre todo para saber dónde no se deben permitir asentamientos humanos y evitar así pérdidas materiales y humanas.

Decidí investigar un poco, y encontré que lo dicho por el ponente podría calificarse a la vez de falso y cierto. En realidad, sí existe un atlas de riesgos para Cancún. Es más: de hecho hay dos, ambos elaborados durante la anterior administración municipal, encabezada por Julián Ricalde, con fondos aportados por la Secretaría de Desarrollo Social, la Sedesol. El primero estuvo a cargo de un particular, Alberto Oriza, y el segundo —ya en las postrimerías de la gestión de Ricalde—, fue elaborado por la Universidad del Caribe. Pero para fines prácticos y legales, es como si no existieran, pues ninguno de los dos ha sido publicado. Por lo tanto no tienen validez oficial como instrumentos para normar permisos y proyectos de construcción y urbanización, y en general el desarrollo de la ciudad, y ni siquiera son conocidos fuera de un reducido círculo.

También —sobre todo del segundo de tales atlas— se dice que dejan mucho qué desear y que en algunos casos pueden incluso considerarse deficientes. Sin embargo, contienen elementos valiosos. Por ejemplo, en ellos se señala la ubicación de áreas inundables, y en particular de las llamadas bocas efímeras o bocas de tormenta. Es decir, ciertas zonas bajas donde, cuando ocurre una tormenta tropical o un huracán, fluyen grandes cantidades de agua hacia el mar, o hay una gran penetración de aguas marinas.

Desde luego, no parece casual que —aún incompletos y deficientes— no se publiquen esos atlas de riesgo. Al no ser oficiales, las autoridades pueden autorizar la construcción de fraccionamientos en zonas expuestas a inundación.

Y, desde luego también, las inundaciones no constituyen el único peligro que amenaza a Cancún y la zona norte de Quintana Roo en general. Hay otros. Por ejemplo, debido a la naturaleza del terreno —constituido por un tipo de rocas calizas conocido como karst, que se caracteriza por la existencia de numerosas oquedades de todos tipos y tamaños—, hay peligro de derrumbes como el que recientemente ocurrió en la carretera de Cancún a Playa del Carmen y que afectó a un amplio tramo del camino. Eso también debe preverse en un atlas de riesgos.

Pero así son las cosas. El principal centro turístico del país, vulnerable a fenómenos naturales, carece de un documento que permita prever y evitar daños causados por tales fenómenos.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Hace bastantes años, en la Revista de Geografía Universal, publiqué un reportaje sobre Cancún titulado “La ciudad que surgió de la selva”. El asunto me vino a la memoria en estos días en que se celebran los 45 años de su fundación, pues una de las quejas recurrentes contra las autoridades municipales y estatales es la falta de áreas verdes. Y tras analizar la situación, he pensado que de escribirlo ahora, lo titularía “La plancha de cemento que surgió de la selva”.

Por Juan José Morales

En efecto, eso es ahora Cancún, una gran extensión de asfalto y concreto con pocas zonas arboladas, aunque el área donde se construyó estaba cubierta por una densa selva mediana subperennifolia. Es decir, un tipo de selva con árboles de 15 a 30 metros de altura de los cuales el 60% conservan su follaje durante la temporada de secas. En ella había grandes ejemplares de zapote, chacá, chechem, kitamché y otras muchas especies arbóreas, y todavía podían verse por todas partes árboles de zapote —Manilkara achras para los botánicos— que mostraban en la corteza las cicatrices en zigzag dejadas por el machete de los chicleros que de ellos extraían el látex para fabricar chicle.

Parecía lógico que esa vegetación fuera debidamente aprovechada para dotar a la naciente ciudad de numerosas áreas verdes densamente arboladas, y que además albergara al menos parte de la fauna nativa, especialmente las numerosas especies de aves. Y de hecho en la etapa inicial de construcción así fue. Se dejó en pie la mayor cantidad posible de árboles. Los había en parques y jardines, en los amplios camellones e incluso en los lotes para vivienda, pues se conservó en la medida de lo posible la vegetación original.

La comparación entre estas dos imágenes aéreas de Cancún —la de la izquierda tomada en 1991 y la de la derecha en 2004— muestra cómo, a la par que se extendía la mancha urbana con la construcción de nuevas viviendas —cada vez más pequeñas y próximas entre sí—, se reducía la proporción de áreas verdes e incluso desaparecían o se reducían las originales. Fotos cortesía del INEGI.

La comparación entre estas dos imágenes aéreas de Cancún —la de la izquierda tomada en 1991 y la de la derecha en 2004— muestra cómo, a la par que se extendía la mancha urbana con la construcción de nuevas viviendas —cada vez más pequeñas y próximas entre sí—, se reducía la proporción de áreas verdes e incluso desaparecían o se reducían las originales. Fotos cortesía del INEGI.

