Los desastres que causarán el calentamiento global y el cambio climático probablemente ya están a la vuelta de la esquina y podríamos comenzar a sufrirlos tal vez dentro de sólo 50 años, o a más tardar a principios del siglo XXII.

Juan José Morales

Así lo advierte un artículo publicado en la revista científica Atmospheric Chemistry and Physics, de la Unión Europea de Geociencias. El estudio es obra de 18 renombrados investigadores encabezados por James Hansen, a quien se considera el mejor climatólogo norteamericano —y posiblemente del mundo—, que hace casi tres décadas, en 1988, compareció ante el Congreso en Washington para presentar pruebas de que había un 99% de certeza de que el calentamiento global es resultado de las actividades humanas, cosa ahora generalmente aceptada pero que en aquel entonces aún era objeto de discusión.

No entraremos en detalle sobre lo señalado en el artículo, que por título lleva Ice Melt, Sea Level Rise and Superstorms (Fusión de los hielos, ascenso del nivel del mar y Supertormentas). Es demasiado extenso, así que nos limitaremos a sus conclusiones básicas.

Estas son las grandes corrientes oceánicas. Las flechas azules indican corrientes frías y las rojas, cálidas. Este gran sistema transportador de agua y calor se mantiene en movimiento gracias a las diferencias de salinidad y temperatura del agua. Cuando esos factores se alteran, como está ocurriendo por el calentamiento global, puede desquiciarse por entero.

Estas son las grandes corrientes oceánicas. Las flechas azules indican corrientes frías y las rojas, cálidas. Este gran sistema transportador de agua y calor se mantiene en movimiento gracias a las diferencias de salinidad y temperatura del agua. Cuando esos factores se alteran, como está ocurriendo por el calentamiento global, puede desquiciarse por entero.

La más dramática es que, si no se reducen sustancialmente las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, el nivel del mar ascenderá varios metros debido a la fusión de los hielos de Groenlandia y del Antártico. Debido a esa elevación, se inundarán —y por tanto dejarán de ser habitables— todas las ciudades costeras, que incluyen a la mayoría de las metrópolis del mundo. Lo que esto significa en materia de inmensas masas de refugiados, caos de la economía mundial y convulsiones sociales rebasa la imaginación más desbordada.

La otra gran consecuencia de la fusión de los hielos polares, dice el artículo de Jansen y sus colaboradores, es el desquiciamiento de la circulación oceánica —con las consiguientes alteraciones del clima— y un incremento en el número de tormentas de extraordinaria violencia. De ahí el término “supertormentas” usado en el título del trabajo.

Para entender mejor esto, hay que recordar que el agua cálida de los trópicos normalmente es transportada por las corrientes oceánicas hasta las altas latitudes. Ahí, al enfriarse y hacerse más pesada, se hunde y se inicia una circulación de retorno hacia el ecuador en las profundidades.

Pero los hielos polares —tanto de Groenlandia como del Antártico— son de agua dulce (al congelarse el agua marina pierde sus sales). Esa agua dulce es más ligera que la salada y por tanto se mantiene sobre la superficie del océano. La fusión de los hielos, entonces, puede desquiciar severamente las corrientes oceánicas. Y, dicen Jansen y sus colaboradores, una consecuencia de ello sería el desarrollo de supertormentas extraordinariamente devastadoras.

Algo semejante, subrayan, ocurrió hace 118 mil años, cuando según los registros fósiles, la temperatura media de la Tierra era un grado mayor que la actual debido a que la inclinación de su eje de rotación era ligeramente menor. Las tormentas de ese entonces fueron de tal magnitud, dice el artículo, que lanzaron sobre una playa de las islas Bahamas rocas de mil toneladas.

Aquí conviene señalar que para la publicación de este trabajo, sus autores no eligieron el método convencional conocido como de revisión por pares. Es decir, someterlo a revisión y dictamen por parte de especialistas en la materia antes de que se acepte su publicación. Esto puede tomar varios meses. Pero en tiempos recientes algunas revistas han instaurado otro procedimiento: el artículo se publica en línea y así se somete a revisión, comentarios, críticas y refutaciones de los expertos. Hansen y sus colaboradores eligieron este último método porque, dicen, querían llamar la atención pública sobre un asunto que requiere atención inmediata y urgente. Por eso han sido criticados. Pero las críticas se enfocan más al método de difusión que al contenido del trabajo.

Esto último es a fin de cuentas lo que importa: ¿exageran Jansen y demás autores del artículo, o estamos realmente llegando al punto de no retorno y a una catástrofe mundial?

