La araña panadera, abundante pero poco conocida

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Ya la había visto en varias ocasiones —y usted probablemente también—, y siempre me llamó la atención por su forma y su colorido tan extraños. Pero, dado que siempre la encontraba en una telaraña, a pesar de su aspecto supuse que se trataba de una araña muy peculiar. Sin embargo, no sabía nada de ella, hasta que hace poco, al leer el libro Arañas, del biólogo Roberto Rojo, me enteré que se trata de una especie que en la nomenclatura científica se denomina Gasteracantha cancriformis y en el lenguaje popular es llamada araña picuda, panadera, estrella, soldado, cornuda, espinosa y con otros variados nombres.

A menudo la araña panadera —ignoro a qué se debe tal nombre— pasa inadvertida a pesar de sus atractivos colores y su forma tan singular, pero es bastante común en casi todo México. Su telaraña también es muy llamativa, ya que presenta unas marcas en los bordes, llamadas estabilimentos, que le dan una apariencia rayada y nacarada, al parecer como advertencia a las aves para que no choquen con ella y la destruyan.

 

Es más abundante y común de lo que se piensa. Se le encuentra en regiones cálidas y templadas desde Estados Unidos hasta Centro y Sudamérica, aunque a veces pasa inadvertida por su pequeño tamaño. Es una de las más ampliamente distribuidas entre el centenar de especies y subespecies de su mismo género, el Gasteracantha. Este nombre, dicho sea de paso, proviene del latín gaster (estómago) y cantha (espina) y significa estómago espinoso. Cancriformis quiere decir en forma de cangrejo, por obvias razones.

Las seis espinas que esta araña posee —un par a cada lado del cuerpo y otro par en la parte posterior— constituyen defensas contra depredadores, y sus colores muy llamativos —blanco, rojo, amarillo, etc., con manchas negras— son una especie de aviso de que intentar devorarlas resulta desagradable o peligroso.

Como decíamos, la araña espinosa es muy pequeña. La hembra mide solo entre cinco y nueve milímetros de largo y de diez a 13 de ancho. El macho es todavía menor: apenas dos a tres milímetros de largo y unos cinco de ancho. Sus espinas no son tan largas y su coloración menos acentuada. Además, a diferencia de la hembra, no teje tela sino que simplemente vive colgado de un hilo o se instala discretamente en la de la hembra. Por eso es usual que no se le vea.

De muy corta vida, estas arañas rara vez llegan a superar el año de edad y mueren inmediatamente después de reproducirse. Tras el apareamiento —que es precedido por un cortejo bastante elaborado—, la hembra produce entre 100 y 260 huevos fertilizados que deposita en un ovisaco, una bolsa formada con la propia seda que segrega para su telaraña y el cual adhiere a una hoja de la planta en que vive. Como salvaguarda contra animales que pudieran destruirlo para devorar los huevos, enmascara el saco con fibras de seda oscuras y amarillentas. Ahí lo deja, sin protección alguna, y muere unos días después. Un par de semanas más tarde, nacen las arañitas, que durante varias semanas más —entre dos y cinco— permanecen en el ovisaco hasta que finalmente se dispersan para iniciar su vida independiente. Pronto alcanzan la madurez sexual y están listas para producir una nueva generación.

Totalmente inofensivas para el ser humano —su picadura es muy leve y, si acaso, produce una ligera molestia, y sus espinas no causan mayor daño a la piel—, las arañas estrella, soldado, espinosas o como quiera llamárseles, son muy útiles dada la gran cantidad de insectos nocivos que exterminan. Así que si en su patio, su jardín o en el parque se topa con una de ellas, no la mate ni moleste. Admire su especial belleza y déjela tranquila para que siga cumpliendo su función en los ecosistemas.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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