Pero pronto las cosas empezaron a cambiar. En lugar de proteger, conservar y aprovechar la flora primigenia, se comenzó a devastarla, cortándola a matarrasa, y la voracidad de fraccionadores y constructores hizo que los lotes para vivienda —y las viviendas mismas— se redujeran cada vez más, hasta volverse minúsculos, sin un solo árbol y con el terreno ocupado casi totalmente por la construcción.

La corrupción que caracterizó a numerosos ayuntamientos hizo también su parte en el deterioro de Cancún. Se autorizaron cambios de uso de suelo para favorecer la deforestación, se permitió a constructores y fraccionadores contabilizar como si fueran áreas verdes los camellones de las avenidas, las diminutas franjas que teóricamente serían cubiertas de césped a lo largo de las aceras, e incluso los espacios para escuelas, mercados y demás equipamiento urbano.

OmbligoVerdeLa Santa Iglesia también hizo de las suyas. Los curas se han venido apropiando ilegalmente —o en acciones de muy dudosa legalidad— de parques, camellones y otras áreas verdes de todos tipos y tamaños, contando para ello con la tolerancia de las autoridades y la complicidad de las autoridades —a cambio de apoyo político—, amedrentándolas con la amenaza de azuzar contra ellas a la feligresía, o simplemente desafiándolas. Un caso emblemático fue la entrega al clero con fines electoreros por la entonces presidenta municipal Magaly Achach, de un amplio lote del llamado Ombligo Verde —la única gran área arbolada que se conservaba en el centro de la ciudad—, para construir la hasta ahora inconclusa catedral. Tiempo después, otro alcalde, Gregorio Sánchez, arrasó totalmente la mitad de la arboleda que aún quedaba en el Ombligo Verde, con intenciones de construir ahí una gran plaza político-religiosa, con el palacio municipal de un lado y del otro una segunda catedral (la primera, a corta distancia, ya no es del agrado del obispo, quien quiere otra más a su gusto y pretende destinar la original a un negocio de criptas para difuntos).

Como resultado de todo lo anterior —y mucho más—, a 45 años de su fundación, Cancún sólo cuenta —según las muy discutibles cuentas de las autoridades— con 3.5 metros cuadrados de áreas verdes por habitante, o sea sólo un poco más de la tercera parte del mínimo de nueve metros cuadrados por habitante que recomienda la Organización Mundial de la Salud, y muy lejos de los 15 metros cuadrados que considera óptimos la propia OMS.

Y no sólo es muy poca la superficie de áreas verdes que corresponde a cada habitante, sino además está mal distribuida. Mientras en los fraccionamientos residenciales de la zona hotelera el promedio es de 20 metros cuadrados por persona, en las regiones de vivienda popular el promedio es de apenas 0.5 metros.

Ciertamente, Cancún, que pudo haber sido un modelo de ciudad arbolada, ha terminado convertida en una plancha de asfalto y cemento salpicada de minúsculas áreas verdes que en muchos casos de tales sólo tienen el nombre y no son más que polvorientos pedregales.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Si realmente el gobierno de Peña Nieto desea combatir la corrupción y la impunidad al amparo de la cual ha florecido ese cáncer nacional, en Cancún tiene un magnífico ejemplo para demostrarlo: el caso del delfinario Dolphin Discovery Riviera Cancún, ilegalmente construido dentro del Parque Marino Nacional Arrecifes de Puerto Morelos, al amparo de una fraudulenta solicitud de exención de la manifestación de impacto ambiental que exige la ley y que sin embargo la Procuraduría Federal del Ambiente, aceptó como válida en un claro caso de corrupción.

Por Juan José Morales

Diversos grupos ciudadanos de Cancún y Puerto Morelos están exigiendo a las autoridades que sea clausurado el delfinario ilegalmente construido y puesto en operación. Como parte de las protestas por ese hecho, hace poco miembros de la organización Voces Unidas de Puerto Morelos —que mantiene una lucha permanente en defensa del medio ambiente de ese lugar— lo clausuraron simbólicamente.

La historia puede resumirse así: en 2012, la empresa Controladora Dolphin SA de CV, informó a la Profepa que realizaría ciertas obras para rehabilitar instalaciones construidas en 1997 en el hotel Moon Palace, y que por no tratarse de una obra nueva sino sólo de reparaciones y mejoras de una ya existente, pidió se le eximiera de presentar la evaluación de impacto ambiental que marca la ley. La entonces delegada de la Profepa en Quintana Roo, Gabriela Lima Laurens, accedió prontamente a la solicitud y expidió lo que en la terminología legal se denomina Aviso de no Requerimiento de Evaluación de Impacto Ambiental. Pero lo que en realidad hizo la empresa valiéndose del permiso, fue construir el delfinario. Es decir, una obra nueva, totalmente distinta a la que supuestamente se rehabilitaría, y para la cual por tanto se requería manifestación de impacto ambiental.

