El Cancún que pudo ser y no fue

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Hace poco estuvo en Cancún el Dr. Juan Luis Cifuentes, uno de los mejores especialistas en biología marina y pesquera de México y gran conocedor de los litorales de nuestro país. Y durante una entrevista radiofónica que se le hizo a propósito de la conferencia que dictaría en la Casa de la Cultura de esa ciudad, comentó algo que ya sabíamos pero de lo cual no teníamos una prueba directa, concreta y del todo convincente, ya fuera documental o testimonial: que en la planeación de ese centro turístico, se desecharon la opinión y las sugerencias de los expertos en cuanto a la ubicación de las construcciones y las cosas se hicieron deliberadamente mal, porque así convenía a los empresarios.

Por Juan José Morales

La isla de Cancún antes de iniciarse su urbanización. Obsérvese la franja de playas originales de blanca y finísima arena, que se perdieron porque no se siguió la recomendación de los científicos de mantener los humedales y las dunas costeras como protección contra tormentas y huracanes.

 

Pero para entender mejor las cosas, retrocedamos un poco más de 40 años, a la época, allá por 1972, en que se proyectó Cancún.

De él se dice que fue un centro turístico integralmente planeado, y hasta cierto grado lo fue, en cuanto a que se hizo una planeación urbanística general. Pero se cometieron graves omisiones, como el no haber pensado en sus habitantes más que como mano de obra para los hoteles y restaurantes y no como ciudadanos que requerían de áreas y centros de diversión, cultura y esparcimiento. Y existe también la idea de que se cometió un grave —gravísimo— error al ubicar los hoteles, condominios y demás construcciones sobre la duna costera, inmediatamente junto a la playa, pero que esa equivocación se explica porque en aquel entonces no se conocía muy bien la importancia de las dunas y los humedales.

En realidad, sin embargo, no hubo error en ese aspecto, sino que las cosas, como decíamos, se hicieron deliberadamente mal y a contrapelo de la opinión de los expertos. El Dr. Cifuentes lo sabe muy bien porque formó parte del grupo de expertos en cuestiones ambientales reunido por el entonces recién creado Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología para opinar y marcar lineamientos científicos al proyecto Cancún. Y —dice— todos los expertos en asuntos costeros, marinos y de humedales, coincidieron en que las construcciones debían estar situadas detrás de los humedales. La razón de ello es que esos ecosistemas —lagunas, marismas, manglares, petenes, tulares, etc.— sirven para proteger y mantener la estabilidad de la línea costera ante el embate de tormentas y huracanes. La recomendación fue unánime y enfática, dice Cifuentes: construir detrás de los humedales.

Pero como aquello elevaba los costos de construcción, no fue del agrado de los empresarios, que deseaban invertir poco y ganar mucho y además ofrecer a los huéspedes de los hoteles acceso inmediato y directo a la playa. Se echaron al cesto de la basura las opiniones y recomendaciones de los científicos, se rellenaron humedales para ampliar la superficie de la isla de Cancún —y por ende el negocio de venta de terrenos—, se arrasó la vegetación de las dunas costeras y se construyó sobre ellas, delante de los humedales y exactamente junto a la playa.

Resultado: en cuanto llegó el primer gran huracán, el Gilberto, en 1988, las playas —desprovistas de la protección de humedales y dunas— desaparecieron como por ensalmo. Se recuperaron penosamente, en parte por factores naturales y en parte mediante obras de restauración, pero esa situación resultó inestable y precaria, pues con cada gran tormenta o huracán —aunque sólo pase a cierta distancia de la costa, como el Iván en 2004— hay graves pérdidas de playas. Y otro gran meteoro, el Wilma en 2005, nuevamente se llevó consigo la arena de las desprotegidas playas.

Tras cada uno de esos fenómenos, hay que invertir fuertes sumas de dinero de nuestros impuestos —los que pagamos usted, yo, el vecino de enfrente y todos los demás mexicanos— para restaurar las playas que usufructúan los hoteleros y a las cuales tenemos vedado el acceso los mexicanos comunes y corrientes. Una restauración que, además, se hace con arena gruesa, llena de conchas y pedruscos, muy diferente a aquella blanca y finísima que recordamos los primeros pobladores de Cancún y que se fue porque prevaleció el interés económico inmediato de los hoteleros sobre el sentido común y la opinión de los científicos.

Después de relatar esta historia, el Dr. Cifuentes se preguntó para qué se prepara a los científicos y para qué se les pide su opinión si finalmente no se les hace caso.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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