Si se pudo en Vietnam, ¿por qué en Tajamar no?

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Ante la devastación de que ha sido objeto gran parte del manglar en el Malecón Tajamar de Cancún y los esfuerzos de la ciudadanía por detener el proyecto, Fonatur insiste en que el desmonte ahí realizado es un hecho consumado de imposible reparación y por tanto irreversible, y al no poder restablecerse ese tipo de vegetación, habrá que darlo por perdido.

Juan José Morales

En realidad, es perfectamente posible restaurar el manglar, aún en las desastrosas condiciones en que lo dejó la maquinaria pesada. En varios lugares del mundo han podido hacerlo, aunque la destrucción era peor y había transcurrido mucho más tiempo entre el evento que la causó —fuera humano o natural— y el momento en que se emprendió la restauración.

Vietnam es un buen ejemplo. Como se recordará, durante la guerra en ese país la fuerza aérea norteamericana arrasó decenas de miles de hectáreas de manglar con las terribles bombas incendiarias de napalm y mediante la aplicación del Agente Naranja, un poderoso defoliante químico —por cierto, inventado por Monsanto— que no sólo mataba la vegetación sino que provocó cáncer y malformaciones genéticas a una gran cantidad de personas. Actualmente, pese a la catastrófica situación en que se hallaban al terminar el conflicto en 1975, esos manglares se han restablecido en gran medida, tanto por regeneración natural como por el esfuerzo de los vietnamitas, que emprendieron difíciles trabajos de reforestación.

RestauracionManglar

Estas dos fotos, tomadas con seis años de diferencia en el mismo lugar, muestran el buen éxito de los trabajos de restauración emprendidos por la Conanp en los manglares destruidos en 2005 por el huracán Wilma en el Sistema Lagunar Nichupté. Al iniciarse el proyecto, y aunque para entonces habían transcurrido más de cuatro años después del fenómeno, los árboles seguían secos, reducidos a troncos muertos y sin una sola hoja (Izq.). Por ello se consideraba imposible la recuperación del ecosistema. Pero el resultado de los trabajos, encabezados por la bióloga Patricia Santos, puede verse a la derecha. Lo mismo se logró en el resto de las 60 hectáreas que abarcó el proyecto.

En Indonesia, después del histórico maremoto del 26 de diciembre de 2004, se han realizado también exitosas labores de repoblación de los manglares que habían sido destruidos antes del fenómeno, pues se vio que en las zonas donde todavía se conservaban saludables y el diámetro de los árboles era mayor, el número de víctimas resultó menor, lo cual fue una prueba contundente de que esas masas de árboles brindan una gran protección contra el oleaje de tormentas, huracanes y tsunamis.

Por la misma razón, en Filipinas, a raíz del catastrófico tifón Haiyan de noviembre de 2013, que dejó más de 6 300 muertos, el gobierno inició un vasto programa de reforestación con árboles de mangle para formar una barrera viviente que resguarde las costas más expuestas al oleaje de tempestad.

Aquí cabe subrayar que en esos y otros casos —como los de la Florida en Estados Unidos— las superficies restauradas fueron incomparablemente mayores que Tajamar, que mide sólo unas decenas de hectáreas y por sus reducidas dimensiones y fácil acceso resulta mucho más fácil de intervenir con garantía de éxito.

Por lo demás, no hay que mirar hasta el otro lado del mundo para comprobar que sí es posible restaurar manglares devastados. Tenemos otro ejemplo notable en Celestún, en el noroeste de Yucatán, donde se logró restablecer los mangares impactados por la interrupción del flujo hidrológico provocado por la construcción de la carretera hacia esa población. Esos manglares, dicho sea de paso, son un gran atractivo turístico por su frondosidad, belleza y nutridas poblaciones de garzas, flamencos, ibis y otras aves.

Y a un tiro de piedra del Malecón Tajamar, tenemos otro magnífico ejemplo en los excelentes trabajos que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, la Conanp, realizó para restaurar los manglares del sistema lagunar Nichupté destruidos por el huracán Wilma en 2005.

El meteoro dañó de tal manera los manglares en aquel lugar, que gran parte de ellos murieron y en los siguientes tres años su recuperación fue tan lenta que algunos expertos los consideraron perdidos para siempre, y los más optimistas estimaban que tardarían al menos un cuarto de siglo en recobrar su verdor y frondosidad.

Pero en 2008, tras la creación del Área de Protección de Flora y Fauna Manglares de Nichupté, que abarcaba el manglar destruido, la Conanp emprendió un trabajo que parecía imposible: intentar la resurrección del manglar muerto.

La ciclópea tarea se encargó a la bióloga Patricia Santos, experta en la materia, que durante un curso de especialización en Japón había conocido las técnicas de restauración de mangle usadas en Asia. Y en seis años se logró reforestar exitosamente más de 60 hectáreas con más de 360 mil plantas de mangle, que a la fecha tienen un promedio de sobrevivencia de 87%. Además, se restablecieron los flujos de agua obstruidos, se eliminaron las plagas de especies exóticas invasoras y aquel manglar muerto hoy parece no haber sido nunca afectado, salvo por los troncos de los árboles de mayor porte que aún están de pie como evidencia de la gran resistencia mecánica de este ecosistema ante el embate de los fenómenos que vienen del mar.

En pocas palabras: sí se puede —pues ya se demostró que sí se pudo— resucitar manglares.

Ahora bien, habrá quienes se pregunten si vale la pena hacerlo. Pronto comentaremos cuál sería el costo y quién lo pagaría. Por ahora, basta recalcar que, contra lo que afirma Fonatur para tratar de seguir adelante con el proyecto de urbanización, el manglar de Tajamar está muy lejos de haberse perdido para siempre.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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