La violación a la ley era evidente, pero la delegada no hizo nada para evitarla, pese a que el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA) presentó un recurso de revisión ante la Profepa. Ante su inacción, en diciembre de 2012 CEMDA presentó una denuncia formal ante la misma Profepa. Sobra decir que la delegada tampoco movió un dedo.

Ya para entonces, dada su evidente complicidad en esa violación a la ley, en octubre del mismo año el CEMDA había denunciado a Lima Laurens ante la Secretaría de la Función Pública. Esta autoridad, empero, igualmente se mantuvo impasible. El delfinario siguió operando como si nada. Y ahora la empresa pretende regularizarlo mediante la triquiñuela legaloide de solicitar permiso para su funcionamiento, ocultando que está en actividad desde hace dos años y amparándose en un viejo permiso para establecer una unidad de manejo de vida silvestre.

Aquí cabe subrayar que, como decíamos al principio, el delfinario en cuestión fue construido dentro de los límites del Parque Marino Nacional Arrecifes de Puerto Morelos, donde está prohibido mantener animales en cautiverio. Asimismo, debe señalarse que la ex delegada Lima Laurens estuvo implicada en las graves irregularidades cometidas en el sonado caso del Dragon Mart, proyecto que recientemente fue cancelado por las autoridades federales, que ordenaron investigar a los funcionarios que —como en este caso— otorgaron indebidamente permisos y autorizaciones sobre bases falsas.

Como se ve, son tantas y tan graves las ilegalidades en el caso del delfinario de Puerto Morelos, que sólo pueden explicarse como producto de la corrupción. Por eso decimos que si se realmente se quisiera combatirla, podría comenzarse clausurándolo y castigando a quienes solaparon su construcción.

Por cierto, el llamado Partido Verde, que tanto dice defender a los pobrecitos animales cautivos y saturó las salas de cine de todo el país con lacrimógenos mensajes pidiendo que se prohibieran los espectáculos ambulantes con delfines, no ha dicho una palabra respecto a este escandaloso asunto. Quizá porque —como afirman las buenas lenguas— la cadena hotelera a la que pertenece el negocio ayudó a financiar la campaña electoral de Peña Nieto, que le paga el favor con impunidad. Y como el Verde baila al son que toca el tricolor, pues…

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Ya lo he señalado en otras ocasiones, pero no está de más repetirlo: el gran recurso natural de Quintana Roo es el paisaje. Concretamente, el paisaje de la zona costera, con sus playas de fina y blanca arena, sus aguas cristalinas de variados colores y sus extensos humedales.

Las playas —que es casi en lo único que se piensa como elemento turístico del paisaje— no son ecosistemas aislados sino que están interrelacionadas con los demás ecosistemas, desde la selva hasta los arrecifes coralinos, pasando por los humedales, las dunas costeras, las praderas submarinas y… cosa que mucha gente pasa por alto… el gran acuífero subterráneo, cuyos cuantiosos escurrimientos corren hacia la costa y el mar.

Por Juan José Morales

Aunque a primera vista las playas parezcan ser sólo una franja de arena, en realidad están estrechamente interrelacionadas con las dunas costeras, las praderas submarinas, los arrecifes de coral, la selva del interior, los humedales y otros ecosistemas, y el lazo de unión entre todos ellos son las corrientes subterráneas. Por eso la protección y conservación de playas tiene que considerarse con una visión integral.

Por lo tanto, si se quiere proteger y conservar ese valiosísimo recurso natural, hay que proteger y conservar todo el conjunto de ecosistemas con el que está entrelazado. Cualquier daño que sufra uno de ellos repercutirá inevitablemente sobre los demás.

Y lo que se dice de los ecosistemas puede aplicarse también a las especies de plantas y animales en lo individual. No sólo son necesarias para mantener en buenas condiciones el conjunto, sino también pueden ser un atractivo que enriquezca la oferta turística. Así ha ocurrido, para citar un par de casos, con las tortugas marinas y el tiburón ballena. Hoteles que antes trataban de ahuyentar a las tortugas marinas cuando salían a desovar porque las consideraban una molestia para los huéspedes, ahora ofrecen entre sus atractivos la anidación y la liberación de crías. Y la observación del tiburón ballena, al que antes nadie prestaba atención, es hoy una actividad que da muy buenas ganancias a docenas de empresas de servicios náuticos.

