La sexta gran extinción, más veloz de lo imaginado

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Ya hemos comentado en esta columna que nos hallamos en medio de la sexta gran extinción, la del Antropoceno, como se ha bautizado a la época actual. Y se le califica de la sexta porque a lo largo de la existencia de la Tierra ha habido otras cinco —la primera hace 450 millones de años y la más reciente hace 65 millones—, durante cada una de las cuales desapareció en un lapso muy breve al menos el 75% de las especies de plantas y animales entonces existentes.

Por Juan José Morales

El dodó —Raphus cucullatus en la clasificación científica—, un ave lejanamente emparentada con las palomas, es el prototipo de las modernas extinciones. Originalmente se le clasificó despectivamente como Didus ineptus porque no logró adaptarse a la presencia humana. Vivía en las isla Mauricio, en el océano Índico, y desapareció en el siglo XVIII tras la llegada a sus territorios del hombre, que se dedicó a cazarlo e introdujo otros animales que competían con él. Pero no ha sido la única especie que corrió tal suerte en tiempos recientes. En la península de Yucatán tuvimos a la foca monje, Monachus tropicalis, declarada extinta hace apenas unos 50 años.

Pero la gran diferencia entre aquellas y la actual es que las cinco precedentes se debieron a factores naturales. Ocurrieron antes de la aparición del hombre. La presente, en cambio, es resultado de la expansión de nuestra especie, el Homo sapiens, que ha privado de su hábitat a multitud de otras especies y ocasionado profundos cambios ambientales. Por otro lado —y esto es muy importante— el ritmo de extinción es extremadamente rápido.

Aquí cabe precisar que las especies no son inmutables. Aparecen y desaparecen, surgen y se extinguen a lo largo del tiempo. Tienen una vida promedio de dos a tres millones de años, y al extinguirse son sustituidas por otras. Esto es un proceso normal y ocurre independientemente de eventos catastróficos que causen una extinción masiva, como la caída del asteroide de Chicxulub que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años, o una sucesión de grandes y repetidas erupciones volcánicas, a las que se atribuye la gran extinción —la mayor de todas— ocurrida hace 252 millones de años a fines del período Pérmico.

Pues bien, de acuerdo con un estudio publicado en la revista Conservation Biology, las actuales extinciones están ocurriendo a un ritmo muy acelerado, mucho mayor de lo que se creía y de lo que podría considerarse normal. Durante los 60 millones de años que antecedieron a la aparición del hombre —dicen los autores del estudio— se extinguía en promedio una especie de cada millón por año. En la actualidad, añaden, el ritmo anual es de cien extinciones por cada millón. O sea, que las cosas son mucho más serias de lo que se pensaba.

El estudio de referencia fue realizado por un grupo de investigadores de las universidades norteamericanas Brown, de Duke y de Georgia. Lo encabezaron los doctores Jurriaan de Vos y Stuart Prim, quienes señalan que los resultados son preocupantes y muestran la necesidad de tomar medidas más eficaces para proteger y conservar a las especies amenazadas.

En efecto, nunca en un período que podría calificarse como biológicamente normal o tranquilo —en el sentido de que no hay sucesos catastróficos que aniquilen a plantas y animales— se había dado semejante ritmo de desaparición de especies. Y, obviamente, la causa de ello es la presencia de una especie dominante, el Homo sapiens —el ser humano— que con sus actuales siete mil millones de ejemplares no sólo es la más nutrida entre los grandes animales, sino que también tiene una capacidad de transformación del medio ambiente incomparablemente mayor que cualquiera de las demás. Como resultado, muchas plantas y animales se han visto desplazadas de su hábitat y están desapareciendo.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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