En un momento en el que el bullying se ha convertido en tema central en mesas de discusión, en la principal preocupación de padres y maestros, y en materia que ocupa a los legisladores de nuestro país; José Ignacio Valenzuela presenta este álbum, bellamente ilustrado por Sandra Serrano, que explora lo maravilloso y lo complicado de ser distinto a los demás y cómo esto nos hace únicos.

Agustín es un niño que vive en un edificio muy alto. Tan alto que el último piso casi toca las nubes. A él le gusta acercarse a la ventana y desde ahí mirar durante horas y horas la ciudad y a los demás niños que juegan a lo lejos. Pero nadie, nunca, lo invita a jugar… Y es que Agustín es distinto a los demás: en una ciudad donde toda la gente y todos los objetos tienen su sombra de color negro, Agustín tiene una sombra amarilla como el sol. Esa peculiaridad le genera una tristeza infinita y muchos problemas. Pero una noche, en medio de un terremoto, él podrá demostrar cuán especial es y cómo esa característica que lo hace único lo hará brillar más intensamente, sobre todo a los ojos de los demás.

José Ignacio Valenzuela nació en 1972 en Santiago, Chile.

Es un destacado escritor y guionista televisivo. Colaboró con el suplemento “Zona de Contacto” de El Mercurio, trabaja para Revista de Novios y es editor literario en su columna El Diario de una Novia.

Ha publicado obras como El filo de tu piel, La mujer infinita, Hacia el fin del mundo, La Trilogía del Malamor y Con la noche encima.

El  libro se presentará en la “Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil” el sábado 15 de noviembre a las 18 hrs., en el Aula Magna.

Cuando entré a la Secundaria 12 iba protegido por Agustín Granados, Luis Vega, Jorge Orta, Pancho Ramírez, Luis Vázquez Ramírez, por lo que me salvé de la iniciación, que se llamaba “novatada”; cuentan las leyendas que las novatadas en la Universidad eran salvajes; hacían desfilar a los de nuevo ingreso vestidos de mujer; encadenados, semidesnudos, a cuatro patas, ladrando, porque se les llamaba “perros”; los bañaban con pintura roja, y los rapaban, dependiendo de qué facultad se tratara la novatada; ni siquiera se salvaban los de Filosofía y Letras; los jóvenes que andaban rapados mostraban orgullosos su carencia de cabellos, porque así sabían las pretensas que ya era universitario; era más significativo que el estetoscopio de los estudiantes de medicina; en preparatoria no eran tan exhibicionistas, pero no se salvaban del rape; en la secundaria esperaban a los de primero para conducirlos a un grupo donde los que mangoneaban traían unas tijeras, y los trasquilaban de tal manera que no quedaba más que raparse; no llegaban a las escenas de Mario Vargas Llosa en La ciudad y los perros, pero el sentido de humillación era similar. Y no se diga de las novatadas del Instituto Politécnico Nacional.

