Entre las características que buscábamos en los músicos a los que se les admiraba, además de sus canciones, era su actitud: su postura contra la guerra: los Beatles, los Byrds, Bob Dylan, Joan Baez, Country Joe; contra lo convencional (Elvis, The Who, Joni Mitchell, Rolling Stones, The Mamas & the Papas, Joe Cocker), contra los amores convencionales (Roy Orbison, The Kinks, Marianne Faithfull); en fin.
Los números más recientes de las revistas musicales anuncian ediciones conmemorativas de discos tenidos como magistrales: un cuádruple de Van Morrison y su Moondance, que sólo trae muchísimas versiones alternas, demos y tomas extra o sin mezclas de las mismas canciones; un álbum de seis discos de Beach Boys que comprenden más de 170 canciones, cuando las últimas 120 son variaciones de lo mismo; oootra edición conmemorativa de Quadrophenia, con agregados inútiles a las que ya habían aparecido; un álbum, al parecer más que aceptable (no me he atrevido a comprarlo) de uno de los menos buenos discos de Bob Dylan; una edición conmemorativa de los 13 discos más dos extra en DVD de Paul Simon como solista, más un libro con fotografías y memorabilia; una edición nueva de los Tracks de Bruce Springsteen, igual a la que apareció hace algunos años sólo que con un nuevo libro casi igualito al de entonces; está por salir un segundo álbum de las apariciones de los Beatles en una estación radiofónica, seguramente doble, sindudamente con versiones en vivo de las canciones conocidas; hay cuatro ediciones de Some Girls, de Rolling Stones, cada una diferente por dos o tres canciones de más o de menos. También apareció una versión más de los discos pirata de Dylan, legitimizados.

En una versión de una de sus canciones más bellas, “The Boxer”, que cantaba en vivo, y que cantó también en vivo con Garfunkel, Paul Simon dice que “a lo largo de los años y luego de muchos y muchos cambios, seguimos siendo más o menos los mismos”. La actitud tan comercial, en busca de un mercado que han perdido frente a cantantes sindudamente menos buenos que ellos, ha violado una ética que nosotros creíamos que tenían, porque ellos lo proclamaron.

En El Financiero, hicimos una serie de reportajes que titulamos “Las manitas arriba”; entrevistamos a muchos deportistas, en especial futbolistas, que suelen cometer faltas y aunque todo el espectador lo ve, en vivo o por transmisiones televisivas, pretenden hacer creer que no las cometieron: “yo no fui”, y las manitas arriba como para engañar al árbitro y a sus compañeros y a sus contrincantes; la mayoría confesó que era una práctica muy difundida, y que ellos también lo hacían; reconocieron que fingían haber sufrido una falta para no hacer evidente que los habían superado en una jugada, que simulaban no haber fauleado a un contrincante; en suma, que eran unos farsantes. Por algunas cuantas semanas sucedió algo alentador: si cometían una falta, lo reconocían y dejaban de levantar las manitas como diciendo “yo no fui”.

Por aquel entonces, Náncy González y Refugio Melchor entrevistaron a un buen número de jugadores y se recordó el reproche que hicieron en 1962 los locutores que trasmitieron el partido entre las selecciones mexicana y española en aquel torneo en Chile que se pretendía mundial: ¿por qué Raúl Cárdenas no había cometido una falta contra Gento, por qué no lo había hecho trastabillar, para evitar el gol con que en el último momento los jugadores españoles vencieron a los jugadores mexicanos? Y el resto de su carrera, unos cuantos juegos pues se retiró pronto, o como entrenador, se le reprochó haber sido limpio, honrado, no haber cometido una trampa para que su equipo ganara.

El juego entre Cincinnati y Miami en el futbol americano del jueves 30 de octubre, a punto de que terminara el cuarto tiempo, el mariscal de Miami lanzó un pase larguísimo, que parecía que atraparía su receptor, que ya había vencido al defensivo por tres o cuatro yardas; de completarlo, difícilmente no conseguiría la anotación del triunfo; el defensivo, como último recurso, lo tropezó; los árbitros marcaron la falta, pero el defensivo logró su objetivo; evitó la anotación; los partidarios de su equipo, y sus compañeros, lo felicitaron (minutos después Miami consiguió que Cincinnati cometiera una autoanotación: a veces hay justicia poética), sin darse cuenta que felicitaban a un malhechor, un tramposo, un transgresor de las reglas que pretenden una equidad entre los equipos, y un juego limpio. (Y no sólo en el deporte, el arte, la política, hay delincuencia.)

La vida es cruel, dice Nahúm, en la música y en el deporte; desde luego, en todos los demás aspectos: no siempre somos quién decimos que somos.

Nada tiene que ver, pero hay mejores locutores en el deporte actual que antes; no es que intente romper la leyenda de Pedro Septién, González Escopeta, Daniel Cadena Zeta, Ángel Fernández, Víctor Serrato, pero Eduardo Varela, Ernesto Juárez, Carolina Guillén, que sabe mucho de tenis y de futbol americano, John Sutclife, saben harto de deportes y son imparciales, divertidos, informados, y a veces más entretenidos que los mismos deportistas. Ya sólo tienen que aprender a hablar (“primer derrota”, suelen decir, y a veces se contagian del pornográfico “perdió el invicto” en vez de “perdió lo invicto”). Hay que agregar a Georgina González, divertidísima. ¿Algún día habrá alguien equiparable en la narración del futbol?

