Hace unos meses, Caterina Simonsen, joven de 25 años, estudiante de veterinaria en la universidad italiana de Bolonia, publicó en su página de Facebook las razones por las que estaba en favor del uso de animales en la investigación médica y científica. “Yo —escribió— padezco de cuatro enfermedades genéticas, y hubiera muerto a los nueve años de edad de no ser por los tratamientos y medicamentos desarrollados gracias a la experimentación con animales.”

Por Juan José Morales

Este contundente argumento viene a colación porque en los últimos tiempos ha cobrado cierta fuerza un movimiento —inspirado en el ecologismo romántico— contra el uso de animales de laboratorio. Se alega que esta práctica es inhumana y cruel, que se somete a los animales a sufrimientos innecesarios, y que debe ser prohibida. Incluso, grupos radicales exhiben a los científicos como una especie de sádicos asesinos que se deleitan torturando y matando inofensivas criaturas, y han llegado al extremo de publicar sus nombres, fotos, teléfonos y direcciones, exponiéndolos así a ser víctimas de atentados por parte de individuos desquiciados, como los vándalos que recientemente asaltaron un laboratorio de la universidad de Milán en Italia, abrieron las jaulas para soltar a los animales que ahí había, destrozaron instrumental y equipo y causaron graves daños a las instalaciones.

Personas que no tienen empacho en poner veneno para ratas en su casa, aplastarle la cabeza a un ratón con una ratonera, o comer la carne de un pollo o una vaca criados con el solo objeto de matarlos y descuartizarlos, ponen el grito en el cielo y califican de sadismo el uso de unos pocos animales en experimentos que salvarán —como ya se han salvado— millones de vidas humanas.

La realidad, sin embargo, es que la experimentación con animales —principalmente cobayos y ratones— es necesaria y podría decirse indispensable para el avance de la ciencia y la medicina. Tan es así que de 1901 a la fecha, prácticamente todos los laureados con el Nobel de Medicina han usado en sus trabajos datos obtenidos de la experimentación con animales.

Pruebas de este tipo han servido para desarrollar las vacunas contra el tétanos, la viruela, la poliomielitis, la tuberculosis, la meningitis, el virus del papiloma humano y muchas otras, que salvaron cientos de millones de vidas. Fue también experimentando con animales como Pasteur comprobó su teoría sobre el origen microbiano de las enfermedades, que vino a revolucionar la medicina.

Gracias a la experimentación con animales se pudo probar la eficacia de la penicilina y de los numerosos antibióticos que le siguieron, y fue posible asimismo desarrollar los tratamientos a base de insulina que permiten a millones de diabéticos mantener una adecuada calidad de vida. En animales se han probado y perfeccionado diversas pruebas de diagnóstico como la resonancia magnética, trasplantes de órganos, transfusiones de sangre, inhaladores para los asmáticos —que incluso le salvan la vida a miles de enfermos— y técnicas quirúrgicas como la implantación de prótesis de cadera. El sida, que en los inicios de la pandemia equivalía casi a una sentencia de muerte, ha podido ser controlado con medicamentos probados en animales, y la esperanza de vida de incontables enfermos de cáncer ha aumentado considerablemente por la misma razón.

Todavía podemos agregar algo que mucha gente ignora: que la obligación de probar los nuevos medicamentos en animales antes de que se pudiera autorizar su venta al público, se estableció para proteger al ser humano. Y eso fue apenas en la década de los 30 del siglo pasado, con motivo de una grave intoxicación masiva con sulfanilamida que mató a más de 100 personas en Estados Unidos. Anteriormente, las regulaciones eran muy laxas y prácticamente sólo se podía prohibir un medicamento después de que ocurrían hechos como el mencionado. Luego, en la década de los 60 hubo que reforzar la legislación para hacer obligatorias las pruebas con animales preñados para evitar tragedias como la de la talidomida, un sedante que provocó el nacimiento de miles de niños sin brazos ni piernas o con los miembros insuficientemente desarrollados, porque sus madres tomaron ese fármaco durante el embarazo.

No hay que dejarse llevar por impulsos compasivos y sentimentales mal entendidos. La experimentación con animales es indispensable e inevitable. Prácticamente todos los avances de la medicina durante el siglo XX y lo que va del XXI, se han basado en el uso de animales de laboratorio.

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