El mito del contacto con la naturaleza

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Con frecuencia escucho o leo opiniones del tipo de “todo tiempo pasado fue mejor”, en las que se pregona la vuelta a un mundo sin tantos avances tecnológicos y científicos que —dicen los que así piensan— sólo nos robaron la felicidad de vivir en estrecho contacto con la naturaleza y únicamente sirven para crearnos tensión nerviosa, preocupación, inseguridad y angustia, todo lo cual nos conduce a una muerte prematura. Y con mayor frecuencia leo o escucho decir que la milenaria medicina china, egipcia, india o babilónica, es incomparablemente mejor que la moderna.

Por Juan José Morales

De creer a quienes pregonan un retorno a la vida en estrecho contacto con la naturaleza, en tiempos pasados el mundo era como lo concibió el pintor ruso Konstantin Makovsky en su cuadro Arcadia, que describe aquel imaginario sitio de cielos azules, aire puro y agua cristalina poblado por hombres y mujeres sencillos, honrados y laboriosos que disfrutaban de una vida feliz sin las presiones de la civilización.

Discrepo de todo aquello. No me gustaría nada —pero absolutamente nada— retroceder, ya no digamos dos o tres siglos, sino tan sólo 80 ó 90 años en el tiempo, y retornar a la época en que los niños morían de sarampión, varicela, difteria, poliomielitis o cualquiera de las muchas enfermedades que ahora han sido erradicadas o reducidas a su mínima expresión gracias a las vacunas… que no fueron inventadas por los lamas tibetanos. O en que una infección podía resultar mortal porque aún no se inventaban los antibióticos… que tampoco son producto de la milenaria sabiduría oriental.

Tampoco me sentiría nada feliz sin mi computadora y la Internet, las cuales no me han vuelto su esclavo sino —por lo contrario— me han liberado de tener que pagar costosas suscripciones a publicaciones científicas que demoraban semanas o meses en llegarme, o de andar peregrinando por bibliotecas y centros de investigación en busca de libros y revistas.

Mucho menos me gustaría vivir en aquellos tiempos en que viajar en avión era un lujo reservado sólo a la gente más pudiente. Y aunque a algunos el teléfono celular les resulta aborrecible y sienten que se han vuelto dependientes de él, a mí —y creo que a muchísima gente— me resulta ideal poder enviar un mensaje instantáneo y gratuito vía whats app, desde cualquier lugar en que me encuentre, en el momento en que lo desee, a cualquier otra persona en cualquier lugar del mundo, y recibir la respuesta segundos después, cuando en los viejos y buenos tiempos había que ir a una oficina de telégrafos en días y horas hábiles, hacer cola, redactar un mensaje lo más escueto posible, pagar una pequeña fortuna por su envío, confiar en que llegara sin problemas, y esperar hasta el día siguiente para saber si el destinatario lo había recibido.

Y ni qué decir de la esperanza de vida. Allá en la década de los 30 del siglo pasado, un mexicano podía esperar a vivir en promedio 35 años. Actualmente, más del doble. Y a quien prefiera los alimentos frescos y “naturales”, puedo decirle que me siento bastante tranquilo de que el uso de conservadores, refrigeración, congelación, enlatado, deshidratación y otros procedimientos, permita llevar a lugares lejanos una gran diversidad de alimentos sin que se pudran, y —sobre todo— sin que al consumirlos corra uno riesgo de intoxicación.

Por lo que hace a la vida hogareña, creo que pocas mujeres —ni siquiera las más entusiastas naturistas— quisieran volver a los viejos y buenos tiempos en que no había lavadoras ni licuadoras y debían acabarse las manos en el lavadero y cocinar con carbón o —ya como un gran avance—, en una maloliente estufa de tractolina. Malolientes eran también las letrinas cuando se vivía en mayor contacto con la naturaleza, sin sanitarios. No añoro esos tiempos, aunque los olores fueran naturales, como tampoco añoro tener que bañarme a “jicarazos”.

Y conste que estoy hablando del segundo cuarto del siglo XX, cuando ya había anestesia, ferrocarriles, aeroplanos, sulfas, antisépticos, alumbrado eléctrico, refrigeradores domésticos, radio, teléfono, telégrafo y otros muchos adelantos. Si nos remontáramos a fines del siglo XVIII, cuando no se conocía ni siquiera la aspirina… Bueno, mejor ni hablar.

No. Esa idílica y romántica visión de un mundo bucólico, sencillo, donde la gente vivía feliz en comunión con la naturaleza, no tiene nada qué ver con el mundo real de insalubridad, mortalidad infantil, epidemias, enfermedades incurables, ignorancia, mujeres esclavas de la cocina y el lavadero y limitada esperanza de vida.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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