Ya charlatanes y revistas sensacionalistas han puesto en circulación un nuevo vaticinio sobre el fin del mundo, aunque no tan cercano como cuando se dijo que los mayas lo habían pronosticado para el 21 de diciembre de 2012. No. Ahora la fecha es muy lejana: 16 de marzo de 2880. Es decir, todavía faltan sus buenos ocho siglos y medio para que —advierten los escalofriantes vaticinios— en el cielo aparezca un llameante bólido más pequeño que el causante de la extinción de los dinosaurios pero tal vez suficientemente grande para acabar con la humanidad entera.

Por Juan José Morales

Representación artística del posible impacto de 1950 DA en el Atlántico, frente a las costas de Estados Unidos. Pero los científicos dicen que predecir semejante catástrofe para dentro de tantos siglos es exagerado, ya que ni siquiera se tiene suficiente información sobre ese asteroide. Además, ya se conocen procedimientos que podrían aplicarse dentro de unas décadas o si acaso unos 200 años, para desviar su curso. Por ejemplo, algo tan simple como recubrirlo con carbón, para hacer que absorba más luz solar que, al ejercer una constante presión sobre él, lo sacaría lentamente de su órbita.

El tal bólido lleva por nombre 1950 DA, es un asteroide de un kilómetro de diámetro que se mueve a 15 kilómetros por segundo respecto a la Tierra. Si chocara con ella lo haría a más de 60 mil kilómetros por hora, y su impacto equivaldría a la explosión simultánea de 45 mil bombas termonucleares de un megatón; en total 45 mil millones de toneladas de TNT. Según los cálculos sobre su órbita hechos por unos investigadores de la universidad norteamericana de Tennessee en Knoxville, podría —recalcamos, podría— chocar con la Tierra. Incluso han calculado dónde sería exactamente la colisión: en el Atlántico, frente a la costa nororiental de Estados Unidos. Y, desde luego, como resultado habría una poderosa onda expansiva, una gran nube de polvo y gases y un colosal maremoto. Todo ello una especie de reproducción en menor escala de lo ocurrido hace 65 millones de años y que dejó como secuela la extinción de los dinosaurios —y muchísimas otras especies de plantas y animales— y el famoso cráter de Chicxulub.

Decimos menor escala porque mientras el asteroide de Chicxulub tenía diez kilómetros de diámetro, 1950 DA mide sólo un kilómetro.

Pero aunque el asunto ya ha comenzado a ser explotado por los personajes, las publicaciones y los programas televisivos de siempre, no debe quitarle el sueño a nadie. Por principio de cuentas, como reza la expresión popular, lo que no es de tu año no es de tu daño. Es decir, se trata de algo que, si ocurre, tendrá lugar dentro de 866 años y por tanto no afectará a los actuales habitantes de este planeta ni a sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos o choznos.

En segundo lugar, no es absolutamente seguro que suceda. De hecho, las probabilidades son mínimas: apenas 0.3%.

En tercer lugar, y sobre todo, para cuando en ese lejano futuro el cuerpo celeste en cuestión se encuentre cerca de la Tierra, y si realmente hubiera riesgo de una colisión, indudablemente la ciencia y la técnica habrán avanzado lo suficiente para evitar la catástrofe. Hace sólo cien años no había cohetes interplanetarios, bombas nucleares ni otras cosas por el estilo. Nadie sabe qué recursos técnicos y científicos existirán dentro de ocho siglos y medio. Pero sin duda serán suficientes para desviar un asteroide de tales dimensiones.

1950 DA, dicho sea de paso, resulta un tanto anómalo porque gira tan velozmente sobre su eje que da una vuelta cada dos horas y seis minutos. Esto debería hacer que se desintegre por efecto de la fuerza centrífuga. Incluso, en su ecuador tiene gravedad negativa. Es decir, un astronauta que ahí se posara saldría despedido hacia el espacio si no estuviera sujeto a la superficie. El hecho de que no se fragmente pese a su rápida rotación, se debe probablemente a que tiene una gran cohesión interna que mantiene unido su material.

Es también una curiosidad astronómica porque fue descubierto el 23 de febrero de 1950 pero a los 17 días se le perdió de vista y fue imposible encontrarlo durante medio siglo. Finalmente, el 31 de diciembre de 2000, se dio nuevamente con él. Por coincidencia, exactamente 200 años antes de esa fecha, la noche del 31 de diciembre de 1800, fue cuando el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi descubrió Ceres, el primer asteroide, hoy catalogado como planeta enano.

De modo, pues, repetimos, que no hay que hacer caso a las alarmantes noticias que han comenzado a circular respecto a 1950 DA.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Casi todo mundo ha oído decir que los dinosaurios se extinguieron —junto con una gran cantidad de otras especies de plantas y animales— por el impacto de un gran asteroide, que hace 65 millones de años cayó sobre lo que ahora es el puertecillo de Chicxulub al norte de Mérida y en ese entonces era parte de un cálido y somero mar tropical.

Pero poca gente sabe que al parecer hace apenas 12 900 años ocurrió un fenómeno similar, el cual provocó lo que se conoce como La Gran Extinción del Holoceno, durante la cual desaparecieron los grandes animales que entonces merodeaban por tierras del continente americano, como el mamut, el gliptodonte, el perezoso gigante, el tigre dientes de sable, el oso gigante y otros. Así lo sugieren ciertos estudios que re-velaron indicios de la caída en territorio de Norteamérica de un cuerpo celeste cuyo impacto ocasionó incendios forestales y alteraciones del clima en una vasta región, en particular una edad de hielo que duró poco más de mil años.

