Sé que tras la publicación de este artículo comenzaré a recibir mensajes de indignados animalistas acusándome de cómplice de criminales verdugos de indefensas criaturas. Pero, en primer lugar, creo que los aficionados a las corridas de toros también tienen derecho a que se conozca su punto de vista. Y en segundo término, no quiero volverme cómplice de los dueños de ese negocio llamado Partido Verde Ecologista, que han encontrado en la “defensa” de los animales una excelente pantalla para distraer a los mexicanos de los problemas realmente importantes, como la privatización de los energéticos o el aumento de impuestos, cuestiones ambas en las que entusiastamente los seudoecologistas apoyaron al PRI.

Por Juan José Morales

Bien mirada, la tauromaquia no es simplemente un espectáculo bárbaro, cruel y sanguinario que busca torturar a los animales como la califican sus críticos, sino que tiene indudables aspectos estéticos en la forma como el torero maneja el capote para guiar y controlar las embestidas del burel. Ciertamente, también, el espectáculo culmina —aunque no siempre— con la muerte del toro, pero a fin de cuentas los bóvidos están destinados al sacrificio para aprovechar su carne y su cuero.

Dicen los enemigos de las corridas de toros que se trata de un espectáculo bárbaro, cruel y sanguinario cuyo objetivo es hacer sufrir a un animal indefenso y en consecuencia deben prohibirse por razones humanitarias. Pero en realidad el propósito de la llamada fiesta brava no son el dolor ni el sufrimiento del animal, ni tampoco los taurófilos acuden al ruedo en calidad de salvajes sedientos de sangre y deseosos de ver padecer al toro. Asisten para admirar la elegancia, agilidad y destreza del torero para evadir las embestidas del toro y hacer con él una especie de coreografía.

Y en cuanto al sacrificio del burel, no pocos de los que piden la prohibición de las corridas para no causar la muerte de los toros, no tienen empacho en comerse un buen filete de reses sacrificadas en los rastros, y unas chuletas de puerco o unos muslos de pollo de animales que pasaron prácticamente toda su vida inmovilizados en una especie de jaula para hacerlos engordar rápidamente, sin desperdiciar energía en caminar. Los toros de lidia, en cambio, durante toda su vida pueden correr libremente por el campo.

Ciertamente, entre los enemigos de las corridas de toro hay muchos vegetarianos que rehúsan “comer cadáveres”, como ellos dicen. Pero, curiosamente, en su mayoría pregonan, dentro de su filosofía de retorno a la naturaleza, el rechazo a los productos sintéticos y en cambio prefieren, por ser natural, el calzado de cuero. De un cuero obtenido de la piel de animales sacrificados.

El toro de lidia, por lo demás, no es una inerme y apacible criatura. Se enfrenta casi de igual a igual con el torero. De hecho, es el único animal que muere luchando, el único al que durante la lidia se le da la oportunidad de defenderse; es decir embestir o cornear al torero. Es asimismo el único animal que puede salvarse del sacrificio, pues si durante la corrida muestra especial bravura y porte, es indultado y puede terminar sus días pacíficamente.

Los partidarios de la tauromaquia alegan —y no les falta razón— que así como sus oponentes tienen todo el derecho a no asistir a las corridas, los aficionados a ellas tienen también todo el derecho a presenciarlas. Prohibirlas sería atentar contra ese derecho. En todo caso —y esta es mi opinión— los animalistas deberían intentar convencer a la mayoría de la gente de no asistir a las plazas de toros. Las corridas, entonces, se extinguirían solas, por falta de público, sin necesidad de prohibirlas.

Por lo demás, me pregunto por qué los animalistas que con tanto empeño tratan de acabar con las corridas de toros no actúan de igual manera respecto al box, un deporte en el que el objetivo de cada contendiente es causar daño al otro.

Y para terminar, un detalle que muchos desconocen: la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, España, que los animalistas exhiben como prueba de que hasta los mismos españoles se han convencido de que son inhumanas, en realidad no obedeció a razones éticas sino políticas. La usaron los separatistas vascos como una forma de demostrar —al prohibir una fiesta típicamente española— que Cataluña es diferente de España y por ello debe independizarse.

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