• El consumo de alcohol durante el periodo de gestación es factor de riesgo para el Síndrome Alcohólico Fetal
• El padecimiento ocasiona alteraciones físicas y trastornos de aprendizaje en el bebé
• A fin de crear conciencia en la sociedad, el 9 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Síndrome Alcohólico Fetal

ZeroAlcoholEn el marco del Día Mundial del Síndrome Alcohólico Fetal, celebrado este 9 de septiembre, Fundación Pernod Ricard México alerta sobre la gravedad de este padecimiento, particularmente ante la falta de conocimiento de las implicaciones que ocasiona al bebé.

Es por ello que médicos especialistas advierten que ingerir alcohol durante el embarazo incrementa considerablemente los riesgos a que el bebé presente el Síndrome Alcohólico Fetal, que ocasiona alteraciones físicas, discapacidad intelectual, desadaptación social y trastornos de aprendizaje.

A fin de generar conciencia en las mujeres sobre los inminentes riesgos al consumir alcohol durante el embarazo, recientemente Fundación Pernod Ricard México lanzó la campaña denominada “Una madre hace todo para proteger a sus hijos”, y cuyo eje central es la cero tolerancia al consumo de alcohol durante este periodo.

Datos del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) indican que en Estados Unidos 7.6 por ciento de las mujeres embarazadas toma alcohol, siendo la causa número uno de retraso mental prevenible en el país vecino.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha hecho hincapié que “desde que se acuñó la expresión hace 40 años, el Síndrome Alcohólico Fetal ha sido reconocido paulatinamente como problema de salud pública”.

Mauricio Soriano, director general de Fundación Pernod Ricard México, puntualizó que este síndrome es un padecimiento que se puede prevenir, por lo que es fundamental que tanto padres y madres estén conscientes de los daños que ocasiona al bebé el tomar una copa de vino o alcohol, por lo que lo mejor es evitar su consumo durante el periodo de gestación y lactancia.

 

Hace poco, la policía de Cancún me detuvo en uno de los retenes que —especialmente los fines de semana— establece en distintos puntos de la ciudad para detectar a conductores ebrios. Ya en alguna otra ocasión me había ocurrido lo mismo, y esperaba que, de sospechar que había yo bebido, se me sometiera a la prueba del alcoholímetro. Pero no ocurrió así. Simplemente se me acercó una agente, me puso ambas manos frente a la boca formando una especie de cuenco o cavidad, y me ordenó: “¡Sople!”

Por Juan José Morales

Instrumentos como este, los alcoholímetros, se utilizan para determinar el contenido de alcohol en la sangre de las personas y por lo tanto su estado de ebriedad. Pero para muchas policías mexicanas, “aliento alcohólico” es sinónimo de embriaguez y lo usan como pretexto para realizar detenciones ilegales y extorsiones.

En un principio me negué a hacerlo. Pero luego decidí obedecer, para ver hasta dónde llegaría el asunto. Soplé. La dama uniformada se llevó las manos a la nariz, y al parecer decepcionada por no haber sentido olor a alcohol, me pidió soplar con más fuerza. Lo hice, nuevamente aspiró con fruición entre sus manos, y me indicó seguir adelante.

Recordé este incidente —que demuestra la forma burda, rudimentaria, primitiva y antihigiénica en que ahora la policía cancunense practica las pruebas de alcoholimetría, que en el trienio anterior se hacían con instrumentos científicos— a propósito del caso del estudiante jalisciense Ricardo de Jesús Esparza Villegas, cuya muerte en Guanajuato hace unos días durante el festival cervantino se atribuye a la policía de esa ciudad, que —según atestiguan sus compañeros— lo detuvo bajo el cargo de “tener aliento alcohólico”.

Esta es una práctica muy común en las policías mexicanas, y se-guramente si la agente policiaca que me hizo soplarle en las manos hu-biera sentido el más leve olor a ron, vodka, ginebra o cerveza, hubiera yo ido a dar sin mayores averiguaciones a una celda. De hecho, al co-mentar el incidente, dos personas me dijeron haber sido detenidas y retenidas varias horas en circunstancias similares.

Pero en México la producción, venta y consumo de bebidas alcohólicas son perfectamente legales. Tomarlas, por tanto, no constituye un delito. Ni siquiera una falta administrativa. Y tener aliento alcohólico es una consecuencia lógica e inevitable de ese acto legal, sin que signifique necesariamente estar ebrio.

Lo que influye en las reacciones físicas y mentales de una persona que ha bebido, es la concentración de alcohol en la sangre, la cual varía debido a muy diferentes factores, desde —obviamente— la cantidad ingerida, hasta el peso y el sexo del individuo. El aliento alcohólico, a su vez, depende también de muchos factores, incluso el tipo de bebida. El vodka, por ejemplo, deja un aliento alcohólico mucho más acentuado que el whisky. Por eso, se dice, los diplomáticos prefieren beber este último.

