La plancha de cemento que surgió de la selva

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Hace bastantes años, en la Revista de Geografía Universal, publiqué un reportaje sobre Cancún titulado “La ciudad que surgió de la selva”. El asunto me vino a la memoria en estos días en que se celebran los 45 años de su fundación, pues una de las quejas recurrentes contra las autoridades municipales y estatales es la falta de áreas verdes. Y tras analizar la situación, he pensado que de escribirlo ahora, lo titularía “La plancha de cemento que surgió de la selva”.

Por Juan José Morales

En efecto, eso es ahora Cancún, una gran extensión de asfalto y concreto con pocas zonas arboladas, aunque el área donde se construyó estaba cubierta por una densa selva mediana subperennifolia. Es decir, un tipo de selva con árboles de 15 a 30 metros de altura de los cuales el 60% conservan su follaje durante la temporada de secas. En ella había grandes ejemplares de zapote, chacá, chechem, kitamché y otras muchas especies arbóreas, y todavía podían verse por todas partes árboles de zapote —Manilkara achras para los botánicos— que mostraban en la corteza las cicatrices en zigzag dejadas por el machete de los chicleros que de ellos extraían el látex para fabricar chicle.

Parecía lógico que esa vegetación fuera debidamente aprovechada para dotar a la naciente ciudad de numerosas áreas verdes densamente arboladas, y que además albergara al menos parte de la fauna nativa, especialmente las numerosas especies de aves. Y de hecho en la etapa inicial de construcción así fue. Se dejó en pie la mayor cantidad posible de árboles. Los había en parques y jardines, en los amplios camellones e incluso en los lotes para vivienda, pues se conservó en la medida de lo posible la vegetación original.

La comparación entre estas dos imágenes aéreas de Cancún —la de la izquierda tomada en 1991 y la de la derecha en 2004— muestra cómo, a la par que se extendía la mancha urbana con la construcción de nuevas viviendas —cada vez más pequeñas y próximas entre sí—, se reducía la proporción de áreas verdes e incluso desaparecían o se reducían las originales. Fotos cortesía del INEGI.

La comparación entre estas dos imágenes aéreas de Cancún —la de la izquierda tomada en 1991 y la de la derecha en 2004— muestra cómo, a la par que se extendía la mancha urbana con la construcción de nuevas viviendas —cada vez más pequeñas y próximas entre sí—, se reducía la proporción de áreas verdes e incluso desaparecían o se reducían las originales. Fotos cortesía del INEGI.

Pero pronto las cosas empezaron a cambiar. En lugar de proteger, conservar y aprovechar la flora primigenia, se comenzó a devastarla, cortándola a matarrasa, y la voracidad de fraccionadores y constructores hizo que los lotes para vivienda —y las viviendas mismas— se redujeran cada vez más, hasta volverse minúsculos, sin un solo árbol y con el terreno ocupado casi totalmente por la construcción.

La corrupción que caracterizó a numerosos ayuntamientos hizo también su parte en el deterioro de Cancún. Se autorizaron cambios de uso de suelo para favorecer la deforestación, se permitió a constructores y fraccionadores contabilizar como si fueran áreas verdes los camellones de las avenidas, las diminutas franjas que teóricamente serían cubiertas de césped a lo largo de las aceras, e incluso los espacios para escuelas, mercados y demás equipamiento urbano.

OmbligoVerdeLa Santa Iglesia también hizo de las suyas. Los curas se han venido apropiando ilegalmente —o en acciones de muy dudosa legalidad— de parques, camellones y otras áreas verdes de todos tipos y tamaños, contando para ello con la tolerancia de las autoridades y la complicidad de las autoridades —a cambio de apoyo político—, amedrentándolas con la amenaza de azuzar contra ellas a la feligresía, o simplemente desafiándolas. Un caso emblemático fue la entrega al clero con fines electoreros por la entonces presidenta municipal Magaly Achach, de un amplio lote del llamado Ombligo Verde —la única gran área arbolada que se conservaba en el centro de la ciudad—, para construir la hasta ahora inconclusa catedral. Tiempo después, otro alcalde, Gregorio Sánchez, arrasó totalmente la mitad de la arboleda que aún quedaba en el Ombligo Verde, con intenciones de construir ahí una gran plaza político-religiosa, con el palacio municipal de un lado y del otro una segunda catedral (la primera, a corta distancia, ya no es del agrado del obispo, quien quiere otra más a su gusto y pretende destinar la original a un negocio de criptas para difuntos).

Como resultado de todo lo anterior —y mucho más—, a 45 años de su fundación, Cancún sólo cuenta —según las muy discutibles cuentas de las autoridades— con 3.5 metros cuadrados de áreas verdes por habitante, o sea sólo un poco más de la tercera parte del mínimo de nueve metros cuadrados por habitante que recomienda la Organización Mundial de la Salud, y muy lejos de los 15 metros cuadrados que considera óptimos la propia OMS.

Y no sólo es muy poca la superficie de áreas verdes que corresponde a cada habitante, sino además está mal distribuida. Mientras en los fraccionamientos residenciales de la zona hotelera el promedio es de 20 metros cuadrados por persona, en las regiones de vivienda popular el promedio es de apenas 0.5 metros.

Ciertamente, Cancún, que pudo haber sido un modelo de ciudad arbolada, ha terminado convertida en una plancha de asfalto y cemento salpicada de minúsculas áreas verdes que en muchos casos de tales sólo tienen el nombre y no son más que polvorientos pedregales.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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