Es difícil imaginar la autenticidad de la escena, a menos que se tenga la costumbre de ir en persona a la carnicería; el carnicero rebana los trozos de carne según lo que se pida; lo más común es el bistec; tiene un ayudante que toma los bisteces (“¿tiene bisteceses? Sólo de reseses”, diálogo entre Ferrusquilla y Agustin Isunza en La tienda de la esquina, una de las pocas cintas en las que Miguel Inclán no es villano), los pica para que suelten más jugo al asarlos, y los aplana.

En el siglo XVI (tal vez antes, pero está documentado a partir de 1525, más o menos) los cocineros, que no se daban a basto en las hosterías, tenían ayudantes; uno pinchaba la carne y el otro la picaba; no había los molinos donde ahora meten los pedazos de res o de puerco y salen molidos, listos para que con ellos se prepare picadillo, albóndigas, los bisteces molidos (aunque éstos se preparan en metate, que ya no hay a la venta; hay que encargarlos y cuestan más de mil pesos, además de que se tardan semanas en entregarlos), albondigón, pastel de carne y hamburguesas.

También, pero cada vez hay menos mujercitas que sepan prepararla, carne tártara. Muchos de estos platillos eran conocidos desde hace más de cinco siglos; se dice que había que picar la carne para que resultara comestible, pues no era de buena calidad (¿dura, llena de nervios?). Es de suponer que la mayoría de los platillos preparados con la carne hoy molida y antes picada son muy antiguos; aunque la hamburguesa como la vemos hoy es del siglo XIX (no la fast food), los conocedores hablan de algo parecido ya desde el siglo XII; tal vez los bisteces molidos o totopostles sean los de más reciente creación, y los que menos se preparan ahora, casi exclusivos de los restaurantes poblanos, y no todos.

Podemos imaginar que en los hostales, castillos, palacios con comercios aledaños, había alguno que ayudaba al cocinero a pinchar la carne, y a su vez tenía un ayudante, el que la picaba; y podemos imaginar que entre ambos había un duelo de albures que ganaba el más abusado, el que hacía caer a su contrincante en una de las trampas verbales llenas de ingenio: “yo te hacía un buen chico”, “me agarras cansado” o las que en ese tiempo fluían entre personas, dicen los enterados prejuiciosos, de condición humilde, pero a más de ello, ruines y malvadas.

Es de suponer que los pícaros, de condición aún más baja que la de los pinches (los ayudantes de los ayudantes), ganaban los torneos de albures en venganza de que devengaban menos en vista de su categoría más baja; pasan a la literatura como los protagonistas de una serie de novelas, o mejor dicho, de todo un género de novelas, en donde hacen gala de ingenio, cometen tropelías, pero se llevan la simpatía de autores y lectores, y salen triunfantes de las trampas del destino; sobreviven derrotando a los poderosos, se aprovechan de su simpatía natural e innata, y aunque nunca logran fortuna, todos los días resultan victoriosos en la batalla contra el destino; posiblemente no ganen la guerra, sí todas las batallas.

Los pícaros se salen del ámbito de las carnicerías, de la cocina y el fogón, y se refugian en otros oficios, en donde tampoco se hacen ricos porque para salir de la pobreza, además de ser hábiles, maestros, en su profesión, deben dedicarle tiempo y esfuerzo a esos nuevos oficios, algo que no tienen, o no quieren derrochar, pues desean disfrutar de la vida, día a día, hasta que caen derrotados por la rutina, el cansancio, o mueren en el intento de seguir su vida de picardías. Sus jefes inmediatos, en cambio, no consiguieron el prestigio de sus subordinados; su oficio perdió categoría, y pinche quedó como sinónimo de algo de baja calidad; ruin, le dice el Diccionario de la Real Academia; el Diccionario del Español en México añade que pinche es quien se porta mal: no tiene la misma intención decir “qué puede esperarse de un pinche empleado”, que “Fulanito es una persona muy pinche”.

Para el DRAE, pinche sigue siendo el ayudante de cocina, pero ya no pincha la carne, y de cualquier manera, prefieren que se les diga ayudante del chef, porque en México ser pinche es ser malo o un pobre diablo (en otros países, un tacaño, o roñica, para los lectores de Mafalda). Los pícaros picardean (uno de los verbos más horribles); picardía es algo ingenioso, y también son malas palabras: “Negrito Sandía, ya no digas picardías”, canta Francisco Gabilondo Soler; Armando Jiménez recopiló peladeces, albures, versos llenos de malas intenciones (“si tu padre fue pintor…”) y los llamó picardías; Chava Flores escribió varias canciones donde hace gala de ingenio para alburear incluso al escucha con juegos de doble sentido, además de estar bien rimados, para ilustrar el carácter de la población que, a cambio de escasos ingresos, carencia de oportunidades, golpes bajos del destino, vencen a los ricos en duelo de ingenios (“ya sabrás mamón lo que es bolillo”), y a veces hasta sin intención.

