La radiónica es cosa vieja y desde un principio fue ampliamente desacreditada por la ciencia, pero todavía sigue atrapando incautos. Tan es así, que en México tenemos, por ejemplo, a cierto Instituto Biocyber, con sede en la capital de la República y sucursales en varias ciudades, que entre otras cosas vende cursos y aparatos de radiónica.

Por Juan José Morales

Esta seudomedicina la inventó hace ya más de un siglo un tal Albert Abrams, médico, quien —al igual que la mayoría de los charlatanes— manejaba un florido lenguaje científico con los más novedosos vocablos de aquellos tiempos. Inicialmente, sin embargo, no la denominó radiónica, sino Reacciones Electrónicas de Abrams (ERA por su sigla en inglés), pues afirmaba, entre otras cosas, que los electrones —en esa época recién descubiertos— eran la base de la vida y sabiéndolos manipular, se podía diagnosticar y curar todo tipo de males, para lo cual usaba unos impresionantes aparatos cuajados de cables y luces a los que llamó “potencializadores radiónicos”, que no vendía sino sólo alquilaba, con prohibición expresa de abrirlos para examinarlos.

El Dr. Abrams se volvió millonario con ellos, hasta que la Asociación Médica Norteamericana los puso a prueba sometiendo a análisis una muestra de sangre. El diagnóstico fue que provenía de un paciente que sufría cáncer, paludismo, sífilis y diabetes. En realidad era sangre de un pollo perfectamente sano.

 

“Cámara radiónica homeopática”. Supues-tamente sirve “para la creación de remedios radiónicos y homeopáticos en cuestión de segundos”, y “para el análisis, diagnóstico, terapia y terapia a distancia”. Tiene “miles de frecuencias disponibles para su uso como: anatomía humana, tumores, parásitos, hongos, virus, bacterias, toxinas, vitaminas, emociones, chacras, aura humana, minerales, homeopatía, nosodes, flores de back (sic) etc.”. En realidad es simplemente una caja llena de cables, botones, teclas, luces y perillas.

 

Después de aquella pifia, hubo otras más. Incluso el propio Abrams fue víctima de sus patrañas, pues murió en 1924 a consecuencia de una neumonía mal diagnosticada con sus trebejos. Su falsa terapia cayó en el olvido, hasta que en la década de 1950 la revivió una tal Dra. Ruth Drown, aunque —dado el desprestigio en que había caído la ERA— prefirió rebautizarla como radiónica para hacerla pasar por otra cosa.

 

Desde luego, como es usual con estas falsas técnicas curativas, la radiónica —también llamada psicotrónica— se presenta envuelta en un lenguaje cuajado de rimbombantes términos que pretenden ser científicos y especializados, como “campos biofísicos”, “frecuencias de energía”, “campos de energía” y otros por el estilo. Grandilocuentemente se define como “una disciplina que se encarga del control y la dirección de la energía a distancia” y que utiliza “productos electrónicos para la curación y armonización”.

 

Esencialmente, se funda en la afirmación de que el cuerpo humano tiene un campo de energía de cierta frecuencia y si ésta se altera, sobreviene la enfermedad. Para curarla, no hace falta más que aplicar al paciente “ciertas frecuencias de energía para equilibrar las frecuencias disonantes de la enfermedad”.

 

Todo esto —repetimos— no tiene la menor base científica, y para darse una idea del nivel de preparación y conocimientos de quienes aseguran poder diagnosticar, prevenir y curar enfermedades mediante la radiónica, basta decir que cualquier hijo de vecino —aunque no haya terminado la primaria— puede recibir del mentado Instituto Biocyber un bonito diploma que lo acredita como especialista en radiónica, sin más requisitos que pagar seis mil pesos, más 250 de inscripción, por un curso de 16 horas de clase impartidas por un individuo del que, entre otras cosas, se dice que es “practicante con amplia experiencia en los campos de la Terapia de Reencarnación y Vidas Pasadas”. El susodicho curso que en cuatro semanas convierte a cualquier analfabeta funcional en experto en “medicina alternativa”, incluye temas tales como vibraciones negativas, miasmas, nivel de inteligencia, desequilibrio emocional a través de la columna vertebral, ondas de forma y color, energía de los planetas y otras cuestiones por el estilo.

 

Esta es, en pocas palabras, la radiónica, uno más de esos timos disfrazados de “terapias alternativas” que —para infortunio de sus víctimas— siguen vaciando bolsillos, agravando enfermos y matando ingenuos.

 

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