Nativismo con máscara de quintanarroísmo

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Ya en Quintana Roo no se habla de nativismo. El término está demasiado desgastado y desprestigiado, y despide un desagradable tufo a ideas podridas. Pero el nativismo, la exigencia de que el estado y sus municipios sean gobernados única y exclusivamente por personas nacidas en la entidad, no ha muerto. Es una especie de dinosaurio que sigue agitando la cola y lanzando bramidos, aunque ahora con la máscara de quintanarroísmo, que a fin de cuentas es lo mismo.

Por Juan José Morales

 

En sentido estricto, quienes más derecho tendrían a proclamar el nativismo en Quintana Roo, serían los des-cendientes de los ma-yas rebeldes que durante la Guerra de Castas hicieron de esta región del país su pequeña patria, con exclusión de blancos y mestizos. En la foto, soldados mayas que guarnecían los centros ceremoniales.

En sentido estricto, quienes más derecho tendrían a proclamar el nativismo en Quintana Roo, serían los des-cendientes de los ma-yas rebeldes que durante la Guerra de Castas hicieron de esta región del país su pequeña patria, con exclusión de blancos y mestizos. En la foto, soldados mayas que guarnecían los centros ceremoniales.

El adalid del neonativismo es el diputado federal Raymundo King de la Rosa, quien con esa bandera intenta eliminar competidores en sus aspiraciones a lograr la candidatura del PRI a la gubernatura del estado. Y ha sido apoyado por el propio gobernador Roberto Borge Angulo, quien el pasado 5 de agosto, en un discurso pronunciado durante el apoteósico informe de actividades de King en la Explanada de la Bandera en Chetumal ante diez mil acarreados —dudo mucho que diez mil chetumaleños se hayan congregado espontáneamente, ávidos de escuchar el informe de labores de un diputado federal— dijo lo siguiente:

“Hoy quiero decirles, paisanas y paisanos, aquí en esta Explanada histórica y ante este Obelisco que representa nuestro quintanarroísmo, que nuestro Estado tiene identidad propia, libre y soberana, y que ha sido gobernado bien por quintanarroenses y debe seguir siendo gobernado por quintanarroenses”.

Y reiteró: “Por eso les digo que Quintana Roo, es para los quintanarroenses”.

Ciertamente, el nativismo no deja de resultar anacrónico y trasnochado en un lugar como Quintana Roo, que desde mucho tiempo atrás —incluso cuando era territorio federal— se ha caracterizado por ser tierra de migrantes, que a partir de su ascensión a la categoría de estado libre y soberano ha recibido un incesante flujo de mexicanos de muchas entidades y que debe su crecimiento y su fortaleza justamente a esa condición de sociedad multiétnica, multinacional y multicultural.

Por lo demás, resulta también bastante confuso y ambiguo hablar de quintanarroenses como sinónimo de nativos cuando, según la Constitución Política de Quintana Roo, son quintanarroenses no solamente quienes nacen en el estado sino también “los mexicanos que tengan domicilio establecido y una residencia efectiva de dos años por lo menos, dentro de la circunscripción territorial del Estado y estén dedicados al desempeño de actividad lícita.” Es absurdo y contrario a la ley, entonces, etiquetar como extraños a los cuales debe vedarse el acceso a cargos de elección popular, a aquellos quintanarroenses que nacieron en otro lugar del país, pese a que por muchas décadas hayan vivido y trabajado en el estado.

Un caso parecido al de Quintana Roo es el del estado de Baja California, que también fue hasta tiempos recientes territorio federal cuyos gobernadores eran nombrados desde la capital del país. Mucha gente sin duda se sorprenderá al saber que de los 13 gobernadores electos que ha tenido Baja California desde que en 1952 pasó de territorio federal a estado, ni uno solo nació en esa entidad. Todos, sin excepción, son originarios de otras: Sonora, Sinaloa, Chiapas, Distrito Federal, Yucatán, Chihuahua, Jalisco y el entonces territorio, hoy estado, de Baja California Sur. Más aún: tres de ellos nacieron en el extranjero: dos en Caléxico y uno en San Diego, ciudades ambas de California. Y hasta donde sé, nadie en BC objetó la candidatura de ninguno de ellos por no haber nacido en la entidad que pretendía gobernar.

De igual manera, nadie impugnó a Cuauhtémoc Cárdenas, primer jefe de gobierno electo del Distrito Federal, por no ser chilango sino michoacano, y para remate, haber sido gobernador de su estado natal. Tampoco la calidad de tabasqueño de Andrés Manuel López Obrador fue impedimento para ser electo al mismo cargo.

Pero, como vemos, los dinosaurios políticos no se han extinguido.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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