Mi amistad con los de tercero, o los que ya estaban en preparatoria, me salvó de la rapada; no del acoso de algunos: Alonso, Alós, Mancera; Alós era especialmente molesto; se burlaba de mi estatura (él era dos centímetros más alto), de que no era rubio ni pecoso como él, y de que tenía mejores calificaciones que él. Durante dos meses tiraba mis libros cuando pasaba, me tropezaba, me empujaba; no había manera de aguantarlo, pero sí de retarlo; a la hora de la salida, a la vuelta de la entrada para evitar que llegaran los maestros o los prefectos, se adelantó Roberto González, conocido como El Centavito, porque era igual de chaparro que nosotros; no llegó a empezar la pelea; Alós, cuidando la derecha, se descuidó y recibió un izquierdazo que le partió el labio; a partir de ese momento los tres nos hicimos amigos. No sé por qué mi generación no ejerció la misma presión sobre los de primero, cuando pasamos a segundo, pero no recuerdo que haya habido más que unos cuantos rapados, que parecía que deseaban sufrir esa especie de humillación, pero que no se ejercía con violencia física. A veces los maestros se ensañaban con los matados, con los Ciros Peraloca como le decían a los que sacaban buenas calificaciones (sacar, más que obtener; parecía más cuestión de suerte que de estudiar demasiado), y propiciaban que los de bajas calificaciones se burlaran de los “matados”; pero no duraba mucho, y los maestros terminaban por someterse, aunque había algunos cábulas que se cebaban en los de mejores tareas; y los que éramos elogiados por las maestras de historia, geografía, lengua nacional, matemáticas, sufríamos a la hora de Deportes, donde el maestro obtenía sus orgasmos abusando de su superioridad física, mandando balonazos de basquetbol o de volibol con tanta violencia que nos hacía quedar en ridículo, y tenía preferencia por los buenos atletas que, en cambio, eran pésimos en las materias académicas. “Delicaditos”, le decían a los que no hacían más de diez lagartijas, o los que no dominaban las paralelas (en nuestro grupo, Tena sobrepasaba la altura de las barras casi sin levantarse; Elizarrarás [¿hijo, sobrino del compositor?], que como tuvo poliomielitis, tenía mucha fuerza en los brazos, y hacia 50 dominadas en cuestión de minutos).
Fuera de esas horas en Deportes, o en el Taller, donde sufríamos los que carecíamos de habilidades manuales (menos una, je), no había mayor problema; como Antonio Badú y Pedro Infante, José Alós y yo nos repartíamos (imaginariamente) a las “viejas”, hasta que se volvió realidad, pues, ya lo conté, a mí me abordó Sandra Roldán y a José, Lola Mayén.

Mi venganza era cuando llegaban las pruebas; nos acosaban a Cuauhtémoc Valdés, a Víctor Tovar, a Maximino Ortega Aguirre, para que los ayudáramos; y entonces éramos nosotros los bulleros, los que nos aprovechábamos y, a cambio de una guía, se comprometían a ser nuestros guaruras durante el siguiente semestre; y éramos acosados por las compañeras más coquetas, más simpáticas (casi todas nos parecían bellas).

No nos enterábamos de casos extremos que ahora salen a relucir; no pasaban de molestarnos, a menos que fuera alguno de los pandilleros vecinos, o que se colaban a las escuelas; en el edificio había uno, Temo (hipocorístico de Cuauhtémoc) al que temían hasta sus hermanos mayores; no pasó de que me arrebatara algunos dulces, de que no me dejara pasar al edificio si no le daba un 20, una charamusca, o hasta que se daba cuenta que los vecinos se daban cuenta; su tiranía terminó una tarde en que un vecino, cansado de lo que le hacía a sus hijos, lo golpeó de una manera tan increíble que todos nos quedamos azorados, y las mujeres del edificio, que por lo regular lo evadían, salieron a defenderlo. Sacaron una silla, y allí, sentado, indefenso, lloraba sin consuelo; don Fidel, su agresor, parecía no temer al padre, cuyos ingresos provenían de sacar a los borrachos necios en una cantina; tenía la costumbre de golpear a sus hijos por la mañana, por lo que fueran a hacer por la tarde; los hermanos mayores también eran temibles, pero no con nosotros; estaban inscritos, uno, en Medicina, otro en Derecho, pero al parecer no iban a clases. Uno, el más dócil, terminó en la cárcel por pagar a cuchilladas una cuenta de tacos que le pareció excesiva.

Lo que ahora parece lo más común era, o nos parecía, inexistente. Pero ahora que lo pienso, todos fuimos buliados, y de muchas maneras buleamos: lo que hacíamos nosotros era humillar a los que nos humillaban, cuando respondíamos las preguntas de los maestros, cuando éramos elogiados por las autoridades escolares, declamábamos de memoria “La Suave Patria” sin necesidad de apuntes, o cuando respondíamos con algún golpe inesperado que dejaba aturdido al agresor, llorando (como le hice a Nájera Gutiérrez, uno de los golpeadores).

