La dictadura perfecta, retrato de nuestro México

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No soy ni pretendo ser crítico cinematográfico. Pero creo que no se requiere serlo para darse cuenta de que una película es buena. Y de La dictadura perfecta, la cinta de Luis Estrada que acaba de estrenarse en salas de todo el país, creo que todo aquel que la vea sentirá que es no sólo buena sino excelente. Excelente por su guion, su elenco, las actuaciones, la dirección y prácticamente todos sus aspectos. Pero, sobre todo, por la forma realmente magistral en que nos ofrece un retrato del México en que vivimos y de la forma en que es gobernado por una verdadera pandilla de empresarios, políticos, gobernantes, policías, funcionarios públicos, periodistas, criminales y —muy especialmente— la televisión.

Por Juan José Morales

Producida y dirigida por Luis Estrada —a quien debemos también otras magníficas cintas como La Ley de Herodes y El Infierno—, con un excelente reparto que incluye a Damián Alcázar, Joaquín Cosío, Alfonso Herrera, Dagoberto Gama, María Rojo y Salvador Sánchez en los papeles principales, esta película maneja hábilmente el humor y la sátira para desnudar a quienes detentan el poder en México.

No se trata, sin embargo, de una película panfletaria, de esas en que el espectador sale de la función con un amargo sa-bor de boca y el ánimo por los suelos, con una sensación de impotencia y desilusión. Nada de eso. La dictadura perfecta es una verdadera obra de arte, una aguda crítica al sistema político a través de la sátira y la comedia, en la que se lleva al espectador a la reflexión y el descubrimiento a medida que paso a paso, conforme se desenvuelve la trama, se va desnudando a quienes manejan los hilos del poder, que no son solamente los presidentes municipales, los diputados o los gobernadores, sino también los narcotraficantes, los publicistas y esos individuos que desde las pantallas de la TV se erigen en “formadores de opinión pública”.

A lo largo de la película, el espectador va conociendo los entretelones de la política y el periodismo “informativo”, la complicidad entre policías y delincuentes, las razones por las que las grandes cadenas televisivas “denuncian” escándalos, y las monetarias razones por las que los ocultan, la manera como se arman enternecedores reportajes destinados a conmover a la opinión pública, los propósitos de tales reportajes y la forma en que terminan dejando buen dinero a las televisoras, al igual que contribuyen a sus ganancias los patronatos y fundaciones que encabezan y cuyas obras “benéficas” terminan siendo financiadas por los ingenuos telespectadores.

Ciertamente, es una película que todos los mexicanos debemos ver, porque nos quita muchas vendas de los ojos, esas vendas que —como muestra la propia cinta— nos han sido puestas por el gobierno y los medios de comunicación manejados por él a través de los llamados contratos de publicidad, que no son otra cosa que sobornos mediante los cuales, como alardea el gobernador Carmelo Vargas de la historia, se puede controlar a todos los periódicos de un estado para que no digan más que lo que el gobierno quiere.

Sabrán los espectadores qué es La Caja China, ese procedimiento periodístico mediante el cual se detona un escándalo para silenciar otro o para desviar convenientemente la atención del público. Sabrá cómo se fabrican, acallan, amplifican o distorsionan las noticias al gusto y conveniencia de los dueños del poder, cómo se calumnia a políticos limpios y honrados sin darles oportunidad de defenderse, cómo quien denuncia la corrupción se convierte en “un peligro para México” y cómo —y por cuánto— la televisión puede transformar la enlodada imagen de un gobernador a quien —”por órdenes de arriba” y para desviar la atención pública de un asunto que involucraba al presidente de la República— había exhibido como un auténtico pillo implicado en el narcotráfico, hasta convertirlo en un gobernante ejemplar, todo un dechado de virtudes, y finalmente llevarlo, nada más ni nada menos, que a la presidencia de la República.

Por supuesto, las semejanzas entre lo que ocurre en la película y lo que ocurre en México, no son producto de una coincidencia. Luis Estrada decidió retratar al México en que vivimos, y muy especialmente, mostrar a los mexicanos cómo se nos da atole con el dedo a través de la manipulación de las noticias.

Por eso creo que todos aquellos que deseamos saber cómo nos toman el pelo la TV y los políticos, debemos ver La dictadura perfecta y recomendar a todo mundo que la vea. Ciertamente, vale la pena. Mucho se le disfruta, y mucho se aprende de ella.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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