En varias ocasiones —la primera a través de los bienintencionados consejos de la vecina de una persona enferma— he sabido que como remedio “natural” para el cáncer se recomienda beber caldo de zopilote. Y no faltan quienes hacen negocio vendiendo —a muy alto precio— un brebaje del cual afirman que es precisamente caldo de esa ave carroñera, preparado por alguna afamada curandera de Veracruz o de la sierra norte de Puebla.

Por Juan José Morales

Resulta innecesario decir que las supuestas propiedades anticancerosas del caldo de zopilote son absolutamente falsas. Pero no deja de llamar la atención que en estos tiempos, en versiones que circulan por la Internet o en revistas policiacas, naturistas o esotéricas, se hable de él casi exclusivamente como un remedio contra el cáncer, e incluso contra el sida, sin que se mencionen los otros muchos males contra los cuales se ha recomendado durante siglos.

Todo esto viene a cuento porque en una de sus recientes crónicas de Isla Mujeres, mi buen amigo Fidel Villanueva —acucioso y eficaz cronista de la isla— menciona que todavía en el siglo XIX los habitantes de ese lugar, a falta de médico o boticario, recurrían a las peculiares formas de curación recomendadas en el llamado Libro del Judío, un recetario de oscuro origen cuya primera edición al parecer se remonta al siglo XVI. Cita Villanueva a Alice Le Plongeon, quien en compañía de su esposo Auguste pasó un tiempo en la isla realizando exploraciones arqueológicas, y anotó que la obra en cuestión era muy apreciada por los lugareños y transcribe lo dicho en una parte del libro: “para algunas enfermedades, al paciente le es aconsejado cocinar pavo, buitre, con todo y plumas, y beber el caldo”.

No entra la señora Le Plongeon en mayores detalles sobre los padecimientos que así podían aliviarse o curarse, pero en diversos lugares de México todavía al caldo de zopilote se le considera muy efectivo contra la tuberculosis, la rabia y otras enfermedades.

Doña Ramira es —al decir de la información que acompaña a su fotografía en Internet— una curandera veracruzana a quien mucha gente acude para obtener el caldo de zopilote que prepara y del cual, para demostrar que puede beberse sin vomitar, se echa un vaso al estómago frente a la cámara.

Así, en La Medicina Tradicional de los Pueblos Indígenas de México, producto de una investigación de la UNAM, se dice que los totonacos de Papantla, Veracruz, utilizan el caldo de zopilote para proteger a la persona que ha sido mordida por cualquier animal rabioso, y hay quienes afirman que basta beber la sangre de este animal para lograr el mismo fin, en tanto que en Pátzcuaro, Michoacán, los casos de locura se tratan con caldo de zopilote sin sal.

Igualmente, añade el estudio, entre los indígenas purépechas de la región de Pátzcuaro se atiende la lepra comiendo carne de zopilote guisada, y en Maravatío, también en Michoacán, la ingieren en caldo para atender a los que padecen retraso mental o rabia. En Oaxaca, los indígenas triquis recomiendan comer su carne como un buen remedio contra la roña, mientras los diversos grupos étnicos de los Altos de Chiapas la consideran eficaz para curar la rabia y aseguran que ello es posible porque produce fuertes sudoraciones a quien la ingiere.

Los coras, en Nayarit, emplean el caldo de zopilote como remedio para la tuberculosis y en general como tónico para dar vigor y salud a las personas. Los llamados hierberos espiritualistas coras, se dice en el estudio de la UNAM, preparan el tónico “hirviendo por más de 12 horas un zopilote —con todo y plumas, pero sin las vísceras— hasta que se deshaga, de tal manera que haya ‘soltado sus propiedades’ durante la cocción; el caldo resultante se cuela, y se le agrega azúcar y vainilla para nuevamente hervirlo. Ya frío y embotellado, el terapeuta proporciona el tónico al enfermo, para que él y su familia lo beban durante 15 días, repitiendo la dosis cuantas veces sea necesario.”

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