El fanatismo religioso a través de los siglos

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Me horroriza, por supuesto, la bestialidad de los miembros del llamado Estado Islámico al quemar vivos o decapitar en masa a indefensos prisioneros. Pero no voy a caer en la trampa de calificar de terroristas y sanguinarios a los fieles musulmanes en general ni al islamismo de religión sangrienta por naturaleza.

Por Juan José Morales

Escena de una de las guerras de religión entre cristianos en Europa. La historia está llena, a lo largo de siglos, de matanzas en nombre de dios, y no pocas veces víctimas y victimarios fueron creyentes en el mismo. Pero tal parece que el tiempo y el progreso no han sido suficientes para atenuar el fanatismo que lleva a algunos a tratar de imponer su fe a todos los demás y exterminarlos si no la aceptan.

Escena de una de las guerras de religión entre cristianos en Europa. La historia está llena, a lo largo de siglos, de matanzas en nombre de dios, y no pocas veces víctimas y victimarios fueron creyentes en el mismo. Pero tal parece que el tiempo y el progreso no han sido suficientes para atenuar el fanatismo que lleva a algunos a tratar de imponer su fe a todos los demás y exterminarlos si no la aceptan.

El problema no estriba en esa o en alguna otra religión en particular, sino en las religiones mismas, en todas aquellas que en una u otra época han tratado de imponerse a sangre y fuego sobre las demás. Hoy son los fanáticos seguidores de Mahoma en Nigeria, Libia o Irak que decapitan cristianos. En otra época fueron las guerras santas en nombre de Mahoma o los cristianos que en nombre de Jesús degollaban ancianos, hombres, mujeres y niños musulmanes, o sarracenos, como se les llamaba. Tuvimos también a la Santa Inquisición quemando vivos en leña verde —en bárbaros espectáculos públicos— a herejes, apóstatas y hombres de ciencia. Y no faltaron casos de cristianos matando salvajemente a otros cristianos, como ocurrió durante las guerras de religión en Europa.

Si de atrocidades y de matanzas en masa se trata, ciertamente la historia del cristianismo está llena de ellas. Tras la reforma religiosa en Europa, cuando Martín Lutero condenó la opulencia y los excesos de la Iglesia Católica y desconoció la autoridad del papa, católicos y protestantes se dedicaron alegremente durante los años siguientes a matarse unos a otros, a veces en demenciales carnicerías en que poblaciones enteras eran arrasadas y nadie se salvaba de la muerte o de ser capturado y vendido como esclavo o condenado a terminar su vida como galeote, remando en las entrañas de un buque. Y en el este de Europa, los cristianos ortodoxos fueron campeones en aquello de los progromos o matanzas de judíos.

Las cruzadas son otro buen ejemplo de barbarie religiosa. Oficialmente descritas en la historia de la Iglesia como intentos por recuperar los llamados Santos Lugares —particularmente Jerusalén—, entonces dominados por los musulmanes, en realidad obedecieron a los intereses de los mercaderes venecianos, que necesitaban tener libre el camino para el comercio de especias, seda y otros valiosos productos importados del Lejano Oriente, y en especial adueñarse del estratégico puerto de Acre, en la costa del actual Israel. Los cruzados, sin embargo, no esperaban a llegar a Tierra Santa para emplear sus armas. A su paso por los países europeos era usual que se dedicaran a asesinar judíos y miembros de grupos religiosos disidentes del catolicismo.

Pero las mayores atrocidades las cometían, obviamente, contra los musulmanes, o todo aquel que lo pareciera. En la descripción que escribió el canónigo Raimundo de Aguilers de la toma de Jerusalén durante la primera cruzada, puede leerse lo siguiente:

“Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias.”

Aquello fue en el siglo XII. Estamos en el XXI y aún tenemos matanzas por cuestiones de religión.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx



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