La noticia de que el telescopio orbital Kepler ha descubierto un planeta extraterrestre, denominado 452b en el catálogo de los que ha detectado el aparato y que por sus dimensiones y ubicación respecto a la estrella a la cual orbita podría considerarse una especie de gemelo de la Tierra —y quizá contener agua, una atmósfera respirable y otras condiciones propicias para la vida tal como la conocemos— ha despertado ciertas especulaciones en el sentido de que estamos a punto de establecer contacto con una civilización extraterrestre.

Por Juan José Morales

Representación artística, bastante imaginativa por supuesto, de cómo podría ser la superficie del planeta 452b. El autor no se atrevió a incluir plantas y animales en la escena, pues si bien se supone que ahí existen agua y otras condiciones propicias para la vida, no hay ninguna certeza de que realmente la haya. Por eso resultan exageradas las afirmaciones de algunos en el sentido de que se ha descubierto un planeta habitado.

Representación artística, bastante imaginativa por supuesto, de cómo podría ser la superficie del planeta 452b. El autor no se atrevió a incluir plantas y animales en la escena, pues si bien se supone que ahí existen agua y otras condiciones propicias para la vida, no hay ninguna certeza de que realmente la haya. Por eso resultan exageradas las afirmaciones de algunos en el sentido de que se ha descubierto un planeta habitado.

Suena muy atractivo, pero resulta bastante exagerado. La realidad —aunque resulte muy decepcionante— es que ni existe certidumbre alguna de que 452b esté habitado por seres inteligentes, o al menos por plantas y animales de cualquier tipo, ni hay posibilidades de comunicarnos con otras civilizaciones en el futuro cercano.

Por principio de cuentas, aun cuando en 452b haya seres con igual o mayor grado de desarrollo tecnológico que nosotros, la única manera de comunicarnos con ellos sería a través de mensajes de radio o televisión. Como las ondas electromagnéticas viajan a la velocidad de la luz, y ese planeta se halla a 1,400 años-luz de distancia, ello implica que cualquier mensaje que les enviemos tardaría 14 siglos en ser recibido y —suponiendo que se le descifrara y respondiera de inmediato— la respuesta demoraría 2,800 años en llegarnos.
Por lo demás, estamos partiendo del supuesto de que en 452b hay seres con el mismo nivel de desarrollo científico y tecnológico que nosotros, y que usan los mismos medios de comunicación. Pero eso resulta extremadamente improbable. La Tierra tiene 4,500 millones de años de edad, y la evolución humana es cosa del último millón de años. Hace apenas poco más de un siglo —un pestañeo en términos de tiempo cósmico— no existía la radio, y por tanto era imposible enviar mensajes a otros planetas. Sería una coincidencia asombrosa, extraordinaria, que en algún lugar de la galaxia relativamente próximo a nosotros haya un grupo de seres que tengan exactamente el mismo nivel de desarrollo biológico, la misma tecnología y el mismo nivel de desarrollo científico que nosotros. De tener vecinos inteligentes, lo más probable es que se encuentren todavía bastante rezagados o ya muy avanzados, con una tecnología y una ciencia todavía desconocidas para los humanos. La comunicación con ellos, por lo tanto, resultaría prácticamente imposible.

En pocas palabras: aunque resulte frustrante reconocerlo, el hecho es que por mucho tiempo más, para la humanidad seguirá un sueño la comunicación con alguna inteligencia extraterrestre. Para fines prácticos, continuaremos solos, aislados, incomunicados en este rincón de la galaxia. Incluso si llegaran a detectarse señales procedentes de otros mundos, las inmensas distancias interestelares de cientos o miles de años-luz harán muy tardada y difícil cualquier conversación.

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Hace ya un buen número de años publiqué un artículo al que titulé “Plutón, el planeta olvidado”, por referencia al hecho de que ninguna de las misiones interplanetarias realizadas o proyectadas hasta entonces incluía a ese distante y pequeño planeta, situado en los confines del sistema solar. El olvidó ya terminó.

Por Juan José Morales

En estos momentos, la nave New Horizons (Nuevos Horizontes) de la NASA se aproxima a Plutón en la fase final de un extraordinario viaje de 4,830 millones de kilómetros y nueve años que se inició el 19 de enero de 2006 y durante el cual pasó por las cercanías de Júpiter para utilizar como fuerza aceleradora la intensa gravedad de ese planeta y aumentar así su velocidad de tal manera que se convirtió en la sonda espacial más veloz lanzada hasta la fecha.

Plutón tiene cinco satélites. El mayor es Caronte, tan grande en comparación con el planeta —más de la mitad de su diámetro— que el sistema formado por ambos se considera un planeta doble. Esta imagen es una representación artística de Plutón y Caronte vistos desde Hidra, otro de sus satélites.

