La popularización del buceo en cenotes, especialmente en la zona costera del norte de Quintana Roo, ha traído consigo una doble e insospechada consecuencia: por un lado, el desarrollo de nuevas e ingeniosas conductas de ciertos pececillos, y como resultado de ellas, mayor peligro para otros peces, únicos en el mundo, que sólo habitan los propios cenotes.

Por Juan José Morales

Los pececillos en cuestión son los llamados tetras o sardinas mexicanas, Astyanax mexicanus en la clasificación científica. Son carnívoros, y usualmente viven sólo en las zonas iluminadas de los cenotes y no se internan a las zonas oscuras, donde la falta de luz les dificulta encontrar a sus presas, pero en los últimos tiempos han aprendido a seguir a los buzos para aprovechar la luz de sus lámparas y de este modo poder devorar a los animalillos que encuentran a su paso. Así, acompañan a los buzos cuando se internan en los cenotes, retornan con ellos y quedan en espera de un nuevo grupo humano para acompañarlo en su paseo subacuático.

Aunque muy pequeños, los tetras o sardinas mexicanas son voraces depredadores de otros animales comparables en tamaño. Su actividad se limitaba a las zonas iluminadas de los cenotes, pero ahora, gracias al buceo recreativo, han podido extender sus incursiones de cacería hasta la llamada zona afótica, donde no hay luz en absoluto.

Más todavía: algunos tetras ya ni siquiera recorren el camino de regreso en compañía de los buzos. Cuando éstos emprenden el retorno, los peces simplemente se quedan en el interior del cenote, en las tinieblas, a la espera de que aparezca el siguiente grupo de buzos.

Pero esto, que podría considerarse simplemente una curiosidad biológica, puede tener graves consecuencias sobre la llamada fauna troglobítica de los cenotes. Es decir, aquellos animales ciegos que viven en la total oscuridad y que son endémicos. Es decir, exclusivos de las aguas subterráneas de la península.

Para esos animales, la oscuridad es una especie de manto protector que los pone a salvo de depredadores provenientes de las áreas iluminadas de los cenotes, como los propios tetras. Pero al haber desarrollado éstos el hábito de acompañar a los buzos y valerse de sus luces en la exploración de nuevos territorios de caza, aquella protección se reduce.

Entre las especies amenazadas por las incursiones oportunistas de los tetras, puede mencionarse en especial a cierto pequeño pez denominado Ogilbia pearsei a quien el biólogo Miguel Navarro bautizó como “la dama blanca ciega” debido a que carece totalmente de ojos y de pigmentos en la piel y por eso es de un peculiar color blanco iridiscente que se vuelve rosáceo al recibir directamente la luz. Este extraño pez troglobítico, fue registrado por la ciencia apenas en 1936 y no existe en ningún otro lugar del mundo más que en los cenotes de la península. Resulta especialmente vulnerable por ser muy escaso y porque carece totalmente de defensas.

Por lo demás, la dama blanca no es la única especie amenazada por las incursiones de los tetras en ese mundo de tinieblas. En los cenotes de la zona costera de Quintana Roo habitan también numerosas especies de crustáceos muy peculiares, de gran valor científico porque —según se ha descubierto en los últimos tiempos— pertenecen a un grupo especial de animales que constituyen, por así decir, el eslabón perdido entre los insectos —que son animales de seis patas— y los demás artrópodos, que están emparentados con ellos pero poseen mayor número de extremidades, desde ocho en el caso de las arañas, hasta docenas como ocurre con los ciempiés o miriápodos.

Ciertamente, el aprovechamiento turístico de los cenotes ha tenido insospechadas y peligrosas consecuencias.

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