Entre los escritores que participaron en la primera serie de Los Narradores ante el Público, he tratado algunas veces a José de la Colina; lo abordé luego de una mesa redonda, le pedí una entrevista, y cuando llegué a su casa olvidé todas las preguntas que me hubiera gustado hacerle. En alguna de mis visitas a García Ponce, Juan me invitó a que leyera en voz alta algo de lo que había escrito, y que le dejara lo que llevaba de mi primera novela; de ésta, dijo que había demasiados neologismos y descuidaba la aparición de algunos personajes, pero no la descalificó; del cuento que leí, me dijo: “es muy pepecolinesco”; nunca pude escribir de otra manera; los pocos cuentos que publiqué, otros que deseché, y Una ola que se estrella contra las rocas, parecerían suyas si estuvieran mejor escritas; desde que leí “La lucha con la pantera” caí bajo su influencia, me pareció, y me sigue pareciendo, el mejor cuento que había leído; luego de muchas relecturas revaloré otros relatos, como “Dancing in the Park”, “Ven, caballo gris”, “La tumba india”; a veces sueño con “La lucha con la pantera”. Admiraba sus notas sobre cine, y las sigo añorando; con frecuencia releo algunas, como la que dedicó a El Dorado, como ejemplo de la pasión cinematográfica. Con frecuencia, aunque no con la debería, visito su blog, y suelo estar de acuerdo con sus puntos de vista, aprendo –aún puedo aprender— de su inmensa, variada y divertida cultura, comparto su gusto por algunas actrices.

Lo traté un poco cuando, como editor de las ediciones de la Universidad Veracruzana, me tocó publicar La tumba india, una fusión de dos de sus tres primeros libros de relatos; con casi todos los autores fui bronco, a veces tosco, al señalar detalles que, de tener su aprobación para corregirlos, mejorarían sus libros, según yo; ante él estuve cohibido, apenas le señalé alguna mosca, y admití los cambios que quiso hacerle; la solapa del tomo (me encargué esos cuatro años de esa labor, además de corregir las pruebas), fue la que más me gustó, y a él le satisfizo tanto que creyó que la había escrito Sergio Galindo. Me invitó a colaborar en el suplemento El Semanario, de Novedades que dirigía; lo hice varias semanas, hasta que una nota impertinente contra un libro de José Luis González provocó la molestia de éste (al releer el libro sigo estando de acuerdo con lo que dije, pero debería haberlo hecho en otro tono). Con frecuencia me regaña por algún dato equivocado en este blog, por alguna errata, por alguna falta de ortografía de la que todavía me ruborizo; sólo he tenido desencuentros con él, que pese a todo es amable; compartimos algunas tardes en Xalapa; Ana Mónica Galindo pidió que le sugiriera unas mesas redondas, y una fue “Los clásicos, desde jóvenes”; la aceptó y me pidió que participara como moderador; por desgracia no todos llegaron, y sólo estuve con De la Colina y con Emilio Carballido; aproveché para hacer patente mi admiración por ellos.

Compartimos también el auto que nos trasladó del hotel a la sede de la Feria del Libro, y le hice una trampa: cuando quedó sentado en medio de su esposa, y de Lourdes, dijo una cita obligada: “nunca fuera caballero de damas tan bien servido”, a lo que le dije que eso decía Pedro Armendáriz en El charro y la dama. “Es del Quijote”, me reclamó. Ya después le escribí para aclararle que sí, pero que Cervantes lo tomó de Sir Lancerote, y que eso no quitaba que también lo dijera Armendáriz. Sus reclamos son deliciosos y divertidos.