Es un honor ser tildado de pícaro, y es deshonroso ser calificado de pinche (aunque en una de sus modalidades tiene un dejo cariñoso: “Pinche Juancho Pepe, qué es de tu vidorria”, saluda con afecto José Agustín a un excompañero, de apellidos de alcurnia; a veces también hay admiración: “pinche Luis, se la sacó” –o sea que conquistó un triunfo—, pero la mayoría de las veces es un calificativo despreciativo: en los años sesenta los Tigres de México tenían un jardinero central, Pancho García, antes de Manuel Estrellita Ponce, buen fildeador, velocísimo, con mucho poder, pero que se ponchaba mucho, como todos los jonroneros; la porra de los Diablos Rojos le gritaba, cuando se paraba a batear, “Pinche Pancho ponche”), aun cuando hace unos seis siglos eran compañeros del mismo oficio (con diferencia de funciones) y de desgracia.

*Los encabezados de las ya no muy frecuentes y cada vez más malas secciones policiales de los periódicos, utilizan un verbo que no es mexicano: balear; “balean a joven frente a su novia”; el DRAE es muy concreto: en México y otras partes de América Latina se dice balacear; el Diccionario del Español en México ni siquiera recoge “balear”; ¿influencia de El País? ¡Sabe! (mexicanismo o regionalismo de Zacatecas por “quién sabe”), pero de un tiempo a esta parte casi ningún diario mexicano escribe en mexicano y en cambio se doblegan ante el español de España: desvelar, dicen por develar, sin recordar que en México desvelar es pasarse la noche en vela, ya sea por estudiar para un examen, o por andar en la parranda.

Dicen que George Bernard Shaw opinaba que Inglaterra y Estados Unidos eran dos países divididos por un mismo idioma; lo mismo pasa con el español de España y el de América Latina, e incluso los países de esta región tienen sus propios modismos; Cabrera Infante en Tres Tristes Tigres incluye una sección de palabras aceptadas en un país pero impronunciables en otro; es común leer en los libros españoles que aparece “una tía”, que en México es la hermana de uno de los padres, pero allá es una mujer de la calle, o casi; eso más o menos podemos tolerarlo, pero es difícil imaginarse a un japonés cabreado. Es normal que cada país tenga su propio lenguaje; es horrible que los diarios mexicanos copien el de España y menosprecien el nuestro.

* Hace unas cuantas entregas hablé del Boléro; se me pasó comentar que una de las mejores versiones, con un ritmo y un sentido del humor que encantarían a Ravel, la dirigió Frank Zappa; aunque breve, se le puede disfrutar muchísimo, y se puede observar (sin descargar, para no violar derechos) en youtube. El conjunto de Zappa, a quienes sus admiradores decían que tenía influencia de Varèse, hizo muchas innovaciones en la música, aunque los siguen encasillando en el rock; su nombre ya era de por sí un desafío: Las Madres de la Invención; algunos de los sobrevivientes, canosos los que no están calvos, arrugados, pero enfundados en smoking, anuncian para finales de este mes un par de conciertos en Londres; se llaman Las Abuelas de la Invención.

* Relecturas obligadas. Tenía ganas de releer a José Donoso, pero el muy divertido y revelador Historia personal del Boom; en sus páginas critica a quienes, con un pinche premiecito, alardeaban de pertenecer ya al Boom; en sentido estricto se le puede reprochar lo mismo a Donoso, porque el movimiento en realidad se limita a cuatro: Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar. Pero el libro es divertido; relata con mucho sabor una reunión de intelectuales en Chichén-Itzá, en la que los asistentes pusieron más atención al desenfreno, al relajo, que a las ponencias; el adusto Rulfo presidiendo juergas nocturnas, García Márquez desbocado vacilando sin ton ni son; Kitty de Hoyos presumiendo la dureza y firmeza de sus glúteos, lo cual sólo podía comprobarse palpándolos; la tarántula que absorbía a su paso a todos los que estaban en su camino (y de la que las mujeres salían con mucho menos ropa que al empezar el baile) (una tarántula se ve, en una versión más o menos apaciguada, menos turbulenta, en Tajimara); Cuevas echando desmadre con su muy conocida hipocondria mezclada con el miedo de muchos a los aviones (García Márquez descubrió después que era miedo al aparato, no a los accidentes), la prueba de la habilidad en la trivia. El relato es muy vivo y muy fresco.