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Ante la devastación de que ha sido objeto gran parte del manglar en el Malecón Tajamar de Cancún y los esfuerzos de la ciudadanía por detener el proyecto, Fonatur insiste en que el desmonte ahí realizado es un hecho consumado de imposible reparación y por tanto irreversible, y al no poder restablecerse ese tipo de vegetación, habrá que darlo por perdido.

Juan José Morales

En realidad, es perfectamente posible restaurar el manglar, aún en las desastrosas condiciones en que lo dejó la maquinaria pesada. En varios lugares del mundo han podido hacerlo, aunque la destrucción era peor y había transcurrido mucho más tiempo entre el evento que la causó —fuera humano o natural— y el momento en que se emprendió la restauración.

Vietnam es un buen ejemplo. Como se recordará, durante la guerra en ese país la fuerza aérea norteamericana arrasó decenas de miles de hectáreas de manglar con las terribles bombas incendiarias de napalm y mediante la aplicación del Agente Naranja, un poderoso defoliante químico —por cierto, inventado por Monsanto— que no sólo mataba la vegetación sino que provocó cáncer y malformaciones genéticas a una gran cantidad de personas. Actualmente, pese a la catastrófica situación en que se hallaban al terminar el conflicto en 1975, esos manglares se han restablecido en gran medida, tanto por regeneración natural como por el esfuerzo de los vietnamitas, que emprendieron difíciles trabajos de reforestación.

RestauracionManglar

Estas dos fotos, tomadas con seis años de diferencia en el mismo lugar, muestran el buen éxito de los trabajos de restauración emprendidos por la Conanp en los manglares destruidos en 2005 por el huracán Wilma en el Sistema Lagunar Nichupté. Al iniciarse el proyecto, y aunque para entonces habían transcurrido más de cuatro años después del fenómeno, los árboles seguían secos, reducidos a troncos muertos y sin una sola hoja (Izq.). Por ello se consideraba imposible la recuperación del ecosistema. Pero el resultado de los trabajos, encabezados por la bióloga Patricia Santos, puede verse a la derecha. Lo mismo se logró en el resto de las 60 hectáreas que abarcó el proyecto.

En Indonesia, después del histórico maremoto del 26 de diciembre de 2004, se han realizado también exitosas labores de repoblación de los manglares que habían sido destruidos antes del fenómeno, pues se vio que en las zonas donde todavía se conservaban saludables y el diámetro de los árboles era mayor, el número de víctimas resultó menor, lo cual fue una prueba contundente de que esas masas de árboles brindan una gran protección contra el oleaje de tormentas, huracanes y tsunamis.

Por la misma razón, en Filipinas, a raíz del catastrófico tifón Haiyan de noviembre de 2013, que dejó más de 6 300 muertos, el gobierno inició un vasto programa de reforestación con árboles de mangle para formar una barrera viviente que resguarde las costas más expuestas al oleaje de tempestad.

Aquí cabe subrayar que en esos y otros casos —como los de la Florida en Estados Unidos— las superficies restauradas fueron incomparablemente mayores que Tajamar, que mide sólo unas decenas de hectáreas y por sus reducidas dimensiones y fácil acceso resulta mucho más fácil de intervenir con garantía de éxito.

Por lo demás, no hay que mirar hasta el otro lado del mundo para comprobar que sí es posible restaurar manglares devastados. Tenemos otro ejemplo notable en Celestún, en el noroeste de Yucatán, donde se logró restablecer los mangares impactados por la interrupción del flujo hidrológico provocado por la construcción de la carretera hacia esa población. Esos manglares, dicho sea de paso, son un gran atractivo turístico por su frondosidad, belleza y nutridas poblaciones de garzas, flamencos, ibis y otras aves.

Y a un tiro de piedra del Malecón Tajamar, tenemos otro magnífico ejemplo en los excelentes trabajos que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, la Conanp, realizó para restaurar los manglares del sistema lagunar Nichupté destruidos por el huracán Wilma en 2005.

El meteoro dañó de tal manera los manglares en aquel lugar, que gran parte de ellos murieron y en los siguientes tres años su recuperación fue tan lenta que algunos expertos los consideraron perdidos para siempre, y los más optimistas estimaban que tardarían al menos un cuarto de siglo en recobrar su verdor y frondosidad.

Pero en 2008, tras la creación del Área de Protección de Flora y Fauna Manglares de Nichupté, que abarcaba el manglar destruido, la Conanp emprendió un trabajo que parecía imposible: intentar la resurrección del manglar muerto.

