Leviathan, con corrupción no hay justicia

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La idea básica de un hombre común que enfrenta a una enorme y poderosa creatura (un león, un dragón, un gigante…) siempre ha capturado la imaginación de las personas, quizá por la amplitud de interpretaciones que permite o por la identificación que produce la comparación de la bestia con la vida misma.

Leviatán (Andréi Zviáguintsev, 2014) narra una historia que destaca la apabullante injusticia de un sistema corrupto, completamente podrido, que parece estar hecho no para sostener la sociedad, sino para mantener a la gente común aplastada y jodida.

Esta película deja un mal sabor de boca pero no por que esté mal hecha; todo lo contrario. La efectividad con que relata los hechos hace que uno, como espectador, reflexione sobre la realidad en la que vive.

La ambientación general, a la que contribuye haber grabado en la península Rusa de Kírovsk, contrasta la grandeza y belleza de la naturaleza con la pobreza y melancolía de las personas; cada toma está planeada para hacernos sentir pequeños, abandonados y frágiles.

No en vano este largometraje ganó el premio a Mejor Guión en Cannes, Mejor Película Extranjera en los Globos de Oro y está nominada para el mismo galardón en los próximos Oscar. Cada personaje está excelentemente construido e interpretado, con sus defectos y virtudes que los hacen parecer reales.

En verdad el guión es destacable: al encontrar al protagonista en uno de sus puntos más bajos, uno de los personajes cita el pasaje bíblico que describe al monstruo marino que da título a la película, Job 41:1-4. Entre estos versículos el hombre no alcanza a referir dos más (8-9) que podrían ser la moraleja del relato: “Haz el intento de siquiera tocarlo: ¡será una batalla memorable, que nunca más repetirás! En vano espera quien pretenda domarlo; de sólo verlo de cerca, el más valiente tiembla”.

Aunque todo ocurre en una península de Rusia en el mar de Barents, los hechos bien podrían suceder en cualquier país que presuma de ser democrático. Es casi seguro que se han dado ya de manera similar en el nuestro. La reflexión cae como anillo al dedo a gran parte de la historia política de México: la impunidad que carcome al sistema entero y que la burocracia no sólo permite, sino apoya. ¿Acaso no la situación actual que vivimos es síntoma de que el sistema está tan putrefacto que amenaza con venirse abajo?

La religión también tiene un papel importante en la situación que se cuenta, pues actúa como cómplice del poder: al político le susurra al oído que debe proteger sus tierras de sus enemigos, mientras que al trabajador lo regaña y le indica que debería resignarse. El señalamiento se dirige a la Iglesia Ortodoxa Rusa pero, al menos en la película, ésta se parece mucho a la Católica.

Los dedos acusadores del director Andréi Zviáguintsev y su co-guionista Oleg Neguin apuntan seguramente a Vladimir Putin y su gobierno, pero quien esto escribe no pudo evitar voltear a ver su propia patria. En un sistema corrupto y degenerado, no existe la justicia social, ni la divina.

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