Rosalind Franklin, la científica olvidada del ADN

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Hace poco, en una revista de Quintana Roo escribí sobre las que llamé científicas invisibles. Es decir, aquellas mujeres que hicieron descubrimientos científicos de gran importancia pero a las cuales no sólo se les escatimó el mérito por ellos, sino que fueron atribuidos a hombres que sin pudor alguno se los apropiaron.

Por Juan José Morales

Tan guapa como inteligente, en su corta vida —murió de cáncer a los 37 años— Rosalind Franklin hizo extra-ordinarias contribuciones a la ciencia, entre ellas imágenes cristalográficas que revelaron la estructura del ADN o ácido desoxirribonucleico. Pero el mérito por ese descubrimiento le fue escamoteado y finalmente atribuido a Watson y Crick, a quienes se les otor-gó el Premio Nobel.

Pues bien, hoy estamos ante uno de esos casos. La científica invisible es Rosalind Franklin, y el hombre a quien indebidamente se premió por sus trabajos, fue James Watson, cuyo nombre es ampliamente conocido porque en 1962 se le otorgó, junto con Francis Crick, el Premio Nobel por el descubrimiento de la ahora familiar estructura en doble hélice o escalera retorcida de la molécula de ácido desoxirribonucleico o ADN, que es el portador del código genético.

Watson ha vuelto al plano de la actualidad porque hace poco ofreció en pública subasta el Premio Nobel que recibió en aquella ocasión. Lo vendió en 4.1 millones de dólares; un millón más de lo que esperaba… y muchísimo más de lo que merecía un individuo de su calaña.

Porque no hay que olvidar, en primer lugar, que Watson tiene posturas abiertamente racistas y reñidas por entero con la ciencia. En 2007 causó un escándalo público cuando declaró a un diario británico que era “inherentemente poco optimista” sobre la posibilidad de que los africanos pudieran alcanzar un alto nivel de desarrollo y superar los problemas de atraso, subdesarrollo y estancamiento económico, porque —dijo— “todas nuestras políticas sociales se basan en el hecho de que su inteligencia es igual a la nuestra, cuando todas las pruebas dicen que eso no es verdad”. Esto, añadió, “pueden comprobarlo los empresarios que emplean a personas de raza negra”.

Y además de su racismo, Watson es hombre de poca o nula ética, que no vaciló en plagiar el descubrimiento de la estructura del ADN y presentarlo como obra suya, con lo cual se hizo acreedor al Nobel.

En efecto, quien en verdad determinó la estructura del ADN fue la británica Rosalind Elsie Franklin, una brillante biofísica y cristalógrafa. Ella fue quien logró determinar la estructura del ADN mediante imágenes tomadas con rayos X gracias a las refinadas técnicas que desarrolló en el King’s College de Londres. La placa fotográfica en la cual apareció por primera vez la doble hélice, conocida como Foto 51, fue lograda tras una dificilísima y prolongada exposición de cien horas con un aparato que la talentosa Rosalind había perfeccionado.

Pero, sin pedirle permiso, o tan siquiera informarle, uno de sus colegas, un tal Maurice Wilkins, le entregó la imagen en cuestión a Watson, quien precisamente trabajaba en la Universidad de Cambridge en investigaciones sobre el ADN junto con Crick.

Ni tardos ni perezosos, ambos utilizaron la Foto 51 como base para su modelo de la doble hélice. Y como el plagio resultaría demasiado evidente ante aquellos miembros de la comunidad científica que conocían los trabajos de Rosalind, para intentar disimularlo, en el artículo que publicaron en marzo de 1953 —y por el cual recibirían el Nobel—, hicieron un reconocimiento muy vago y general a la investigadora, diciendo que habían sido estimulados “por sus conocimientos generales”. Además, publicaron un artículo de ella sobre sus trabajos acerca del ADN, pero presentándolo en forma muy secundaria y de tal modo que parecía ser tan sólo un respaldo o complemento de las investigaciones de Watson y Crick.

Rosalind, al igual que otras muchas científicas de la época, no recibió el apoyo de sus colegas hombres para que se le reconociera el mérito por su trabajo y fue injustamente relegada. Además, ya para entonces tenía problemas de salud, y en 1956 se le declaró el cáncer que dos años más tarde le causaría la muerte a la temprana edad de 37.

Al menos su temprano fallecimiento le evitó la amargura de ver que, en 1962, Watson y Crick fueron premiados por lo que ella había descubierto.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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