SniferSegún estadísticas en los tres años del gobierno de Peña Nieto se han registrado en México más de 54 mil homicidios, lo cual da un promedio superior a 18 mil anuales. Realmente, es una cifra espeluznante, pero palidece ante las más de 47 mil muertes que en un solo año, 2014, hubo en Estados Unidos por sobredosis de drogas, contra sólo 33 mil en accidentes de tránsito.

Sí, leyó usted bien: más de 47 mil norteamericanos murieron en un solo año en aquel país a consecuencia de lo que en la jerga de los adictos se conoce como “un pasón”. Esto significa 128 muertes diarias, o una cada 12 minutos. Y, sumadas a las muertes de los años precedentes, se llega a un total realmente aterrador: de 2000 a 2014, casi medio millón de norteamericanos murieron por una sobredosis.

Juan José Morales

La diferencia entre México y Estados Unidos es que aquí las drogas hacen que la gente se mate entre sí en disputas por el control de su venta. Allá, que la gente se mate sola al consumirlas en exceso.

Las cosas han llegado a tal punto que se habla de una verdadera epidemia de muertes por sobredosis. Y es que de 2000 a la fecha, la tasa de mortalidad por esa causa ha aumentado 137%, al pasar de 6.2 por cada cien mil habitantes, a 14.7.

El incremento se debe en especial al consumo de opioides, tanto naturales como sintéticos. Los primeros, como la heroína y la morfina, son por así decir los opiáceos clásicos naturales; los segundos, potentes analgésicos sintéticos del tipo del fentanil —muchísimo más poderoso que la morfina, con la cual a menudo se vende mezclado para incrementar su potencia y al cual era adicto el conocido actor cinematográfico Philip Seymour Hoffman, muerto por una sobredosis a principios del año pasado—, la oxicodona, que se comercializa bajo nombres como OxyContin, Roxycodona y Oxecta, o la hidrocodona, que usualmente se vende combinada con analgésicos más suaves como el ibuprofeno, la aspirina y el paracetamol.

Los drogadictos pueden obtener estos opiáceos, ya sea mediante recetas expedidas por médicos inescrupulosos o en el mercado negro de medicamentos robados. Pero en los últimos tiempos se ha incrementado su producción en laboratorios clandestinos, con nulos controles de calidad, lo cual incrementa el riesgo de muerte.

Lo que ha causado alarma en la sociedad norteamericana, sin embargo, no es tanto el aumento en el número de fallecimientos por sobredosis, sino que este problema ya no sólo afecta a los grupos sociales marginados y de bajos ingresos habitantes de barriadas urbanas pobres, como los negros, sino que se ha extendido a las clases media y media alta y a las pequeñas ciudades y pueblos de las áreas rurales.

Antes, cuando el problema era el crack —una mezcla barata de cocaína y bicarbonato de sodio, altamente adictiva y muy peligrosa—, a las autoridades no les importaban las muertes por sobredosis, ya que el consumo de esa droga estaba limitado casi exclusivamente a los negros. Entre las clases altas la droga usual era la cocaína en polvo, más cara y más segura. La política, entonces, era meter a la cárcel a los consumidores, o dejar que murieran.

Ahora, en cambio, las buenas familias norteamericanas no quieren ver a sus hijos en un ataúd. Por ello está cambiando el enfoque sobre el consumo de drogas y —por fin— se le empieza a ver como un problema de salud y no de criminalidad.

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A mucha gente sin duda le sorprenderá saber que en México hay 4.5 millones de personas que en mayor o menor grado son adictas a cierta droga que además de dependencia física y mental, provoca estados alterados de conciencia y una serie de trastornos orgánicos que pueden llegar a ser mortales. Pero quizá más sorprendente resulte saber que esa droga puede adquirirse libremente y sin mayor problema en cientos de miles de sitios a todo lo largo y ancho del país. No en las llamadas narcotienditas, sino en establecimientos comerciales legales.

Por Juan José Morales

El consumo de esta droga está asociado muchas veces a trastornos siquiátricos como ansiedad, depresión, bipolaridad, esquizofrenia y otras, además de que causa daños orgánicos en ocasiones mortales.

Esa droga es el alcohol. Pero antes de seguir adelante, conviene aclarar que no vamos a proponer que se prohíba su consumo, como se hizo en Estados Unidos allá en las primeras décadas del siglo XX, con los desastrosos resultados que todos conocer. Simplemente queremos llamar la atención sobre la magnitud del problema que significa el consumo de alcohol y la necesidad de prestarle mayor atención.

Todo esto viene a cuento a propósito de un artículo publicado en la edición enero-marzo de la revista Ciencia, de la Academia Mexicana de Ciencias. El artículo, del doctor en neurociencias Óscar Prospero García, investigador del Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM, señala que, según datos de la Organización Mundial de la Salud, en México el consumo per cápita de alcohol es de 4.5 litros anuales, equivalentes a aproximadamente a 340 latas o botellas de cerveza de tamaño normal. Pero todavía hay más: según la Encuesta Nacional de las Adicciones 2011, el 6.2% de los mexicanos de entre 12 y 65 años padecen dependencia al alcohol. En términos absolutos, esto significa que 4.5 millones de mexicanos son bebedores con problemas para controlar su consumo.

No vamos a entrar en detalles sobre lo que casi todo mundo sabe acerca de las consecuencias del alcoholismo —desintegración familiar, ausentismo en el trabajo, accidentes de tránsito, heridos y muertos en riñas, etc.—, sin que ello signifique que no son importantes. Pero queremos destacar algunos efectos sobre la salud del bebedor que muchas veces se pasan por alto. Y es que, además de la conocida cirrosis hepática, que puede desembocar en una embolia cerebral o un infarto al corazón, el alcohol contribuye al serio problema de la obesidad y provoca una serie de alteraciones orgánicas, algunas bastante graves.

El problema estriba —señala el Dr. García— en que cada gramo de alcohol genera unas 7.2 kilocalorías. Así, beber una cerveza —que contiene 14 gramos de alcohol— implica recibir unas 100 kilocalorías, a las cuales hay que sumar las de los otros componentes de la bebida. En total, son 160 kilocalorías. Con cuatro cervezas, ya se habrán acumulado más de 600. Para eliminarlas, habría que correr durante una hora, cosa que por supuesto ningún bebedor hace. Esto explica la famosa “panza del cervecero”. Y explica también por qué decimos que el alcohol contribuye a la epidemia de obesidad.

Pero a la vez que panzón —dice el artículo—, el bebedor puede ser delgado debido a las carencias nutricionales que el propio alcohol le provoca. Por un lado, al suministrarle calorías “vacías”. Por el otro, al interferir con la absorción de diversos nutrientes, en particular proteínas y vitaminas, cuya falta desemboca en trastornos que afectan a varios órganos.

Este es, pues, el panorama del alcoholismo en México, una adicción a la que los gobiernos —tanto el federal como los estatales y municipales— no prestan mayor atención debido sobre todo a los intereses de las poderosas empresas cerveceras, que han logrado incluso dominar los espectáculos deportivos, los carnavales y las fiestas tradicionales.

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