El acoso que ahora acusan las mujeres en los trabajos no las deja chambear a gusto, sienten que las espían, que sólo esperan a que se sienten mal para admirar sus piernas, que las invitan un café, una copa, una cena, siempre con la intención de sacar algo, lo más rápido y barato posible, y, mejor, sin compromiso; se quejan de que mientras más alto puesto tienen quienes quieren sacar provecho, mayor es el acoso; ¿cómo hacían antes para conseguir novio, para acercarse al que le gustaba, cómo para hacer que se enamoraran y casarse con él? El mundo cambió sin que me diera cuenta.

 

“No es suficiente exponer el comportamiento agresivo y obviar que es una conducta reprobable, sino que es necesario proponer métodos con los que los adolescentes y jóvenes puedan encontrar soluciones que combatan el acoso escolar”, afirmó en entrevista Leticia Valdés, una de las coordinadoras del proyecto Una sombra en el laberinto, teatro educativo sobre bullying, que apoya el Instituto Nacional de Bellas Artes a través de la convocatoria INBA: Educación Artística 2014.

Una sombra en el laberinto, teatro educativo sobre bullying es un proyecto diseñado para combatir el acoso en las escuelas ubicadas dentro de las comunidades lacustres aledañas al Lago de Pátzcuaro, en Michoacán. El trabajo se enmarca en el programa que realiza el Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe (Crefal), y “tiene como eje principal la vía artística para atacar diversos problemas, sensibilizar y canalizar las energías de los jóvenes hacia propuestas creativas, en este caso el teatro, que les permita construir un perfil identitario.

“Las burlas, la desvalorización por pertenecer a una comunidad indígena y la violencia de género son los casos más comunes de violencia escolar en esta zona. Es una situación muy triste porque la mayoría de las escuelas aledañas son netamente indígenas,” explicó la tallerista e investigadora.

El proyecto educativo que apoya el INBA consiste en la presentación de una obra de teatro en los foros del Crefal y la implementación de un debate-taller, inmediatamente posterior a la función. La obra de teatro Una sombra en el laberinto aborda la metáfora del mito del minotauro y el laberinto para plantear cómo los personajes penetran en un mundo intrincado de emociones que puede sumirlos en la ira, el miedo y la soledad, o puede, por otro lado, impulsarlos a la búsqueda creativa de la identidad. Toda esta travesía emocional fue detonada por un caso de bullying.

“Trabajamos con adolescentes y jóvenes de los diez a los 17 años, es decir desde quinto de primaria hasta la preparatoria, porque es en este rango en el que se han detectado mayores índices de violencia escolar. Incluso lo he notado durante el taller, y me he dado cuenta de que las etapas más difíciles se dan en la secundaria.

“La violencia y el bullying han sido temáticas presentes en los últimos años. De ahí el interés del Crefal por realizar un proyecto concreto para llegar a los jóvenes y tratar este problema desde un punto de vista educativo pero, sobre todo, artístico, por lo que construimos de forma dinámica espacios de diálogo y de escucha.

“La idea es que los chicos descubran la sensibilidad que todos tenemos a través de una actividad artística, aunque el proyecto tiene varios fundamentos, como la educación para la paz y los derechos humanos. La base artística les permite explotar su creatividad para construirse como mejores personas”.

La investigadora especificó que con el apoyo del INBA, Una sombra en el laberinto llegará a otras escuelas de las comunidades aledañas: “El proyecto nos rebasó en la medida en que no podíamos llegar a las escuelas cercanas, ya que, en la zona, la economía es precaria. Con el respaldo del INBA, el programa puede continuar de forma gratuita y además llegar a comunidades más lejanas.

“Se tenía la limitante de que muchas escuelas tenían que pagar un camión o un colectivo para llegar al foro del Crefal, y son comunidades marginales, pero esto ya no será una razón para no hacerlo, así que seremos capaces de proporcionar el medio de transporte para que asistan.”