Matemos la gallina de los huevos de oro

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Ya lo he señalado en otras ocasiones, pero no está de más repetirlo: el gran recurso natural de Quintana Roo es el paisaje. Concretamente, el paisaje de la zona costera, con sus playas de fina y blanca arena, sus aguas cristalinas de variados colores y sus extensos humedales.

Las playas —que es casi en lo único que se piensa como elemento turístico del paisaje— no son ecosistemas aislados sino que están interrelacionadas con los demás ecosistemas, desde la selva hasta los arrecifes coralinos, pasando por los humedales, las dunas costeras, las praderas submarinas y… cosa que mucha gente pasa por alto… el gran acuífero subterráneo, cuyos cuantiosos escurrimientos corren hacia la costa y el mar.

Por Juan José Morales

Aunque a primera vista las playas parezcan ser sólo una franja de arena, en realidad están estrechamente interrelacionadas con las dunas costeras, las praderas submarinas, los arrecifes de coral, la selva del interior, los humedales y otros ecosistemas, y el lazo de unión entre todos ellos son las corrientes subterráneas. Por eso la protección y conservación de playas tiene que considerarse con una visión integral.

Por lo tanto, si se quiere proteger y conservar ese valiosísimo recurso natural, hay que proteger y conservar todo el conjunto de ecosistemas con el que está entrelazado. Cualquier daño que sufra uno de ellos repercutirá inevitablemente sobre los demás.

Y lo que se dice de los ecosistemas puede aplicarse también a las especies de plantas y animales en lo individual. No sólo son necesarias para mantener en buenas condiciones el conjunto, sino también pueden ser un atractivo que enriquezca la oferta turística. Así ha ocurrido, para citar un par de casos, con las tortugas marinas y el tiburón ballena. Hoteles que antes trataban de ahuyentar a las tortugas marinas cuando salían a desovar porque las consideraban una molestia para los huéspedes, ahora ofrecen entre sus atractivos la anidación y la liberación de crías. Y la observación del tiburón ballena, al que antes nadie prestaba atención, es hoy una actividad que da muy buenas ganancias a docenas de empresas de servicios náuticos.

Pugnar por la protección de dunas, humedales, pastizales marinos y otros ecosistemas, y por especies amenazadas, no es, pues, una actitud romántica, un ecologismo trasnochado que quisiera mantener a la naturaleza prístina e intocada. No es algo que sólo interese a espíritus sentimentales, ni su objetivo se limita a poder seguir disfrutando del dulce trino de las aves y los hermosos colores de las flores. sino una posición eminentemente práctica. Es una cuestión de pesos y centavos. Es algo de lo que depende, nada más ni nada menos, que el futuro de una actividad económica que da sustento a más de un millón de personas y que —pese a todas sus deformaciones e injusticias— representó la salida a una crisis que parecía inevitable tras el colapso de la producción de henequén en Yucatán.

Desgraciadamente, durante el desarrollo de los centros turísticos del Caribe mexicano no solamente se cometieron graves errores que ahora se manifiestan en forma de problemas tales como erosión de playas, deterioro de lagunas, pérdida de la calidad del paisaje y otros, sino que aún privan enfoques puramente mercantilistas, orientados a la búsqueda de ganancias inmediatas a costa de la destrucción del medio ambiente.

Todavía, por ejemplo, se sigue propiciando la erosión de playas al destruir las dunas costeras para levantar residencias unifamiliares y condominios, y se siguen construyendo caminos que cortan los humedales sin dejar pasos de agua adecuados. Y funcionarios de muy alto nivel, entre los que destaca el ex gobernador de Quintana Roo y actual senador por ese estado, Félix González Canto, insisten en que se deroguen las normas de protección al manglar a las que se llegó finalmente, después de años de persistente destrucción de esos ecosistemas. Buscan así allanar el camino para que empresarios voraces puedan amasar nuevas ganancias mediante la especulación inmobiliaria con terrenos ahora protegidos. Su argumento —que sólo demuestra una total ignorancia sobre el valor ecológico y los servicios ambientales de los manglares— es que esos ecosistemas no sirven para nada y que protegerlos es sólo un obstáculo para el desarrollo económico.

En fin, estamos ante un típico caso de gente que trata de matar a la gallina de los huevos de oro.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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