Plutón tiene cinco satélites. El mayor es Caronte, tan grande en comparación con el planeta —más de la mitad de su diámetro— que el sistema formado por ambos se considera un planeta doble. Esta imagen es una representación artística de Plutón y Caronte vistos desde Hidra, otro de sus satélites.

Ya la nave ha comenzado a enviar imágenes del planeta y sus satélites. Pero en ellas se ven sólo como pequeños objetos luminosos, pues aún se encuentra muy lejos. Será hasta el 14 de julio próximo cuando lo “roce” a sólo diez mil kilómetros. Las fotos que entonces y en las semanas previas se logren serán de una nitidez y una calidad extraordinarias y podrán arrojar valiosos datos sobre ese planeta, el más pequeño del sistema solar y del que por su reducido tamaño —apenas 2,300 kilómetros de diámetro, o sea menor que la Luna y otros seis satélites de planetas— llegó a considerarse que no era un verdadero planeta sino un antiguo satélite de Neptuno que escapó de su atracción gravitacional, o alguno de los pequeños cuerpos celestes existentes más allá del sistema solar. Sin embargo, finalmente la Unión Astronómica Internacional lo catalogó como planeta enano.

Pero no hay que esperar que a partir del 15 de julio se inicie un torrente de información sobre Plutón. Habrá que esperar meses mientras los datos nos llegan prácticamente a cuentagotas. Y es que, debido a la enorme distancia que nos separa de él y a la débil potencia de los transmisores de la nave, el envío de datos se tendrá que hacer a un ritmo extremadamente lento, a tan sólo entre 600 y 1,200 bits por segundo. Si se toma en cuenta que las imágenes captadas por New Horizons ocuparán diez mil millones de bits, es fácil imaginar el tiempo que demorará la transmisión. Por otro lado, la nave no lleva sólo cámaras fotográficas sino también diversos instrumentos para enviar información acerca de la atmósfera de Plutón y otras cuestiones importantes, Además —y esto es igualmente importante—, las antenas de recepción en la Tierra no estarán dedicadas únicamente a captar esos datos, sino que también deben atender a otras sondas espaciales actualmente activas y de las cuales llega un incesante flujo de información. Dadas esas circunstancias, cada fotografía tardará doce horas en ser recibida, y la totalidad de la información recabada durante la aproximación se recibirá en un lapso de nueve meses.

El paso por la vecindad de Plutón y su gran satélite Caronte será muy rápido y breve. Después, la nave continuará alejándose para estudiar el llamado cinturón de Kuiper, una región situada más allá de las órbitas de Neptuno y el propio Plutón, que contiene una gran cantidad de pequeños cuerpos y de la cual al parecer provienen los cometas de corto período.

En fin, pronto sabremos algo más —mucho más— acerca de Plutón, el planeta olvidado. Y como detalle final, vale la pena señalar que a bordo de la nave que lo estudiará de cerca van cenizas de Clyde Tombaugh, el astrónomo que lo descubrió en 1930.

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No me extrañaría que en los próximos días, en revistas amarillistas y programas de radio y televisión sobre seres de otros mundos y platillos voladores, comience a hablarse del mensaje que seres extraterrestres nos han enviado por intermedio de la sonda espacial Rosetta, de la Agencia Espacial Europea, cuyo módulo de descenso se posó hace unos días en el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, o 67P para abreviar.

Por Juan José Morales

Representación artística del módulo de descenso Filé sobre la superficie del cometa. Una vez posado en ella, tuvo que anclarse con tornillos para hielo y un par de arpones, porque la fuerza de gravedad es tan débil que no podría mantenerse en su sitio y la fuerza centrífuga de la rotación del cometa lo lanzaría hacia el espacio.

Si empiezan las especulaciones sobre ese tema, no les haga el menor caso. El supuesto mensaje, al que también se ha dado en llamar la canción del cometa, no es más que una serie de oscilaciones del campo magnético del cometa en el plasma que lo rodea, que amplificadas diez mil veces y reproducidas con una bocina, pueden escucharse como un sonido peculiar.

Pero, supercherías aparte, el asunto merece mención especial, pues se trata de una extraordinaria hazaña científica. Como decíamos en esta columna el pasado 22 de agosto, la sonda llegó al cometa después de un complicado viaje de 6,500 millones de kilómetros que demoró diez años y durante el cual, después de lanzada, retornó tres veces a las cercanías de la Tierra y una vez a la de Marte, para ganar impulso con la fuerza de gravedad de estos planetas.