La ciclópea tarea se encargó a la bióloga Patricia Santos, experta en la materia, que durante un curso de especialización en Japón había conocido las técnicas de restauración de mangle usadas en Asia. Y en seis años se logró reforestar exitosamente más de 60 hectáreas con más de 360 mil plantas de mangle, que a la fecha tienen un promedio de sobrevivencia de 87%. Además, se restablecieron los flujos de agua obstruidos, se eliminaron las plagas de especies exóticas invasoras y aquel manglar muerto hoy parece no haber sido nunca afectado, salvo por los troncos de los árboles de mayor porte que aún están de pie como evidencia de la gran resistencia mecánica de este ecosistema ante el embate de los fenómenos que vienen del mar.

En pocas palabras: sí se puede —pues ya se demostró que sí se pudo— resucitar manglares.

Ahora bien, habrá quienes se pregunten si vale la pena hacerlo. Pronto comentaremos cuál sería el costo y quién lo pagaría. Por ahora, basta recalcar que, contra lo que afirma Fonatur para tratar de seguir adelante con el proyecto de urbanización, el manglar de Tajamar está muy lejos de haberse perdido para siempre.

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Temporalmente, la Semarnat suspendió la devastación de manglares en el malecón Tajamar en Cancún. Para entonces la maquinaria pesada que se utilizó ya había arrasado casi totalmente la vegetación y causado la muerte a una cantidad incalculable de animales, lo mismo cocodrilos que otros reptiles y mamíferos, y polluelos de aves acuáticas que aún no salían del nido, amén de haber dejado sin abrigo ni alimento a miles de otros animales que se vieron forzados a escapar.

Por Juan José Morales

Panorama de la devastación en el Malecón Tajamar. Ahí donde había vegetación de manglar y una buena cantidad de animales, no queda ahora más que un lodazal carente de vida. Las máquinas, paradójicamente y casi como burla, sólo dejaron en pie una casuarina o pino de mar, una especie vegetal invasora que se trata de eliminar en la zona costera de Quintana Roo por los daños que ocasiona a la flora y la fauna nativa.

Panorama de la devastación en el Malecón Tajamar. Ahí donde había vegetación de manglar y una buena cantidad de animales, no queda ahora más que un lodazal carente de vida. Las máquinas, paradójicamente y casi como burla, sólo dejaron en pie una casuarina o pino de mar, una especie vegetal invasora que se trata de eliminar en la zona costera de Quintana Roo por los daños que ocasiona a la flora y la fauna nativa.

Pero —y esto es importante subrayarlo— la Semarnat sólo intervino porque miles de habitantes de Cancún se movilizaron, realizaron actos de protesta, demandaron que cesara la destrucción, e incluso se plantaron ante las máquinas para evitar que continuaran su labor. Hasta ese momento, la dependencia gubernamental no había movido un dedo para evitar aquello. Y eso a pesar de que, como reconocieron las propias autoridades posteriormente, los compradores de esos terrenos no habían cumplido las condicionantes que se les impusieron en cuanto a rescate de flora y fauna y otros aspectos, ni habían tampoco presentado ciertos estudios y otros documentos previstos por la ley.

En pocas palabras: aunque había una clara y flagrante violación a leyes y reglamentos, la autoridad —específicamente la autoridad encargada de cumplir las disposiciones en materia ambiental— se mantenía indiferente y era omisa o cómplice de la devastación y la ilegalidad. Se vio forzada a intervenir debido a la presión ciudadana. De no ser por ella, la destrucción habría seguido adelante.

También hay que recalcar —porque es igualmente importante— que la suspensión es sólo temporal. La Semarnat ya ha anticipado que se impondrá una multa a los desarrolladores y se les exigirá realizar ciertas obras para “compensar” los daños ocasionados al manglar. Deja así la puerta abierta para que, tras el pago de cierta cantidad de dinero —que por elevada que sea representará sólo una fracción insignificante de las ganancias que dejará ese negocio inmobiliario— y la plantación de unos cuantos árboles, se dé luz verde a las obras y éstas continúen, seguramente con apoyo de las fuerzas represivas para —ahora sí— “hacer cumplir la ley”.

Por desgracia, hay en juego intereses económicos muy poderosos, y por desgracia también, México está hundido en un pantano de corrupción, una corrupción que —esto igualmente debe recalcarse— incluye tanto a autoridades como a empresarios. Ambos factores han sido determinantes para la pérdida de gran parte de nuestro más valioso patrimonio natural y para el deterioro del medio ambiente. Pero los habitantes de Cancún al parecer ya llegaron al punto de hartazgo y superado la pasividad e indiferencia que habían permitido a las autoridades hacer impunemente de las suyas.

