Este año se cumplieron seis décadas del desembarco en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. Y los medios de comunicación —especialmente la televisión— nos han venido bombardeando con reportajes y documentales que sostienen esencialmente dos tesis ligadas entre sí: que el desembarco fue obra exclusiva o casi exclusiva del ejército norteamericano, el cual libró durísimos combates y sufrió fuertes pérdidas, y que esa operación selló el destino de la Alemania Nazi y culminó con su derrota.

Por Juan José Morales

Una enorme columna de 55 mil prisioneros alemanes —entre ellos 19 generales— capturados durante la operación Bagratión, una de las grandes batallas ganadas por el Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial, marcha por las calles de Moscú el 17 de julio de 1944. El impresionante desfile fue organizado porque en occidente se decía que las afirmaciones soviéticas sobre una aplastante victoria y la captura de 120 mil prisioneros eran sólo propaganda.

Ambas cosas significan una distorsión de la realidad histórica. Por principio de cuentas, la playa denominada Omaha —prácticamente la única que se menciona en el aluvión de artículos, reportajes y documentales sobre El Día D— fue sólo una de las cinco en que se realizó el desembarco. Las otras cuatro, que en los planes de batalla se designaron como Utah, Gold, Juno y Sword, fueron tomadas con relativa rapidez y facilidad, y el ataque a tres de ellas —esto hay que subrayarlo— estuvo a cargo de fuerzas británicas, canadienses y, en menor grado, francesas.

En cuanto a quién llevó el peso de la lucha contra el nazismo durante los cinco años que duró la contienda, hay que recordar que la única batalla de importancia librada por los norteamericanos, fue la de Las Ardenas, a fines de 1944. Y aún esa fue muy pequeña en comparación con las que sostuvo el Ejército Rojo. Simplemente en la Batalla de Moscú a fines de 1941 —en la cual los nazis sufrieron su primera derrota —, se enfrentaron tres millones de soldados soviéticos y alemanes y dos mil tanques. En la Batalla de Kursk, en junio de 1943 —un año antes de la invasión de Normandía— participaron por ambos bandos tres millones de soldados, más de 13 mil tanques y unos 12 mil aviones.

Así por el estilo. El territorio de la URSS fue el escenario de una sucesión casi ininterrumpida de grandes combates que desangraron a las fuerzas hitlerianas, constituidas —dicho sea de paso— no sólo por soldados alemanes sino también húngaros, rumanos, italianos, finlandeses y divisiones de voluntarios fascistas de Francia, Bélgica, España y otras naciones. Siete de cada diez bajas alemanas durante toda la guerra ocurrieron en el frente oriental, en combates contra los soviéticos. Ahí perdieron los nazis también el 75% de sus tanques, carros blindados, artillería y aviones.

Por supuesto, los soviéticos pagaron también una gran cuota de sangre, con once millones de soldados y 16 millones de civiles muertos, sin contar la terrible destrucción material de una gran parte del país, que fue arrasada sistemáticamente por los nazis durante su retirada.

Durante cuatro años, la Unión Soviética luchó prácticamente sola contra Alemania, que sólo enfrentaba a contingentes norteamericanos y británicos relativamente reducidos en África y a partir de 1943 en Italia. En la famosa batalla de El Alamein, por ejemplo, intervinieron sólo unas decenas de miles de soldados en cada bando. Y la URSS debió contar prácticamente sólo con su propia producción bélica, porque los envíos norteamericanos no cubrieron ni la décima parte de su consumo de armamento y municiones. Alemania, en cambio, contó con toda la potencia industrial de la Europa ocupada.

A lo largo de esos cuatro años, el Ejército Rojo no sólo contuvo a las entonces consideradas invencibles tropas nazis —que en sólo semanas habían derrotado a Polonia, Checoslovaquia, Francia, Holanda, Bélgica, Noruega, Dinamarca, Yugoslavia y Grecia— sino que las hizo retroceder en una serie de épicas batallas, algunas famosas, como la de Stalingrado, y otras poco o nada conocidas pese a su enorme envergadura, como la Operación Bagratión, en la que los soviéticos lanzaron al combate seis veces más hombres y material que los norteamericanos en Las Ardenas: 2.3 millones de soldados, 6 000 tanques y más de cinco mil aviones. Barrieron con 17 divisiones alemanas, diezmaron a otras 50 y de ahí, prácticamente su avance no se detuvo hasta Berlín.

En total, en el frente oriental los soviéticos acabaron con más de 600 divisiones del Eje y las pérdidas de Alemania y sus aliados ascendieron a diez millones de soldados y oficiales muertos, heridos y desaparecidos, 48 mil tanques y blindados y 167 mil piezas de artillería.

Cuando finalmente, con la invasión de Normandía, se abrió en 1944 el Segundo Frente que los aliados habían prometido a la URSS para 1942, ya las tropas soviéticas se hallaban en la antigua frontera de Polonia, después de expulsar a los alemanes de su patria, y comenzaban la rápida liberación de los países de Europa oriental.

Una frase de Winston Churchill, convenientemente olvidada ahora, resume muy bien quién realmente venció a Hitler: “Fue —dijo— el Ejército ruso el que sacó las tripas a la máquina de guerra alemana”.

Esa es la verdad, no la que ahora nos presentan Hollywood, la televisión y las agencias de prensa norteamericanas.

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