Luego, tras mantenerse unos meses alrededor del cometa, de Rosetta se desprendió un módulo de aterrizaje cuadrangular, denominado Philae en inglés —traducido, Filé—, aproximadamente del tamaño de una lavadora de ropa, que descendió a la superficie para estudiarla en detalle con sus numerosos instrumentos.

Los nombres Rosetta y Filé no son casuales. Fueron escogidos por muy buenas razones. El desciframiento de los jeroglíficos egipcios se logró gracias sobre todo a la ahora famosa piedra de Rosetta, hallada en la población egipcia de Rashid, llamada Rosette por las tropas de Napoleón, que contenía un mismo texto en jeroglíficos, escritura demótica —un tipo de escritura egipcia no jeroglífica— y griego. Y en el gran conjunto de templos de la isla de Filé, situada en el Nilo cerca de la ciudad de Aswán, se halló también un obelisco con inscripciones jeroglíficas y su traducción al griego, que ayudó a los lingüistas a descifrar la antigua escritura egipcia.

Así, la sonda Rosetta y su módulo auxiliar Filé, ya han comenzado a desentrañar los enigmas de los cometas, de los cuales es posible obtener valiosísima información acerca de la historia del sistema solar.

Los cometas —no hay que olvidarlo— son una especie de residuos de la formación del sistema solar hace unos 4 500 millones de años. Mientras una parte del material que rodeaba a esa entonces joven estrella que es el Sol se condensaba para formar los planetas del sistema solar, una parte se quedó en los distantes confines del espacio y formó los cometas. Ese material ha permanecido casi totalmente inalterado desde entonces, y su estudio equivale a remontarnos 4 500 millones de años atrás en el tiempo, examinar la materia prima con que se estaban formando los planetas y sus satélites y compararla con la del presente.

De este modo se podrá, por ejemplo, cotejar la composición química del hielo de 67P con la del agua terrestre y de este modo tener pistas sobre el origen de nuestros ríos, lagos y mares.

En fin, la misión Rosetta es sin duda uno de los grandes sucesos científicos de nuestros tiempos. Con ella se abre un nuevo capítulo en el conocimiento de nuestros orígenes y nuestro lugar en el Universo.

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Quizá los lectores quieren saber qué está haciendo en estos momentos el vehículo explorador chino Yutu (Conejo de Jade), que el 14 de diciembre comenzó a recorrer la superficie de la Luna después de un impecable descenso de la nave portadora, la Chang’e 3, en una zona conocida como Sinus Iridum (Bahía del Arcoiris) una planicie basáltica situada en la región de los llamados mares lunares.

Por Juan José Morales

Representación artística del explorador lunar Yutu y su nave nodriza, Chang’e 3 en el sitio de descenso. La Chang’e 3 pesaba más de 3.75 toneladas al ser lanzada, incluidos su carga de combustible y los 140 kilos del explorador. Este último, dotado de seis ruedas, tiene una gran movilidad y su misión durará tres meses, equivalentes a tres días lunares.

Pues bien, lo que en estos momentos hace el Conejo de Jade es… dormir. Desde las 5.23 de la mañana (hora de Pekín) del pasado 26 de diciembre, el vehículo fue puesto en hibernación y así se mantendrá durante dos semanas para pasar la larga noche lunar. Unas horas antes, cerca de la media noche del 25 de diciembre, había iniciado su sueño la nave portadora, cerca de la cual se halla el Yutu después de haber realizado un recorrido preliminar alrededor de ella.

Para evitar daños a sus numerosos instrumentos por el intenso frío de la noche lunar —cuando la temperatura desciende hasta 180 grados bajo cero— ambos aparatos cuentan con sistemas de calefacción a base de la energía térmica producida por la desintegración de una carga del isótopo radiactivo plutonio-238. En ese período de descanso, y con base en las primeras imágenes enviadas por las cámaras de las naves, los científicos chinos decidirán qué ruta seguirá en sus andanzas el Yutu.

Pero lo que por ahora nos interesa de todo este asunto, no son tanto los detalles técnicos sobre la misión, sino dos hechos a los que a menudo no se presta mucha atención: en primer lugar, que esta es la primera vez en 37 años —más de un tercio de siglo— que desciende una nave exploradora en la Luna. La última vez que tal cosa ocurrió fue en 1976, cuando lo hizo la sonda soviética Luna 24, que luego retornó a la Tierra con un cargamento de rocas lunares. En segundo término, que a pesar de todo lo que se ha dicho acerca de las oportunidades económicas que ofrece la exploración espacial, hasta ahora la participación en ella de la iniciativa privada ha sido mínima, limitada a algunos proyectos de turismo. La casi totalidad de las actividades espaciales han sido realizadas por los gobiernos, como parte de proyectos científicos no lucrativos, aunque de ellos han derivado algunas aplicaciones prácticas que fueron aprovechadas por la industria privada.