A Carlos Monsiváis lo conocí en Tlatelolco, en octubre de 1967; cuando vio que lo reconocí, se detuvo y platicó unos momentos conmigo, aunque Fernando Benítez lo presionaba: iban retrasados, obviamente, a casa de La China Mendoza; me dio su teléfono y después quedamos de platicar en algún café de la Zona Rosa, cita a la que no llegó. Fui afortunado: llegó, aunque sólo la mitad de las veces en que quedamos de platicar. Me distinguió con un trato amable; cuando su polémica con Octavio Paz me llamaba todos los lunes para preguntarme qué me habían parecido sus respuestas a Paz, o qué pensaba de lo que se contestaban. Tengo la mayor parte de sus libros con unas dedicatorias que su exotismo, o sus elogios, me obligan a presumirlos. Aunque era adolescente, ya lo leía, y le debo muchas lecturas, una visión social de la literatura, y el gusto compartido por el cine (con otros muchos), pero también por la televisión. Me pedía que lo esperara a que terminaran sus labores en La Cultura en México para después platicar. Me llamaba para comentar mis notas, a veces para regañarme, otras para decir que le habían gustado. Al final de las muchas conferencias que daba, nos llamaba a Paco Alvarado y a mí “jóvenes inquietos”; otro día, que coincidimos con Carlos Fuentes en Siempre!, y lo entrevistó Margarita García Flores (después, muy amiga mía); en la entrada de la nota se describe el ambiente del suplemento, y se menciona a los miembros más jóvenes de la Mafia, Paco Alvarado y yo. Según Margarita, fue agregado de Carlos; ella no la había advertido.
Pero también le debo muchos prejuicios que me ha costado deshacer: por su responsabilidad me tardé en leer, y apreciar, a Nervo; aunque compartí el prejuicio con mi generación, y con casi todas las generaciones entre la muerte de Nervo y ahora; leo hoy a un Nervo diferente, no cierro piadosos los ojos, y encuentro a un poeta audaz, atrevido, lleno de búsquedas, fino, inteligente, no el cursi que Monsiváis no inventó, pero al que descalificó desde aquel famoso “Inagadadavida, nada me debes, Inagadadavida, estamos en Paz”, hasta Yo te bendigo, vida, la biografía en que no aparece el poeta sino el personaje, y mal abordado, visto con lejanía y prejuicios, y hasta con resquemor.

También me tardé en apreciar a Jaime Torres Bodet, al que creí aburrido, y no al poeta perfecto que no busca emocionar ni conmover, sólo describir su vida, sus sentimientos, una visión del mundo bastante atribulada; me había perdido a un magnífico narrador que hizo propuestas a la literatura que ni su generación ni las posteriores, excepto unos cuantos, supieron apreciar; nuevos lectores han encontrado esa magnificencia, han visto esas virtudes, ese ingenio al describir personajes inéditos en nuestras letras, una manera irónica, burlona, crítica, de mostrar la sociedad, crítica que sigue siendo actual; por creerle a Carlos, me había perdido a un hombre que, en sus memorias, presagiaba el mundo casi tal cual ahora padecemos, y a un ensayista que descubrió cualidades en escritores y pensadores que nadie había visto.

Una disidencia por uno de los libros de Carlos me costó caro: dije, y sigo creyendo, que La estatua de sal no es el mejor libro de Novo; no es superior, ni siquiera equiparable a su excelente poesía, a las crónicas, los ensayos de Salvador Novo, como afirmó Monsiváis que eran. A partir de allí curiosamente mi nombre desapareció de ciertas publicaciones, fue vetado en otros lados, y dejé de recibir los libros de Carlos, o me llegaban sin dedicatorias. Un sábado me lo topé en una librería de Donceles; me saludó, me pidió que recorriéramos las librerías que no había visto ese día (los empleados corrían a tomar cualquier libro suyo para que se los firmara; antes, en un Vips, en un Wings, me pedía que nos sentáramos junto a las ventanas: “No, Carlos, tú quieres que te reconozcan”; de cualquier modo, lo asediaban en cafés, bares, calles, salas de conciertos. Pocas veces un escritor ha sido tan perseguido por forofos, la mayoría sin haberlo leído); platicamos sin rispidez, pero ya sin la calidez amistosa que me ofreció desde 1968 hasta casi 2000. María José nació, como él, un 4 de mayo; “tocaya”, siempre le dijo (“Niña, pobrecita”, dijo la mamá de Carlos cuando se enteró de su nacimiento) y fue de las muy pocas mujeres a las que saludó de beso, misógino como fue sin desmentirlo. Sus libros, muy frecuentes, volvieron a llegarme, pocos con dedicatoria. Me incluyó entre los mencionables en su antología de cuentos, e iba a incluirme en su antología de la crítica en México, proyecto que, como muchísimos otros, dejó trunco.

El último del volumen es José Emilio Pacheco. Han sido tantas sus atenciones, su amistad extendida por toda su familia hacia la mía; el mucho tiempo que me ha dedicado aunque siempre lo interrumpo cuando tiene tanto trabajo; me ha dado tanto en sus libros, me ha enseñado tanto del país, de la sociedad a la que pertenecemos; me ha descubierto tantas cosas de la historia, del presente, de la literatura, de la música, de mí mismo, que debería escribir decenas de páginas; desde que lo conocí, a principios de 1969 cuando su vecino y maestro mío Víctor Manuel Ruiz Carmona me lo presentó en su casa, no ha sido más que generosidad lo que he encontrado en su trato, en su amistad. Me hizo sentir importante un día que me llamó para decirme que seguramente por una nota mía sobre la poesía de Manuel Maples Arce, la había encontrado floja, mala. Sólo puedo decir, sin violar su vida privada, que durante los once meses en que María José estuvo en tratamiento médico, no dejó de llamar para enterarse cómo iba ese tratamiento; cuando por fin la dieron de alta, antes que a las familias, le avisamos primero a Sergio Galindo y a José Emilio de los resultados, y algún día Diego va a editar algo suyo. Cualquier otra cosa que diga sale sobrando, sólo que me enorgullezco de su amistad, su humor, sus atenciones. Además, de sus libros.