Simone de Beauvoir, una extraordinaria joven formal #ParaLeer

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Simone de Beauvoir plasmó sus primeros 20 años de vida en Memorias de una joven formal. Los recuerdos de cuando tenía 3 o 4 dan muestra de su entendimiento agudo: …yo jugaba con tía Lili en el comedor cuando el rayo cayó sobre la casa; era un serio acontecimiento que me llenó de orgullo: cada vez que me ocurría algo tenía la impresión de ser alguien… 

Por Guillermo Velasco Tapia

A esa misma edad, Simone, al ser regañada por una tía abuela y defendida por la hermana de su mamá afirmó:…yo asistía complacida al combate que las fuerzas del bien libraban en mi favor… La formación católica que le dio su madre influyó en su cosmovisión: Las dos categorías mayores sobre las cuales se ordenaba mi universo eran el Bien y el Mal. Yo moraba en la región del Bien. 

Simone tenía un temperamento fuerte, era una niña caprichosa. Ella interpretó su conducta así: …la razón y el sentido de mis rabietas (…) se explican en parte por una vitalidad fogosa y por un extremismo al cual nunca he renunciado del todo. Llevaba mis repugnancias hasta el vómito, mis deseos hasta la obsesión (…) Pero me negaba a ceder a esa fuerza impalpable: las palabras; lo que me sublevaba es que una frase lanzada al descuido: “Debes hacerlo… no debes hacerlo”, arruinara en un instante mis empresas y alegrías.

La pequeña Simone fue un ser humano intenso y apasionado. Su mundo infantil estuvo integrado por sus padres, su hermana Poupette (dos años y medio menor), sus abuelos, sus tíos y primos. Más adelante entró al curso Désir, una escuela sólo para niñas, donde conoció a su mejor amiga, llamada Zaza.

Siempre fue una lectora voraz. Uno de los libros que más disfrutó en su infancia fue Mujercitas, de Luisa M. Alcott. Sus padres se encargaban de controlar y censurar los contenidos que llegaban a sus manos. Poco a poco encontró autores y novelas que la conmovieron. Cuando era adolescente, su primo Jacques le reveló a los escritores de vanguardia de su tiempo. Sobre esto Simone confesó: Muchos libros ya habían pasado entre mis manos, pero éstos no pertenecían a la especie común; yo esperaba de ellos extraordinarias revelaciones.

Mientras crecía descubrió que no todo lo que le decían sus padres y maestras era estrictamente cierto y que incluso a veces estaban equivocados. Repudió las reglas sociales que le querían imponer. En su juventud confirmó que, más allá de los prejuicios de clase, todos somos iguales. Del mismo modo razonó sobre la paridad entre géneros: …a mis ojos hombres y mujeres tenían los mismos títulos y exigía entre ellos una exacta reciprocidad.

Memorias de una joven formal nos propone una lectura excitante de la vida cotidiana (similar a la de cualquier chica de su edad) de una de las mentes más brillantes del siglo XX. En este libro la escritora existencialista hizo un análisis profundo y una interpretación lúcida de su día a día, dejando al descubierto a un ser humano inteligente, fuerte, disciplinado y tenaz. Simone expuso, sin tapujos, sus sentimientos y sensaciones más íntimas, incluidas sus inquietudes sexuales. Todo el tiempo sabemos lo que pasaba por su mente y por su corazón.

Los problemas del alma le importaron más que las cosas materiales. Su vida interior fue rica e intensa, tan vehemente que algunas ocasiones creyó estar cerca de experimentar estados de éxtasis o arrebatos místicos. También tenía incertidumbres y dudas: la rutina diaria le provocaba hastío y gran vacío espiritual; padecía un terrible terror a la muerte. En estos años nunca dejó de buscar el sentido de su vida.

Esta misma búsqueda hizo que Simone se inscribiera en la Sorbona. Fue una alumna aplicada y muy estudiosa, se pasaba días enteros en la biblioteca. Se hizo de un buen grupo de amigos. Era muy aficionada al cine, al teatro y frecuentaba exposiciones de pintura.

Su carácter voluntarioso, su mente despierta, la influencia de la universidad, de sus lecturas y de sus profesores la fueron distanciando de sus padres. Ellos la tachaban de rebelde, de tomar partidos extremos para contrariarlos, como el volverse atea o su desprecio por la clase burguesa, sentía que no encajaba en ese ambiente. Sobre esto expresó: Yo no tenía ideas subversivas… …todo el día me ejercitaba en reflexionar, en comprender, en criticar, me interrogaba con precisión la verdad: ese escrúpulo me volvía inepta a las conversaciones mundanas.

Sin embargo sí desarrolló un lado mundano. Cansada de tanto estudiar, de la rutina de siempre, empezó a frecuentar bares y a salir de noche, haciendo algunas travesuras inocentes. Meses más tarde se percató que ir a estos lugares, en su caso, era una pérdida de tiempo.

Para Simone el amor fue un tema importante y siendo ya una jovencita expresó lo que esperaba de él: …yo era extremista: quería todo o nada. Si amaba sería para toda la vida y me daría entera con mi cuerpo, mi corazón, mi cabeza y mi pasado. Me negaba a picotear emociones, voluptuosidades ajenas a esa idea.

Más adelante sintió que nunca encontraría una pareja y escribió en su diario: “Estoy sola. Uno siempre está solo. Siempre estaré sola.” Casi al acabar sus estudios en la Sorbona, después de convivir algún tiempo con Jean-Paul Sartre relató lo siguiente: Sartre respondía exactamente al deseo de mis quince años: era ese doble en quien yo encontraba, llevadas a la incandescencia, todas mi manías. Con él siempre podría compartirlo todo. Cuando nos separamos (…) yo sabía que nunca más saldría de mi vida.

Cuando un lector abre Memorias de una joven formal no puede parar hasta terminarlo. Es un libro que se lee con placer y gusto. Alguna vez Simone platicó largo rato con Herbaud, uno de sus amigos tardíos de la universidad y anotó: ¿Encuentro con Andre Herbaud o conmigo misma? ¿Cuál me ha emocionado más? ¿Por qué me siento emocionada como si verdaderamente me hubiera ocurrido algo? Así se puede decir: ¿Al leer a Simone de Beauvoir nos leemos a nosotros mismos? Sin duda algo nos ocurre al hacerlo.

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