Pugnar por la protección de dunas, humedales, pastizales marinos y otros ecosistemas, y por especies amenazadas, no es, pues, una actitud romántica, un ecologismo trasnochado que quisiera mantener a la naturaleza prístina e intocada. No es algo que sólo interese a espíritus sentimentales, ni su objetivo se limita a poder seguir disfrutando del dulce trino de las aves y los hermosos colores de las flores. sino una posición eminentemente práctica. Es una cuestión de pesos y centavos. Es algo de lo que depende, nada más ni nada menos, que el futuro de una actividad económica que da sustento a más de un millón de personas y que —pese a todas sus deformaciones e injusticias— representó la salida a una crisis que parecía inevitable tras el colapso de la producción de henequén en Yucatán.

Desgraciadamente, durante el desarrollo de los centros turísticos del Caribe mexicano no solamente se cometieron graves errores que ahora se manifiestan en forma de problemas tales como erosión de playas, deterioro de lagunas, pérdida de la calidad del paisaje y otros, sino que aún privan enfoques puramente mercantilistas, orientados a la búsqueda de ganancias inmediatas a costa de la destrucción del medio ambiente.

Todavía, por ejemplo, se sigue propiciando la erosión de playas al destruir las dunas costeras para levantar residencias unifamiliares y condominios, y se siguen construyendo caminos que cortan los humedales sin dejar pasos de agua adecuados. Y funcionarios de muy alto nivel, entre los que destaca el ex gobernador de Quintana Roo y actual senador por ese estado, Félix González Canto, insisten en que se deroguen las normas de protección al manglar a las que se llegó finalmente, después de años de persistente destrucción de esos ecosistemas. Buscan así allanar el camino para que empresarios voraces puedan amasar nuevas ganancias mediante la especulación inmobiliaria con terrenos ahora protegidos. Su argumento —que sólo demuestra una total ignorancia sobre el valor ecológico y los servicios ambientales de los manglares— es que esos ecosistemas no sirven para nada y que protegerlos es sólo un obstáculo para el desarrollo económico.

En fin, estamos ante un típico caso de gente que trata de matar a la gallina de los huevos de oro.

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Antes de su rápida y radical transformación, cuando Cancún era prácticamente una isla desierta, a sus solitarias y desiertas playas llegaban a desovar en grandes números tortugas marinas, sobre todo de las especies blanca y caguama, o Chelonia mydas y Caretta caretta si se prefieren sus nombres científicos. También, aunque en cantidades mucho más reducidas, arribaban ejemplares de tortuga de carey Eretmochelys imbricata y de la gigantesca tortuga laúd o de cuero, Dermochelys coriacea.

Pero al llenarse aquellas playas de hoteles, condominios, restaurantes, bares y demás edificaciones, verse atiborradas de sillas, camastros y sombrillas, y ser iluminadas durante la noche, las tortugas comenzaron a rehuirlas, hasta que finalmente casi dejaron de usarlas como zona de anidación. Sólo unas pocas se aventuraban a hacerlo.

Por Juan José Morales

Lo menos que podía hacer la bióloga Ana Erosa, era esbozar una amplia sonrisa de satisfacción frente a la cámara. Las tortuguillas que corren sobre la arena rumbo al mar provienen de una de las muchas nidadas por ella protegidas dentro de los exitosos programas que permitieron crear condiciones adecuadas para que las tortugas marinas volvieran a desovar en las playas de Cancún y la Riviera Maya.

No entraremos en detalles sobre cómo se pudo. En esencia, lo que hicieron fue convencer a los hoteleros para que tomaran medidas que facilitaran la salida de las tortugas a las playas y desovar sin ser molestadas, y luego proteger adecuadamente los huevos depositados.

Así, no sólo se vieron nuevamente por las noches caguamas y otras tortugas —incluso al menos en una ocasión una colosal laúd— excavando afanosamente sus nidos y depositando sus huevos, sino que el espectáculo y, sobre todo, la liberación de las crías ahí nacidas se convirtió en un atractivo más para los turistas.

Ciertamente, después el programa original se ha debilitado, burocratizado y no pocas veces distorsionado, pero de una u otra manera sigue dando buenos resultados. Y, además, se ha repetido en otros sitios de la Riviera Maya, donde esta infatigable bióloga ha logrado también convencer a los empresarios hoteleros de que proteger y conservar el medio ambiente no está reñido con la buena operación de sus establecimientos, sino todo lo contrario, y que las tortugas pueden muy bien convivir con sus huéspedes si se toman las medidas adecuadas.

Ana Erosa —hidrobióloga egresada de la Universidad Autónoma Metropolitana— es una de las personas que más saben acerca de las tortugas marinas en Quintana Roo, gracias a los conocimientos y la experiencia que ha acumulado durante muchos años en diversos programas de protección tanto en las costas del Pacífico como en las del Golfo de México y el Caribe, y su participación en reuniones científicas acerca de estos quelonios.

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