Pero lo que más llama la atención es la enumeración de escritores ahora olvidados, que ya no se encuentran en las librerías, y que pocos mencionan o leen: Jorge Amado, Miguel Ángel Asturias, James Baldwin, Herman Broch, Céline, Heimito von Doderer, Max Frisch, E.M. Forster, William Goldin, Lillian Hellman, D.H. Lawrence, Eduardo Mallea, Leopoldo Marechal, Carlos Martínez Moreno, François Mauriac, Elsa Morante, Alberto Moravia, Miguel Mújica Laínez, Nicanor Parra, Cesare Pavese, Jules Pfeiffer, James Purdy, Alain Robbe-Grillet, Sebastián Salazar Bondy, Néstor Sánchez, Rafael Sánchez Ferlosio, Severo Sarduy, William Styron, Arturo Uslar Pietri, David Viñas, escritores de primera que ya se leen poco, o nada.

*Promueven en comerciales radiofónicos: “hay que leer 20 minutos diarios”; no dicen “al menos 20 minutos diarios”, sólo “20 minutos”; la mayoría lee 20 minutos al año, y no puede pedírsele más, pero me asombra que en la campaña participe Humberto Musacchio con esa recomendación, porque creo que él lee al menos seis horas diarias, es decir, 300 veces más de lo que aconseja.

*El 15 de noviembre terminó para siempre una etapa de El Financiero; los nuevos dueños intentarán renovarlo. Pero para mí ya es, ahora sí, cosa pasada; trabajé allí, a invitación de Musacchio y de Manuel Gutiérrez, desde el 1 de febrero de 1993 al 31 de diciembre de 2009; entre Rogelio Cárdenas, Alejandro Ramos y Luis Acevedo me permitieron hacer cosas que en otro lado, o con otras personas, hubiera sido imposible aplicarlas; en la sección de Deportes, que fue a donde llegué, hice reseñas de libros literarios con cualquier pretexto, o un mínimo de referencias deportivas, como las novelas de Richard Ford, la excelente novela de Sillitoe (La soledad del corredor de fondo); cuentos de Cortázar, de Updike, ensayos de Mailer; hice retratos hablados de deportistas hablando más de la sensualidad que de las habilidades deportivas (sobre todo, de las jugadoras de volibol); hicimos reportajes sobre el dinero en el deporte, sobre el lenguaje de los cronistas y reporteros, de la influencia de la política en el deporte y del deporte en la política, y echamos relajo con varios pretextos: comparamos el desempeño de la selección de futbol con el gabinete de Carlos Salinas de Gortari (lo que nos valió un reclamo y una sugerencia de José Sulaimán), insinuamos que los clubes de futbol ensayaban más las celebraciones que la técnica y las tácticas; analizamos la ética de los deportistas (“las manitas arriba”, titulamos una serie de reportajes sobre la simulación de lesiones y tratar de fingir que no habían cometido faltas), metimos a Arañaceli Muñoz en el vestidor del Cruz Azul para comprobar que los jugadores, recién salidos de las regaderas, no soportaban la crítica constructiva; en el plano meramente deportivo hacíamos análisis muy serios de todos los deportes, y al contrario de otras secciones, no “le íbamos” a nadie; nos ganamos el rencor de muchos jugadores que se creían los elogios de cronistas de televisión; sobre todo, hicimos la sección la mejor escrita del periódico; en poco tiempo otros periódicos trataron de imitarnos, sin conseguirlo, pero quisieron piratearse a mis reporteros; nosotros vimos el pasado, el presente y el futuro del deporte, y no nos limitamos al mexicano; comprobamos que el futbol mexicano está inflado, y combatimos el menosprecio de otros medios por los otros deportes.

