Vicente Leñero guionista

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A la muerte de Ninón Sevilla surgen comentarios elogiosos acerca de su calidad de actriz, aunque, como siempre, sean exagerados o correspondan a otra persona. Sevilla fue protagonista de tres de las más notables películas de rumberas, Aventurera, Sensualidad y Aventura en Río, las tres dirigidas por Alberto Gout y con guiones de Álvaro Custodio; nuestra crítica endiosó a Sevilla (coqueta hasta el final, falleció a los 93 años, no a los 85 que proclamaba al ingresar al hospital), copiando los elogios que le dedicó François Truffaut cuando era crítico de cine, y que ahora recuerdan, de que no bailaba para la gloria, no way, sino para el placer; pero también hablaba de sus gestos, de su altivez; desde luego, se refieren a la mirada con que reta a su suegra Andrea Palmacuando descubre que es la misma que la madroteó en su natal Ciudad Juárez y que pretende hacerse pasar por dama decente (falla del guión: para madrotear el burdel donde la explota tiene que ausentarse de su casa largas temporadas, y nadie cuestiona qué hace todo ese tiempo).

Vicente Leñero: lo suyo era la novela de búsqueda, que dejó de gustarle para quedarse en el planteamiento plano.

Es mucho más vivaz su expresión cuando se levanta la falda delante del probo juez Fernando Soler quien, más turbado que nunca, sabe que ante él se está abriendo la puerta de la tragedia, la sordidez, y que irremediablemente va a caer en sus redes, o mejor dicho, entre sus piernas, las que elogia ella misma para explicar por qué roba: “¿Qué puedo hacer con estas piernas, señor juez?” Falta de imaginación, desde luego, porque al salir de la cárcel muestra lo que puede hacer con las piernas: bailar y con ello enloquecer a la audiencia masculina y provocar bajas pasiones. La expresión vivaz, remarcada por la nariz chata y la mirada sexual más que sensual, marca la diferencia entre su placer por bailar, tirando caderazos, aunque por dentro se la lleva la chingada por saberse culpable de la muerte de su madre, del suicidio de su padre, de haber pecado antes de casarse. ¿Cómo puede gozar tanto del baile mientras todo a su paso es tragedia?

Las cintas son divertidas de tan exageradas, de tan irreales; mucho más verosímil es su actuación en Víctimas del pecado, aunque Emilio Fernández no fuera mejor director que Gout, aunque sí más inspirado, más lírico.

Sevilla es un mito del cine mexicano pese a que de sus cuarenta y tantos créditos sólo 18 corresponden a filmes, y no a apariciones especiales, bailes esporádicos, o series televisivas donde actuaba de sí misma; en alguna entrevista se quejó de que en su época las actrices podían enseñar las piernas pero no las pantaletas; mostraban el ombligo, y menos de 50 años después las adolescentes a punto de entrar a la edad de merecer andaban con el ombligo de fuera sin que nadie le dijera exóticas.

De todas las posibilidades y versiones, Vicente Leñero escogió la más común, la más conocida y la más plana para el guión de Miroslava, una horrenda película que pretende recrear el mito de una de las mujeres más hermosas que haya actuado (es un decir) en el cine mexicano, y que sale de un cuento de Guadalupe Loaeza.

Al hablar de Leñero, no mencioné su actividad como guionista. La página especializada en cine le acredita 31 participaciones, como autor del libro en que se basa el filme, como autor del argumento, como guionista, como consultor; hay dos excepcionales: El callejón de los milagros, de Jorge Fons, y Cadena perpetua, de Ripstein, basada en una de las mejores novelas de Luis Spota, Lo de antes, que alguna vez dije era la mejor cinta mexicana; eso fue en 1979, y no tengo empacho en insistir en ello: la sobria dirección de Arturo Ripstein, las actuaciones soberbias de Armendáriz, Gómez Cruz, Pellicer, Martin, Busquets, Murgía, Cobo; bueno, hasta Angélica Chaín está visible y no sólo por el desnudo por esa vez nada vulgar; la escena en que Rodrigo Puebla cae balaceado es una de las muertes más naturales en nuestro cine, y llama la atención la presencia imponente de Ana Martin, aunque prácticamente no dice una palabra.

A cambio, echó a perder Los albañiles, vulgarizó El monasterio de los buitres con la presencia de Irma Serrano y Macaria que nada tenían que hacer en la trama; permitió que se trivializara Estudio Q, enredó El crimen del padre Amaro, y enredó más aún La habitación azul hasta hacerlo una trama policial inocua, desperdiciando la turbante (más) belleza de Ana Claudia; permitió desnudos gratuitos cortesía de Francisco del Villar (Cecilia Pezet en El llanto de la tortuga, nada perturbante; Alma Muriel en Cuando tejen las arañas); sobre todo, echó a perder Las batallas en el desierto, haciéndola obvia, aplastando una anécdota y olvidando las otras, ambiguas y terribles; la sacó de contexto, aprovechó el terremoto de 1985 que nada tenía que ver con la novela; la simplificó, en resumen.

Lo dicho: lo suyo era la novela de búsqueda, que dejó de gustarle para quedarse en el planteamiento plano. Pero pocos podrán alcanzar lo que él logró con Los albañiles, Estudio Q y sobre todo Redil de ovejas, que cada vez me gusta más.

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