Hay ahora una movilización ciudadana. Y en ella —no puedo dejar de señalarlo— se advierte una ausencia notoria; muy notoria: la de los colegios de profesionistas. En particular los dos colegios de biólogos existentes en Cancún. Pero también los de ingenieros, arquitectos y otros relacionados con el medio ambiente y el urbanismo. Ninguno de ellos ha adoptado una postura clara, abierta y definida ante el caso Tajamar. ¿Por qué? Lo ignoro. Pero quizá ese vacío se llene si los abogados de Cancún responden a la exhortación que se les ha hecho a través de las redes sociales para integrarse a la defensa del manglar.

A este respecto, hay que dejar constancia de la importante intervención que en el caso Tajamar ha tenido el Centro Mexicano de Derecho Ambiental, cuyos expertos en cuestiones jurídicas y ecológicas han armado una sólida demanda legal para tratar de lograr la suspensión total y definitiva de las obras.

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De resultar correcto el pronóstico del Dr. Gregory Johnson, un renombrado oceanólogo norteamericano, nos espera un futuro más que sombrío como resultado del calentamiento global, particularmente de los océanos.

De acuerdo con el Dr. Johnson, quien es investigador de la Administración Nacional del Océano y la Atmósfera, una dependencia científica del gobierno de Estados Unidos, el aumento de temperatura de las aguas del océano como consecuencia del cambio climático es un proceso irreversible. Se ha sobrepasado el punto de no retorno y el calentamiento oceánico continuará aunque en este momento se logre detener por entero el aumento en la concentración en la atmósfera de los llamados gases de invernadero, como el dióxido de carbono y el dióxido de azufre, que al retener el calor solar como los vidrios de un invernadero, provocan el aumento en la temperatura media de la Tierra.

Por Juan José Morales

 El oso polar se ha convertido en la víctima emblemática del calentamiento global y el cambio climático, pero la realidad es que esos fenómenos afectarán directamente a cientos de millones de personas que habitan las regiones costeras e indirectamente —pero también en forma severa— a toda la humanidad.


El oso polar se ha convertido en la víctima emblemática del calentamiento global y el cambio climático, pero la realidad es que esos fenómenos afectarán directamente a cientos de millones de personas que habitan las regiones costeras e indirectamente —pero también en forma severa— a toda la humanidad.

Se ha llegado —dijo en una conferencia de prensa— a una situación en la que, debido al fuerte y constante aumento de temperatura habido durante el último siglo, el proceso de calentamiento del océano continuará por cientos o miles de años más. El Dr. Johnson funda sus predicciones en los datos contenidos en el informe anual 2014 sobre el estado del clima en nuestro planeta, que contiene la información sobre el particular recabada por 413 científicos de 58 naciones. De acuerdo con el informe, durante el año pasado hubo un calentamiento sin precedente tanto de la superficie de los mares como de la capa de agua situada inmediatamente debajo, sobre todo en el Océano Pacífico. Ese insólito aumento de temperatura está desde luego asociado al hecho de que 2014 fue el año más caluroso de que se tiene registro.

Ese anómalo calentamiento de las aguas oceánicas provocó desde luego su expansión, y en consecuencia una elevación del nivel del mar, que también superó las marcas precedentes. Se estima que el incremento fue de 3.2 milímetros.

A primera vista, 3.2 milímetros se antoja muy poca cosa, pero si a ello se suman los aumentos anteriores, más los que habrá en el futuro inmediato, las cosas comienzan a resultar realmente preocupantes.

Por principio de cuentas, una mayor temperatura de las aguas marinas implica cambios en el clima, pues no hay que olvidar que son las corrientes oceánicas las que transportan calor entre las diferentes regiones del planeta. Entre otras cosas, pueden esperarse intensas ondas cálidas, sequías y tormentas y huracanes de mayor violencia que lo normal.

Asimismo, la elevación del nivel del mar causará mayor erosión de la línea costera —lo cual representa una grave amenaza para los centros turísticos— y afectará a cientos de millones de personas que habitan pueblos y ciudades en las costas de todos los continentes. En el caso de la costa de la península de Yucatán y de la llanura costera del Golfo de México, cuya altitud es de apenas un metro, las poblaciones costeras se volverán prácticamente inhabitables. Y, desde luego, la reducción en la anchura de las playas y en algunos casos su total desaparición, asestará un golpe mortal a la industria turística.