El aliento alcohólico no es ni puede ser una medida del estado de embriaguez de una persona. Lo único que indica es que ha tomado al-cohol. Para determinar cuánto, existen los dispositivos que, mediante una reacción química del aire expirado de los pulmones —el cual contiene alcohol etílico—, miden con cierta aproximación el nivel de alcohol en la sangre de una persona. Y si decimos cierta aproximación, es porque para tener mayor exactitud se requiere un análisis de sangre.

No vamos a entrar en detalles respecto a cuál es la concentración máxima de alcohol en la sangre de un conductor que permite la ley, y sobre lo cual no existe un criterio internacionalmente aceptado sino que varía considerablemente de un país a otro. En Canadá y México, por ejemplo, se tolera un nivel cuatro veces mayor que en Suecia.

La muerte del joven Esparza ha venido así a ser un triste y lamentable recordatorio de las arbitrariedades de las policías mexicanas, que usan el “aliento alcohólico” como un pretexto más para extorsionar a los ciudadanos. Y ha servido también esa muerte para mostrarnos, una vez más, en manos de quiénes está la (in)seguridad de los mexicanos.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

A mucha gente sin duda le sorprenderá saber que en México hay 4.5 millones de personas que en mayor o menor grado son adictas a cierta droga que además de dependencia física y mental, provoca estados alterados de conciencia y una serie de trastornos orgánicos que pueden llegar a ser mortales. Pero quizá más sorprendente resulte saber que esa droga puede adquirirse libremente y sin mayor problema en cientos de miles de sitios a todo lo largo y ancho del país. No en las llamadas narcotienditas, sino en establecimientos comerciales legales.

Por Juan José Morales

El consumo de esta droga está asociado muchas veces a trastornos siquiátricos como ansiedad, depresión, bipolaridad, esquizofrenia y otras, además de que causa daños orgánicos en ocasiones mortales.

Esa droga es el alcohol. Pero antes de seguir adelante, conviene aclarar que no vamos a proponer que se prohíba su consumo, como se hizo en Estados Unidos allá en las primeras décadas del siglo XX, con los desastrosos resultados que todos conocer. Simplemente queremos llamar la atención sobre la magnitud del problema que significa el consumo de alcohol y la necesidad de prestarle mayor atención.

Todo esto viene a cuento a propósito de un artículo publicado en la edición enero-marzo de la revista Ciencia, de la Academia Mexicana de Ciencias. El artículo, del doctor en neurociencias Óscar Prospero García, investigador del Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM, señala que, según datos de la Organización Mundial de la Salud, en México el consumo per cápita de alcohol es de 4.5 litros anuales, equivalentes a aproximadamente a 340 latas o botellas de cerveza de tamaño normal. Pero todavía hay más: según la Encuesta Nacional de las Adicciones 2011, el 6.2% de los mexicanos de entre 12 y 65 años padecen dependencia al alcohol. En términos absolutos, esto significa que 4.5 millones de mexicanos son bebedores con problemas para controlar su consumo.

No vamos a entrar en detalles sobre lo que casi todo mundo sabe acerca de las consecuencias del alcoholismo —desintegración familiar, ausentismo en el trabajo, accidentes de tránsito, heridos y muertos en riñas, etc.—, sin que ello signifique que no son importantes. Pero queremos destacar algunos efectos sobre la salud del bebedor que muchas veces se pasan por alto. Y es que, además de la conocida cirrosis hepática, que puede desembocar en una embolia cerebral o un infarto al corazón, el alcohol contribuye al serio problema de la obesidad y provoca una serie de alteraciones orgánicas, algunas bastante graves.

El problema estriba —señala el Dr. García— en que cada gramo de alcohol genera unas 7.2 kilocalorías. Así, beber una cerveza —que contiene 14 gramos de alcohol— implica recibir unas 100 kilocalorías, a las cuales hay que sumar las de los otros componentes de la bebida. En total, son 160 kilocalorías. Con cuatro cervezas, ya se habrán acumulado más de 600. Para eliminarlas, habría que correr durante una hora, cosa que por supuesto ningún bebedor hace. Esto explica la famosa “panza del cervecero”. Y explica también por qué decimos que el alcohol contribuye a la epidemia de obesidad.

Pero a la vez que panzón —dice el artículo—, el bebedor puede ser delgado debido a las carencias nutricionales que el propio alcohol le provoca. Por un lado, al suministrarle calorías “vacías”. Por el otro, al interferir con la absorción de diversos nutrientes, en particular proteínas y vitaminas, cuya falta desemboca en trastornos que afectan a varios órganos.

Este es, pues, el panorama del alcoholismo en México, una adicción a la que los gobiernos —tanto el federal como los estatales y municipales— no prestan mayor atención debido sobre todo a los intereses de las poderosas empresas cerveceras, que han logrado incluso dominar los espectáculos deportivos, los carnavales y las fiestas tradicionales.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx