En lo que se considera el más importante hallazgo zoológico de los últimos 20 años, un grupo de biólogos brasileños encabezados por el Dr. Mario Cozzuol acaba de identificar en la región del Amazonas una nueva especie de tapir, a la que bautizaron Tapirus kabomani y que viene a sumarse a las otras cuatro ya conocidas de este gran mamífero.

Por Juan José Morales

En realidad, según se señala en el informe sobre el hallazgo en la publicación científica internacional Journal of Mammalogy (Revista de Mastozoología), desde hace tiempo los mastozoólogos, los biólogos especializados en el estudio de los mamíferos, sospechaban su existencia y la especie era conocida por los indígenas de la tribu karitiana, habitantes de la zona fronteriza entre Brasil y Colombia, quienes sabían distinguirlo perfectamente del tapir brasileño o sudamericano Tapirus terrestres. En la lengua paumari que se habla en la región lo denominan arabo kabomani, que significa “pequeño tapir negro”. Por tal motivo se le llamó Tapirus kabomani.

Este es el Tapirus kabomani. Habita zonas donde se entremezclan praderas y selvas. Por su tamaño y peso resulta el menor de las cinco especies del mismo género que existen en el mundo y ello hará quizá que se le conozca popularmente como tapir enano o pigmeo, aunque con casi un metro de alzada y 110 kilos no es precisamente una pequeña criatura. Un indicio de su parentesco con el caballo es la corta crin que puede apreciarse sobre la cabeza.

Este tapir es el más pequeño de los cinco que existen en el mundo. Mide 1.3 metros de largo, 90 centímetros de alto y en promedio pesa 110 kilos. Salvo por sus dimensiones, externamente es muy parecido al tapir amazónico, que alcanza hasta 2.5 metros de longitud y 300 kilos, con lo cual resulta el mayor mamífero terrestre de Sudamérica. Por eso al kabomani se le tomaba por un ejemplar juvenil del tapir amazónico. Incluso, en 2008, cuando el biólogo brasileño de origen holandés Marc G. M. Van Roosmalen intentó que se le reconociera como nueva especie, a la que llamó Tapirus pygmaeus, su informe fue rechazado con dicho argumento. Finalmente, empero, mediante el examen de muestras de ADN y de esqueletos que se conservan en diversas colecciones biológicas, el equipo encabezado por Cozzuol pudo establecer que en efecto es una especie diferente.

A juicio de los investigadores, es probable que este tapir no sólo exista en la zona donde se le descubrió, sino en otras áreas de la región amazónica, e incluso tan al norte como la región de las Guayanas.

Como decíamos, hay en todo el mundo otras cuatro, todas ellas del género Tapirus, de las cuales tres habitan en América y una en Asia. En México y Centroamérica, hasta el norte de Sudamérica, tenemos al T. bairdii, que en diferentes lugares se conoce como danta o anteburro y en maya se denomina tzimin, nombre que fue aplicado a los caballos traídos por los españoles. En una pequeña región de los Andes, en Sudamérica, existe el tapir andino o de montaña T. panchique, llamado sacha huagra en idioma quechua. El de más amplia distribución, en una vasta región de Sudamérica, es el amazónico, T. terrestris. En Asia habita el T. indicus o tapir malayo, que se distingue por el pelaje blanco en la mitad posterior del cuerpo.

Los tapires, que pertenecen al mismo grupo zoológico que el rinoceronte y el caballo, se originaron hace 50 millones de años en el continente americano, y de aquí se extendieron a Asia e incluso a Europa, donde ya no existen. Se les considera fósiles vivientes porque casi no han cambiado desde entonces. Todos tienen el mismo aspecto general, con cuerpo masivo y una característica proboscis o trompa flexible. Los investigadores estiman que esta nueva especie desciende del tapir amazónico, del cual se separó evolutivamente hace unos 300 mil años. Por su color oscuro y la mancha blanca-grisácea que las hembras presentan en la zona del cuello y las mandíbulas, tiene cierto parecido con nuestro tzimin.

Una de las lecciones que deben sacarse de este hallazgo científico —comentó el Dr. Flávio Rodrigues, de la Universidad brasileña de Matto Grosso y uno de los autores del descubrimiento— es el valor de los conocimientos de las poblaciones nativas sobre su medio ambiente, conocimientos que deben ser respetados, tomados en cuenta y consultados por los investigadores.

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