Y si, como dicen algunos expertos, la gran proliferación de sargazo en toda la cuenca del Caribe, se debe al aumento de temperatura de las aguas marinas, la prolongación del calentamiento significaría que la invasión de esa vegetación flotante no será temporal sino permanente, y que las playas de Quintana Roo estarán todo el tiempo cubiertas por ella.

Ciertamente, no resulta muy agradable convertirse en una especie de profeta del desastre, pero tampoco se puede cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo. El calentamiento global es un hecho, al parecer se prolongará por muchas generaciones más, y lo más sensato es tomar las medidas necesarias para adaptarse a sus efectos y mitigarlos en la medida de lo posible. No queda de otra.

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Con frecuencia nos referimos aquí a las llamadas especies invasoras. Es decir, aquellas plantas y animales llegadas de otras regiones del mundo que, al propagarse en su nuevo ambiente, desplazan a las especies nativas y ocasionan alteraciones ecológicas que pueden llegar a ser graves.

Tales son los casos, para citar un puñado de ejemplos en México, del lirio acuático, que ha proliferado en canales, ríos y lagos, el pez diablo o plecostomo —una temible plaga que está diezmando las poblaciones de peces nativos en ríos y embalses—, la casuarina o pino de mar, que desplaza a la vegetación de dunas costeras y afecta la anidación de las tortugas marinas, y —recientemente— y el pez león, procedente del Pacífico, que se instaló en los arrecifes del Caribe mexicano.

Por Juan José Morales

Portada del libro de Thompson. De su lectura se desprende que no es fácil encasillar en exóticas y nativas a las especies, pues a lo largo de millones de años su distribución ha ido cambiando sin cesar, ya sea debido a factores enteramente naturales o gracias a la intervención humana. Y tampoco por ser introducida una especie debe ser tachada de invasora indeseable y combatida.

Pero, si bien se mira, no todas las especies llegadas o traídas de lejanas tierras son indeseables. Muchas son, por así decir, neutras, en cuanto a que no ocasionan daños ni problemas ni tampoco aportan ventaja alguna. Y muchas son también benéficas y han contribuido al bienestar de los habitantes de aquellas regiones donde se propagaron.

Así lo hace notar el científico británico Ken Thompson, de la Universidad de Sheffield, en un libro de reciente publicación titulado Where do camels belong? The story and science of invasive species (¿De dónde son los camellos? Historia y ciencia de las especies invasoras).

En efecto, nadie se atrevería a decir que son indeseables el arroz, el mango, el trigo, la caña de azúcar, la cebada y la cebolla, o las vacas, caballos, cabras, cerdos y gallinas. Todas esas plantas y todos esos animales —al igual que otros muchos— fueron traídos del Viejo Mundo después de la conquista española, se adaptaron perfectamente a nuestro medio ambiente, se propagaron por amplias zonas del país, y hoy forman parte de la alimentación de los mexicanos.

A la inversa, del Nuevo Mundo los conquistadores llevaron a Europa, Asia y África el tomate, la papa, el maíz, el frijol, el aguacate, el cacao, el pavo y otros muchos vegetales y animales que también se incorporaron a la dieta de la gente o se utilizan en la engorda de animales de corral.

Y un detalle curioso —al cual se debe el título del libro de Thompson— es que como consecuencia de ese ir y venir de especies por el mundo, en ese desplazamiento de un continente a otro, a veces se pierde de vista el real origen de algunas de ellas. De los caballos, por ejemplo, la idea generalizada es que llegaron a América con los españoles, y sobre los camellos la imagen usual es que son originarios del mundo árabe y las estepas del Asia central, que es donde ahora se encuentran las dos especies de esos animales. Pero en realidad, hubo caballos y camellos en América hace miles de años. De hecho, los camellos surgieron y evolucionaron en el continente americano, aquí alcanzaron su mayor diversidad y de aquí se extendieron a otras regiones del mundo. Sólo que en América desaparecieron durante la gran extinción del Pleistoceno, que acabó también con mamuts, gonfoterios, osos gigantes, gliptodontes y otros grandes mamíferos. Volvimos a verlos, traídos del otro lado del mundo, a partir del siglo XVI.

No se puede por lo tanto, como señala Thompson en su obra, generalizar y decir que toda especie exótica sea nociva o indeseable simplemente por su origen y por tanto haya que combatirla y erradicarla. Por lo contrario, las hay en extremo benéficas. Tan sólo el trigo y el ganado bovino proporcionan en nuestro continente alimentos por valor de 800 mil millones de dólares anuales.

Cada caso debe ser considerado y analizado individualmente, pues, desde luego, los hay en que esos invasores causan daños realmente dramáticos, como los ya citados del pez diablo y el lirio acuático.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx