Revival, de Stephen King promete el final más terrorífico jamás escrito

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RevivalOctubre de 1962. En una pequeña localidad de Nueva Inglaterra la sombra de un hombre se cierne sobre un niño que juega ensimismado con sus soldaditos. Cuando Jamie Morton levanta la cabeza, ve una figura imponente. Se trata de Charles Jacobs, el nuevo pastor, con quien pronto establecerá un estrecho vínculo basado en su fascinación por los experimentos con electricidad.

Varias décadas más tarde, Jamie ha caído en las drogas y lleva una vida nómada tocando la guitarra para diferentes bandas por bares de todo el país. Entonces vuelve a cruzarse con Jacobs —dedicado ahora al espectáculo y a crear deslumbrantes “retratos de luz”—, y el encuentro tendrá importantes consecuencias para ambos. Su vínculo se convertirá en un pacto más allá incluso del ideado por el Diablo, y Jamie descubrirá que “renacer” puede tener más de un significado.

Esta inquietante novela, que se extiende a lo largo de cinco décadas, muestra uno de los más terroríficos finales que Stephen King haya escrito jamás. Es una obra de arte del maestro de contar historias de nuestro tiempo, en la tradición de Hawthorne, Melville o Poe.

Penguin Random House, Grupo Editorial, publica en México Revival, “El final más oscuro, inquietante e inolvidable de cuantos ha escrito Stephen King”.

King es autor de más de cincuenta libros, todos bestsellers internacionales. Su obra 22/11/63 fue elegida por el The New York Times Book Review como una de las diez mejores novelas de 2011, y por Los Angeles Times como el mejor libro de intriga del año. En 2003 fue galardonado con la medalla del National Book Award Foundation for Distinguished Contribution to American Letters, y en 2007 fue nombrado Gran Maestro de los Mystery Writers of America. Vive entre Maine y Florida con su esposa Tabitha King, también novelista.

Aquí un fragmento de la obra:

—Ha pasado algo —dije. Tenía un tenedor en una mano (a saber de dónde había sacado también eso), y me lo clavaba una y otra vez en la parte superior del brazo, la parte hinchada. Manaba sangre al menos de una docena de pinchazos—. Algo. Ha pasado. Algo ha pasado. Madre mía, algo ha pasado. Algo, algo.

Me dije que debía parar, pero al principio no pude. No estaba fuera de control exactamente, pero sí fuera de mi control. Me acordé del Jesús Eléctrico que cruzaba penosamente el Lago Apacible por un carril oculto. Mi situación era algo así.
—Algo.
Pinchazo.
—Algo ha pasado.
Pinchazo, pinchazo.
—Algo…
Saqué la lengua y me la mordí. El chasquido sonó otra vez, no junto a mis oídos, sino en el fondo de mi cabeza. La compulsión de hablar y pincharme desapareció, así sin más. Se me cayó el tenedor de la mano. Me retiré el torniquete improvisado y sentí un hormigueo en el brazo al volver a circular la sangre.

Miré la luna, temblando y preguntándome quién, o qué, había estado controlándome. Porque había estado bajo control ajeno. Cuando volví a mi habitación (dando gracias porque nadie me viera con el pito al aire), vi que había pisado unos cristales rotos y tenía cortes de consideración en el pie. Eso debería haberme despertado, pero no había sido así. ¿Por qué? Porque no estaba dormido. Tenía la certeza de que así era. Algo me había obligado a salir de mí mismo y se había adueñado de mí, conduciendo mi cuerpo como si de un coche se tratara.”.

 

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