En recientes ocasiones hemos escrito sobre los importantes hallazgos antropológicos y paleontológicos —es decir, de restos humanos y de animales prehistóricos— en los cenotes de Quintana Roo. Hoy retomaremos el asunto, aunque desde un punto de vista ligeramente diferente: los factores que orillaron a aquellos hombres y mujeres y a aquellos animales a adentrarse en los cenotes, y lo que ello trajo como consecuencia desde el punto de vista cultural.

Por Juan José Morales

Además de dominar las difíciles técnicas del buceo en cuevas inundadas —indispensables para estudiar los vestigios arqueológicos y paleontológicos ahí existentes—, Guillermo de Anda domina también el igualmente difícil arte de la divulgación científica que permite transmitir al gran público información especializada.

Recientemente, en el planetario de Cancún, el arqueólogo Guillermo de Anda, especialista en arqueología subacuática, dictó una conferencia sobre el tema en la cual llevó al público a un fascinante recorrido imaginario por los miles de años de la prehistoria y los millones de años de la evolución geológica que han quedado plasmados en esas cuevas inundadas.

Los primitivos habitantes de la península de Yucatán —explica el investigador—se vieron amenazados por el profundo cambio climático ocurrido hace unos diez mil años durante la transición entre los períodos geológicos denominados Pleistoceno y Holoceno, la época en que se extinguió la llamada megafauna del continente americano, constituida por mastodontes, gliptodontes, osos gigantes y otros descomunales animales que también habitaron la península.

El cambio climático, explica De Anda, obligó a hombres y animales a aventurarse en busca de agua en las profundidades de la tierra, ya que en la superficie del llano terreno peninsular no existen ríos ni lagos, pero en cambio a unos metros o decenas de metros más abajo existe un inmenso manto acuífero al cual nuestros ancestros tenían acceso a través de los cenotes.

En aquellas incursiones, desde luego, algunos se extraviaron o accidentaron, y murieron, y sus restos quedaron ahí, en una envoltura líquida que por sus características físicas y químicas permitió conservarlos en excelente estado, cosa que no hubiera ocurrido de estar enterrados o expuestos a la intemperie. Más adelante, hubo restos humanos que fueron depositados deliberadamente en los cenotes durante rituales funerarios y también fueron preservados por el agua.

Hoy, a más de diez mil años de distancia, a partir del estudio de esos huesos, los científicos pueden no sólo determinar a qué grupos étnicos pertenecían y cuál pudo haber sido su procedencia geográfica, sino también trazar la evolución de su cultura.

Al internarse en las oscuras profundidades de la tierra, los hombres de aquel entonces se aventuraron por un mundo totalmente desconocido, tenebroso y laberíntico, donde el peligro acechaba a cada paso y la oscuridad hacía pensar sin duda en fuerzas misteriosas, sobrenaturales, en un mundo especial perpetuamente sumido en las tinieblas, distinto al de la superficie. Así debe haber nacido el concepto del inframundo, habitado por seres divinos con los que había que establecer comunicación a través de ceremonias y rituales, y al cual irían a dar los hombres después de la muerte.

En fin, de la exploración de los cenotes, los investigadores pueden extraer no sólo amplia información sobre los cambios naturales ocurridos hace miles de años —y quizá con ese conocimiento comprender y prever mejor los cambios que ahora están ocurriendo— sino también conocer mejor las raíces y los fundamentos de la cultura maya.

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