Aunque el fenómeno fue de mucho menor escala que el del asteroide de Chicxulub, sus efec-tos fueron sin embargo lo bastante acentuados para provocar una extinción generalizada de fauna y la desaparición de grupos de cazadores y recolectores.

Esos materiales, originalmente fundidos y ahora solidificados tras haberse enfriado, han sido hallados en distintos puntos de Estados Unidos así como en Siria y Venezuela y en sedimentos del lago Cuitzeo en los límites de Guanajuato y Michoacán.

Representación artística de la caída del asteroide —o cometa— que, según creen algunos científicos, hace 12 900 años provocó la llamada Gran Extinción del Holoceno.

La amplia dispersión de los materiales permite suponer que hubo un gran objeto que se fragmentó al entrar en las capas altas de la atmósfera, de modo que sus distintas partes cayeron en regiones muy apartadas en una especie de granizada cósmica o descarga de perdigones. La mayor parte de los fragmentos, empero, debe haber caído sobre lo que ahora es el territorio de Estados Unidos y México y provocó grandes y generalizados incendios forestales que destruyeron la vegetación y privaron de alimento a los animales.

También, los impactos aparentemente provocaron que se rompiera una gran coraza de hielo que cubría la región. Eso permitió que fluyeran hacia el norte las frías aguas de un enorme lago de más de mil kilómetros de ancho entonces existente en la zona fronteriza entre Estados Unidos y Canadá. Las aguas corrieron hacia el Atlántico por el cauce del actual río San Lorenzo, y alteraron drásticamente las corrientes marinas, lo cual ocasionó descenso generalizado de la temperatura ambiente en una vasta región. Esa miniedad de hielo duró más de mil años y contribuyó, junto con la escasez de vegetación, a que se extinguiera la fauna y desaparecieran los grupos humanos.

La gran extinción, la desaparición de aquellos grupos de cazadores recolectores y la pequeña edad de hielo son todos hechos plenamente comprobados. Lo que es objeto de discusión entre los científicos es su causa. Pero ahora parece que, como sostienen algunos investigadores, fue consecuencia de una catástrofe cósmica.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Casi todo mundo ha oído decir que los dinosaurios se extinguieron —junto con una gran cantidad de otras especies de plantas y animales— por el impacto de un gran asteroide, que hace 65 millones de años cayó sobre lo que ahora es el puertecillo de Chicxulub al norte de Mérida y en ese entonces era parte de un cálido y somero mar tropical.

Pero poca gente sabe que al parecer hace apenas 12 900 años ocurrió un fenómeno similar, el cual provocó lo que se conoce como La Gran Extinción del Holoceno, durante la cual desaparecieron los grandes animales que entonces merodeaban por tierras del continente americano, como el mamut, el gliptodonte, el perezoso gigante, el tigre dientes de sable, el oso gigante y otros. Así lo sugieren ciertos estudios que revelaron indicios de la caída en territorio de Norteamérica de un cuerpo celeste cuyo impacto ocasionó incendios forestales y alteraciones del clima en una vasta región, en particular una edad de hielo que duró poco más de mil años.

Aunque el fenómeno fue de mucho menor escala que el del asteroide de Chicxulub, sus efectos fueron sin embargo lo bastante acentuados para provocar una extinción generalizada de fauna y la desaparición de grupos de cazadores y recolectores.

Esos materiales, originalmente fundidos y ahora solidificados tras haberse enfriado, han sido hallados en distintos puntos de Estados Unidos así como en Siria y Venezuela y en sedimentos del lago Cuitzeo en los límites de Guanajuato y Michoacán.

La amplia dispersión de los materiales permite suponer que hubo un gran objeto que se fragmentó al entrar en las capas altas de la atmósfera, de modo que sus distintas partes cayeron en regiones muy apartadas en una especie de granizada cósmica o descarga de perdigones. La mayor parte de los fragmentos, empero, debe haber caído sobre lo que ahora es el territorio de Estados Unidos y México y provocó grandes y generalizados incendios forestales que destruyeron la vegetación y privaron de alimento a los animales.

También, los impactos aparentemente provocaron que se rompiera una gran coraza de hielo que cubría la región. Eso permitió que fluyeran hacia el norte las frías aguas de un enorme lago de más de mil kilómetros de ancho entonces existente en la zona fronteriza entre Estados Unidos y Canadá. Las aguas corrieron hacia el Atlántico por el cauce del actual río San Lorenzo, y alteraron drásticamente las corrientes marinas, lo cual ocasionó descenso generalizado de la temperatura ambiente en una vasta región. Esa miniedad de hielo duró más de mil años y contribuyó, junto con la escasez de vegetación, a que se extinguiera la fauna y desaparecieran los grupos humanos.

La gran extinción, la desaparición de aquellos grupos de cazadores recolectores y la pequeña edad de hielo son todos hechos plenamente comprobados. Lo que es objeto de discusión entre los científicos es su causa. Pero ahora parece que, como sostienen algunos investigadores, fue consecuencia de una catástrofe cósmica.

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