La extinción voluntaria del género humano

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Hace años, el Dr. Gómez Pompa, buen amigo y excelente biólogo —uno de los mejores especialistas en botánica tropical de México—, comentaba que un gran error de los hombres de ciencia fue no haber encabezado en su oportunidad los movimientos de protección y defensa del medio ambiente. Su lugar, entonces, lo ocuparon personas bien intencionadas y genuinamente preocupadas por defender la naturaleza, pero carentes de formación científica e impulsadas más por la emoción que por la razón.

Por Juan José Morales

Bella, impoluta, perfecta… Según ciertos ecologistas que culpan al hombre de haber arruinado el medio ambiente, así era la naturaleza antes de la aparición del ser humano, y así podría volver a ser si no fuera por nosotros. Conforme a esta línea de pensamiento, quizá deberíamos autoextinguirnos para salvar a la madre naturaleza.

Como resultado, la comunidad científica fue en gran medida marginada de las organizaciones y acciones ecologistas, pese a que la problemática ambiental pudo ser conocida precisamente gracias a sus investigaciones. Más todavía: de la bandera del ecologismo se adueñaron personajes como el bien conocido Niño Verde, que la usaron para los peores fines políticos.

El resultado de todo lo anterior, es que el ecologismo —que no debe confundirse con la ecología, la cual es una ciencia en toda la extensión de la palabra— se ha ido contaminando cada vez más con toda clase de influencias anticientíficas, de tipo esotérico, mágico, espiritualista y religioso, con las llamadas filosofías orientales, el rechazo a la medicina científica, con tendencias de la vuelta a un pasado que se supone bucólico y feliz, con la promoción de las llamadas medicinas alternativas del tipo de la acupuntura y el reiki, el vegetarianismo extremo o veganismo, las campañas antivacunación, las infundadas afirmaciones de que las ondas electromagnéticas de los celulares dañan el cerebro, y una interminable parafernalia seudocientífica de ese tipo, incluidas cuestiones mágicas como el tarot o la sanación a través de la energía del Universo.

Esta mescolanza del ecologismo con todo género de ideas místicas y esotéricas ha tenido dos consecuencias importantes: por un lado ha favorecido la proliferación del charlatanismo, y por el otro ha llevado a mucha gente a deificar la naturaleza. La miran como una especie de entidad superior o sobrenatural, perfecta por sí misma, que debería permanece prístina e intocada, pero ha sido corrompida y arruinada por la intervención de esa nociva criatura llamada hombre, que vino a desquiciar los ecosistemas, exterminar animales, contaminar el aire y el agua, calentar la atmósfera, arrasar los bosques y selvas y alterar aquel maravilloso equilibrio natural.

O, para decirlo en otros términos: para ese tipo de ecologismo, el gran enemigo de la naturaleza y el causante de todos los males habidos y por haber en este mundo, es el hombre.

Si uno siguiera esa línea de pensamiento, resultaría que la única solución a los problemas ambientales que aquejan al planeta Tierra, sería eliminar la causa de todos esos problemas. Es decir, al hombre.

Pero como no hay un ser superior que decida borrarnos de la faz del planeta —o, si lo hay, es demasiado benévolo para exterminarnos—, tendremos que ser los propios seres humanos quienes optemos por autoliquidarnos. No mediante un suicidio en masa al estilo de aquellos fanáticos religiosos norteamericanos de cierta secta en Guyana hace algunos años, sino por el sencillo expediente de ya no reproducirnos más. Bastaría esterilizar a todos los hombres y mujeres —o, para simplificar las cosas, únicamente a todos los hombres o a todas las mujeres—, para que al cabo de una generación se haya consumado la extinción voluntaria del género humano. Desaparecida la causa de sus males, la sabia y perfecta naturaleza podrá de nuevo florecer libremente, los ecosistemas recobrarán el equilibrio perdido, y las extinciones serán —como en el pasado— resultado únicamente de factores naturales.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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