Los condenados a muerte en vida

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Cada vez es más común en algunos países —especialmente Estados Unidos— dictar sentencias de cadena perpetua, que significan prisión de por vida. Incluso, en el estado norteamericano de California, impera la llamada “regla de los tres strikes”, según la cual todo delincuente que cometa tres delitos, independientemente de su gravedad —incluso el simple robo de una cartera o de un paquete de cigarros— es automáticamente condenado a cadena perpetua.

Por Juan José Morales

Y muchos de esos sentenciados, a los que se considera reos especialmente peligrosos, son mantenidos en condiciones de segregación total, en prisiones o secciones de extrema seguridad, encerrados en celdas individuales —prácticamente enjaulados—, durante 23 de las 24 horas del día, sin permitirles salir más que 60 minutos diariamente para hacer un poco de ejercicio, pero sin tener contacto en absoluto con el resto de la población carcelaria. Viven así enteramente aislados de todo contacto humano, salvo con sus guardianes, que además limitan la comunicación con ellos al mínimo indispensable.

Tales condiciones de confinamiento, calificadas de inhumanas por muchos sicólogos, siquiatras y penalistas, podrían considerarse una especie de pena de muerte en vida. El resultado es por lo general un grave deterioro mental, inclusive franca demencia, y llevan a no pocos desesperados reclusos al suicidio.

A esto se reduce el mundo de muchos sentenciados a cadena perpetua: una verdadera jaula con el mínimo de elementos para cubrir sus necesidades básicas. Es lo único que verán y prácticamente el único espacio en que podrán moverse hora tras hora, día tras día, año tras año, por el resto de su vida. No es de extrañar que muchos sufran graves trastornos mentales y opten por el suicidio para terminar con tan inhumanas condiciones.

Esa problemática ha aflorado en los últimos tiempos en Inglaterra y Bélgica. En la Gran Bretaña, un juez ordenó a las autoridades dejar morir a un recluso que deliberadamente se lesionaba e infectaba sus heridas con excrementos y otros materiales para provocarse una grave infección que le cause la muerte. Lo hace porque, explicó, ya no soporta el aislamiento total en que vive 23 horas diarias, que le ha provocado trastornos mentales. Sin embargo, las autoridades le niegan el tratamiento siquiátrico que requiere su condición. Lo único que hacen, es tratar de curarle las heridas para eliminar la infección. Por ello —declaró a través de su abogado— decidió que era mejor de una vez por todas morir y así poner fin a las bárbaras e inhumanas condiciones que padece día con día.

En Bélgica, un caso similar es el de Frank Van Den Bleeken, un violador que ha pasado más de 30 años en una prisión de máxima seguridad, totalmente aislado. Solicitó, de acuerdo con las leyes sobre la eutanasia que rigen en aquel país europeo, que se le dé muerte asistida para poner fin a sus sufrimientos. Tras examinar su demanda, un panel de expertos médicos la consideró justificada y bien fundamentada y recomendó que le sea concedida.

Estos, como decíamos, son casos extremos que han salido a la luz pública por circunstancias especiales, pero los intentos de suicidio en las prisiones, particularmente entre los condenados a cadena perpetua o largas penas de cárcel, son muy numerosos. Según la Organización Mundial de la Salud, los índices de suicidio entre los reclusos de las prisiones de todo el mundo son seis veces más elevados que entre la población masculina adulta en general. Además, dice el estudio, la tasa de suicidios está en relación directa con la duración de la sentencia. Esto es, mientras mayor sea el número de años de prisión a que está sentenciada una persona, mayores son las probabilidades de que intente suicidarse o que lo logre. Y, desde luego, la más alta tasa de suicidios se observa entre los condenados a prisión de por vida.

Ciertamente, son datos para reflexionar.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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