Bioenergética: Una vieja gata, revolcada como de costumbre #Charlatanería

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A mi correo electrónico llegó —sin duda porque la remitente no me conoce— la oferta de cierta señora que se dice Terapeuta de Medicina Bioenergética Kun-Li, quien promete, a cambio de cierta suma de dinero, devolverme la buena salud si la he perdido, o mantenérmela impecable si aún la conservo. ¿Cómo? Pues a través de “agentes vitales aplicables en sutiles impulsos antes de que la vitalidad del enfermo sobrepase la frontera humoral denominada corte biológico”. Y es que —según la dama de marras, y por si yo me andaba creyendo que las enfermedades se deben a virus, bacterias, parásitos, deficiencias nutricionales, factores genéticos, mal funcionamiento de algún órgano o cualquier otra tontería similar— “la Medicina Bioenergética Kun Li considera la enfermedad como una fuerza causativa del alma que origina para sí misma un aprendizaje”.

Por Juan José Morales

Sus promotores aseguran que la llamada medicina bioenergética es superior al naturismo, la homeopatía y la medicina científica, porque mientras la primera sólo usa hierbas e infusiones, la segunda diluciones y la tercera sustancias activas, y la bioenergética “usa lo esencial de la naturaleza para fortalecer la vitalidad del ser vivo”. Pero no explican en qué consiste esa misteriosa esencia de la naturaleza.

Si no entendió usted lo anterior, no se preocupe. Ahí está precisamente el truco: en hacer afirmaciones totalmente disparatadas y sin sentido para que los incautos crean que se trata de conocimientos tan, pero tan elevados, que resultan incomprensibles para el común de los mortales.

En realidad, la tal medicina bioenergética no es más que una vieja y bien conocida gata, debidamente revolcada para darle apariencia de novedad. Es la idea precientífica de que por el cuerpo fluye cierta energía misteriosa que escapa a la detección de cualquier instrumento, y de la cual depende la salud. “Cada órgano de nuestro cuerpo tiene una cantidad específica de energía —aseguran los ‘bioenergetistas’—, y cuando estos niveles de energía son alterados, se crea un desajuste de energía, donde la misma se transfiere a otros órganos provocando un exceso de energía en unos, y una deficiencia en otros. Estas razones producen lo que llamamos enfermedad, entendida como la pérdida del equilibrio biológico y psicológico.”

Y, para no salirse de los trillados caminos de las llamadas medicinas alternativas o no convencionales, se afirma rimbombantemente que “la medicina bioenergética nace del conocimiento ancestral de la vida de los antiguos sabios himalayos (sic)”. Porque, como bien se sabe, desde la más remota antigüedad, en la soledad de los monasterios del Himalaya, los sapientísimos monjes lograron determinar la causa de todas las enfermedades existentes o inexistentes, reales o imaginarias, del cuerpo o el alma, pasadas, presentes y futuras, y la manera de curarlas o prevenirlas.

Para ello, por supuesto, no necesitaron laboratorios, equipos de rayos X o ultrasonido, espectrógrafos ni toda esa inútil parafernalia de la medicina occidental. Tampoco tuvieron necesidad de realizar pruebas clínicas. No. Nada de eso. Les bastó el poder de su mente. Porque “la medicina bioenergética se basa en el hecho de que el ser humano es una unidad pensante con capacidad de razonamiento y discernimiento, cualidad que lo hace sustancialmente diferente de otros seres vivos de la naturaleza. Por ende, considera en su terapéutica aquello que permite pensar, es decir, la mente; así como aquello que permite tener inteligencia para razonar y que los sabios himalayos denominaron aliento o soplo, los chinos nombraron Chi y el Ayurveda, prana.”

Así, a partir de la pura observación y la meditación, aderezadas con un poco de ayuno, “desarrollaron algunas teorías que explicarían la interrelación del ser humano con la naturaleza, y que se manifiesta como agua, aire, fuego, viento o aliento, tierra, verduras, frutas, semillas y plantas medicinales.”

Y para curar, aliviar y evitar las enfermedades, aquellos eruditos monjes tibetanos que jamás pisaron una escuela de medicina, no tuvieron necesidad de sustancias o procedimientos tan vulgares como sulfas, antibióticos, antipiréticos, insulina, cirugía cardiovascular, vacunas o demás cosas que sólo sirven para enriquecer a los médicos y las empresas farmacéuticas. No. Nada de eso. Les bastan y les sobran “técnicas como drenaje, desbloqueo, balance y armonización, conjuntamente con el uso de agentes vitales, aromas y tonos en puntos psicosomáticos del cuerpo”.

Creo innecesario decir la tal medicina bioenergética no es una práctica médica regulada por las autoridades sanitarias y las universidades, sino que se aprende a través de esos cursos que puede tomar “toda persona con interés, espíritu de servicio y buscadores del saber ancestral que desean desarrollarse profesionalmente en medicina bioenergética” y que son un batidillo de filosofías orientales, ideas místicas, esoterismo y confusos conceptos seudocientíficos.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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