Mujeres al volante en el cine

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streisandEn La hija del ministro (Fernando Méndez , 1952), cada vez que Rosita Arenas va ver a José Elías Moreno, su padre en la película, es porque agentes de tránsito la amenazan con multarla por exceder los límites de velocidad y por manejar sin cuidado; en una de ésas, atropella a Luis Aguilar, quien después la enamorará; en ATM (Ismael Rodríguez, 1951) el agente de tránsito Pedro Chávez perdona a la quinceañera Alma Delia Fuentes por manejar sin cuidado (y sin licencia, no tenía edad para que se la otorgaran), y después, él y Luis Macías, otro agente, tienen que alegar con Amelia Wihelmy, quien provoca un embotellamiento por transgredir varios reglamentos de tránsito, que debería conocer porque su esposo y su hijo corrieron en la carrera Panamericana (torneo automovilístico de moda en los años cincuenta); en What’s Up, Doc? (Peter Bogdanovich, 1972) Barba Streinsand conduce de manera audaz por las calles de San Francisco y causa colisiones, un gran cristal quebrado, la destrucción de un automóvil estacionado, casi el atropellamiento de un repartidor de leche, y que varios autos, incluidas unas patrullas, cayeran a la bahía; en Annie Hall (Woody Allen, 1977) se ve la expresión aterrorizada del protagonista ante la conducción intrépida de Annie Hall (Diane Keaton), quien además, se estaciona lejísimos de la banqueta (es de familia: el hermano Duane Hall conduce igualmente rápido); en To Catch a Thief (Alfred Hitchcock, 1955) Grace Kelly maneja tan rápido que provoca el accidente del auto en que agentes policiales persiguen a Cary Grant, quien se arriesga, pero también sufre con esa manera de conducir; en Calabacitas tiernas (Gilberto Martínez Solares, 1948), Nelly Montiel atropella a Tin-Tan (la culpa no sólo es de ella); mi buena amiga, la excelente poetisa Guadalupe Flores lograba sumar a mis miedos (las inyecciones, los perros, las alturas) el subirme a un auto conducido por ella (no sé si después de destruir su auto se hizo más prudente, o se fue a perfeccionar a Grecia, donde conducen tan mal como en Puebla, Guadalajara y Coyoacán); una correctora se indignó cuando leyó un reportaje que Carlos Avilés hizo para El Financiero comparando estadísticas de accidentes de peseros y mujeres; atenuó su molestia cuando supo que se lo dedicábamos, por haber chocado dos veces en una semana, en la misma esquina. En NCIS Tony DiNozzo se niega a subir a un auto conducido por Ziva, tan peligrosa al volante como con los puños, los puntapiés y las armas blancas (aunque él es conocido como “asesino de autos”).
El lugar común de que las mujeres conducen peor que los hombres se refleja en las calcomanías que advierten MUJER AL VOLANTE y en el refrán pareado “Mujer al volante, peligro constante”, que me enseñó Nahúm cuando, en la prueba de conducción en Orlando, su único incidente fue un llegue, obviamente de una mujer; cortés, no la culpó pero la evadió en los siguientes minutos; desde los años cincuenta se decía que los choques de los hombres se debían al exceso de velocidad, y los de las mujeres por conducir al tiempo que se maquillaban, porque se les estropeaba el manicure y le hacían más caso a ese incidente, o porque confundían a los demás conductores, que no sabían si hacían señal de que iban a dar vuelta a la izquierda, de que iban a frenar a mitad de la calle, de que se secaban el barniz o sacudían el cigarrillo (si se atrevían a manejar, también a fumar).
Los peligros de la mujer al volante crecen por culpa de las camionetas que manejan pensando que tienen impunidad; un amigo se queja de que, porque no ven o no les importa, invaden las zonas peatonales, impacientes por que tengan la luz verde del semáforo para lanzarse sin importar la (ahora) reiterada norma de que hay que permitir a los peatones terminar de cruzar la calle aunque no les haya alcanzado el tiempo; “pinche viejo”, le dijo una a ese amigo que se atrevió a señalarle su doble infracción; a riesgo de que se me acuse de misógino, hago ver que son las que invaden las zonas peatonales, se estacionan en doble fila (y triple, en las zonas escolares de la Colonia del Valle o en Polanco), abren su portezuela sin importar que vengan otros autos, se echen en reversa sin fijarse por el retrovisor si hay peatones, y pegan gritos destemplados si a consecuencia de sus acciones rayan un poquito sus camionetas, las que conducen a gran velocidad pensando que son inmunes, sin considerar que tienen su punto de equilibrio en un sitio tan peligroso que con un volantazo pueden volcar; traen a sus niños, por lo regular latosos, en los asientos delanteros, sin el cinturón de seguridad, y, como los choferes de autos oficiales, con el codo recargado en la ventanilla, que es la posición más favorecedora para sufrir la amputación del brazo izquierdo, según dicen los médicos ortopedistas; el nuevo reglamento no contempla que se debe conducir con los brazos en posición de las 14:45, es decir, con las dos manos en el volante, del que no deben despegar ni para contestar el teléfono portátil, cambiar el compadisc ni menos para mandar mensajes (que lo hacen con alevosía). Ni siquiera para recoger las tortillas que se les caen, sobre todo si continúan con el auto en marcha (admito: por un enfrenón de Manuel Gutiérrez Oropeza contra otro auto, el día que inauguramos los ejes viales con un choque, tuve un golpe en la cabeza a raíz del cual se me redujo el astigmatismo, según justificó mi optometrista de entonces, Aurelio Mota). Son más peligrosas cuando conducen con bebé en brazos, o con una mascota, más traviesas que los infantes.
No debo ser injusto: peores son los choferes de guaruras, con el agravante de que se distraen con la plática de sus jefes, por si una crítica a un contrincante en la Cámara, o a un rival en el propio partido, deben interpretarlo como una orden. Las señoras de camioneta injurian a quien les señale sus infracciones; los guaruras, de menos, enseñan chica pistolota, se niegan a obedecer a los agentes de tránsito, o madrean a los que se atreven a ponerles arañas. Guaruras y señoras bloquean pasos para inválidos, se paran a la mitad de la calle, invaden cocheras ajenas, se estacionan en la banqueta y ponen cara de palo cuando se les pide que se muevan. A eso no se limitan: dos veces algún alto funcionario me puso un chofer (la primera vez tenían que llevarme, casi a la medianoche, al Heraldo de México; la segunda, muchos años después, para llevar material a una imprenta); en ambos casos condujeron con exceso de velocidad, se pasaron altos, invadieron zonas prohibidas, uno de ellos corrió con exceso de velocidad en sentido contrario en pleno Insurgentes, a la altura del Polifórum, a mediodía; como después llegaron a diputados, senadores y luego funcionarios menores, mejor no les doy su nombre, como cantó Jorge Negrete.
Todo eso es infracción, aunque el reglamento ya no es explícito en cuanto a invadir entradas ajenas, llevar el brazo fuera del auto, recargado en la ventanilla; ya no mencionan las penalizaciones por usar mal las luces direccionales (dislálicos, cuando los ponen indican vuelta a la derecha y la dan a la izquierda); sólo, ¡ay!, en las multas por hablar fuerte a los agentes o mandarlos a la fuente de gracia de donde proceden, con el claxon, la flexión del brazo derecho hacia atrás, con el puño cerrado, o con cinco chiflidos seguidos de otros dos. (Esta parte es fragmento de la serie sobre el Nuevo Reglamento de Tránsito, que Carlos Ramírez me está publicando en Indicador Político.)

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