La cacería como método de conservación

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Quizá a algunos pueda parecer ilógico y contradictorio. Y otros —guiados más por la sensiblería que la razón— tal vez hasta lo tilden de cruel e inhumano. Pero la cacería ha demostrado ser un buen medio para conservar la flora y la fauna y beneficiar a los campesinos sin detrimento de sus tradicionales actividades agrícolas.

Juan José Morales

 Cutz o pavo de monte, Meleagris ocellata. Sólo existe en el área maya y es diferente al pavo norteño o guajolote Meleagris gallopavo, del cual provienen los ejemplares de corral. Nunca fue domesticado y únicamente hay ejemplares silvestres, que constituyen una presa muy codiciada por los cazadores deportivos.


Cutz o pavo de monte, Meleagris ocellata. Sólo existe en el área maya y es diferente al pavo norteño o guajolote Meleagris gallopavo, del cual provienen los ejemplares de corral. Nunca fue domesticado y únicamente hay ejemplares silvestres, que constituyen una presa muy codiciada por los cazadores deportivos.

En una ponencia presentada en el Quinto Congreso Nacional de Investigación en Cambio Climático recientemente celebrado en la Universidad del Caribe en Cancún, por un grupo de investigadores de la Universidad Autónoma de Campeche — Oscar Gustavo Retana Guiascón, Jorge Vargas Contreras, Jesús Vargas Soriano y Demián Hinojosa Garro— se expusieron los excelentes resultados obtenidos por los campesinos del ejido Carlos Cano Cruz, en Campeche. El ejido, de 9 600 hectáreas, funciona también como Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre —o UMA, como se llama en forma abreviada— en estricto apego a la reglamentación establecida para esas áreas naturales, en las que se pretende lograr el aprovechamiento racional y sustentable de la flora y la fauna, a la vez que protegerla y conservarla.

Pues bien, en el ejido en cuestión —donde hay tres aguadas que proporcionan alimento, hábitat y refugio a la fauna silvestre— los ejidatarios se organizaron de tal manera que permiten la caza deportiva, especialmente de pavo silvestre, o cutz, como se le conoce en maya. Y ello les proporciona ingresos sustanciales. Por permitir la caza en su parcela, cada ejidatario recibe cuatro mil pesos, más seis mil por cada ejemplar que sea abatido por el cazador. Además, hay cierta derrama económica adicional porque los cazadores son llevados al lugar por una empresa que para ello construyó alojamientos con todas las comodidades y servicios necesarios.

Podría pensarse que al permitir que sean cazados, ha disminuido la población de pavos de monte en el ejido. Pero ocurrió lo contrario. Son ahora tan abundantes que los funcionarios de la Dirección General de Vida Silvestre pusieron en duda los informes al respecto, tildándolos de exagerados. Pero al realizar una inspección del área comprobaron que eran correctos.

Por otro lado, tanto las aguadas como la vegetación circundante y las áreas selváticas del ejido se mantienen en excelentes condiciones, pues los ejidatarios saben que de ello depende que haya animales silvestres y por tanto cazadores.

De hecho, como ya hemos comentado en esta columna, la milpa tradicional ha funcionado siempre como una especie de criadero de animales silvestres. Venados, pavos, gallinas de monte, tepescuintles y otros se alimentan en los sembradíos, y desde siempre los campesinos los han cazado para mejorar su dieta con la llamada carne de monte. Pero, como se ve en el caso de este ejido campechano, la cacería puede rendir beneficios mucho mayores que unos kilos de proteína animal.

Desde luego, para ello se requiere planeación y organización. En el caso del ejido Carlos Cano Cruz, la clave del éxito fue, por un lado, que el proyecto surgió de los propios campesinos, no se trató de uno de esos típicos planes fraguados en algún escritorio sin tomar en cuenta la opinión de los miembros de la comunidad. Y por el otro, a que hubo una buena capacitación de quienes lo encabezaron.

Aquí cabe subrayar que los ejidatarios de ese lugar no son mayas. Provienen de Tlaxcala, una entidad cuyo medio ambiente, semiárido y templado, es totalmente diferente al de la península de Yucatán. Sin embargo, supieron aquilatar el gran valor de la selva, las aguadas y la fauna que albergan, y sacarles provecho a la vez que las protegían y conservaban.

Ciertamente, este es un modelo que podría aplicarse a otros muchos ejidos de Yucatán, Campeche y Quintana Roo.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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