En alguna ocasión publicamos seis páginas y de esas sólo media página la dedicamos al futbol. A instancias de mi recordado amigo Javier Ibarrola me transfirieron a la mesa de redacción, y al poco tiempo lo sustituí en la jefatura de redacción, aunque al día siguiente, a causa de celos y envidia me cambiaron el cargo: responsable de edición, que fue mucho más que una jefatura de redacción; logré, con apoyo de Pablo Arriero y de Perla Oropeza, un manual de estilo que, si se cumple, consigue erradicar vicios que parecen eternos en el periodismo mexicano; un solo ejemplo: hice que “rechazar” se usara sólo cuando había un rechazo, no como negación; los verbos fueron verbos y no adjetivos, modernizamos lenguaje y ortografía, y escribimos en español correcto pero no estirado, y además con el español de México, no el de Argentina ni el de España.

Conseguí algo que en muchos otros diarios envidiaron, y me lo dijeron con admiración: cerrábamos (mandar las últimas páginas, ya corregidas, al taller) a las 10 de la noche, cuando es tradicional que los diarios cierren después de medianoche. Se me fueron errores, pero como recuerda Vicente Rojo que decía Picasso, no hay que hablar mal de uno mismo, para eso están los demás. Con la ayuda de varios reporteros, secretarios de redacción y uno que otro editor, hicimos de El Financiero el periódico mejor escrito de México, con reconocimientos internacionales; en el tiempo en que estuve en Deportes la sección fue elogiada como una de las más divertidas e informadas del mundo occidental por la prensa especializada en juzgar el periodismo.

En el año y medio que estuve, al mismo tiempo, al frente de la sección Sociedad, muchos reportajes originales me los copiaron, si no es que los calcaron, noticiarios de televisión y otros periódicos. En la sección Cultural, en donde colaboré casi cada semana, mi nota sobre el premio Nobel a Doris Lessing la copiaron en periódicos suramericanos, aunque no todos dieron crédito al periódico o a mí. Y cuando Sgt. Peper Lonely Hearts Club Band cumplió 40 años de haber sido editado, varios lectores de noticias lo leyeron en sus noticiarios, de nuevo omitiendo no sólo mi nombre, sino uno o dos párrafos de clara intención política.

Conquisté muchísimas amistades, pero es muy larga la lista para enumerarlas a todas. Sólo sé que muchas serán amigos para siempre. No todo fue miel sobre hojuelas (una de las frases favoritas del periódico): uno de mis mayores logros, la creación de un Taller de Lectura que llegó a tener 40 participantes, y quienes en un año leyeron 39 libros (y al que invité a algunas personalidades del mundo del libro, como Gustavo Sainz, José Agustín, Marisol Schulz, Juan Carlos Argüelles, Miguel Capistrán, Diego Mejía Eguiluz, Rodrigo de la Ossa, Raúl Ortiz y Ortiz –quien conmovió a los participantes hasta las lágrimas—, Jorge Ayala Blanco) fue desbaratado por envidia, celos y grillas de algunos directivos; me pidieron que impartiera dos cursos de redacción periodística, y no me los pagaron (no lo pedía, ellos lo ofrecieron), además de minar mi autoridad pues faltaron a su palabra de rescindir el contrato de quienes reprobaran (y reprobaron con honores), y más bien los premiaron con ascensos y privilegios; la mayor parte del tiempo carecí de recursos que prodigaron a otros que dieron mucho menos que yo al diario, y alguna vez mandaron a los vigilantes a que revisaran si me llevaba lápices, o papel, o yo qué sé; pusieron guaruras para vigilar si en la mesa de redacción se trabajaba, quiénes iban al baño o se levantaban a consultar algo o simplemente a platicar (no duraron: los vimos feo y se fueron); precipitaron mi renuncia cuando se negaron a cumplir con el manual de estilo y comenzaron a mancillarlo; invalidaron mi trabajo y lo redujeron al de un corrector, que no menosprecio, pero mis funciones eran otras.

Lo más curioso es que ahora utilizan el término que usé para explicarle a Víctor Piz, Alejandro Ramos y a Pilar Estandía, la viuda de Rogelio Cárdenas, mis motivos para renunciar: me había quedado como corrector de lujo; ahora califican así a los que hacen mal su trabajo. En una ocasión, minutos antes de entrar a mi Taller de Lectura, Pilar me pidió que platicáramos; al salir le comentó a dos directivos la confianza que me tenía, y me elogió; un par de horas después me llamaron (al restaurante en donde estaba comiendo) para prohibirme que volviera a entrar a la oficina de la directora sin el consentimiento de ellos.

Los sentimientos son encontrados: me siento orgulloso de lo que hice, y no siento que lo que no pude hacer haya sido mi culpa; no pude cumplirle una promesa que le hice a Rogelio Cárdenas: la derrota no fue mía.

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