La patraña de la conspiración de las estelas

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Hace poco, cierto “ecologista” me sugirió escribir sobre las llamadas quimioestelas o chemtrails, como se les denomina en inglés. Al responderle que aquello es una patraña y ya la había comentado hace más de tres años, casi enfureció y me tildó de ignorante o cómplice de ese atentado contra la humanidad.

Chemtrails

La ampliación de la imagen en el círculo muestra el verdadero origen y naturaleza de las estelas que se ven en el cielo y que según ciertas teorías conspiranoicas, son sustancias que algunos gobiernos dispersan con malévolas intenciones.

Juan José Morales

Para entender su reacción, hay que explicar que, según cierta versión que circula ampliamente por Internet, desde hace alrededor de 10 o 15 años hay una conspiración de ciertos gobiernos —no se aclara cuáles— para dispersar desde aviones unas sustancias de ignorada composición química, cuyo propósito es también un enigma. Unos dicen que contienen bario, aluminio o algún otro elemento que afecta a las cosechas, otros aseguran que lo que se esparce son microbios para provocar epidemias, otros más, que su fin es modificar el clima, o esterilizarnos para reducir el índice de natalidad, y no faltan quienes afirman muy seriamente que esos compuestos químicos no son otra cosa que alucinógenos destinados a controlar la voluntad de los seres humanos y volvernos más dóciles ante los gobiernos.

“Ahí está la prueba”, dicen los conspiracionistas señalando las blancas estelas que dejan los aviones al volar a gran altura. Si se les explica que se trata simplemente de vapor de agua de los gases de es-cape de los motores, que se condensa por las condiciones de intenso frío que reinan a tal altitud, responden que precisamente eso aprovechan los gobiernos para mezclar con los vuelos comerciales los de esas misteriosas aeronaves que diseminan las no menos misteriosas sustancias.

“Si se observa bien —dicen— se verá que algunas estelas se disipan en corto tiempo, mientras otras son persistentes. Estas son las dañinas”.

Todo lo anterior no es más que una sarta de disparates. Las aeroestelas —si así puede llamársele— son un fenómeno conocido desde los años 30, cuando los aviones comenzaron a volar a gran altitud. Se les ve claramente en los documentales sobre las flotillas de bombarderos de la II Guerra Mundial. El tiempo que tardan en disiparse no tiene nada qué ver con su composición química, sino con las condiciones meteorológicas que reinan a esa altitud.

Pensar que hay unos misteriosos aviones mezclados con las naves comerciales que vuelan a 10 u 11 mil metros sobre el terreno para arrojar sustancias nocivas sobre campos agrícolas, embalses de agua o pueblos y ciudades, es totalmente absurdo. En lo que el material tarda en caer, los vientos lo dispersarían tanto que al llegar al suelo sería prácticamente indetectable. Por eso los pilotos fumigadores vuelan a unos pocos metros sobre el suelo.

No aturdiremos a nuestros lectores con un mar de cifras sobre la cantidad de aviones necesarios para realizar esa malévola operación de dispersión de quimioestelas. Basta decir que para cubrir el territorio mexicano harían falta de miles de aviones tipo Boeing 747 con sus respectivas tripulaciones, mecánicos, personal de tierra, controladores de tránsito aéreo, etc. Todos ellos, por lo demás, tendrían que ser cómplices y guardar absoluto secreto, incluso ante su familia, sin contar con que habría que mantener el material oculto en los aeropuertos.

Simplemente, este asunto no tiene pies ni cabeza.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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