A primera vista, puede parecer inexplicable el desinterés de las grandes transnacionales por participar en el aprovechamiento de los recursos de la Luna, los asteroides y —eventualmente— los planetas. Después de todo, mucho se habla de que esos cuerpos celestes contienen valiosos materiales que podrían ser explotados. Pero la explicación es bastante simple: la exploración espacial exige enormes inversiones, y las grandes empresas sólo apuestan a lo seguro. Es decir, cuando tienen la plena certeza de obtener cuantiosos beneficios en el plazo más corto posible. Y en este caso no tienen asegurada una rentabilidad inmediata y lo bastante suculenta como para resultar atractiva.

Como señala el famoso geógrafo y economista británico David Harvey, aunque en apariencia el capitalismo es muy audaz y aventurado para emprender grandes proyectos, en la práctica es bastante débil y tímido ante aquello que no le ofrezca oportunidades plenamente seguras de obtener buenas ganancias.

Por eso ninguna empresa privada se ha lanzado a explorar y explotar los recursos de la Luna, y seguramente ninguna lo hará durante mucho tiempo, hasta que la investigación financiada por los gobiernos, con recursos públicos, les garantice jugosos dividendos.

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Si Bernard Lovell hubiera sido boxeador, cantante de rock, estrella de televisión, futbolista o actor de cine, los periódicos, revistas, noticiarios radiofónicos y programas de televisión hubieran estado llenos durante días con noticias y comentarios sobre su muerte, acaecida el pasado 6 de agosto, a menos de un mes de que cumpliera 99 años de edad. Pero como fue sólo un brillante físico y astrónomo británico, el hecho ameritó únicamente —si acaso— aisladas y escuetas noticias.

Lovell, ya de edad avanzada, en el observatorio de Jodrell Bank, que fundó y dirigió mucho tiempo. Al fondo, el gran radiotelescopio de 76 metros de diámetro, todavía en funcionamiento más de medio siglo después de haber comenzado a operar en 1957 y con el cual se han hecho grandes descubrimientos astronómicos.

A Lovell puede considerársele el padre de la radioastronomía, esa nueva técnica de observación en la cual no se utiliza —como en la astronomía tradicional— la luz que llega de los astros, sino las ondas de radio que emiten estrellas, planetas, galaxias y otros cuerpos celestes.

Si bien las ondas de radio procedentes del espacio exterior ya habían sido descubiertas por Karl Jansky a principios de la década de 1930, fue Lovell —que durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en el desarrollo de sistemas de radar para localizar submarinos y guiar los bombarderos nocturnos— quien inició el estudio sistemático de las fuentes de ondas de radio extraterrestres.

Gracias a su empeño, se construyó el primer gran radiotelescopio del mundo, el de Jodrell Bank, en Inglaterra, con una inmensa antena parabólica móvil de 76 metros de diámetro que por mucho tiempo fue la mayor del mundo. Entró en servicio en 1957, en medio de una tormenta de críticas de quienes se quejaban de que había resultado once veces más costoso de lo que originalmente se presupuestó —760 mil libras esterlinas en vez de 60 000— y afirmaban que sería un elefante blanco. Pero pronto las críticas cesaron, aunque no precisamente por su valor científico, sino porque se le consideró útil para fines militares en aquellos tiempos de la guerra fría, ya que el aparato pudo detectar el primer satélite artificial soviético, el Sputnik I, así como a su cohete portador.

Pero más allá de esas aplicaciones secundarias, el radiotelescopio de Jodrell Bank abrió una nueva ventana para la observación del Universo y comenzó a aportar un torrente de información sobre los planetas, las estrellas y las galaxias. Entre otras cosas, permitió descubrir y estudiar los cuasares o fuentes de radio cuasiestelares, esos extraños cuerpos celestes que, aunque muy compactos, emiten tanta energía como cien millones de soles. Uno de ellos, por ejemplo, es 60 mil veces más brillante que toda nuestra galaxia.

Permitió también ese instrumento descubrir los pulsares, que son igualmente fuentes de radio pero pulsantes, de los cuales se sospecha que están hechos de materia increíblemente densa, a tal grado que una esferilla de bolígrafo de ese material pesaría cien mil toneladas.

Sirvió también el radiotelescopio de Jodrell Bank para medir con extraordinaria precisión las distancias entre los cuerpos del sistema solar, lo cual fue fundamental para la exploración interplanetaria. Y así por el estilo. Con él se han logrado grandes avances científicos.

Ciertamente, mucho debe la astronomía a Bernard Lovell.

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